Detalle de la edición cubana de ʽ1984ʼ, publicada por la editorial oficial Arte y Literatura, en 2016, con traducción a cargo de Fabricio González

En su libro Avant lʼAprès. Voyages à Cuba avec George Orwell (Éditions La Peuplade, Quebec, 2018), el periodista canadiense francófono Frédérick Lavoie presenta su testimonio de tres estancias en La Habana entre 2016 y 2017. La sorprendente decisión de la editorial oficial Arte y Literatura de publicar la novela 1984 de George Orwell, uno de los más poderosos alegatos que se hayan escrito contra el totalitarismo, es el pretexto de que se sirve el autor para trazar un dinámico fresco de la sociedad cubana en el lapso de unos meses conmocionados por avatares históricos de la relevancia de la normalización de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, la muerte de Fidel Castro y la llegada a la presidencia de Donald Trump. Lavoie indaga en el complejo mecanismo interno que regula el campo intelectual cubano, sondea los ánimos de una sociedad gobernada durante más de cinco décadas por un régimen que se autoproclama comunista, explora en las relaciones entre los cubanos de la isla y del exilio… e investiga sobre las enigmáticas circunstancias de aparición de las primeras ediciones cubanas de Orwell, publicadas al inicio del triunfo de la Revolución cubana. Los pasajes que presentamos a continuación son los relativos a esta investigación.

Juan Manuel Tabío


Ausencia de prueba

El 11 de abril de 1946, Ihor Szewczenko, un joven académico de origen ucraniano que había aprendido inglés escuchando la BBC, envía una carta a George Orwell. Acaba de terminar de leer Animal Farm y quiere traducirla a su lengua materna para unos 200 000 ucranianos que aún están confinados en campos de desplazados en Alemania y Austria un año después del final de los combates en Europa. Orwell recibe la propuesta con satisfacción. Acepta escribir un prólogo especialmente dedicado a esta edición e insiste en no exigir ningún derecho de autor. En ese prólogo, explica cómo se le ocurrió esta alegoría animal de la Revolución rusa y lamenta la ceguera de diversos intelectuales y trabajadores ingleses que, a pesar del totalitarismo estalinista, siguen creyendo que la Unión Soviética progresa hacia el socialismo. “Y así –escribe– en el curso de los últimos diez años, me he convencido de que la destrucción del mito soviético es esencial si queremos un renacimiento del movimiento socialista.”

Kolhosp Tvarin (La granja colectiva) se publica a mediados de 1947 en Múnich. Sin embargo, sólo dos mil copias llegarán a manos de los desplazados. Aproximadamente otras mil quinientas son confiscadas por el ejército de los Estados Unidos y entregadas a las autoridades soviéticas a cargo de la repatriación, que se apresuran a destruirlas. La Guerra Fría no ha hecho más que comenzar, y los norteamericanos no quieren ofender a los soviéticos, con los que deben colaborar, especialmente para decidir el destino de estos desplazados. En una carta dirigida al escritor Arthur Koestler con fecha de 20 de septiembre de 1947, Orwell deplora la actitud de las autoridades e invita a su amigo a responder positivamente a Ihor Szewczenko, quien quiere traducir uno de sus libros. También aconseja a Koestler que mantenga un perfil bajo en relación con este proyecto, en vista de su carácter “más o menos ilícito”. “He venido diciendo desde 1945 que los desplazados son una buena oportunidad para romper el muro entre Rusia y Occidente. Si nuestro gobierno no llega a entenderlo, tenemos hacer lo que esté en nuestras manos, privadamente”, declara Orwell a Koestler.

Bastante rápido, en la medida en que la Guerra Fría se va afianzando, los gobiernos norteamericano y británico también advierten el potencial de los libros como herramienta para la propaganda anticomunista, y en particular de las novelas de Orwell. Ya en 1947, el escritor inglés es contactado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, que desea producir una versión radiofónica de Animal Farm destinada a los países vulnerables a la influencia comunista. Orwell acepta. Al año siguiente, el Departamento de Estado financia una edición coreana del mismo libro. Mientras tanto, el recién creado Information Research Departement (IRD) –fundado por el Foreign Office británico, y que se convertirá en uno de los mayores vectores de la propaganda literaria en todo el mundo a lo largo de la Guerra Fría– dispone la publicación de una edición de Animal Farm en lengua telugu. En la India recientemente independizada, una rebelión campesina apoyada por el Partido Comunista está inflamando una región de habla telugu del país. Al distribuir este libro, el IRD quiere advertir a los indios contra la ilusión de la dictadura del proletariado. En 1949, emigrantes rusos antiestalinistas que buscan financiar la traducción de Animal Farm en una revista en lengua rusa destinada a las regiones alemanas bajo control soviético, entran en contacto con Orwell. El autor ve esta propuesta como una nueva oportunidad de hacer que su libro viaje a la URSS, en las maletas de los soldados del Ejército Rojo que regresarán algún día a casa. Llega incluso a ofrecerse a financiar el proyecto de su propio bolsillo. Cuando su agente le dice que está a punto de llegar a un acuerdo para vender los derechos del libro en persa, Orwell insiste en que no exija un adelanto demasiado elevado, “porque es importante que la traducción se haga”.

En los últimos años de su vida, Orwell alentó cualquier iniciativa, privada o gubernamental, dirigida a difundir Rebelión en la granja en los países bajo el yugo de un régimen totalitario o bajo la amenaza de estarlo. A partir de junio de 1949, hace lo mismo con su recientemente publicado 1984. La muerte de Orwell en enero de 1950 no disminuye la popularidad de sus libros entre los órganos de la propaganda británica y norteamericana. Ese mismo año, el IRD publica tiras cómicas inspiradas en Rebelión en la granja en los periódicos de muchos países, incluyendo The Times of India. En 1951, en memorandos internos, el Secretario de Estado de los Estados Unidos Dean Acheson califica a 1984 y Animal Farm como obras de “gran valor para el Departamento [de Estado] en la ofensiva psicológica contra el comunismo”. E incluso ordena a la embajada de Londres “que ayude a los editores extranjeros” en la realización de nuevas traducciones de estos libros.

Desde su creación en 1953 y hasta la caída del Muro de Berlín, sólo la United States Information Agency patrocinó la traducción y distribución de los libros de Orwell en más de treinta idiomas. Un número no determinado de otras ediciones vieron la luz a través de organizaciones fachada de la CIA y el IRD. Irónicamente, si George Orwell se ha convertido en uno de los autores anglosajones más leídos en todo el mundo durante el siglo XX, se debe en gran medida a las actividades propagandísticas de los servicios secretos norteamericanos y británicos. Aunque muy crítico con el imperialismo de los países capitalistas, Orwell había apoyado estas iniciativas, en su estimación de que la lucha contra el totalitarismo comunista era la más urgente. De haber estado vivo algunos años más tarde, sin embargo, probablemente no habría aceptado de buen grado que estos mismos imperialistas se permitieran alterar sus obras para servir mejor a su causa.

