Franz Werfel: poemas

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De «el amigo del mundo»

Yo, solo yo soy como el cristal.
A través de mí expulsa el mundo su espumeante exceso.
Los otros son como hierro y madera,
ufanos de su firme carácter, de su opacidad.
A veces me miran
y me ven solamente cuando estoy ciego y lleno de mugre
del río que me atraviesa.

Al lector

¡Mi único deseo, hombre o mujer, es ser afín a ti!
Seas negro, acróbata, o reposes todavía en la honda protección de tu madre,
suene tu canto de muchacha en el patio, guíes tu balsa en el atardecer,
seas soldado o aeronauta lleno de resistencia y coraje.

¿Acaso cuando niño portaste también un fusil con un lazo verde?
Cuando se disparaba, salía del cañón un tapón amarrado.
¡Hombre mío, cuando canto al recuerdo
no seas duro, y derrítete en lágrimas conmigo!

Pues he pasado por todos los destinos. Conozco
el sentir de las arpistas solitarias en orquestas de balnearios,
el sentir de tímidas institutrices entre familias extrañas,
el sentir de las debutantes que se colocan temblando frente a la concha del apuntador.

Viví en el bosque, trabajé en una estación de ferrocarril,
me incliné sobre libros de cuentas y serví a parroquianos impacientes.
Cuando era fogonero me paré frente a las calderas, el rostro alumbrado por llamas deslumbrantes.
Y cuando era culi comí desperdicios y sobras.

¡Te pertenezco, pues, a ti y a todos!
¡Por favor, no vayas a rechazarme!
¡Oh, si pudiera suceder alguna vez
que nosotros, hermano, nos abracemos!

Concierto de una profesora de piano

La dama gorda de las pecas
que se internan muy abajo en el escote
—mejor que usara blusa y cuello duro—
está sentada al piano, arrellanada.

Las notas, ampulosas, ya traen marchas fúnebres,
caballos, y sepelios…, y a Chopin.
Yo solo siento un malestar vacío,
harto de esta mujer desmesurada.

Alrededor del piano se sientan las alumnas
con éxtasis fingido y odio silencioso.
Diez rosales ardiendo como dulces antorchas

en el fondo, con brillo encantador,
y miran con pupilas temerosas
los senos de la gorda, que bailan al compás.

Cuando de verte andar casi moría extasiado

Cuando lloraba absorto al contemplarte
y me hacías sentir inmensas emociones,
¿no vivían un día fatigoso
millones de golpeados y oprimidos?

Cuando de verte andar casi moría extasiado
nos rodeaba el trabajo y el ruido de la Tierra
y el vacío y la falta de calor;
vivían y morían los siempre desdichados.

Mientras creía flotar, henchido de tu aroma,
había tantos y tantos chapoteando en pantanos,
encorvados en bancos, sudando ante calderas.

Vosotros que jadeáis por calles y por ríos:
¿Existe un equilibrio en el mundo y la vida?
¿Cómo habré de pagar la deuda contraída?

La guerra

Entre una tormenta de palabras falsas,
coronada la testa por vacío trueno,
insomne de mentira,
de hechos que sólo se hacen a sí mismos ceñido,
rebosante de víctimas,
odioso y atroz para el cielo—
así pasas tú,
tiempo,
en el soñar fragoroso
que Dios, con manos terribles,
arranca de su sueño
y lo desecha.

¡Sarcásticas, sin compasión,
inclementes se yerguen las paredes del mundo!
Y tus trompetas
y desconsolados tambores,
y el furor de tus marchas,
y el fruto de tu horror
átonos y pueriles arden
contra el implacable azul
que golpea el carro de combate,
broncíneo y ligero se echa
en torno al corazón eterno.
Suaves se tornaron en la terrible noche
hombres que son náufragos a salvo.
Su dorada cadena puso el niño
en la tumba del ave muerta;
la eterna, insapiente
hazaña heroica de las madres aún se agita.
El santo, el hombre,
exultante, se entregó y derramó;
el huérfano, clamando poderoso,
vedlo,
se reconoció en el enemigo y lo besó.
Entonces se desató el cielo
sin poder contenerse ante los prodigios,
y cayó desplomado,
y sobre los humanos techos,
exaltada, planeando,
la bandada de águilas de la divinidad
descendió áurea.

Ante cada pequeña bondad
pasan los ojos de Dios,
y cada pequeño amor
resuena en todo el orbe.

Pero, ¡ay de ti,
tiempo que piafas!
¡Ay de la atroz tormenta
del discurso engreído!
Intacto queda, el ser ante tu paso,
y las montañas que se quiebran,
las calles jadeantes,
y los muertos, por miles, a un lado, sin valor,
¡Y tu verdad no es
el rugir del dragón,
ni la horda lenguaraz
del derecho envenenado, envanecido!
Tu verdad sola,
el sinsentido y su dolor,
el borde de la herida y el corazón que acaba,
la sed y la bebida fangosa,
dientes que se muestran,
y el osado furor
del monstruo malicioso.
La pobre carta desde casa,
el correr por la calle,
la madre, sabia,
que no comprende todo esto.

Ahora que nos abandonamos
y dilapidamos nuestro más allá,
y nos conjuramos
para la miseria, posesos de maldiciones…
¿Quién sabe de nosotros,
quién del ángel infinito
que —ah dolor— sobre nuestras noches,
entre los dedos de las manos
ingrávido, insufrible, precipitándose,
llora las inmensas lágrimas?

Una canción de vida

Insuficiente es la enemistad.
El querer y los actos, una vida
consciente aquí en la tierra,
mundo, ¿qué son en sí?
Flota en cada destino
del placer y el dolor al paso,
en el asesinar y el abrazar,
¡la simpatía de lo humano!

¡Sólo eso no es efímero!
¿Has visto los salvajes ojos
de chicas campesinas contrahechas?
¿Las has visto velarse lentamente
como damas mundanas,
has visto en ellas destellar
el verde de festivas plataformas,
de música y noches de luces?

¿Viste barbas de enfermos
—ah, nubes sobre álamos—,
cómo a Dios se parecen,
inmerso en la tormenta?
¿Viste la gran bondad
en la muerte de un niño?
¿Cómo el amable cuerpo
se escapó con ternura?

¿Viste el entristecerse
de las muchachas, a la tarde?
¿Cómo ponen en orden las cocinas,
y lejanas, como los santos son,
viste las bellas manos
de rugosos guardianes nocturnos,
cuando al perro acarician
con toscas palabras de amor?

¡Quien se indignó en su hacer
piense bien! ¡Indeciblemente
andamos, en discurso y formas,
cerca y lejos los unos de los otros!
Y que estemos aquí, sentados o de pie,
¡¿quién, turbado, lo puede concebir?!
Pero por sobre todas las palabras
Yo lo proclamo, humano: ¡¡Somos!!


* Sobre la traducción: ver créditos.

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