Incendios en la Amazonía brasileña, 2020 (FOTO EPA)

I

En la secundaria, una de las profesoras más brillantes y entretenidas que he tenido en mi vida, Yolanda, nos explicó de esta sencillísima forma lo que era un sustantivo abstracto: “¿Cómo ustedes dibujarían el amor?”, preguntó y, luego de la retahíla de ñoñerías que soltamos, divertida, nos dijo: “Nada de eso es el amor, ni se rompan la cabeza, no se puede dibujar, y justo eso son los sustantivos abstractos: lo que no podemos dibujar”. La idea me pareció tan graciosa como alumbradora, pero no fue hasta varios años después, ya en la universidad, que aquello cobró para mí un sentido más “concreto”.

Más allá de lo cursi de “dibujar el amor”, lo cierto es que Yolanda tenía razón. No se puede.

Desde siempre, uno de los conceptos que más ha atormentado a la humanidad es el de belleza. Otro, el de lo sublime. Acá nos detendremos un rato en este último, en específico a partir de los modelos concebidos por los dos pensadores con los que, sobre este punto, más me identifico: el británico Edmund Burke y el alemán (¿o debería decir prusiano?) Immanuel Kant.

Si bien son muchas las voces que han teorizado sobre ambas categorías, y por tanto igualmente muchas son las variantes ensayadas, existe una serie de elementos, comunes denominadores que, en sentido general, se mantienen constantes: Tanto lo bello como lo sublime implican una sensación de placer, pero en cada caso es de una naturaleza muy diferente, en el primero es un placer calmado, en el segundo un placer extremo, que puede incluso confundirse/mezclarse con dolor. Para explicarlo con un esquema dicotómico tan abreviado como específico: lo bello persuade, convence, agrada, lo sublime conmueve, emociona, sorprende; el uno corresponde a lo racional, a la contención, a lo apolíneo; el otro a lo irracional, al exceso, a lo dionisíaco. La comedia griega es bella; la tragedia, sublime. El día es bello; la noche, sublime…

Burke, además de haber sido uno de los primeros, si no el primero, en plantear como nociones separadas lo bello y lo sublime, apuntó, en 1756,[1] que esto último era una experiencia en la cual se roza lo terrorífico, es el estar frente a algo tan inconmensurablemente poderoso y capaz de aniquilarnos con toda facilidad, pero que sabemos no lo hará. Es una especie de espanto dominado que resulta placentero en la medida en que somos conscientes de que estamos frente a una mera imagen.

Unos cuantos años después, 1764 primero y 1790 luego,[2] Kant se basa en esta definición para realizar su propuesta, a la cual le añade ahora el problema de la representación. Divide el concepto en dos categorías: lo sublime matemático y lo sublime dinámico. La primera, obedece a una idea de magnitud, se refiere a lo irrepresentable, a aquellas nociones que exceden nuestra capacidad de representación y violentan nuestra imaginación. La cantidad de estrellas en el cielo,[3] por ejemplo… La segunda, más en la línea de Burke, obedece a una idea de fuerza, es la habilidad de la razón para sobreponerse al sentimiento de miedo que sentimos al ver algo que puede ser peligroso, pero que no implica una amenaza inminente. Un relámpago o un acantilado, por ejemplo…[4]

Para ambos filósofos, lo sublime (al igual que lo bello) es experimentable sólo desde el distanciamiento, desde una posición de invulnerabilidad.

II

A fines del verano del 2018, estuve en uno de los lugares más mágicos que he visitado en mi vida: el Museo Louisiana de Arte Moderno, en Dinamarca. Ubicado en la costa norte de la isla Zealand, en Øresund (se ve Suecia al otro lado del mar), el sitio consiste en varias construcciones dispuestas de modo circular y conectadas por corredores con paredes-cortina. La construcción, hecha a escala muy humana, casi doméstica, está emplazada en medio de un paisaje que de un lado tiene un pequeño lago, del otro tiene el mar, y todo alrededor unos jardines, ora con aires de bosque, ora con aires de selva, contrastantes, laberínticos, misteriosos… Eso de ir caminando entre unos arbustos y que de pronto salga a tu encuentro un Henry Moore, o un Hans Arp, o una Louise Bourgeois es, definitivamente, una maravilla. El museo tiene la armonía perfecta entre artes visuales, espacio arquitectónico, y naturaleza. Armonía que es más bien un nexo cómplice.