En diciembre de 1954, una versión en dibujos animados de Animal Farm se exhibe en los cines de Inglaterra, y, el mes siguiente, en los Estados Unidos. Luego será traducida y emitida en otros países. Los que conocen el texto original se sorprenderán de que, en la pantalla grande, el cuento de Orwell no termina de la misma manera que en el texto. En las últimas páginas del libro, mientras los cerdos están celebrando en la casa del antiguo propietario su nueva alianza con los granjeros vecinos, los otros animales observan la escena subrepticiamente desde la ventana. Constatan que se ha vuelto virtualmente imposible distinguir a los cerdos, que ahora caminan en dos patas, de los humanos. Con este desenlace, Orwell quería presentar el sorprendente parecido entre los antiguos sistemas de opresión capitalista y las nuevas tiranías comunistas. En cambio, en el largometraje, los humanos son excluidos de la escena final. Y en lugar de resignarse a ser explotados por la nueva casta gobernante, los animales se rebelan. El dibujo animado termina cuando acaban de invadir la casa y se disponen a derrocar a la dictadura porcina.

Frédérick Lavoie junto a la cubierta de la edición en inglés de su libro

Dos años más tarde, se estrenó una adaptación cinematográfica de 1984, cuyo epílogo fue igualmente modificado. En la escena final, en lugar de profesar su amor por el líder del Partido como en el libro, Winston clama “¡Abajo el Gran Hermano!” en medio de una turba. La tortura a que había sido sometido no había sido capaz de quebrarlo completamente. La naturaleza humana era más fuerte que la dictadura. En caso de que el mensaje no fuera lo suficientemente claro, una voz en off concluía la película con esta advertencia: “Esto es una historia del futuro. Podría ser la de nuestros hijos, si no logramos preservar su legado de libertad.” Años más tarde, se revelaría que estas dos producciones habían sido financiadas por la CIA, y que fue la agencia estadounidense la que ordenó que el espíritu derrotista de Orwell frente a la omnipotencia de los regímenes totalitarios fuera reemplazado por la llamada a la sedición. Si alguna vez los habitantes del otro lado de la Cortina de Hierro llegaran a ver estas películas, podrían pensar en levantarse contra su opresor. Existe una abundante literatura sobre el uso de 1984 y Rebelión en la granja como medios de propaganda durante la Guerra Fría. Pero, de entre todos los artículos y libros que he podido consultar, ninguno de ellos menciona a Cuba como receptor de cualquiera de estos programas.

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En una correspondencia electrónica, el bibliotecario de investigación del Departamento de Estado de los Estados Unidos responsable de los documentos de la USIA –disuelta en 1999– me confirma que no hay nada en los registros que sugiera alguna participación de la agencia en la publicación de 1984 en Cuba en enero de 1961. Lo mismo ocurre con el Archivo de Seguridad Nacional, una organización no gubernamental que recoge documentos desclasificados de las agencias estadounidenses, entre ellas la CIA, para garantizar una mayor transparencia por su parte. No hay rastro en ningún lugar de Librerías Unidas S.A., ni de connivencia alguna entre las editoriales cubanas y las autoridades estadounidenses en ese momento. Tanto de un lado como del otro me recuerdan, sin embargo, que la ausencia de prueba no constituye prueba de ausencia. La primera edición cubana de 1984 no consigna crédito de traductor. Sin embargo, al comparar el texto con otras ediciones en español, observo que la traducción utilizada es la de Rafael Vázquez Zamora, encargada por Ediciones Destino, en España. Era esta editorial la que, en ese momento, poseía los derechos mundiales de la obra de Orwell en lengua española. Incluso cuando el libro denunciaba todas las formas de totalitarismo, el régimen de Franco había autorizado su publicación en 1952, pues ante todo había visto en él, como los norteamericanos y los británicos, un formidable medio de propaganda anticomunista.

En la Agencia A. M. Heath, que está a cargo de los derechos literarios de George Orwell, me informan de que nunca han escuchado hablar de la primera edición cubana de 1984, ni tampoco de la de Animal Farm, publicada simultáneamente en Librerías Unidas, pero que de la que aún no he podido encontrar un ejemplar. No parece existir un contrato de cesión de derechos para estas ediciones. El agente Bill Hamilton no está realmente sorprendido. Teniendo en cuenta el contexto político, me escribe en un correo electrónico, es poco probable que los editores de Librerías Unidas hayan procurado obtener un permiso de Ediciones Destino en la España de Franco. Comenta Hamilton: “Durante la Guerra Fría, cuando en muchos países la industria del libro estaba controlada por el Estado, tales libros sólo estaban disponibles en ediciones clandestinas, en forma de samizdat. Los herederos de Orwell no tenían control sobre [estas ediciones] y, por supuesto, no tenían ninguna intención de recibir ninguna ganancia. [Los herederos] consideraron que estos libros tenían el derecho de ser distribuidos por medios no ortodoxos en lugares donde el estado los censuraba y donde los propios derechos de autor estaban comprometidos.” Si se considera el apoyo proactivo de Orwell durante su vida a cualquier publicación clandestina de sus libros, es fácil imaginar que habría alentado la publicación de estas ediciones cubanas. Poco importaba si detrás de Librerías Unidas se escondieran anticomunistas cubanos o los servicios de propaganda británicos o norteamericanos.

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En los meses entre mis dos primeros viajes a la isla, hago búsquedas en línea que me permiten hacer una lista de algunos otros títulos publicados por Librerías Unidas. Hasta donde puedo deducir, la casa habría existido solamente desde 1959 hasta principios de 1961. Además de las novelas de Orwell, otras obras del catálogo demuestran claramente la orientación anticomunista y antitotalitaria de los editores. Casi todos ellos son reediciones de obras ya publicadas en el extranjero: en La gran estafa, el ex comunista peruano y ex agente a sueldo de Moscú Eudocio Ravines revela y denuncia las tácticas utilizadas por los soviéticos durante los años treinta para extender su influencia en China y América Latina; en La nueva clase, el yugoslavo Milovan Djilas, un ex camarada de Tito que desertó, expone cómo las elites comunistas de la URSS y Yugoslavia impusieron los regímenes totalitarios de los que son las primeras en beneficiarse; la novela El cero y el infinito de Arthur Koestler, otro exfervoroso comunista, cuenta las desgracias de un bolchevique de la vieja guardia que fue arrestado, encarcelado y juzgado por traición por el gobierno que él había contribuido a llevar al poder. Al igual que lo que ocurre con 1984 y Rebelión en la granja, también se han publicado traducciones de estos tres libros en diferentes idiomas en todo el mundo con la ayuda de la CIA, la USIA o el IRD. Arthur Koestler fue, además, consultor del IRD e informante de la CIA durante algunos años.

Otros dos libros publicados por Librerías Unidas, sin embargo, siembran dudas sobre las convicciones políticas de los editores y, al mismo tiempo, el potencial vínculo con agencias norteamericanas y británicas. Entre los primeros títulos publicados por la casa a principios del año 1960 se encuentra, en efecto, Fábula del tiburón y las sardinas: América Latina estrangulada, de Juan José Arévalo. En este virulento ensayo, el primer presidente electo de Guatemala condena enérgicamente la política imperialista de los Estados Unidos en las Américas. El libro había sido publicado originalmente en 1956, dos años después del golpe de estado en Guatemala que derrocó a Jacobo Árbenz, el sucesor de Arévalo, también democráticamente elegido. Los Estados Unidos habían justificado su operación por sus sospechas de que Árbenz estaba a punto de abrazar el comunismo y aliarse con los soviéticos. Unos meses después de la aparición de Fábula en Librerías Unidas, Fidel Castro encargó otra edición a una editorial estatal, que imprimió cincuenta mil ejemplares de este título y se distribuyó en toda la isla a un bajo precio.

