Fotograma de ‘Knock at the Cabin’, M. Nigth Shyamalan dir., 2023

¿Estarías dispuesto a asesinar a un ser querido para salvar a la humanidad?

Piénsalo de nuevo.

Otra vez.

Knock at the Cabin (Llaman a la puerta), la más reciente película de M. Nigth Shyamalan, se construye sobre esta pregunta.

A la familia conformada por Eric (Jonathan Groff), Andrew (Ben Aldridge) y la pequeña Wen (Kristen Cui) le ruegan el sacrificio de uno de sus miembros –para mayor dilema, ejecutado por ellos mismos– como único recurso para salvar a la civilización del inminente apocalipsis. La petición llega mediante la visita de cuatro extraños (Dave Bautista, Rupert Grint, Nikki Amuka-Bird y Abby Quinn) que dicen haber tenido revelaciones y ser enviados hasta ahí, una cabaña solitaria en medio del bosque, para transmitir la fatídica posibilidad de redención.

Lo aterrador del filme no es la emergencia del fin del mundo, una temática recurrente en un cine catastrofista comercial que cada día impacta menos. El planeta será destruido por nosotros mismos y no hay que preocuparse por meteoritos, extraterrestres o dioses vengativos. Tampoco esta obra instaura el pánico desde lo religioso, a partir del juicio divino ejercido por un ente supremo. El dios del Viejo Testamento ya no tiene voz ni voto en el ateísmo contemporáneo, es una fábula para asustar niños incrédulos.

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El verdadero pavor que produce el filme tiene que ver con la decisión de tomar en nuestras manos la decisión del sacrificio. Ponderar el peso incalculable del bien de todos por encima del bien individual. Ahí es donde se complica esto. El acierto de Shyamalan está en centrar la atención en esta premisa y llevarla a un plano personal. Hacer al espectador dudar, cuestionarse si sería capaz de tal masacre.

El resto, paja y entretenimiento.

Basada en el libro The Cabin at the End of the World de Paul Tremblay, el conflicto es examinable desde la perspectiva del dilema del tranvía, ejercicio mental y moral de la filósofa británica Philippa Foot.

Un tranvía corre fuera de control por una vía. En su camino se hallan cinco personas atadas a la vía por un ente malvado. Afortunadamente, es posible accionar un botón que hará que el tranvía cambie de vía; pero, en la nueva ruta, hay una persona amarrada también. ¿Deberíamos pulsar el botón?

Llaman a la puerta es una variante de este dilema. Las condicionantes cardinales son la participación directa de los individuos, que no presencian el hecho desde la distancia, sino que deben experimentar en sus propios cuerpos el veredicto; y la salvación, no solo de un pequeño grupo de cinco personas sino de toda la humanidad.

Detengámonos aquí.

¿Sacrificarías, por tu propia mano, a un miembro de tu familia para salvar asesinos, violadores, presidentes, padres borrachos y maltratadores? ¿Madres, niños, monjas, médicos, profesores de primaria? ¿La humanidad entera? ¿Temblaría tu mano al atravesar el cuerpo de tu hermano? ¿Asumirías la responsabilidad de ser un mesías sin siquiera obtener reconocimiento público por ello?

Si la víctima no tuviese ninguna relación afectiva con nosotros, quizás la decisión fuese evidente. Se podría apelar al utilitarismo y disponer de la vida ajena en favor del bien común. Uno en lugar de todos es un precio razonable. Desde la comodidad de la butaca, con el café en la mano y la pose de intelectual sabroso es sencillo hacerlo. Se puede quedar bien con uno mismo. Pero ¿qué principio moral nos convida a consumar la muerte de otro? Intervenir o no hacerlo es en sí el gran dilema. No hay una respuesta acertada.

Salvar a alguien te hace responsable, directa e indirectamente, de los actos futuros de esa persona. Te hace garante de su nueva vida.

Utilizar el principio causalista para arrogar una acción también es válido para argumentar la inacción. No se actúa para no intervenir en el transcurso de los acontecimientos. Actuar es tan válido como despojarse de la responsabilidad de hacerlo. Aun así, puede achacarse el crimen por omisión. Pero, ¿de qué crimen estamos hablando? En ambos casos habrá víctimas inocentes. No es una el victimario de la otra, donde sí se puede especular con que nuestro accionar impediría un crimen. Cualquier movimiento que hagamos terminará en la muerte. No hay escapatoria de ella.

Y volvemos al mismo problema. ¿Se debe tomar partido en favor del bien común si esto implica dañar directamente a otra persona?