Racionalizando la experiencia ahora, desde la distancia, es posible que lo que haya sentido, como emoción general, esté más cercano a lo bello que a lo sublime. Sin embargo, sí hubo un par de momentos donde el sobrecogimiento fue bien intenso. Síndrome de Stendhal, si se prefiere. Uno fue al salir al ala norte del museo, en un jardín/plataforma donde hay un Calder grandísimo y desde donde se ve el mar directamente, más abajo, porque hay una inclinación en el terreno, como un pequeño acantilado. Luego bajas, te topas con Richard Serra, llegas a un muelle, el agua, Suecia a la vista, verano, sol… Es mucha belleza de golpe… Y claro, la compañía que me rodeaba tuvo también algo que ver en mi delirio, por aquello del entusiasmo compartido… Lo cierto es que lo sentí sublime (algo muy parecido he experimentado luego al visitar el Cantábrico en invierno, paisaje casi hostil).

El otro momento fue anterior, frente a una pieza de Anselm Kiefer de cuyo nombre no puedo acordarme. Un cuadro enorme, oscuro en aspecto y en espíritu; casi abstracto, pero que dejaba ver una especie de templo griego en ruinas, como después de un bombardeo. Estaba montado a una altura que te aplastaba, te obligaba a mirar hacia arriba, y tenía unas texturas (esto fue de lo que más me aturdió) de esas que no se dejan ver en fotos, de esas en extremo excesivas, ricas, casi escultóricas… El caso es que la pieza me halaba, no podía dejar de mirarla, unas tres veces antes de abandonar la sala tuve que acercármele de nuevo, observarla desde mi pequeñez, con detenimiento, asombrarme, dudar, dejarme llevar. Apenas recuerdo qué más había en esa habitación. Luego he tenido oportunidad de ver más cosas de Kiefer, que siempre es impresionante, pero ninguna me ha volado la cabeza como aquella.

De hecho, muy pocas veces una obra de artes visuales ha logrado sacarme el aliento. Con el cine y la literatura, en cambio, me ha ocurrido muchas veces y con la música, todavía más. No existe una forma de creación que tenga mayor impacto, tanto emocional como físico, en mí, que la música. Me puedo poner de todos los humores y sentir desde escalofríos hasta excitación sexual, sólo escuchando una lista de reproducción determinada. Sospecho que así le sucede a mucha gente. Justo hace unas semanas redescubrí una canción de Artic Monkeys, “Do I wanna know?”, que me pegó como hacía tiempo no me pasaba, fue un golpe de aire a presión en el medio del pecho… Pero sigamos con Kiefer.

Mientras lo describía ahora, la imagen me ha traído a la cabeza la idea de Walter Benjamin cuando plantea, inspirado en un cuadro de Klee que había adquirido, que el Ángel de la historia mira al pasado y no ve un encadenamiento lógico de categorías hegelianas, sino un paisaje en ruinas. Es su concepción de la historia como catástrofe, ha fracasado la razón humana. Y aquí hay otro punto del pensamiento de Benjamin que me parece de una belleza exquisita y que conecta a la perfección con lo que venimos comentando: para Benjamin –que era judío–, el mesías no se presentaría al final, no cierra la historia, sino que la acompaña, su presencia es constante; y se nos muestra a través de pequeñas hendijas, momentos en los que “tenemos contacto con lo sagrado, con lo divino, con lo absoluto”.[5] Nos encontramos, de pronto y sólo por un instante, con algo que nos trasciende, “que está más allá de nuestras vidas finitas, y tenemos un momento de fe”.[6] Puede ser cualquier cosa, un olor, una mirada, ver una flor que cae, entrar a un templo… “Pasa enseguida –dice Benjamin–, pero por esa hendija hemos tomado contacto con el sentido de nuestra vida, de la historia, y con aquello que en última instancia podría redimir a la historia humana”.

Tener sexo con alguien que te gusta mucho, alguien a quien amas, más si percibes que el sentimiento es mutuo, puede ser una de esas hendijas. La entrega, el desprenderse, el sentirse borracho, fuera de sí, en conexión muy intensa, en conjunción con algo (con el otro, sí, y también con uno mismo y con el universo, todo al unísono)… Es algo en lo que podemos gastar páginas y páginas tratando de describirlo, pero no se entiende del todo si no se experimenta. Sería un intento de hacer ver lo que no puede ser visto, o de verbalizar lo que no puede ser verbalizado. Así como mis descripciones anteriores, que por apasionadas que parezcan, en ningún caso hacen honor a la experiencia vivida. Es lo inenarrable hermoso.

