La playa (FOTO Canvas)
Una playa (FOTO Canvas)

La playa. Después de años viviendo rodeada de lagos, el océano se abre como una herida vieja. Una herida buena. A mis amigos del norte les asusta el mar. A mí me aterran los lagos. Cuerpos inmóviles vigilados por árboles. Buscamos una sombra porque andamos con el bebé y el sol de junio tiene dientes. Son las nueve de la mañana. Las palmas se mueven, gentiles y delicadas, dentro de su pelo. Él lo mira todo con un asombro nuevo. Planta sus pequeños pies en la arena y mira a su padre con la boca abierta. Le explicamos la arena.

Las familias van llegando. Son animales hermosos, como la nuestra. Llegan con música, con un millón de niños, con neveritas. Llegan con sus bromas, sus cuentos, sus secretos. Llegan. Como llegan los hijos del mar al mar, con esa melancolía que es verdad, aunque se sienta, a ratos, manufacturada. A veces se les sorprende, cuando parece que nadie los está mirando, dejándose agarrar por esa tristeza súbita que nos acecha a todos en días perfectos como estos.

Hay un hombre con un dragón en la espalda, alto y fuerte, la mirada fija en el horizonte. Es un hombre muy bello súbitamente perdido en el mar que lleva dentro. Una niña flaquita llega y lo toma de la mano. El hombre la mira desde su pequeña tempestad que ahora comienza a despejarse. Van juntos a desaparecer en el agua, a ensayar una muerte serena, a sanarse de algo que no se sabe bien.

Nos acercamos a la orilla. Mi esposo creció en el Pacífico. Yo crecí en el Atlántico. Milo crece entre los malditos lagos de Arkansas. Entramos los tres al mar. No sé cuándo todo esto se me convirtió en un rito como sagrado. Entrar al mar con él y con el niño. Hemos comprado uno de esos flotadores con techo, para proteger su cabecita. Le ha gustado. Estamos felices, los tres, en este mar que, por lo pronto, es lo único que nos mantiene a flote. No hablamos mucho por temor a romper este instante que ya ha comenzado a desintegrarse. Los paraísos siempre se viven desde afuera. Es extraño, pero es así. Entendemos la precariedad de este mar tan vasto.

Un grupo se acerca a la orilla. Son como cuarenta. Todos juntos, algunos con cámaras. Las mujeres llevan faldas. Le pido información a una de las mujeres: “Un bautismo, hermana”, me responde con una sonrisa tan sincera que me desgaja el alma. Es un verdadero espectáculo. Los turistas acuden también, intrigados por la repentina conmoción.

Cierro los ojos para evocar el día en que me bautizaron, hace ya bastantes años. Tengo 12 años, una bata blanca, unos ojos muy grandes, un cuerpo muy pequeño. Recuerdo la sensación del agua fría cubriéndome la frente, bajando por mi rostro en medio de aquel día, recuerdo el deseo de sentir santidad y la persistente demanda de mis sensaciones fijas en el frío que sentí al salir del agua, con el viento golpeándome el cuerpo mojado que yo sabía muy desnudo debajo de aquella bata, la congregación de pie y de colores, cantando como enamorada. No sé cuánto tiempo estuve sumergida, pero al salir yo todavía no era otra.

Regresamos a nuestra palma. Milo se ha dormido. Nos decimos cosas sencillas, él y yo, en voz baja para no interrumpir el sueño del niño. La música de los vecinos no interrumpe su sueño. Es una pieza más dentro de este collage. No es una música bonita, y, sin embargo. Todo parece seguir un orden natural.

Todo este azul. Después de tres años. Después de mentirle a mis colegas y amigos repitiendo que los lagos son mi mayor consuelo después de haber perdido el mar. Ya va siendo hora de sincerarme. Conmigo y con ellos. Lo cierto es que odio los lagos. Odio el reflejo oscuro de los árboles sobre esa superficie chata. Verde sobre verde. Sobre verde. Allá todo es contracción. Aquí todo es expansión. Se lo digo, pero él ya lo sabe. Estamos acostados junto al niño. Las palmas siguen contorsionándose sobre nuestras cabezas. Hundo mis pies en la arena y siento comenzar una liberación. A lo lejos se escucha la voz vieja de una mujer joven hablando del pecado y de la salvación. Yo me tapo los oídos mientras miro al cielo, como buscando a Dios.

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*Este texto pertenece a un libro de relatos en preparación.

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Margarita Pintado (Puerto Rico) es poeta, profesora, y crítica literaria. Obtuvo su doctorado en literatura y cultura latinoamericana en la universidad de Emory. Escribió, junto Lorenzo García Vega, la novela bloguera Ping-Pong Zuihitsu. Sus poemas, reseñas y artículos han sido publicados en distintos medios, digitales e impresos, en distintos países. Actualmente vive en la ciudad de San Diego y enseña en la universidad Point Loma Nazarene.

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