La puerta de la bandera en San Juan, Puerto Rico
La puerta de la bandera en San Juan, Puerto Rico

Para Marta Aponte[1]

Marta, no sé si escribir en Puerto Rico sea más importante que escribir en Siria o en New York. En verdad no me importa mucho. Siempre esta elevación de la identidad del lugar donde acaece la escritura es más importante, una suerte de ficción de origen, para quien define su “aquí” como un lugar inigualable por se encuentra allí escribiendo.

Las retóricas del excepcionalismo nacional o nacionalista no duran mucho sobre la mesa o la cama donde escribo o leo. Me aburren. Me inclino a pensar que escribir en Puerto Rico o fuera del país, no es más ni menos importante que escribir en latitudes donde la experiencia del lenguaje, la capacidad de usar y trabajar con la palabra esté sometida a presiones de desmaterialización constante y a la hegemonía de relatos simplificadores de lógicas sociales e institucionales que tocan a la literatura. La literatura discute, de otro modo, cuestiones que la sociedad discute. Quizás los modos de esa discusión no sean reconocibles o comprensibles para algunos, o no se los discute “como se debiera”. Tampoco me importa mucho, ni enmarco, ni ando pidiéndole permisos a disciplinas universitarias o retóricas sacrificiales las maneras de pensarla. La literatura comienza a ser discutida cuando leer no implica acercarse al texto literario desde criterios o categorías que borran su especificidad o el lector de turno la usa como marioneta para sus creencias o ideología (whatever this means today). Es más, para decirlo de otra manera, la conversación que nos merecemos a partir de la literatura adquiere relevancia cuando el objeto de dicha discusión no devenga visitación moral donde exponer el valor o significado de este texto o aquella escritura. Me interesa una conversación sobre las maneras de producir e incluso destituir sentidos y generar otro modo de interlocución que ha facilitado lo literario. Llego o me retiro de esos espacios, antes o después que ha acampado algún discurso o retórica política que fije y determine sus sentidos posibles.

¿Cómo figura y discute la literatura esos asuntos que nos parecen evidentemente políticos? Siempre en “sus términos” y estos nunca le pertenecen del todo. Sobre todo, si esa literatura desea trabajar relatos e imaginarios que intervengan o se desentiendan de los relatos dominantes o busque encontrar alguna resonancia en una comunidad de lectores siempre menor y reducida, extraña. No tripeo con esto, ni fantaseo tampoco con esta escena. No es meramente un problema de vocabulario, de estilo o nomenclaturas donde concordar la conversación. La relevancia de una escritura literaria, de alguna ficción, de alguna poética no tendría que estar atada, afiliada a algún Deber que nos apalabre (a Puerto Rico) en “la hora de la suprema definición”.

Es más, ahora cuando el capital y su maquinaria equivalencial tritura –complejidades y singularidades– en su vórtice culturalista son distinguibles al menos tres navajas, identitarismo, antiintelectualismo y nacionalismo puertorriqueños, situación que no es idéntica, ni puede subsumirse bajo la centenaria situación colonial puertorriqueña. ¿De qué sirve enlistar la literatura en la conformación de un “nosotros” político dicotómico que apenas sabe cómo trabaja para el inglés? O de aquí o de allá, o con nosotros o en contra, a favor de la Junta o contra ella, yanquis o puertorriqueños. Ya está bueno, por favor.

Creo que la literatura, la mejor, trabaja, elude e incorpora aquello que la Ley o el Estado sancionan como como experiencia, como experiencia del lenguaje. Como sabrás no siempre nos prohíben, tergiversan o esconden las palabras. A veces “excitan” mucho ciertas escrituras y maneras y programan su predictibilidad. Estas lógicas ya institucionales, ya propias del mercado o de la academia hace eso y su contrario pues luego se saldrá a recoger y “visibilizar” sus “nuevos” voceros, o a repartir pergaminos, premios, guisos (es lo mismo). En estos días ni tan siquiera esto viabiliza mucho. En este sentido, yo evitaría otorgarle a la literatura alguna funcionalidad complementaria, de plenitud, que llene o añada lo que, por ejemplo, el Estado, las clases sociales, las identidades o la razón imperial niega o vacía. La literatura surgió y existió antes, durante y probablemente subsista después de lo que hacen y han hecho las instituciones estatales y los feligreses políticos del presente y sus genealogías. Al menos hasta que el planeta deje ser vivible, cosa que ya sucede de manera acelerada.

La literatura puertorriqueña como experiencia de pensamiento, como un modo más, modesto de generar y trabajar sentidos no tendría que ser el doble heroico, la némesis redentorista de lo que el Estado colonial o imperial, o el mercado incita a decir o “nos impide” decir. No se trata de suplir la información que “nos falta para entender lo que nos pasa”. Informar(se) no es experimentar, mucho menos existir a gusto. Los escritores no son los nuevos nigromantes, a menos que aspiren a otro tipo de práctica y visibilidad o vivan de manera –deliberada o inconsciente– alguna fantasía protagónica. Nuestro diálogo con los muertos no va por ahí. Me perdonan los muertos el uso del “nosotros”.