Para Longino (o Pseudo-Longino, supuesto profesor de retórica de la antigua Grecia y a quien se le atribuye uno de los primeros, sino el primer, tratados sobre el tema), lo sublime era, en primera instancia, una cuestión de lenguaje… Cuando alguien que haya tenido alguna vivencia mística, o de naturaleza similar, dice “no tengo palabras para describirlo” es porque en realidad no las tiene, porque dicha experiencia excede nuestras posibilidades imaginativas. Y ya, toca “aceptar el misterio” o volvernos locos tratando de entenderlo. Dios es el ejemplo por antonomasia de lo sublime, la apoteosis de lo irrepresentable y lo sobrecogedor. De hecho, hay religiones que incluso prohíben, y castigan, cualquier intento de representación de la máxima divinidad. Y me refiero a dios como categoría más allá de doctrina religiosa alguna.

III

Varias veces me he visto en la engorrosa tarea de explicar a mi abuela qué es Internet. Siempre me pierdo en alguna parte, doy vueltas, hablo de la historia de algo, del rizoma invisible y global, y de varios disparates más. Mi abuela se queda como pescado en nevera, pero sigue viendo sus películas pirateadas y preguntando si fulano está en Facebook para escribirle un mensaje. En teoría, yo entiendo mejor que ella lo que es Internet, pero ¿de verdad lo hago? Ni tanto. Es que internet es, acaso, el ejemplo más icónico de lo que puede ser sublime hoy. Y esto no se me acaba de ocurrir a mí, esto lo esbozó el teórico y crítico literario Fredric Jameson en 1984 (qué año para decir semejante cosa), y luego de modo más amplio a inicios de los noventa, basándose, justamente, en las ideas propuestas por Burke y Kant.

Ahora, al interior de Internet mismo, hay otras cuestiones que, a mi juicio, son tan sublimes como aquel. ¿Cuántos infinitos puede contener un infinito? ¿Cuántos puntos caben en una línea de 2 cm? ¿Y en una de 1 cm? Conceptos tan abstractos y oscuros que resulta agotador tratar de representarlos siquiera a nivel mental. La deep web, por ejemplo, que se supone que sea algo mucho más grande y englobante que el Internet que usamos a diario, algo así como el 85% que no vemos del iceberg. O, más cercano a nuestra vida cotidiana, las criptomonedas y, para ponernos intensos, los NFT (Non Fungible Token). Estos han venido a cobrar popularidad en los últimos meses y más específicamente, en las últimas semanas, desde que Christie’s vendió uno de ellos por la deliciosa cifra de 69.3 millones de dólares.

Aquí encuentro lo sublime a varios niveles:

1) El NFT en sí mismo, como concepto. En esencia: se trata de un objeto único, irrepetible, creado con un tipo de encriptación especial y que existe sólo en el espacio digital; se compra con criptomoneda. Pueden ser desde bienes raíces (virtuales) hasta obras de arte, pasando por cualquier tipo de coleccionable –un video, una canción, un ítem X para un videojuego X– o el comprobante de la realización de un examen… Así como nos cuesta trabajo imaginar lo que es el universo y su magnitud real, es igual de enrevesado figurarse la magnitud real del metaverso en que existen el bestiario de los NFT, las criptomonedas, los humanos-íconos y demás criaturas mitológicas. 2) Lo rápido del tema. La viralidad, con efectos concretos, económicos, casi repentina, de Beeple; el alcance exponencial que ha tenido el caso, la cantidad cada vez mayor de gente involucrándose en el sistema, y la velocidad a la que el mercado del arte está domesticando el asunto. Esto último, normal, es la vieja burbuja especulativa, los compradores de esta pieza no están más locos que los que compraron el primer Damien Hirst millonario, no hay ingenuidad posible. Y ojo, no juzgo nada, en este caso tengo sentimientos encontrados, pero en general mi visión es optimista, acaso lo que más preocupe sea el impacto ambiental.[7] 3) La cantidad de dinero en cuestión. De pronto pienso qué haría yo (o qué haría Jesús, por ejemplo) con 69.3 millones de dólares y me abrumo, no sé. Mentira, sí sé, de hecho, se me ocurren unas cuantas variantes jugosas… Nah, en serio, pensar en cifras de fortunas tan grandes como las de Jeff Bezos o Elon Musk, me resulta un ejercicio imaginativo frustrante, o sea, 203 mil millones, ¿qué significa eso? Más que el Producto Interno Bruto de Iraq, o de Nueva Zelanda, o de Bolivia, ¿qué significa eso? Podríamos estar siglos buscando referentes para tratar de entender la magnitud en cuestión. Pues bien, he aquí un ejemplo perfecto de lo que Kant llamaba “lo sublime matemático”.

