Katiuska Saavedra durante el performance ‘La cuerda’, en colaboración con Fernando Vigueras, Galería Taller Gorría, La Habana, 2020

El silencio es consustancial al performance, incluso cuando emerge en él la palabra dicha, el grito, la detonación. Silencio significa aquí el hackeo deliberado del lenguaje tradicional del arte, un desplazamiento que involucra al cuerpo en primer lugar, y luego al espacio: el cuerpo ubicado en una zona de vacío. A través del performance se inauguran maneras nuevas de comunicar, siempre bajo la premisa de una complicidad instantánea y en permanente reinvención. Un lenguaje único para cada gesto, para cada persona, una sintaxis hecha a la medida. Es inverosímil y radicalmente visceral. Todo empieza y acaba en un acto de combustión cuyo destino último no es más el objeto, sino el silencio.

Katiuska Saavedra está parada en ese portal del gesto, a punto de saltar. No obstante, a pesar de la solemnidad que acompaña al ejercicio figurado o real del salto, y a pesar de las múltiples variantes de la caída que Katy contempla desde el trampolín que es su cuerpo semidesnudo (Mantenga la distancia, 2019), una especie de desobediencia continua le otorga frescura a ese ceremonial ya icónico dentro de la historia de la disciplina. Y así será con todo: su performance renuncia a la afectación en un intento, intuitivo y lúdico, por normalizar nuevas relaciones con el cuerpo, con el otro, y con el conjunto de representaciones que circulan de modo corriente en la sociedad (por ejemplo: cómo entendemos lo femenino, lo sexual, lo íntimo, lo identitario…).

Katiuska Saavedra durante el performance Momento de pausa 2009 | Rialta
Katiuska Saavedra durante el performance ‘Momento de pausa’, 2009

Entonces Katiuska Saavedra comienza por el primer paso, este es, volver a mirar. En silencio mirarlo todo. Y después escucharlo todo, y a todos. Dejar hablar, fundamentalmente, a los que están fuera de esa convención llamada arte. De estos procesos de observación y abandono voluntario de lo conocido surge un juego –podríamos llamarle así– en el cual el performance se piensa en términos de descubrimiento súbito. Ello, claro, va de la mano del género, sin embargo, en el caso de Katy este juego se desarrolla desde el empirismo y la expectación propios de quien no da nada por sentado o adelanta hipótesis. Si quiere saltar por una ventana se balancea un rato sobre el alféizar, amaga el salto, se divierte con la idea del despegue. Y nunca cae realmente. Katy no está interesada, como muchos artistas del performance, en llevar su cuerpo al límite, exponerlo al sufrimiento. Le seduce, en cambio, desarmar rituales y ver qué hay allí dentro, encontrar otras cosas. Incluso para hablar del suicidio (Momento de pausa, 2009), lo hace desde una organicidad calmosa y limpia.

En las piezas que aquí presentamos: A las doce el diablo está suelto (2017) y La cuerda (2020), el silencio cede lugar al habla viva del cuerpo. El cuerpo, una vez más, funciona como instrumento y destino de la acción, vehículo de conexión y lengua atávica. Katiuska Saavedra aplica unas pinzas vibradoras a sus pezones y estas, a su vez, se conectan a un micrófono abierto a la interacción con el público. Será a través de semejante dispositivo sensorial que se establezca el diálogo –entendido como investigación– con el otro. Nuevamente el extrañamiento y la naturalización, el juego, el desafío de desaprender y limpiar la mirada. La provocación. ¿De qué modos nos relacionamos con el cuerpo ajeno? ¿Qué significan la desnudez o lo erótico en nuestra cultura? ¿Cómo manejar códigos íntimos de comunicación en la esfera pública?

Los cabellos de la artista, en La cuerda, viabilizan formas insólitas de generar el sonido. Dice Katy que nuestro pelo es “un banco de información que perdemos al cortarlo. Es una parte importante del sistema nervioso relacionado a la memoria, las emociones y los instintos”. No estoy segura de cuán exactas sean estas afirmaciones, pero tampoco es importante, lo verdaderamente llamativo es la curiosidad con que ella explora el cuerpo y sus espacios de silencio, activándolo a través de operatorias lúdicas y desacralizadoras. Semejantes experimentos, muchas veces reservados al terreno de la intimidad, efectúan interesantes quiebres en las construcciones que manejamos en torno a nuestra apariencia, identidad y connotaciones simbólicas del cuerpo.

Todos estos gestos en Saavedra se dan de modos muy espontáneos porque están animados por una genuina voluntad indagadora. El silencio es el kilómetro cero de su recorrido hacia el interior de la realidad, y el performance, el marco instrumental para propiciar el hallazgo. Es difícil precisar un tema central en su trabajo performático puesto que no existe algo así como una textualidad independiente del acto mismo. Podemos tantear, aventurar conjeturas, pero los significados verdaderos se debaten en el terreno de la interacción instantánea y pueden, por ello, ser cambiantes.

¿Qué escuchamos, entonces, en las obras de Katiuska Saavedra? ¿Qué vemos en ellas y gracias a ellas? Ciertamente no una sola cosa, ni un conjunto acotado de tópicos que se destejen de la acción como si de una fibra escondida se tratara. Tal vez el umbral mismo del silencio sea la primera ganancia, una especie de tabula rasa en la que ensayar pequeños gestos de soberanía. Consumir esa extraña sinfonía concreta que emana de sus cabellos, murmurarle a su pecho y oír lo que este nos devuelve. Intentemos, pues, el salto por la ventana en donde Katy revolotea como la chica traviesa que es. Olvidemos el vértigo de la caída, pensemos en Yves Klein, aún suspendido en el cielo grisáceo del París de los sesenta.

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DALEYSI MOYA
Daleysi Moya (La Habana, 1985). Crítica y curadora de artes visuales. Licenciada y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como curadora en las galerías habaneras La Casona, La Acacia y Servando Cabrera. Actualmente trabaja en el proyecto de arte contemporáneo El Apartamento. Además de su labor curatorial, desarrolla la crítica de arte de modo sistemático. Ha colaborado con publicaciones impresas y digitales sobre cultura y artes plásticas. En el año 2015 obtuvo mención en la categoría Reseña del Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros, en La Habana, Cuba.

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