El hotel Saratoga en La Habana Vieja luego de la explosión (FOTO EL Estornudo)
El hotel Saratoga en La Habana Vieja luego de la explosión (FOTO El Estornudo)

Las reacciones de los cubanos –me refiero a todos los que se sienten como tal donde quiera que residan– tras la explosión del hotel Saratoga han sido variadas. Han transitado desde la solidaridad y la empatía con las víctimas hasta la negativa de cualquier muestra de humanismo y socorro a los afectados.

El debate en torno a la tragedia del Saratoga ha estado permeado por más de 60 años de hiperpolitización de todos los espacios sociales. El principal responsable de esa hiperpolitización es el poder totalitario que se reproduce en Cuba desde hace décadas.

Ha sido ese poder el que ha fomentado la cultura del agradecimiento constante al Estado o, lo que es igual, el agradecimiento constante al Partido Comunista y a sus líderes. Es ese poder el que ha convertido la política cubana en un ejercicio de esoterismo reservado solo a quienes comparten sus ideas y símbolos. Es ese poder el que no ha dejado de promover la política como un ejercicio de quienes fueron elegidos por la historia o simplemente por capricho.

Esa percepción convirtió a la política cubana en un culto personalista que parece no tener fin. Primero, en torno a los Castro, y ahora pretende construirse –con resultados muy inferiores– en torno a un tipo sin carisma y sin talento como Miguel Díaz-Canel.

Muestra de ello, ha sido la preocupación de la prensa oficial por resaltar la presencia inmediata del “presidente” en el lugar del siniestro. Por resaltar el dolor de un hombre que sufre más que los familiares de las víctimas y que pierde la voz al hablar del suceso al tiempo que recibe, horas después de la explosión y a golpe de mambo, trova y danzón, al presidente mexicano y aliado, Andrés Manuel López Obrador.

Ese esfuerzo de la propaganda por resaltar la preocupación y el desvelo de un hombre y no el sufrimiento y la desesperanza de los familiares de las más de 40 víctimas fatales, es la mayor muestra de politización que podemos encontrar en torno a la tragedia del Saratoga.

Pero a estas alturas, eso no sorprende a nadie. Es el guion de siempre, igual al que pusieron en práctica –para hablar de un evento reciente– cuando en 2018 se cayó un avión rentado por Cubana de Aviación y murieron 112 personas.

Por otro lado, lo más llamativo en torno al siniestro del Saratoga han sido las posiciones de un sector de los adversarios del poder cubano –en su mayoría virtuales– que considera que la explosión es el resultado directo de la imposición y subsistencia forzada de una única ideología en Cuba. De forma implícita, ese sector cree que los escapes de gas, las explosiones y los derrumbes de edificios se producen debido a las condiciones que impone el comunismo. En su pugna “frontal” –como a muchos les gusta calificar su oposición al régimen cubano– contra el poder, terminan por obviar la evidencia más palpable. Esa que demuestra que las explosiones, los derrumbes y las tragedias ocurren sin distinción en cualquier lugar del mundo.

Aun así, no puede negarse en el caso cubano la responsabilidad estatal en una catástrofe como esta. Mucho menos cuando los posibles responsables directos son empresas o instituciones controladas por el Estado.

Sin embargo, tampoco puede negarse que en la explosión del Saratoga hay factores fortuitos que no han sido incorporados en los análisis de quienes adversan al poder y terminan, como aquel, por politizar el sufrimiento.

No obstante, la politización de la tragedia por quienes se oponen al poder es una reacción lógica. Es lógica si se atiende a que esa reacción se sostiene, en su mayoría, por una emigración a la que el poder le niega sus derechos políticos. Es una reacción comprensible ante la actitud de un poder que intenta controlar o limitar –como no pudo hacer después del tornado de La Habana– la ayuda de la gente, las iniciativas privadas de caridad.

Esa politización –que a muchos puede parecer reaccionaria– es una reacción lógica a la conducta de un Estado que considera que la agencia del ciudadano que se desarrolle fuera de sus controles o dictámenes –incluso si es mera solidaridad o caridad–, es dañina para su supervivencia y la de su imagen de Estado protector y todopoderoso.

Ante ese escenario, hay que reconocer que la racionalidad no encontrará nunca un terreno fértil. Por eso, es de esperar –y ojalá no suceda– que de repetirse en la isla otra catástrofe como la del Saratoga, la politización del sufrimiento sea aún mayor.

En las condiciones actuales de Cuba, difícilmente pueda aspirarse a una reacción diferente de ese sector de la ciudadanía que dice “no” a las donaciones de sangre, que dice “no” a las ayudas privadas para los afectados, que entiende que la solución de Cuba no pasa por la solidaridad entre compatriotas, sino por lo que considera el inicio y el fin de los males de la nación: la tiranía.

Esas reacciones, si bien niegan el humanismo, son también humanas. La ira, el odio son emociones y la sospecha una actitud, todas inherentes a la condición del ser humano. Emociones y actitudes esperables de hombres y mujeres que también se sienten víctimas del Estado cubano.

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