Enrique Silvestre en su estudio

Lo que quiere. Lo que le gusta. Lo que le parece mejor en cada momento. Y se las arregla para que cada momento sea irrepetible, único, distinto al anterior. Así tenga que alterar su conciencia para poder lograrlo. De manera que no se ve obligado –como la mayoría de nosotros– a pararse en el palito del papagayo a repetir lecciones aprendidas. ¿Qué riesgo, qué placer podría haber en ello? Se resiste a pasar varias veces por el mismo sitio. A pisotear lo conocido, lo seguro. O si lo hace, es siempre sin notarlo, sin recordar que antes había pasado por ahí. Sin fijarse para nada en sus antiguas huellas. Ajeno a cualquier aviso, a cualquier señal que pudiera orientarlo y hacerle fácil el camino. Mucho menos si esa señal ha sido puesta por otro artista. Pero ¿hacia dónde habría que ir, ¿cuál sería el camino?, se pregunta intrigado Enrique Silvestre, que ha estado siempre como anclado en sí mismo, girando en su propio torbellino, soñando en el ojo del ciclón. No está seguro de que exista un lugar al que haya que llegar después de un recorrido. El recorrido mismo es el lugar. El único lugar. Y demora su viaje para que sea infinito, tortuoso, lleno de atajos y laberintos y callejones sin salida. Todo se le presenta como un enorme espacio virgen, nuevo, inexplorado, una gran terra incognita. Avanza con las manos extendidas, tanteando en la oscuridad, buscando algo, pero sin saber qué, ni dónde, ni cómo encontrarlo. Sufriendo. Riéndose. Haciendo piruetas al borde del abismo. Sus obras son siempre el resultado de ese gran desconcierto ante el vacío, ante la Nada, que es el único modo de descubrir y contemplar la maravilla. ¿No es precisamente así como debiera funcionar no sólo el arte sino la vida misma?

Vivir sin rutinas. Sin hábitos. Sin tradiciones. Sin costumbres. Sin experiencias. Sin lastres. Sin nada acumulado. Enrique Silvestre no hace lo que te gusta a ti o a mí, es decir, lo que pudiera gustarnos, complacernos (aunque si nos gusta, qué suerte, ¿no?). Sabe que el gusto mismo llega a ser un estorbo, una traba. Que genera una especie de parálisis. Y que seguir un estilo, una manera de hacer las cosas sería algo tan fraudulento como copiar a otro o copiarse a sí mismo. Si ayer fue este, hoy es aquel. O nadie. No hay manera de identificarlo, de clasificarlo. No se deja clavar en el frío alfiler de entomólogo. Vuela. Cambia. Es un camaleón. Una hoja de yagruma. No hace lo que puede interesarle a este coleccionista, o a aquellos estudiosos. No está al tanto de lo que debe hacerse o no. De lo oportuno. De lo adecuado a las circunstancias. En general le importa un comino mi opinión, tu gusto, nuestro interés. No los rechaza ni se opone conscientemente a ellos. Los ignora. Está haciendo lo suyo y no necesita mirar a ningún lado. No está en lo absoluto pendiente de nuestra mirada, de nuestra expectativa, de nuestros deseos. Eso es problema nuestro. Él mismo tiene sus propios deseos, su propia expectativa, sus propios problemas. Y eso le absorbe todo el tiempo. De ahí que cuando pinta o dibuja o hace cualquier cosa se comporte como si no hubiera nadie allá afuera. No siente que lo están observando. No le interesa si alguien está esperando por lo que hace o por la forma en que lo hace. Lo hace. Y lo hace siempre como si fuera la primera vez. Y también como si cada obra fuera la última obra. Para lo cual requiere de una cantidad de energía asombrosa. Una energía casi destructiva. Energía para estar solo. Para permanecer al margen. Sin dependencias. Sin compromisos. Sabe que de esa soledad esencial depende todo. La soledad de ser siempre uno mismo, de estar constantemente con uno mismo. De hacer lo que quiere. Lo que le gusta. Lo que le parece mejor en cada momento. Parece muy fácil ¿no es cierto?, pero es precisamente lo contrario. Muy pocos artistas logran conservar por mucho tiempo esta temeraria postura. En esto radica la superioridad, la excepcionalidad de Enrique Silvestre: en haber podido conservar intacta la libertad de su espíritu. Aún a sabiendas de que la libertad siempre cobra sus mártires.


⃰ Este texto se publicó originalmente en portugués en el catálogo a la exposición Uma bola de qualquer sabor, de Enrique Silvestre, Centro Cultural Laurinda Santos Lobo, Santa Teresa, Río de Janeiro, Brasil, 1-12 diciembre de 1999.

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