Lo primero que pienso al leer el título de este libro, Ensayo de carne y hueso (Casa Vacía, 2026), es en las trampas de la inteligencia artificial ante las que hoy estamos obligados a conversar como si se tratara de la Esfinge de Tebas. Nadie puede pasar indiferente. Y, siguiendo la analogía, ¿si aquella respuesta edípica que por siglos pareció obvia vuelve a ser una revelación para las generaciones más jóvenes? ¿Si aquello que creíamos definitivamente incorporado a nuestra cultura necesita volver a ser formulado? En tiempos de simulacros verbales cada vez más sofisticados, la referencia a la carne y al hueso parece reclamar una dimensión irreductible de la experiencia humana.
Octavio Armand nació en Cuba en 1946 y desarrolló su carrera primero en Nueva York y luego en Venezuela, donde reside actualmente. Dirigió la revista escalandar y ha publicado importantes libros de poesía y ensayo. Este nuevo volumen, que edita Casa Vacía, recoge 42 ensayos breves al mejor estilo de Montaigne, que tratan temas como la literatura épica, el cine de Kobayashi, la matemática y la filosofía, la vida y la obra de Henry Thoreau, las revoluciones y el carnaval. Como sucede en los grandes libros de ensayo, la diversidad temática no dispersa la lectura, sino que la organiza alrededor de una sensibilidad común. Cada texto dialoga con los anteriores y prepara el terreno para los siguientes.
Una de las características de la prosa de Armand es su acertado ritmo para entretejer temas y figuras. No podríamos decir que “salta” de un tópico a otro, sino que consigue unidades de sentido convincentes y enriquecidas. Hay una lógica asociativa que recuerda que pensar también consiste en establecer vínculos inesperados. Por ejemplo, hablando del vínculo entre dioses y mortales en la mitología (¿solo en la mitología?), leemos: “Los engaños equivalen a descubrimientos, invenciones, secretos que se arrancan o añaden a la naturaleza cuando en ella aún no existe punto y aparte entre lo físico y lo sobrenatural. Como respuesta a los abismos del cosmos y la psique, el mito ha sido un perenne esfuerzo por traducir esos secretos, una ciencia primaria para evitar que el mortal sea presa fácil de emboscadas, consciente de que en él, como metáfora continua de Ovidio, hay puentes entre misterio y comprensión”.

El mito, visto así, es un recurso defensivo. O, mejor dicho, de resistencia. Los embates de cierto racionalismo cerrado hacen que tengamos que revisitar esos relatos constitutivos. Se vuelve necesario el camino que elige recorrer Armand cuando se remonta a Aristóteles y a Horacio. El siglo XXI es capaz, todavía, de acoger aquellas ideas. Y sin dudas estos ensayos son vehículos de relectura, resignificación y acercamiento. No se trata de una nostalgia erudita ni de un ejercicio arqueológico, sino de una búsqueda activa de herramientas para comprender el presente (o los presentes). El pensamiento del autor sigue la línea del buen ensayista: la incertidumbre. Lo hace desde una posición genuina, sin dobles intencionalidades, desde la más literaria intimidad. El yo es ante todo lector. Luego un procesador de sensibilidades e ideas. En Armand, la lectura no aparece como acumulación de saberes sino como una forma de atención.
El cuerpo aparece como un centro conceptual. Desde las miradas de Da Vinci y de Edmond Burke, a los juegos de luces de Dante y las fealdades de Joyce. Hay algo de lo corporal que traduce las voces del mundo en escritura. No se trata nuevamente del poeta como médium, ni de un simbolismo reciclado, sino de una teoría desde el cuerpo como elemento político: “Ninguna cirugía puede prescindir de la profundidad. / La profundidad no es una sombra del aspecto / ni un soporte de la superficie. / El cuerpo está afuera y adentro”. La tierra, la frontera, el intercambio, la vida y la muerte. Cuerpo-escritura que se vuelve capaz de trenzar los hilos de lo que se desea. Porque la literatura entendida en su plenitud no puede tener limitaciones. Tampoco puede desligarse de las marcas que la historia deja sobre los cuerpos, ni de las formas en que esos cuerpos producen memoria, lenguaje y experiencia.
Sobre el final Armand habla de monstruos. Y habla del ensayo, de lo híbrido, de la identidad. ¿Quién escribe, quién engendra a la criatura y quién descubre en una bocanada primigenia la chispa del asombro? El lector es ahora parte del ensamble. Como ocurre con los mejores ensayos, las respuestas importan menos que las preguntas que sobreviven a la lectura. El monstruo termina siendo también una figura del propio género: una forma cambiante, abierta a las mezclas y a las contradicciones. Ensayo de carne y hueso resulta un laberinto privilegiado para explorar esas zonas de incertidumbre donde pensamiento y experiencia todavía pueden encontrarse.