En febrero de 1961, un mes después de que aparecieran las traducciones de 1984 y Animal Farm, Librerías Unidas publicó La tragedia de la diplomacia norteamericana, del historiador norteamericano William Appleman Williams. Una importante figura de la Nueva Izquierda, Williams adoptaba una postura crítica en relación con la historiografía oficial de su gobierno. Argumentaba que, desde su creación, los Estados Unidos no sólo habían difundido la libertad en todo el mundo, sino que también había actuado como una fuerza imperialista. Dos meses después de la aparición de la edición cubana de su libro, el intelectual condenó la invasión de Bahía de Cochinos, como mismo había condenado la de Hungría por la Unión Soviética en 1956. Durante la Guerra Fría, los británicos y los norteamericanos intentaron influir de diferentes maneras sobre los intelectuales de izquierda de todo el mundo con el fin de desviarlos de la influencia soviética. La CIA, por ejemplo, había fundado en 1950 el Congress for Cultural Freedom (Congreso para la Libertad de la Cultura), una organización que disponía de múltiples antenas, una de ellas en Cuba, que fue disuelta a fines de los años sesenta. El Congreso editaba revistas en varios idiomas y organizaba conferencias y seminarios internacionales. Tenía por objetivo promover ideas de izquierda, socialistas pero anticomunistas y antisoviéticas, entre la intelligentsia de diversos países. Periódicamente, sin embargo, surgían conflictos en el seno de la organización, cada vez que la dirección impedía la publicación de textos que criticaban la injerencia norteamericana en el mundo.[1] Durante sus dos décadas de existencia, la mayoría de los miembros del Congreso ignoraron, o decidieron ignorar, el hecho de que el dinero que se usaba para sufragar sus actividades, salarios y publicaciones procedía de un bolsillo secreto del Tío Sam.

Si los norteamericanos y los británicos invirtieron en tales proyectos de izquierda, sigue siendo poco probable, en mi criterio, que hayan fundado o simplemente financiado una casa editorial cubana como Librerías Unidas, que denunciaba con la misma energía tanto el imperialismo norteamericano como el soviético. Pero esto es sólo una corazonada. Una vez más, la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Durante mis siguientes estancias en la isla, continuaría mis investigaciones en la Biblioteca Nacional y mi búsqueda de fuentes con la esperanza de descubrir más pistas sobre la identidad y las motivaciones de los primeros editores cubanos en 1984.

Cártel soviético que conmemora la celebración del 26 de julio en Cuba, en él se puede leer “¡El pueblo cubano jamás será vencido!”, V. Volikov, 1960

La mutabilidad del pasado

Las fichas de los libros en la Biblioteca Nacional de Cuba están clasificadas de dos maneras. Algunos están dispuestos según el nombre del autor, mientras que para otros hay que buscar el título de la obra. Así, los libros de Orwell se encuentran bajo la letra O, mientras que el ensayo La tragedia de la diplomacia norteamericana de William Appleman Williams ha sido catalogado en la T. Puedo, sin embargo, identificar la mayoría de los libros que, de acuerdo con mis búsquedas en línea, fueron publicados por Librerías Unidas. También descubro otros que ignoraba que habían sido publicados por el mismo editor. A cambio de un formulario de pedido, me son entregadas sin ninguna pregunta la mayoría de estas obras. Algunas son inencontrables, presumiblemente perdidas en las profundidades de la biblioteca o extraviadas para siempre. Sólo en un caso me encuentro con una prohibición. Para consultar El cero y el infinito, de Arthur Koestler, necesitaría obtener el estatuto de “investigador”, me hace saber una bibliotecaria. Sin embargo, mi tarjeta de usuario indica que no soy más que un “profesional”. ¿Por qué este libro está bajo una restricción como esa? ¿Está en el Index? En ese caso, ¿cómo explicar que se me dé acceso libre a Anatomía de un mito, una colección de ensayos de Koestler tan anticomunista como su novela y también editado por Librerías Unidas? ¿Será simplemente que el ejemplar disponible de la novela está en muy mal estado para ser manipulado por alguien?

No me dan explicaciones. No sabré más que eso. Ninguno de los libros de Librerías Unidas que me permiten consultar me revela ningún nuevo detalle sobre los editores. Todo lo que puedo llegar a determinar es que entre marzo de 1960 y febrero de 1961, la casa publicó una docena de títulos. La mayoría de ellos son ensayos o novelas, ya anticomunistas, ya antiimperialistas, en versión original española o en traducción del inglés. Recurro a los libros de referencia. En una monografía titulada La imprenta en Cuba, publicado en 1989 por la editorial Letras Cubanas, el historiador José G. Ricardo traza la historia de la impresión de libros, revistas y periódicos en la isla. El capítulo dedicado a los primeros años de la Revolución pasa completamente por alto la existencia durante este período de las editoriales independientes. El autor sólo cuenta la historia de las editoriales estatales revolucionarias. Ni rastro de Librerías Unidas. En 1968, la Biblioteca Nacional José Martí publicó Bibliografía Cubana 1959-1962, una obra que enumera los libros editados en Cuba –o en el extranjero sobre Cuba– durante los cuatro primeros años que siguieron al triunfo de la Revolución. En la introducción se especifica que, si bien el inventario no es exhaustivo, contiene sin embargo “lo más fundamental y representativo de esos años”. Ni 1984 ni Rebelión en la granja están incluidos en los 2 776 libros registrados. De hecho, ninguna de las obras anticomunistas publicadas por Librerías Unidas ha sido catalogada allí. Sólo encontramos La tragedia de la diplomacia norteamericana de Williams y Fábula del tiburón y las sardinas de Arévalo, en la sección “Imperialismo y lucha antiimperialista”. En el caso de este último libro, observamos que fue publicado por primera vez en 1960 por Librerías Unidas, antes de aparecer de nuevo unos meses después por la Imprenta Nacional de Cuba.

En los viejos periódicos, me encuentro con una reseña del ensayo del expresidente de Guatemala en la edición del 3 de abril de 1960 del Diario de la Marina. En su sección literaria dominical, el periódico conservador, proestadounidense y ferozmente anticomunista, eligió a Fábula como su “libro de la semana”. No por la calidad de sus argumentos, sino porque, según el diario, Arévalo sin saberlo expone allí los peligros del comunismo. En este artículo sin firmar, el Diario de la Marina reconoce que los norteamericanos no siempre han actuado en favor del bienestar de las Américas, y a menudo han priorizado sus intereses nacionales. Sin embargo, sería ilusorio pensar que el imperialismo ruso, “al que Arévalo sirve”, actúa de manera diferente en los países que incluye en su esfera de influencia. “Librerías Unidas S.A. ha hecho un gran servicio a los lectores al poner en circulación este libro, porque pone en evidencia el hecho de que, si hay aventureros en los negocios, los hay aún más en política, y sus métodos no son muy diferentes: los unos explotan a los trabajadores extranjeros, y los otros la fe de los ciudadanos”, concluye el diario.

Junto a la reseña, un anuncio publicitario de Librerías Unidas describe el libro en los términos más elogiosos. Lo presenta como una “obra sensacional” en la que el autor, con su “pluma ágil y vigorosa”, ha sido capaz de relatar “la tragedia de los pueblos del continente que se extiende desde el Río Bravo en México hasta las regiones antárticas”. Los ejemplares, se indica bajo la descripción, están a la venta en las librerías por 1.50 pesos –un precio seis veces mayor al de la edición que publicará la Imprenta Nacional de Cuba–. Al final del anuncio, una mención final de Librerías Unidas S.A. está acompañada por los logotipos de tres librerías de la capital. Un mes más tarde, en mayo de 1960, las autoridades revolucionarias pusieron un abrupto final a los ciento veintiocho años de existencia del Diario de la Marina. Este cierre marca el principio del fin de los medios críticos en la isla. En un año y medio, habrán desaparecido completamente.