En una situación extrema como la que plantea el filme pueden cambiar las cosas. El ejercicio especulativo no deja de ser sugestivo.

La pregunta por el reconocimiento no es casual. El ego ayuda a tomar partido en este caso y, sobre todo, a compartir culpas. El remordimiento, en silencio, es un cáncer en fase terminal, con metástasis en cada órgano del cuerpo. Una vez comunicado, las personas salvadas agradecerían el gesto, empatizarían con el destino tomado, liberando la carga moral del individuo. Acompañarían las penurias para tratar de mitigarlas. Al menos por el tiempo necesario para justificar la acción. Después, traga en silencio y jódete o gánate un homenaje de vez en cuando, con su diplomita y su gladiolo. La memoria suele ser corta, y las penas largas.

Otra condicionante que deja caer Shyamalan es la negación de la autoinmolación. No es una opción sacrificarte. Esa sería la respuesta fácil. La heroica, la divina. En caso de que decidas ser el cordero, la mano asesina deberá ser la de otro. ¿Obligarías a un miembro de tu familia a quitarte la vida? No hablamos de eutanasia, donde se presupone un acto de caridad humana. Hablamos de asesinato. A-se-si-na-to. Un pariente querido deberá asumir la responsabilidad, cargar con ello. Nosotros, el sacrificado, solo debemos poner el cuerpo, que tampoco es fácil, pero nuestra tarea terminará rápido y también quedaríamos bien a los ojos de todos. El victimario no.

Involucrar a una tercera persona es una estrategia fundamental para instaurar el miedo. Shyamalan maneja con eficacia esta circunstancia. Para salvar a nuestra familia, casi todos decimos estar dispuestos a dar la vida. Desde la más cruel y estrepitosa sinceridad. Si el afecto es sincero, seguro fuésemos capaces de llevarlo a cabo. Al final, nuestra familia y nuestros amigos forman parte de la humanidad toda y mediante la inmolación se les salvaría. Bueno, eso decimos en público, jactándonos de nuestra bondad y sacrificio. No tengo intención de comprobarlo. Tengo miedo.

Para condicionar aún más el asunto, el director personaliza a la humanidad a través de los cuatro invasores, suerte de jinetes con las malas nuevas. Cada negativa de la familia tiene consecuencias directas sobre la generalidad humana, algo que constatan a través de la muerte ritual del invasor de turno. La referencia directa a esta sinécdoque mostrada en el tramo final de la película es patética al recurrir a un exceso de lo evidente. La propia frase de “una parte de la humanidad ha sido juzgada” es suficiente para esclarecer la referencialidad y no caer en un exceso de evidencia. Fuera de esta nota íntima, el acto de representar grupos humanos en una persona determinada, en un espacio recluido, donde la familia puede constatar directamente la consecuencia de sus actos, sí es un propósito válido para inocular el desasosiego en el observador.

El director de origen indio falla en descartar la inmolación de la pequeña Wen como una posibilidad real. Las únicas opciones se concretan en la negación empecinada de la expiación o en decidir cuál padre es el devoto que perecerá por el bien de todos. Este dualismo insípido le resta eficacia cinematográfica y simplifica el problema moral. La familia que debe tomar la decisión está conformada por tres miembros, cada uno debe tener la responsabilidad de ser candidato. Distanciar a la niña, por el vacuo sentido de la inocencia infantil o convertirla en un símbolo de amor y resurrección de la humanidad a partir de su supervivencia incuestionable, demerita la extrañeza moral que supone en sí mismo la transmutación del dilema del tranvía en el ejercicio cinematográfico. Desilusiona.

El final de la cinta es obvio y complaciente. Adivinable desde el segundo tercio de la misma. Aun así, el mérito no recae en el cierre, sino en la visibilidad del principio moral. Desde una perspectiva cinematográfica, Shyamalan no logra sostener el pulso, se le vence la mano. Para el último tercio del filme no se guarda ninguna sorpresa. Lo deja todo en manos de la fotografía. El guion se decanta por la solución evidente y rayana al happy ending con una iluminación religiosa patética y complaciente de abrazos y redención. No es que se vuelva tedioso, entretiene, pero no convence.

Para su suerte, ya tenemos la duda atorada en la garganta. La llevamos rumiando una hora, buscándole posibles soluciones. La mimetizamos. O eso nos creemos. Nos descubriremos, días después, en una hora soporífera de domingo por la tarde, repitiéndonos que sí, que lo haríamos.

Mintiendo.

Mintiéndonos.

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