Fotograma de ‘Con sana alegría’, Claudia Muñiz dir., 2016
Fotograma de ‘Con sana alegría’, Claudia Muñiz dir., 2016

Con sana alegría (2016), escrito y dirigido por Claudia Muñiz, propone un laberinto de soledades sin salida, cuyos pasadizos amargos la protagonista, Zaida (interpretada por Giselda Calero), desanda con inercial e ineluctable resignación, sin aspirar a hilos salvadores que le señalen un camino hacia la posible libertad.

Zaida no parece haber entrado alguna vez en este laberinto autofágico, sino haber nacido allí, brotando de sus entrañas perdidas. O simplemente fue regurgitada por las paredes de noche, humo y frío en medio de un día especialmente aburrido.

En el laberinto no hay minotauros terribles, sino una sobrepoblación de arrepentimientos, añoranzas, frustraciones, tristezas aturdidas y conformidades grisáceas, que repletan las esquinas, el techo, los suelos, las paredes, todo el espacio contenido en el interior del laberinto. Son el mero y denso aire que la joven respira, el medio al que se ha adaptado para solo existir, en el sentido más triste y difuso del término. Para implosionar hacia el centro más denso de su melancolía.

El relato transcurre mayormente durante la víspera del cumpleaños de Zaida, aunque ella parece no tener edad, por lo infinito de su fastidio y lo abisal de su desesperanza. Vive justo al doblar de la vida, a donde la han relegado unos padres ausentes, migrantes, imposibles, que existen en una dimensión de antimateria, repleta de una fe religiosa a la que se aferran para encontrar sentidos existenciales, o quizás solo para rellenar unas almas leves y vacías.

Zaida no ha abrazado la tabla salvadora de la religión, aunque sus minutos estén determinados por el sacrificio por el prójimo y el martirio aceptado como fatalidad, en la más regia ausencia de Dios. Tiene vocación por el vacío, por el suicidio lento, aplastada minuto a minuto por el peso del tiempo que deja transcurrir sobre sus huesos y sus sentimientos polvorientos. Está encadenada al cuidado redundante de una abuela erosionada por la demencia y la incapacidad física, que constantemente le recuerda que al polvo irá, que se derruirá, se disolverá, y solo quedará su anónima y crónica nostalgia como testimonio imperceptible de su presencia en el mundo.

La joven está condenada a velar los últimos días de su futuro, a observar descarnadamente a su destino directo a los ojos turbios y nebulosos de este, que toma la forma de la abuela. Es como el triste cíclope Rell de la cinta Krull (Peter Yates, 1983), dotado de la precognición, pero solo capaz de conocer cuándo será su muerte. Zaida solo sabe con certeza cómo será su final sin memoria ni sentido de sí misma. No sabe más nada del ahora ni del próximo minuto, pero vive con el recordatorio perenne del deceso inevitable.

El plano-secuencia inicial de Con sana alegría es mecánico, lóbrego, distendido e ilustra plenamente esta vida sin luz en que sobrevive Zaida, esta vida cerrada, ctónica. La joven practica una suerte de ritual de embalsamamiento en vida de la abuela inerte, inconsciente de sí, que convida a la nieta al mismo festín de benéfico olvido. A la vez, resulta una ceremonia autosacrificial, una ceremonia de reafirmación del adiós y la renuncia.

En connivencia con el cercano precedente de La profesora de inglés (Alán González, 2015), estas imágenes –y hasta toda la película– pudieran leerse como una trágica alegoría política de la contemporaneidad cubana, determinada por la perpetuación de una generación decrépita, senil, casi extinta, que desde una postura antimarcusiana, antidialéctica, e ilógica, se resiste aun a la inexorabilidad histórica y temporal.

Esta generación apenas está ya consciente de sí misma, diezmada por la caducidad biológica a la que subestimó, y solo atina al aferramiento primario a un poder absoluto que debe ser obedecido y servido por sus descendientes.con sana alegria | RialtaDesde su vacío cercano al cero absoluto, Zaida pudiera encarnar a tales vástagos a quienes se les prohibió madurar y tener consciencia de su derecho histórico a la prevalencia sobre los destinos de su época, mediante la ablación de la voluntad y la capacidad de soñar. Es una generación infantilizada, atrofiada y zombificada, que se limita mayormente a escapar o a aferrarse más aún a las prácticas serviles para las que se le condicionó.

La confluencia de la joven y la anciana en un mismo espacio, donde se confunden edades y perspectivas epocales en una gran amalgama estancada, pudiera ser otra resonancia alegórica, esta vez de la propia nación cubana: marcada por la homogeneización de los diferentes estratos etarios en un presente congelado, sin permitirse avanzar al segundo siguiente, lo cual delataría lo anómalo de las circunstancias.

Consignas como “¡Siempre es 26!” revelan horrores y aberraciones insondables. Cuba es un eterno día de la marmota, como la cinta homónima de Harold Ramis (Groundhog Day, 1993), condenados todos sus habitantes a despertar siempre a la misma jornada, a las mismas circunstancias, a la misma Revolución, al mismo 1ro. de enero de 1959.

La sensación leve de deseo o emoción que la joven siente cuando se acerca su cumpleaños, deviene para ella una tímida señal de que está viva, de ser un ente que siente. La esterilización de sus emociones todavía puede revertirse.

Zaida se rebela subrepticiamente contra su aletargado presente, y desoye las demandas de la abuela por su compañía o por algún otro servicio requerido. Sale de su opresivo y astroso hogar, que parece abandonado, solo apto para los fantasmas en que Zaida y su abuela se han convertido a fuerza de inercia, como las proyecciones tautológicas de La invención de Morel, la novela de Bioy Casares.

Esta pequeña rebelión o breve fuga, como a los zombis de George A. Romero o Jim Jarmusch, la hace dirigirse a los lugares donde alguna vez fue feliz, sin quizás recordar por qué lo fue y con quién lo fue. Arriba a una discoteca donde era habitual con un grupo de amigos ausentes, y se halla desfasada, ajena.

El vendedor de drogas local, único remanente de épocas pretéritas, náufrago voluntario y resiliente, le comenta que ya nadie visita ese lugar, que está lleno de “fiñes”. Una nueva generación ha ocupado el espacio nocturnal con sus enajenadas catarsis. Deviene suerte de purgatorio que antecede a los infiernos o los cielos a los que se han ido a morar los miembros del “piquete” de antaño.

El confianzudo dealer la apoda cariñosamente Súper Zaida, sin advertir quizás que ese “súper” es más bien de superviviente, o quizás sí esté bien consciente de su ironía. Es un cerbero amable, un Virgilio que da una calurosa bienvenida, pero no la guiará a través del Averno, dejándola extraviada en su laberíntica selva oscura.

No olvidar que la vida de Zaida transcurre en un laberinto sin salidas, en un túnel urobórico como el de la terrible obra de Darío Fo. Es un ser defectuoso abandonado por Dios en su sentina más profunda, y siempre llegará al mismo lugar por mucho que camine, que se sienta avanzar. Así de triste es el inicio y el final de Con sana alegría, que terminan confundiéndose en un único punto donde hablar de llegada y partida ya no tiene sentido. Tampoco la alegría…

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Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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