Y es que lo sublime tiene que ver asimismo con un quiebre en nuestra experiencia, por eso la idea del infinito, del abismo insondable, del tiempo, de la muerte… sabemos que existe, tenemos la certeza, podemos incluso hacer un esfuerzo por racionalizarlo, pero no lo podemos experimentar. Nadie puede ir un momentito a la muerte, o al futuro, como quien va a la esquina a comprar cigarros y regresa. Tampoco puede uno decidir “estas vacaciones visitaré el infinito, ya les cuento cómo es aquello”. En este caso no es sólo algo que trasciende nuestra capacidad de representación, sino también lo propiamente experimentable (no es imposible, pero sí muy difícil que experimentemos la posesión de la fortuna de Elon Musk, por ejemplo).

IV

Desconozco la proporción estadística exacta, pero el hecho es que, en cualquier noticiero a nivel mundial, sea de la filiación política que sea, la mayoría de las noticias son “malas”. Ocurre que son las que más audiencia generan, las que más interesan, las que más venden. Al respecto hay una película excelente, Nightcrawler, que explora el asunto con un refinamiento y un cinismo deliciosos.

La violencia genera un morbo indiscutible. Por eso los filmes de acción siempre serán un negocio seguro; por eso las peleas de boxeo y otras artes marciales son tan populares y tienen competiciones donde hay millones de dólares en juego.

Pan y circo forever. Seguimos siendo los mismos humanos que en la Roma antigua asistían al coliseo para ver a los gladiadores pelear hasta la muerte. Los que en la Francia pre-Ilustración iban a ver las torturas y las decapitaciones públicas. Los que en la navidad del 89 nos acomodamos frente al TV para ver cómo fusilaban a Ceaușescu y a su esposa mientras aquel cantaba “La Internacional” y esta gritaba “¡Hijos de puta!”. Los que 17 navidades después presenciamos el ahorcamiento de Sadam Hussein. Los que en 2011 nos sentamos en The Situation Room a observar en directo cómo Bin Laden era abatido por el ejército estadounidense. Los que ese mismo año nos detuvimos a ver la caída del Gadafi que, escondido en una tubería, como una rata decrépita, es capturado por los rebeldes, golpeado, torturado, sodomizado incluso, hasta que finalmente le disparan a quemarropa con su propia pistola, una Browning de 9mm enchapada en oro. El nivel de simbolismo de cada elemento en esas imágenes es increíble; parece un cliché, pero eso de que “la realidad supera a la ficción”, no falla. Somos los mismos que revisamos a diario cuántos muertos hubo ayer por el coronavirus. Cambia el contexto histórico, pero el cuadro permanece idéntico.

La vida contemporánea transcurre a velocidades muy altas, las imágenes pasan sin cesar y el espectáculo es variado, sí, pero muy a menudo, agresivo. La muerte y el desastre no sólo circulan en los medios, sino que se transmiten en directo…

Recuerdo el atentado al embajador ruso en Turquía, en diciembre de 2016. Lo recuerdo porque me sorprendió lo cinematográfico del caso: como escenario una galería de arte y como asesino un tipo joven, guapo, vestido de traje. Es bien sabido por todos que muchas empresas se gastan más recursos en publicidad que en la fabricación de sus productos. Parte clave del marketing del autodenominado Estado Islámico fueron (¿son?) los videos de ejecuciones de prisioneros –decapitados con sables, quemados vivos, ahogados sumergiendo en el agua una jaula con ellos dentro–, realizados con una factura muy cuidada, una elaboración cinematográfica seria, hecha con tecnología de punta, muy cara, con un montón de recursos tan cruel como inteligentemente destinados a ello.