Además de los ejemplares de los libros de Librerías Unidas que pude consultar, esta reseña es una de las únicas pistas de esta editorial que encontré en los archivos. Esta ausencia de información, aunque muy frustrante, no es, si se lo piensa bien, tan sorprendente. Las efectos de una revolución llevan inevitablemente a la aparición de mil y una iniciativas concurrentes y que tratan, todas ellas, de influir en el proceso de redefinición de la nación. Durante un período de tiempo, todos los futuros parecen todavía posibles excepto aquellos que son demasiado reminiscentes del pasado, y cada cual puede proponer el que imagina el mejor y alertar contra aquellos que considera peligrosos. Luego, los caminos del futuro se restringen, y la mayoría de esas opciones, lenta o abruptamente, desaparecen. Una vez que este nuevo futuro esté delineado, los nuevos poderosos no tienen interés en mantener la memoria de esas visiones concurrentes que, por un tiempo, han coexistido con las suyas o incluso han contribuido a su formación. Si los amos del presente a veces llegan a alterar la naturaleza de estas alternativas en los archivos o borrarlas de ellos, por lo general sólo necesitan dejar que el tiempo disipe sus recuerdos y erosione las últimas pruebas de su existencia.

Esto fue, presumiblemente, lo que ocurrió con Librerías Unidas y sus fundadores.

ʽAnimal Farmʼ, Archivo de Animación de Halas and Batchelor studios, 1954

Paredes en la palabra

Antes de la Revolución, el barrio de Kohly estaba habitado por la gran aristocracia habanera y por algunas familias extranjeras. Varios de sus residentes tenían yates atracados en el río Almendares, límite natural al oeste del vecindario. El propio dictador Fulgencio Batista era propietario de una residencia en Kohly. Después de la Revolución, las suntuosas casas abandonadas por los aristócratas fueron adjudicadas a generales y altos funcionarios del nuevo régimen. En las calles del barrio, hoy, el uniforme verde olivo es muy común, y la casa de Batista ha sido transformada en una clínica médica para funcionarios del Ministerio del Interior. A diferencia de la mayoría de los residentes de Kohly, el antiguo presidente del Senado Lucilo de la Peña no huyó de la isla después del triunfo de la Revolución. Permaneció allí hasta su muerte en 1971. Las autoridades revolucionarias le permitieron mantener su gran casa colonial, que él había comprado a la suegra de Batista. Por un tiempo, también se le permitió operar su imprenta y su casa editorial, ambas llamadas Luz-Hilo y situadas en la calle Luz, en la Habana Vieja. Fue en la imprenta de Luz-Hilo donde aparecieron todos los libros de Librerías Unidas que he podido consultar, entre ellos la primera edición cubana de 1984.

Había escuchado por primera vez el nombre de Lucilo de la Peña de la boca de Julio Travieso, a quien pregunté si sabía quién estaba detrás de aparición de las novelas de Orwell en Cuba en enero de 1961. Según él, De la Peña no sólo había impreso estos libros sino que también los había editado, pero no tenía ninguna prueba fehaciente de eso que aseguraba. Sin embargo, la hipótesis valía la pena de ser explorada. Por primera vez, tenía el nombre de una persona asociada tal vez estrechamente, o al menos remotamente, con Librerías Unidas. En mis investigaciones en línea, descubrí que, además de sus actividades comerciales y su pasado político, De la Peña era, en su tiempo libre, árbitro de duelos. No encontré, en cambio, ninguna evidencia de su presunta relación con Librerías Unidas.

Un artículo publicado en la sección de crónica social de un periódico de San Diego también me puso al corriente de que, en febrero de 2016, en un viaje realizado a La Habana, su nieta Mary Drake, una filántropa residente en California, había encontrado la casa de su abuelo mientras exploraba Kohly a bordo de un taxi. María Elena –ese es su verdadero nombre de pila– tenía sólo ocho años en 1959, cuando abandonó la isla para trasladarse a los Estados Unidos. Su padre, el hijo de Lucilo, era un oficial del ejército de Batista. Cuando fue a llamar a la puerta de la casa familiar, se había emocionado al saber que su tía Conchita, con quien no había tenido contacto desde su partida, todavía vivía allí. Esta se encontraba entonces en Guatemala con su marido, a donde había ido a visitar a sus hijos, pero Mary se prometió a sí misma que volvería muy pronto para restablecer finalmente la relación con su tía.

Me puse en contacto con Mary, que me dio el número de Conchita. Por teléfono, tomé a la hija de Lucilo de la Peña por una vieja excéntrica. “Tengo una pregunta para usted, pero le hará reír –me dijo cuando supo de mi origen– ¿los Grandes Lagos son canadienses o norteamericanos?”. Cuando ella y su marido Enrique me reciben en el patio trasero de la casa de Kohly, me confían que su problema es más serio. Hace años que Conchita sufre de trastornos psiquiátricos por los que debe recibir severos tratamientos. “Su psiquiatra le ha prohibido ahondar en el pasado de su familia”, me explica Enrique. “Se afecta demasiado emocionalmente cuando habla de su padre. También ha perdido parte de su memoria de aquel entonces. Y hay mucho de ficción en lo que recuerda. Si usted quiere conversar sobre los libros que Lucilo publicaba, no hay problema. Pero mejor no hablar de sus implicaciones políticas”.

El estado de Conchita parece ser en efecto muy grave, pero entiendo que, más allá de la pérdida de memoria y el dolor que podría provocar en su mujer el resurgimiento de algunos recuerdos, Enrique busca sobre todo evitarse problemas con las autoridades. “Yo soy médico retirado. He sido empleado del gobierno, vicedirector del Instituto de Oncología, durante veintidós años. Queremos vivir en paz. No queremos tener problemas. Y esa época para Lucilo fue muy… muy… agitada”, deja caer.

“No queremos vivir en el pasado”, añade Conchita. “Vivimos en el presente. Mi vida, hoy, está con mi marido, mis hijos, en nuestra casa. Y el resto…”. Con un movimiento de su mano, rechaza lo que sale del marco dentro del cual se confina para mantener una cierta estabilidad mental. Enrique ignora si su suegro fue el instigador de la publicación de 1984. Hasta donde él sabe, Lucilo sólo publicaba libros bajo el sello de Luz-Hilo. “Los títulos que él publicaba eran elegidas por razones de popularidad y no políticas”, asegura su yerno. “Si estimó que un libro como 1984 se podía vender, puede que lo haya publicado. Pero está claro que no tuvo nada que ver con todas esas cuestiones de anticomunismo o anticapitalismo”. Enrique sigue siendo evasivo en cuanto a la posición tomada por Lucilo de la Peña frente al nuevo gobierno instalado partir de 1959. Una vez más, la enfermedad es una coartada conveniente. “Al principio apoyó la Revolución, pero luego, su senilidad comenzó a hacerse sentir y no habló más del tema. Cuando lo conocí en 1962, él ya no estaba en sus cabales”.

