‘El último’, performance de El Ciervo Encantado (detalle de una foto de Leonardo Tarrero)
‘El último’, performance de El Ciervo Encantado (detalle de una foto de Leonardo Tarrero)

Sobre el tabloncillo negro están los tres cuerpos apilados, unos sobre otros. Desnudos, con solo un cubrebocas que deforma los rostros, para recargar la atención en la expresión de los ojos y en la respiración del diafragma. Se incorporan lentamente, como si no tuvieran otra opción. Y deambulan por el escenario, una y otra vez. En los oídos retumban los murmullos citadinos de las aglomeraciones. Las voces inducen al tedio de la cotidianidad. La sombra de una supervivencia que no presenta salida. El mismo devaneo de la rutina que taladra el tímpano hasta hacerlo explotar. En el público, el silencio tenso del desespero se evidencia en los cambios de posturas, en el zunzuneo de las piernas y las manos que rascan las cabezas.

El último, reciente estreno de El Ciervo Encantado es otra obra dolorosa. Otro performance que golpea en el estómago, que te estruja por dentro. De las obras que te muestran la realidad que pretendes evitar.

Tres cuerpos en escena encarnan todo un barrio, una ciudad, una provincia. Un país. Tres cuerpos hastiados, sonámbulos. Tres cuerpos vacíos. La repetición del vocablo no es incidental. No se pueden definir de otra manera. Son cuerpos en tanto encarnaciones de una forma, pero dentro de ellos no radica nada que los complemente. Corpus asumidos desde una magnitud física como ente sujeto a leyes naturales. Tres receptáculos humanoides que se fusionan en una sola argamasa de carnes y tendones o deambulan de manera individual. La momentánea separación individual es solo espacial. Todo el tiempo son una y la misma cosa. Un repiqueteo constante del hombre, sin definir dónde comienza una corporación particular porque están fundidos en actitud, deseos, esperanzas. El simbolismo del movimiento en un gusano gigante, donde un pie empuja al otro para caminar, solo viene a reforzar la imagen visual para aquel que aún decide no verlo con la claridad que se lo muestran.

El vocablo inglés raw es quizás la definición más precisa para el desempeño de El Ciervo Encantado. Recoge entre sus acepciones lo crudo, lo bruto, lo puro, lo tosco, sin pulir, lo fuerte. Como verbo significa también despellejar. El último es todo esto en la consideración positiva de cada significado. La crudeza de la expresión real, sin filtros o maquillajes que disimulen la intencionalidad de la obra. Puro, bruto desde el sentido sin mezclar, sin detenerse en subterfugios de papilla infantil que hagan más fácil el ejercicio de tragar la vida. Tosco y fuerte en la (re)presentación, sin sensiblerías que la opaquen. La propia acción del despellejo, retirar lo superficial, la epidermis. Dejarlo todo en carne viva. Revelar la esencia. No es apto para públicos frágiles, para ñoños que asisten al teatro con la convicción de escapar de sí mismos. No habrá risas. Es revelación, catarsis, tristeza.

Son tres, como las letras de la palabra inglesa, los aspectos fundamentales de este performance artístico.

Desde lo formal, la obra alterna el deambular de estos espectros con momentos de quietud. En estos impasses de detenimiento, los cuerpos clavan la vista en el público. Unos ojos vacíos se adentran en el espectador, le anudan la garganta. Clásico lugar común el de decir que los ojos hablan. Los ojos pesan, retumban, no necesitan decir nada. En ellos la nulidad del sentimiento y la expresión fija gritan. Ese grito ahogado de Munch. Te hablan a ti. Te dicen que no te sientas indiferente, que por más que juegues a ser espectador en el espacio físico del teatro, que pretendas distanciarte de lo que observas por ser una puesta en escena: tú eres la puesta en escena. Es tu realidad. Estos zombis que se mueven por el escenario eres tú en actitud rutinaria. Tú, encerrado en un archipiélago del mar caribe. Tú, en una vida absolutamente ridícula. Jugar al espectador solo sirve para alienarte, para mentirte mientras te consideras superior. No tienes escapatoria. La vista es inquisidora. No hay forma de escapar de ella. El nudo crece a cada poco en la garganta, es una bola intragable, un grito de BASTA que no baja. No hay agua ni coraje suficiente para hacerlo descender de su posición. Que revelen estas verdades siempre duele.

La banda sonora de la puesta en escena son grabaciones recogidas en las colas de la ciudad. Grabaciones que recogen toda la miseria diaria. Miseria moral, económica, espiritual. Una madre orgullosa de que a su hijo le encante comer huevo y perritos, y que ese sea su único alimento. Voces hastiadas que maltratan a otros cuerpos hastiados también. Enfrentamientos entre los propios cadáveres. No hay otra forma de definirlos. Cadáveres porque la costumbre ha distanciado el alma de sus cuerpos. Cadáveres porque sus únicos propósitos son ejercer su deber de sobrevivencia. Cadáveres que se pierden en el tiempo. Ciudad de muertos.

El barullo de las voces se entrecruza, de una cola a otra. Te hacen partícipe. Sientes la desesperanza del absurdo. Pretender que una botella de aceite tiene el valor de cinco horas de vida. Alimentar el cuerpo con el tiempo. Alimentar como edulcorante de ingesta, como acto primitivo de dejar caer algo en el estómago que simule sensación de llenura. Mirar al cielo, como los tres que yerran por el escenario. Implorar sentido, ayuda. Levantar el rostro y abandonarlo todo. Eli, Eli…

Por último, el carácter antropológico de las grabaciones no emite un juicio de criterio. Dejan el ejercicio al espectador. Lo posicionan frente al espejo. Ejercicio de reconocimiento, de rechazo. No hay nada más difícil que soportar la vista de uno mismo. Mirarse realmente, por el tiempo suficiente para eliminar las máscaras. Quitarlas de una a una y quedar asqueado. Ver al monstruo que te mira. Mirarte mirar. Así mismo quedas al final de la obra. Aplaudes por impulso cuando la mente está en blanco. Te levantas, miras al suelo, y esperas tu turno para salir del teatro. Imploras que el malestar se pase rápido, que olvides. Rezas porque la vida siga su curso y puedas soportarte de nuevo.

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