Primera comunión

Tú también le dirás
al pan, pan, y al vino, vino.
Pero qué difícil decirle
al pan, pan, y al vino, vino.
De rodillas en tu aliento,
conteniéndolo,
fijas el resumen de la luz.
Uno de noche, otro de día,
le dan labio a la mirada,
la destilan hasta embriagarte,
el cocuyo y el zumbete.
Asomarse así a la hostia es imposible
si no anotas los pecados.
Hay que anotarlos uno a uno
hasta pecar de memoria
entre las abejas de la misa.
No puedes olvidar ninguno al confesarlos.
Luego, que no se atreva el párpado
a abrir su cuchillo y cortar el sueño.
Y que durante el sueño nunca duermas.
Que estés aún más despierto
tras el párpado a rienda suelta.

Una nube te empaña la boca.
La harina de aquel día, amasada
en el espejo donde te escondes.
El vino retumba en el cuerpo,
por fuera es un surtidor,
por dentro un árbol deshojado, enloquecido.
Dios cuelga en una de sus ramas
y tú en todas las otras.

¿Qué recuerdas? ¿Qué aprendiste
durante aquel siglo de latín arrodillado?
¿Reconocer estalactitas en las nubes,
acercar el cielo, endurecerlo,
para apretar la altura como un seno?
¿Sacarle punta a la punta del caracol
hasta saborear un pezón entre los labios?

Vuelvo a tus siete años,
tus ojos olvidados al entrar a la iglesia,
tus rodillas como clavos en el tablón de madera.
Pareces una hostia
en el traje blanco, impecable.
La misa es un sabor.
Te comes el cielo en el cielo de la boca
y la lengua enrosca su aljibe
en las espirales del pan como un badajo.
Cualquier palabra sería una palabrota
y cualquier palabrota sería un salmo.
Un sabor, una palabra, un señor amén del labio.
Cielo en el cielo de la boca.
Tu aliento sabe a hoja batida
y a viento entre las hojas.

[Caracas, 16 de julio 2006]

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