Enrique me asegura que a Lucilo no se le confiscaron sus empresas durante la nacionalización de las editoriales que ocurrió a mediados de 1961. Según él, las habría vendido al Estado. “El gobierno revolucionario no tenía ninguna razón para incautar las empresas de gente que no había hecho nada malo.” Yo me mantengo en mi escepticismo. Tal vez fuera cierto que Lucilo de la Peña se las arregló para llegar a un entendimiento con el régimen para no perderlo todo. Pero se trataría en ese caso, claramente, de una excepción. La compensación de los ricos no era una práctica común en la Cuba recientemente declarada comunista de 1961. “Mi padre fue uno de los dos únicos miembros del Senado que continuaron recibiendo su pensión completa después de la Revolución, porque era un hombre honrado”, añade Conchita en una de sus escasas intervenciones.

¿Habría alguno de los colaboradores de Lucilo que siguiera vivo y que me pudiera contar más sobre los últimos años de su actividad como impresor y editor? Enrique apenas me deja terminar la pregunta. Descarta esa posibilidad sin siquiera tomarse el tiempo de considerarla. En lo que respecta a los archivos de Lucilo, estaban en el sótano de la casa y fueron destruidos cuando un ciclón le arrancó el techo hace unos años. Les leo a Enrique y a Conchita un correo electrónico de su sobrina María Elena en el que me pide que les transmita “besos y mucho amor”, y promete venir a visitarlos muy pronto. Enrique, que nunca la conoció, sigue en guardia. “Después de casi sesenta años sin dar noticias, ¿qué que quiere exactamente?, ¿por qué no escribió antes?, ¿qué sentido tiene comenzar una relación a estas alturas?”. Le hago notar que María Elena era una niña cuando abandonó la isla, y que hasta hace poco las comunicaciones entre Cuba y los Estados Unidos eran muy difíciles. “Mi madre también estuvo allí durante mucho tiempo, y yo hablaba con ella casi todos los meses”, responde Enrique. “Era difícil, pero no imposible”. Es inútil insistir. Enrique y Conchita no tienen ningún interés en desenterrar sus recuerdos. Durante casi seis décadas, han logrado mantener en el olvido su pasado aristocrático. Enrique es conocido como un “buen revolucionario”. ¿Por qué volver a una época en la que su estatus social ponía en duda sus convicciones? Es mejor dejar el pasado donde está. Mi búsqueda no ha avanzado. Lucilo de la Peña fue indudablemente el impresor de la primera edición cubana de 1984, pero estoy bastante seguro de que no fue de él de quien surgió la iniciativa de su publicación.

Una vez más, me voy acercando y me vuelvo a alejar.

La superficie del fondo de la historia

Santa Cruz de Rivadulla
Santiago de Compostela
La Coruña, España
28 de mayo, 1961

Querido X:

Es posible que te sorprenda recibir noticias mías desde España. Finalmente tomé el camino del exilio: la única solución que queda hoy en nuestro desafortunado país. Cualquier cosa que te pueda decir es sólo una pálida imagen de la realidad. Yo mismo he sufrido, y en carne propia, las consecuencias de un régimen en el que el ser humano se ha convertido en una mercancía para conseguir determinados fines.

El día de la invasión fallida, de la que aquellos de nosotros que estábamos en la clandestinidad no fuimos avisados, fui arrestado, en la tarde, con otras once personas de nuestra célula. El arresto se efectuó en mi librería. De ahí fui conducido, junto con otros compañeros de desdicha, hacia el Financial Bank, y de ahí a las fosas del Castillo del Morro, donde me tuvieron durante once días. Cualquier cosa que pueda decirte sobre el sufrimiento que padecí será insuficiente. Imagínate que nos tenían –a un total de más de siete mil hombres– a la intemperie, y teníamos que soportar durante el día un sol abrasador, y por la noche, debido a un tardío viento norte, un frío insoportable. Como los familiares de los prisioneros no sabían del lugar donde estábamos detenidos, sobre todo en los primeros días, ninguno disponía ni de una miserable manta con que cubrirse.

Las necesidades fisiológicas debían aliviarse a la vista de los demás, como animales. Pasamos un día sin agua, y cuando finalmente se nos suministró fue mediante la instalación de una manguera que colgaba del muro de la fosa, y de ella tenía que abastecerse todo el campamento. Ya podrás imaginarte lo que tuvo que ocurrir para tomar un primer sorbo de agua en más de un día. Estuvimos dos días sin comida. Cuando se nos ofreció, las raciones eran tan escasas y ridículas –venían en unas pequeñas cajas– que yo renuncié a la mía. Luego el suministro de comida estuvo mejor organizado, pero así y todo había que esperar en una cola por más de cuatro horas para obtener una miserable piltrafa.

Durante la segunda noche de nuestra estancia allí, tuvo lugar la escena más fantástica de pánico colectivo que jamás he presenciado. A eso de las ocho y media de la noche, se corrió el rumor entre los reclusos de que los centinelas iban a dar una falsa alarma con el anuncio del derrocamiento de Fidel con el objetivo de provocar una reacción de júbilo entre los prisioneros y masacrarlos. Quiero decirte que el lugar en que nos encontrábamos era una zanja abierta, así que nadie que había entrado ahí podía disipar el pensamiento de que esa era la locación más apropiada que podría pensarse para una masacre. Como podrás imaginar, el espacio era idóneo. Según se desarrollaron los acontecimientos, a las nueve de la noche dispararon balas trazadoras sobre la zanja, acampañadas de ráfagas de ametralladoras, a la vez que los centinelas ordenaban que nadie se moviera o dispararían. Como te dije, el pánico era indescriptible. Sé de casos de hombres que se orinaron y se defecaron encima; otros, en busca de refugio, se arrojaron a una esquina más o menos protegida que la gente había convertido en una letrina provisional, de modo que nadaban entre las heces de todo el campamento. El temblor de las rodillas se podía oír físicamente, y por todas partes se escuchaban voces que imploraban piedad. En suma, algo dantesco. Resumiendo, puedo decir que en el curso de los once días que estuve detenido, seis personas enloquecieron, varias padecieron problemas cardíacos, y brotó una epidemia de tifus.

Yo tuve la inmensa fortuna de ser liberado el 27. Había planificado con antelación un viaje a España y había reservado vuelo para el 6 de mayo, así que vi los cielos abiertos. Viví todos esos días en enorme tensión. Si nos encontramos alguna vez, te contaré en detalle todo por lo que pasé, pero para resumirlo, déjame decirte que el viernes previo a mi viaje –es decir, el día anterior–, mi editorial fue intervenida (confiscada), y todo nuestro material publicado fue incautado.

Dos o tres días antes de partir, vi a tu madre. Me rogó que te escribiera y te dijera, una vez que tuviera la libertad para hacerlo, cómo andaba el estado de la nación. Le prometí que tan pronto tuviera la oportunidad procedería a informarte. Ante todo, déjame decirte que goza de buena salud, aunque, como es natural, como todo el mundo, está angustiada por el infierno que existe en Cuba. Respecto a lo demás, podrás formarte una idea por todo lo que te he relatado. Cuba es hoy un estado policial; se vive por y en el terror, sujeto a ser denunciado por cualquier ciudadano (informante) de responsabilidad cívica (adoctrinado) que sea miembro de los famosos comités. Creo que puedo resumirte de esta forma el estado de nuestro desgraciado país.

En lo que se refiere a mis planes futuros, puedo decirte que en ese respecto seguí tus consejos y finalmente obtuve mi título académico. Creo que fui el último en graduarme de Villanueva. Debo estar en Nueva York por los primeros días de septiembre. Allí intentaré ver si puedo abrirme un camino en el campo de la psicología o en otra cosa. No tengo que decir que te agradeceré mucho cualquier información en este sentido.

