Ernst Toller: poemas

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Guardia de tirador

Cielo estrellado.
Monstruo sometido,
reluce mi fusil,
mira por negro tubo
a la lechosa luna.
Chilla la lechuza.
Gime un niño en el pueblo.
Un proyectil,
lobo imprevisible,
penetra en la casa durmiente.
A flores de tilo huele la noche.

Camino a la trinchera

A través de cráteres de granadas,
de charcos inmundos
van chapoteando.
Tropiezan
con soldados
que tiritan de frío en sus hoyos.

Por el camino se deslizan ratas silbando,
una lluvia tempestuosa toca con dedos de muerto
a puertas carcomidas.
Cohetes lumínicos,
faroles de calamidad…

A la trinchera, a la trinchera.

A los muertos de la revolución

Cuerpos consagrados por la muerte, opuestos con denuedo
a la alianza de rudos opresores,
os derribó un oscuro gesto del destino.
El que abre el camino muere en el umbral,
pero ante él se inclina con respeto la muerte.

El paredón de fusilamiento

Como del cuerpo de San Sebastián,
al que mil flechas hicieron mil heridas
se abrieron cortaduras y grietas en la piedra,
desde que absorbió tanta sangre la arena.

El muro se encorvó, de oír gritos y alaridos,
de ver mujeres pidiendo un tiro al corazón
y hombres girar cual trompos movidos por las balas,
y niños que rogaban con manos destrozadas.

Como el crimen frenético se prolongó por días,
y escupidas de odio mancillaron la tierra,
como se oía una risa ebria de bayonetas

y como Dios fue ciego y fue impotente y pobre,
se vio al dolido muro con inmenso clamor
sepultar los cadáveres en su pétreo corazón.

El paseo de los prisioneros

En sus ojos vacíos van con ellos sus celdas,
encandilados peregrinos, tropiezan en el patio.
Proletarios que asfixia el calabozo,
proletarios que pisotea un párrafo.

En el rincón acechan guardianes traicioneros.
Llega una turbia luz castrada por arbustos
y trepa la coraza de los rígidos muros,
palpa fláccidos cuerpos y se quiebra.

Ante el portón se extingue el hormiguero urbano.
«De la basura brota verdor en primavera»
piensa uno, y termina la ronda fatigado.

Se detiene y contempla el cielo, parpadeando.
Como herida violácea el firmamento se abre:
herida que arde y arde y no llega a cerrarse.

Cadáveres en el bosque de los curas

Un cúmulo de abono de cuerpos humanos putrefactos:
ojos vidriosos, coagulados de sangre,
sesos destrozados, vísceras vomitadas,
el aire apesta a cadáver descompuesto,
¡un horrendo alarido sin par del desvarío!

Oh, mujeres de Francia,
mujeres de Alemania,
¡mirad a vuestros hombres!
Con manos destrozadas buscan
los hinchados cuerpos de sus enemigos,
el gesto, de cadavérica rigidez, fue hálito hermano,
sí, se abrazan.
¡Oh, abrazo horrible!

Miro, miro, mudo quedo.
¿Soy un animal, un perro carnicero?
Ultrajados…
Asesinados…


* Sobre la traducción: ver créditos.

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