Si la no-escucha, el deterioro y la estupidificación cunden como gramáticas del presente, evitaría reemplazarlos con relatos aurorales o incluso jodedores, “reales” que terminan negando, en el sentido más chato del término, o achatando los daños y “males” actuales, adjudicándoselos a los Malos de siempre. Pillo o policía, venceremos. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Como decía ese filósofo joven, Nietzsche, habría que estar y no estar de acuerdo, incluso habitar, lo que se asume con demasiada prisa como “ahora”. Cierta distancia que no es geográfica con lo que supuestamente firma la lógica de los días, es también un tono, un uso del lenguaje, una poética. Todo esto en plural. También la “crisis” de los últimos días, los finales y la refundición neoliberal del oscurantismo, con sus particularidades podría pensarse al interior de un conservadurismo de larga duración dentro y fuera del archivo puertorriqueño. Una cultura del poder centenaria. Esto que padecemos no me parece un proceso sin precedentes en nuestra historia, aunque tenga sus singularidades.

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Para seguir escribiendo “bien” no habría que seguir reaccionando hechizados, paralizados, quedaos como el juey ante la luz nocturna, por la determinación cultural o telúrica o por los avatares de lo político-estatal, ni aspirar a mejorar o ser la contraversión de los discursos del poder en Puerto Rico. Hay tantas escrituras como modos de imaginar qué es la literatura. En Puerto Rico, aunque se crea desmontada la tropología ideológica de Insularismo, parece seguir vivita y coleando esa necesidad de corregirle (moralmente) a la isla sus “dimensiones”, sus “taras”, sus faltas, sus imposibilidades. Parece, además, imposible cambiar los términos y los modos de la conversación, aunque se pregone que los “nuevos textos” están haciendo otra cosa. Quizás no estén haciendo nada nuevo en tanto no inciden en la conversación transformándola, o conversan –en silencio– con otros interlocutores indetectables en la esfera pública actual. En ese sentido, me identifico con lo que te mueve a hacerte esta pregunta básica, aunque no comparta tus presupuestos. Igual escribir para desenmascarar al Otro es una acción donde el desenmascarador cree no tener máscara o no participa de la fiesta de disfraces. Una suerte de sujeto iluminado, en las afueras que se presenta desnudo ante los ciudadanos con la Verdad, sin saber que la máscara –retórica y genuflexión– ya son su rostro.

Creo y coincido con algunos aquí: la condición de la lengua cotidiana, del sentido común y de la alharaca mediática son parte de una reacción generalizada y una denegación de nuestros vacíos, fracasos e imposibilidades. Pero un vacío no demanda colmado con mi subjetividad o mi temario. Un vacío vacía y es el vaciamiento mismo, innegociable e indetenible. Un vacío carece de contenido. Un vacío que se llena es como un ojo que se cierra ante eso que amenaza o se teme. Un reflejo incontrolado parece ser. Un ojo que no ve, que se protege. Un remiendo, una cicatriz que refuncionaliza el vacío, negándolo y lo pone a circular como contenido. Me interesa transitar esos vacíos, pensarles su localidad y sus usos, a qué o quiénes benefician, incluso interpelan, por qué se reproducen con tanto gozo y desparpajo en estos días. Los vacíos por definición (cósmica) no pueden llenarse y en el caso de los hoyos negros, mejor ni hablar. Sin vacío no hay potencialidad, posibilidad para otra palabra. Igual, una aporía resuelta deja de serlo, sin duda, y por lo tanto deja de demandar sentido, de convocar palabras o polémicas en torno suyo. La inviabilidad de la aporía es su productividad y el campo de verdades incluso políticas.

La escritura literaria no va a “salvarnos” de nada, mucho menos de nosotros mismos.

1ero de octubre de 2015, 17 de agosto de 2017 y 18 de enero de 2019, Silver Spring, Maryland


Notas:

* Este texto pertenece a De la queda (era). Imagen, tiempo y detención Puerto Rico, La Criba Editorial, San Juan, 2022.

[1] Este texto es una elaboración de una serie de intercambios con Marta Aponte en Facebook. Me ha sido imposible recuperar estos intercambios en la plataforma de Facebook.

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Juan Carlos Quintero Herencia (Santurce, Puerto Rico, 1963). Poeta, ensayista, crítico. En 2002 gana el Premio de poesía del Pen Club de Puerto Rico por sus cuadernos de juventud El hilo para el marisco/Cuaderno de los envíos. Es autor de los libros de poesía: La caja negra (1996), Libro del sigiloso (Premio Creative and Performing Arts de la Universidad de Maryland, 2006) y El cuerpo del milagro (2016). Algunos de sus libros de crítica son Fulguración del espacio: Letras e imaginario institucional de la Revolución cubana 1960-1971 (Asociación de Estudios Latinoamericanos-Premio Iberoamericano 2002), La máquina de la salsa: tránsitos del sabor y La hoja de mar (:) Efecto archipiélago I. Se encuentra en preparación editorial su libro de ensayos, De la queda(era): imagen, tiempo y detención en Puerto Rico. Ha obtenido becas de la Ford Foundation, Andrew W. Mellon Foundation y de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Es profesor de literatura latinoamericana y reside en Maryland, Estados Unidos.

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