Mientras tanto, estoy aquí con mi mujer y mis hijos, intentando vivir una nueva vida y olvidar un poco lo que ha pasado antes.

Espero que pronto podamos conversar de muchas cosas.

Con mis mejores deseos,

Adolfo Cacheiro Fernández

Hacia finales de 1957, una nueva librería abre sus puertas en la calle Obispo en La Habana. La arteria comercial de la ciudad vieja ya tiene una media docena de librerías, casi todas –si no todas– llevadas por inmigrantes de origen gallego. El Gato de Papel, el nuevo establecimiento, no hace una excepción. Su dueño, Adolfo Cacheiro, de treinta años, nació en Cuba, pero es de ascendencia gallega. Su padre, que lleva el mismo nombre, nació en esta provincia del noroeste de España. Llegó a la isla a la edad de dieciséis años, casi sin un centavo. Al cabo de las décadas, Adolfo Cacheiro padre se convirtió en un próspero hombre de negocios en La Habana. A finales de los años cincuenta, era el dueño de varios restaurantes, un negocio de bienes raíces y, lo más importante, una licencia de distribución de billetes de la Lotería Nacional, a la que debe principalmente su fortuna.

Desde muy joven, Adolfo hijo ha estado trabajando para su padre. Sin embargo, éticamente hablando, se siente incómodo con el negocio familiar. La lotería nacional es la gallina de los huevos de oro de los dictadores. Fulgencio Batista, así como Gerardo Machado dos décadas antes, obtiene directamente una comisión de la venta de los billetes, y este dinero contribuye a mantener en su lugar el régimen. La cadena de puestos de lotería propiedad del padre de Adolfo se llama El Gato Negro. Cuando Adolfo hijo convence a su padre de que le ayude a abrir una librería, este le concede un pequeño local adyacente a un puesto de venta de billetes en la calle Obispo. Ambos gatos se tocarán hombro con hombro, lo que permite a Adolfo padre no perder de vista a su hijo, cuyas opiniones políticas conoce y considera radicales.

En el momento en que la librería abrió, la rebelión contra el régimen de Batista está tomando fuerza en todo el país. En las montañas de la Sierra Maestra, un tal Fidel Castro está a la cabeza de un puñado de insurgentes. En La Habana también se está organizando la disidencia. Adolfo padre teme que su hijo pueda ceder a la tentación de involucrarse. Pronto se revela que sus temores están bien fundados. Para ayudarlo a llevar la librería, Adolfo contrató a algunos de sus compañeros de clase en el departamento de Psicología en la Universidad Católica de Villanueva. Como él, estos jóvenes son intelectuales de izquierda, nacionalistas, antiimperialistas y más bien anticomunistas. Poco después de su apertura, El Gato de Papel se convierte en un lugar de reunión para los miembros del movimiento de resistencia cívica. Uno de sus líderes, Delio Gómez Ochoa –quien después de la victoria será derrotado al intentar exportar la Revolución a la República Dominicana– organiza allí reuniones de los partidarios del movimiento.

A ciertas horas del día, Carlos Rodríguez Bua, el joven empleado de la librería, con apenas catorce años, tiene instrucciones de no dejar entrar a nadie en el establecimiento. En el cuarto trasero, los disidentes se ocupan de imprimir panfletos de propaganda y preparar cócteles molotov que se utilizarán para cometer atentados contra el régimen. Cuando Adolfo padre se entera de lo que pasa en el negocio vecino al suyo, exige que su hijo se deshaga de todos sus amigos revolucionarios. Adolfo hijo se niega. Su relación nunca se recuperará completamente de esta desavenencia.

El primero de enero de 1959, mientras Adolfo hijo celebra el triunfo de la Revolución, Adolfo padre sabe que acaba de perderlo todo. El nuevo régimen lo asociará inevitablemente con el dictador depuesto, y los juegos de azar pronto serán prohibidos, lo que significará el final de El Gato Negro. El mes siguiente, abandona Cuba y nunca regresa, dejando sus propiedades en manos de su hijo. Ahora que ha salido de la clandestinidad, uno de los hermanos Castro –Raúl, o quizás Ramón, el mayor– se convierte en un cliente habitual de El Gato de Papel. Un día que pasa por la librería, Adolfo Cacheiro le hace una invitación: ¿por qué no viene uno de estos días a visitar su finca de Las Cuevas del Cura, en las afueras de la ciudad de La Habana? Y ya que estamos, ¿por qué no lleva a su hermano Fidel con él? Poco después, el líder de la Revolución y Ramón o Raúl honran la invitación. Cacheiro les muestra con orgullo las grandes cuevas naturales que hacen única la finca familiar. Los hermanos Castro toman nota de que el sitio tiene una colina con vistas a la costa del estrecho de la Florida. Unos días, semanas o meses después, Adolfo Cacheiro se entera de que su propiedad ha sido requisada por el Estado. Será convertida en una unidad militar. Esta súbita expropiación, la constatación del creciente autoritarismo del nuevo régimen, o probablemente una suma de las dos, lo hacen inclinarse hacia el lado de los contrarrevolucionarios.

Además de su librería, Adolfo Cacheiro posee una editorial. Cinco décadas y medio después, su mujer y sus hijos habrán olvidado su nombre, así como no podrán recordar la identidad de su presunto socio en esta aventura, pero estarán seguros de una cosa: durante este período tumultuoso, Adolfo Cacheiro publicó, entre otros títulos, una edición cubana del ensayo La gran estafa, de Eudocio Ravines. En este libro, el excomunista peruano denuncia las tácticas con las que Moscú buscaba expandir su influencia en América y otros lugares. Para Cacheiro, la publicación de este libro justo cuando Fidel Castro se está acercando peligrosamente a la Unión Soviética de Nikita Jhrushchov es una forma de alertar a sus compatriotas de las derivas de la Revolución.

Afiche relativo a la visita a la URSS de Fidel Castro en 1963, en él se puede leer, “Larga vida a la eterna, indestructible amistad entre Cuba y la Unión Soviética”, Biblioteca Estatal de Rusia, Moscú.

Una edición cubana de La gran estafa aparece en agosto de 1960 bajo el sello de Librerías Unidas. Hacia finales de 1960, Adolfo Cacheiro envía su mujer y sus tres hijos a una estancia en Santa Cruz de la Rivadulla, el pueblo ancestral de su familia en España. Alrededor de la misma época, la librería El Gato de Papel vuelve a convertirse en un lugar de reuniones secretas. Aquellos que hasta hace poco se encontraban allí para conspirar contra el dictador Batista vuelven a reunirse en el mismo sitio para urdir planes para derrocar a su sucesor. En febrero de 1961, un grupo de exiliados cubanos, entre ellos Félix Rodríguez –quien participará seis años después en la captura del Che en Bolivia– llega ilegalmente a La Habana. Su misión es ponerse en contacto con los grupos contrarrevolucionarios y distribuirles armas. Se está gestando una invasión. Una vez que se concrete y que las Fuerzas Armadas Revolucionarias hayan sido derrotadas, los clandestinos de La Habana tomarán el control de las instituciones neurálgicas de la capital. A la espera de la inminente operación de la que no conocen ni la fecha ni el lugar exactos, los contrarrevolucionarios tienen órdenes de apostarse en granjas en las afueras de la ciudad. Algunos de los amigos de Adolfo Cacheiro toman las armas, pero no él. Al proporcionar un lugar de reunión, forma parte, no obstante, de la conspiración. Unas horas después del comienzo de la invasión de Bahía de Cochinos, en abril, es arrestado y retenido durante once días en el Castillo del Morro, justo al lado de la fortaleza de La Cabaña.