Pareciera que lo sublime implica cierta contradicción entre el placer y el dolor, pero no. Recuérdese que el sentimiento se experimenta a distancia, desde un lugar seguro; lo sublime evoca la idea del terror, no el terror en sí mismo. El morbo viene dado en parte por el hecho de sabernos a salvo, es una especie de superioridad; el poder de la razón sobre sobre la naturaleza, diría Kant. Es la conciencia de que esas fuerzas, aunque pueden aplastarnos, no lo van a hacer, al menos no en ese preciso instante. Tanto para Burke como para Kant, está en la esencia de lo sublime el representar cierta cantidad de temor o angustia, seguido de placer, al caer en la cuenta de que el objeto no significa un peligro inmediato. Quizás sea esta la razón por la que las armas de fuego resultan tan atractivas… y controversiales.

El fuego mismo, de hecho, tan aterrador como fascinante. Lo raro de ese estado de agregación, ¿“plasma”? ¿qué significa eso? No logro entenderlo, aunque lo vea, aunque lo sienta, aunque me expliquen sobre las partículas. Súmesele el hecho de que puede haber fuego azul, al igual que rojo, o verde, o rosado. Es alucinante que exista en colores tan diferentes, lo mismo cálidos que fríos…

En este punto, es curioso que los ejemplos en los que se basa Kant para demostrar su propuesta sean en general cosas pertenecientes a la Naturaleza; mientras que Burke utiliza, además, los antes mencionados actos de tortura y decapitaciones públicas comunes antes de la Ilustración. Según Boris Groys, lo que Burke trataba de demostrar era lo siguiente: una imagen de violencia que aterroriza sigue siendo sólo una imagen; el espectador está prestando su atención a algo que, a la larga, es artificial, nos enfrentamos al aspecto diseñado de lo que es supuestamente real. Pero esta visión estetizada de la “realidad” (por muy desagradable que sea) es un filtro, inmuniza al receptor contra el impacto directo que pudiera tener la imagen. Y a propósito, comenta luego Groys que la política contemporánea no se representa más a sí misma como hermosa, sino como sublime: repulsiva, insoportable, aterradora. En su momento, Burke advirtió sobre el poder del Estado; y tanto su idea sobre lo sublime, como las dos variantes kantianas, toman forma perfecta en eso que llamamos “Estados totalitarios”, en ese poder ingente, incalculable, que en este preciso instante no nos aniquila pero que pudiera hacerlo con sólo chasquear los dedos.

Hay una especie de procedimiento en 3 pasos: violencia, repulsión, catarsis. Lo ideal sería que con esta última hubiera un detonador que nos hiciera tomar acción, pero la realidad es que siempre hemos permanecido pasivos y todo parece indicar que así seguirá siendo. ¿Imagen agresiva, luego disgusto/empatía, luego purificación? OK, pero de hecho, la repulsa a veces ni lo es tanto. Y la catarsis, me atrevería a decir, es más del tipo “el mundo está jodido pero qué alivio que a mí no me toca”. Así pues, ahora me pondré a ver cómo se quema el Amazonas, mientras tomo apaciblemente el desayuno en mi casa en la playa. No pasa nada. Son unos videos muy impresionantes y bonitos.


Notas:

[1] Cfr. Edmund Burke: Indagación sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, Tecnos, Madrid, 1997.

[2] Cfr., respectivamente: Immanuel Kant: Observations on the Feeling of the Beautiful and Sublime, University of California Press, California, 2004; Crítica del juicio, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1990.

[3] Qué bonita línea, hasta parece un verso de Buesa.

[4] Obvio, los he presentado a ambos de la manera más resumida posible, el tema es mucho más complejo de lo que comento. Asimismo, no es interés del presente trabajo ahondar en las observaciones kantianas sobre el trabajo de Burke, ni realizar una comparación profunda entre ambos textos. Para profundizar, véanse las obras antes citadas.

[5] Feinmann, José Pablo. Filosofía aquí y ahora. Auschwitz y la filosofía, Encuentro, Buenos Aires.

[6] Ídem.

[7] Véase este curioso artículo al respecto, everest pipkin: “Here is the article you can send to people when they say «but the environmental issues with cryptoart will be solved soon, right?»”, Medium, marzo 3, 2021.

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