El 5 de mayo de 1961, o sea, una semana después de su liberación, su editorial es objeto de una redada. Al día siguiente, las autoridades revolucionarias se presentan en su librería para arrestarlo de nuevo. Adolfo Cacheiro se encuentra en ese momento en el aeropuerto José Martí, esperando un vuelo para España. Es una coincidencia. Su boleto está comprado desde hace mucho tiempo. Para permitir que su jefe pueda dejar el país antes de ser prendido, los empleados de El Gato de Papel entretienen a los policías, a quienes aseguran que Cacheiro está fuera haciendo recados y llegará de un momento a otro. La estratagema funciona. El avión despega con Cacheiro a bordo. Su librería no sobrevivirá por mucho tiempo a su partida. Desde España, envía una carta a un amigo cubano en los Estados Unidos para darle noticias de su madre y la patria, le cuenta sus problemas y le anuncia su inminente llegada a Nueva York. Unas semanas más tarde, vuelve a cruzar el Atlántico, esta vez a bordo de un barco y en compañía de su esposa y sus hijos. Durante su exilio en Nueva York, Adolfo Cacheiro Fernández se hace director de un orfanato. Al mismo tiempo, practica también la psicología en consultas privadas. A la vez antiimperialista y anticomunista, sus sentimientos hacia la Revolución siguen siendo complejos hasta el final de su vida. Murió de una enfermedad cardíaca el 18 de enero de 1979, a la edad de 51 años, sin volver a poner un pie en Cuba.

*   *   *

En los años cuarenta, Rafael Hernández Villaurrutia es estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana. Entre sus condiscípulos se encuentra un joven de cuerpo robusto y palabra fácil que responde al nombre de Fidel Castro. No son amigos. A Rafael no le gusta Fidel, como tampoco le gusta la carrera de Derecho. Proveniente de una familia aristocrática de la capital, prefiere la literatura, las lenguas y las artes. Diez años más tarde, mientras Fidel combate en las guerrillas contra la dictadura de Batista, Rafael comparte su tiempo entre La Habana, donde es el director del Museo Nacional de Bellas Artes, América Latina y Europa, donde desarrolla investigaciones museográficas gracias a una beca de la UNESCO.

En la noche del 31 al primero de enero de 1959, mientras el dictador se da a la fuga y los revolucionarios se dirigen hacia La Habana, Rafael Fernández Villaurrutia celebra fastuosamente el año nuevo en el hotel Capri, en el Vedado. No se deja contagiar por la euforia del ambiente. Aún cuando muchos de sus amigos cercanos, entre ellos el librero Adolfo Cacheiro, se regocijan por el triunfo de la Revolución, Fernández sigue considerando a Fidel, su antiguo compañero de curso, como un salvaje, y no se cree una palabra que salga de su boca.

Unas semanas o meses más tarde, Rafael es acusado del asesinato de un revolucionario. El asunto no llega a mayores porque su coartada es contundente: en el momento del crimen, se encontraba en el extranjero. Las acusaciones son retiradas, pero pierde su puesto de vicedirector del museo. Sospecha que han urdido esa historia para deshacerse de él, porque sabe demasiado de Fidel. Si hubiera sido declarado culpable del crimen, muy probablemente habría terminado fusilado. A los treinta y dos años, considerado a partir de entonces como contrarrevolucionario, Rafael Fernández sabe que su carrera en la isla ha llegado a su fin. Quisiera reunirse con su padre en los Estados Unidos, pero no se resigna a abandonar a su hermana Margarita, cinco años menor que él y que acaba de dar a luz a su primer hijo. Mientras espera por el exilio, todavía soltero, vive con su abuela y sobrevive con la pensión de su difunto abuelo, antiguo juez de la Corte Suprema.

Al contrario que su hermano, Margarita Cano apoya la Revolución. Poco después del triunfo, ha sido contratada en la Biblioteca Nacional como asistente de su tía, María Teresa Freyre de Andrade, nueva directora de la institución. La biblioteca, que se había inaugurado poco antes de que los revolucionarios tomaran el poder, vivía una fase de efervescencia. Se han adquirido miles de libros y se han creado las bibliotecas ambulantes con el propósito de apoyar los esfuerzos de alfabetización popular del nuevo gobierno. Margarita está encandilada. Con su trabajo en la Biblioteca Nacional contribuye directamente a la construcción de una sociedad mejor. Y es la Revolución la que lo ha hecho posible.

Probablemente hacia la segunda mitad de 1960, Rafael Fernández se encuentra con que le ofrecen un trabajito. Le encargan una traducción del inglés de Animal Farm, de George Orwell. Fernández ve en esa alegoría de la Revolución rusa una representación muy pertinente del régimen de Fidel Castro, que cada vez se acerca más a Moscú.

Cinco décadas y medio más tarde, Margarita declarará ignorar quién encargó a su hermano esa traducción, de cuya existencia tiene noticias pero de la que no ha visto ni un ejemplar. Sin embargo, ella considera que puede haberse tratado de su buen amigo, el librero y editor Adolfo Cacheiro. En enero de 1961, un número sin determinar de ejemplares de La Rebelión en la granja y 1984 salen de la imprenta Luz-Hilo. Estos libros han sido editados por una casa de nombre Librerías Unidas. En ninguna de las dos reediciones de Orwell aparece indicación alguna sobre la autoría de la traducción. Una simple comparación entre las versiones españolas existentes en la época permite constatar, sin embargo, que en el caso 1984 los editores reprodujeron la que se publicó en España en 1952 por la editorial Destino. En cuanto a La Rebelión en la granja, el texto no se corresponde con ninguna de las traducciones aparecidas con anterioridad en Argentina y México. Con toda verosimilitud, la traducción publicada por Librerías Unidas es original. En cambio, las ilustraciones incluidas en el libro han sido tomadas de una edición inglesa de Penguin Books de 1954. Son de la autoría de Joy Batchelor y John Halas, quienes, ese mismo año, también realizaron las ilustraciones de los dibujos de Animal Farm financiados por la CIA a espaldas de los artistas.

El 17 de abril de 1961, el día que se produjo la invasión de Bahía de Cochinos, Rafael Fernández Villaurrutia pasa su jornada en el cine. Por la tarde, algunos de sus amigos, entre ellos Adolfo Cacheiro, son arrestados. Si estuvo al corriente de la invasión o involucrado en el movimiento clandestino que preparaba la toma de poder por los contrarrevolucionarios en La Habana, no se lo dijo a su hermana. Mientras tanto, el Año de la Educación está en su apogeo y Margarita acaba de dar a luz a su segundo hijo, todavía apoya a la Revolución. Poco después del fracaso de la invasión, Rafael y Margarita se encuentran el Malecón a la caída de la noche. Discretamente, tiran al mar el fusil de su padre, que todavía se encontraba en el domicilio familiar.

A mediados de junio de ese mismo año, Fidel Castro mantiene en la Biblioteca Nacional José Martí una serie de tres reuniones con los intelectuales y artistas más relevantes de la isla. En la última reunión, pronuncia unas palabras que quedarán grabadas en la historia: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. La declaración es vaga, pero desde ese momento tendrá fuerza de ley. En consecuencia, en las semanas siguientes, María Teresa Freyre de Andrade, la directora de la biblioteca, como todos los altos funcionarios culturales, reorganiza el funcionamiento de su institución. Hay libros que desaparecen del catálogo. Para consultar ciertos títulos, los usuarios deberán recibir a partir de ahora un permiso especial. Lo mismo con las revistas y periódicos norteamericanos como Life y The New York Times. En 2017, Margarita, la asistente de la directora, recordará que entre las obras incluidas en el Index en esa época se encontraban 1984 y Animal Farm, de George Orwell, así como Oscuridad a mediodía de Arthur Koestler. Que ella recuerde, la Biblioteca Nacional no poseía ninguna edición en español de esos libros, ni cubana ni extranjera.

Esta censura al catálogo hace añicos las últimas ilusiones que conservaba Margarita con respecto a las bondades de la Revolución. En los meses que siguen, mientras busca en vano una vacuna antipolio para su hijo recién nacido, comienza a pensar en el exilio. El 17 de octubre de 1962, después de meses de preparación, Margarita, su marido, sus dos hijos y su hermano Rafael montan a bordo de un avión con destino a Miami. No lo saben, pero se trata del último vuelo comercial antes de la ruptura de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, que durará cincuenta y cuatro años. La víspera, el presidente norteamericano, John F. Kennedy, había recibido en su despacho unas imágenes aéreas tomadas por un avión espía que demostraban que misiles soviéticos habían sido instalados en Cuba.

Durante trece días, el planeta entero estuvo en vilo. Nunca antes había sido tan cercana la posibilidad del desencadenamiento de una guerra nuclear. El 28 de octubre, el primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jhrushchov, accedió a retirar sus ojivas nucleares de Cuba. Algunos de esos misiles habían sido escondidos en cuevas en las afueras de La Habana, en un terreno que, hasta hacía poco, había pertenecido a la familia de Adolfo Cacheiro.

Después de una larga y exitosa carrera en museos de Chicago y Williamstown, Rafael Fernández se apagó a consecuencia de un cáncer el 30 de noviembre de 1999 en Massachussetts. Su hermana Margarita todavía vive en el barrio de La Pequeña Habana de Miami y conserva vívidos recuerdos de esa época vertiginosa.

*   *   *

Al rompecabezas todavía le faltan piezas. En mi investigación, no he encontrado ningún documento ni recogido ningún testimonio que me permitiera afirmar sin lugar a dudas que Adolfo Cacheiro hijo fue el propietario de la editorial Librerías Unidas S.A. y, por lo tanto, el editor de la primera edición cubana de 1984. Sin embargo, todos los indicios me llevan a creerlo. Me llevó mucho tiempo llegar a Adolfo Cacheiro y arribar a esa conclusión. En un capítulo anterior, mencioné un anuncio publicitario de Librerías Unidas que fue publicado en la edición del 3 de abril de 1960 del periódico conservador Diario de la Marina. Cuando me lo encontré, durante mis investigaciones en septiembre de 2016, no le presté demasiada atención. Me había concentrado principalmente en la reseña que el periódico dedicaba unos pocos centímetros más a la izquierda al libro Fábula del tiburón y las sardinas, de Arévalo. Había reparado en los tres logotipos de librerías habaneras en la parte inferior del anuncio, pero fue sino hasta diez meses más tarde, cuando volvía a examinar mis fotos de esta página del periódico, que entendí que ahí radicaba la clave para la solución del primer enigma: El Gato de Papel, Servi-Libros, Madiedo. Estas eran las “librerías unidas” de la editorial Librerías Unidas.

Cuando introduje uno tras otro los nombres de estas firmas en un motor de búsqueda, me encontré con el blog de Carlos Rodríguez Bua, un ingeniero jubilado. En una de sus entradas, relataba haber sido empleado de la librería El Gato de Papel en 1958. Decía guardar buenos recuerdos de su jefe de entonces, Adolfo Cacheiro, un “hijo de gallegos con muchas agallas y vocación de trabajo” que le había “enseñado mucho”. Carlos Rodríguez Bua añadía que había sido una grata sorpresa para él enterarse recientemente de que uno de los hijos de Cacheiro, Jorge Luis, se había convertido en un director teatral de renombre en los Estados Unidos. En 2010, había sido el primer teatrista cubanoamericano en medio siglo en presentar en La Habana una pieza escrita por un hijo de inmigrantes cubanos.

Fue Jorge Luis quien me contó la historia de su padre. Tenía sólo cuatro años a finales de 1960 cuando la familia partió de Cuba hacia España sin Adolfo. Así que sólo podía referirse a anécdotas que su padre le había contado más tarde, así como a los recuerdos de su madre, Haydeé, todavía viva, pero que prácticamente no sabía nada de las actividades comerciales de su marido en ese momento. Como la mayoría de las mujeres de su tiempo, nunca se involucró en ellas. También fue Jorge Luis quien me hizo llegar una carta que Adolfo envió a un amigo anónimo en los Estados Unidos poco después de su huida. Era una traducción al inglés de la misiva original, hecha por el amigo en cuestión y que este último había remitido a una asociación anticomunista de Washington presentándola como la “el relato auténtico” de un “hombre honrado y culto” del infierno en el que se había convertido Cuba bajo Castro. En la traducción de la carta, así como en los pocos párrafos introductorios que le había adjuntado, el amigo había tomado la precaución de proteger su identidad bajo una X y firmaba bajo el seudónimo de Pal A. Din.

Mientras intentaba rastrear la identidad de este Paul A. Din, un amigo de Adolfo Cacheiro me puso sobre la pista de Rafael Fernández Villaurrutia, un abogado apasionado por las artes que también era, en su opinión, un excelente traductor del inglés. Los detalles biográficos que me proporcionaron más tarde la hija y la hermana de Fernández me hicieron descartar la posibilidad de que fuera él quien estuviera detrás del misterioso Pal A. Din. Rafael no había dejado la isla todavía cuando Cacheiro envió su carta, y su madre ya había fallecido, mientras que Cacheiro daba testimonio sobre la buena salud de la del receptor. Cuando me dijeron que Rafael Fernández había traducido a Orwell alrededor de 1960, su hija Elena y su hermana Margarita me permitieron, sin embargo, acercarme a la resolución de otro enigma: el origen de la traducción inédita de Animal Farm utilizada por Librerías Unidas. Todo me lleva a creer que la traducción hecha por Fernández es, en efecto, la que encontramos en las páginas de la edición de Librerías Unidas. Pero, como ocurre respecto del vínculo entre Adolfo Cacheiro y esta editorial, no dispongo de ninguna prueba directa, verbal o documental, que me permita probarlo más allá de toda duda. Si alguna vez existieron documentos que atestiguaron esos vínculos, lo más probable es que desaparecieran, quizás tan pronto como el 5 de mayo de 1961, el día en que la editorial de Adolfo Cacheiro fue requisada. Los actores del mundo de la publicación independiente en Cuba en los dos primeros años de la Revolución en su mayor parte huyeron de la isla, y no se llevaron consigo más que un mínimo de pertenencias. Medio siglo más tarde, casi todos han muerto. Es posible que las evidencias que apoyarían mis hipótesis todavía existan en algún lugar, sepultadas en la memoria de un anciano o en polvorientos archivos personales en Cuba o en cualquier otro lugar. Es posible que, simplemente, no las he encontrado todavía. Si existieran, espero que la publicación de este libro anime a aquellos que las conservan a sacarlas del olvido.

Traducción del francés de Juan Manuel Tabío


[1] Sobre el Congreso para la Libertad de la Cultura, cfr. Frances Stonor Saunders: Qui mène la danse ?: la CIA et la guerre froide culturelle, Denoël, Paris, 2003.

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