De la serie ‘De la Reforma a la Contrarreforma’, Leandro Feal
De la serie ‘De la Reforma a la Contrarreforma’, Leandro Feal

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La pregunta que ahora podríamos reciclar persiste una y otra vez desde que “ser de izquierda” (actitud, moda, compromiso, disfraz) era muy lindo, especialmente en el ámbito latinoamericano, y más si uno pertenecía (de lleno o no) al mundo académico: ¿un escritor debería cargar con el país, con la nación, con la patria, con ese espacio-tiempo inmediato donde tantas nociones compulsivas suelen ir a parar? No, no debería. Eso creo. Podemos, sin embargo, creer en lo cubano y en la identidad (fárrago, laberinto y embrollo de metáforas), como sugiere, me parece que cum grano salis, José Kozer. Pero desde una marginalidad donde la persona del escritor se constituya en el primer plano de la existencia. La esencial construcción primaria de su persona en las palabras. Porque desde siempre, y mucho más hoy, esa “cosa” de la identidad es taaaan seria que se presta a las manipulaciones más descaradas, como también ocurre con la patria y la nación.

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Hace algún tiempo The New York Times reconoció que la literatura norteamericana cuenta hoy con “a fresh crop of doomsday novels”. Es decir, una cosecha de novelas de las postrimerías, del fin de los tiempos, de la disolución de lo real, de las revelaciones finales cuando la verdad del caos (un caos disfrazado de orden) se impone. En Cuba no es así, por supuesto: no hay una zafra de esa naturaleza (ni de ninguna otra, apuntaré socarrón, si ustedes me lo permiten). Pero una parte de los narradores produce una escritura distópica, como puede comprobarse en el espacio de tiempo que va, digamos, desde 2015 hasta hoy.

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Sin embargo, el virus de la testificación sigue atacando por todas partes. La literatura no testifica, o no debería hacerlo. Más bien reinventa lo real o añade realidad a lo real. Lo diré de otro modo: si, con algún grado de persistencia, la realidad real le insinúa o advierte al escritor de ficciones que reformule su idea del realismo (para que, apremiado por lo-que-ocurre-afuera, se sumerja en la testificación), la realidad estética, por su lado, aconseja y exhorta al dibujo de las distopías, las alegorías sociales y el acrecentamiento de los pormenores (que es, al cabo, lo-que-ocurre-afuera). Cuando los pormenores aumentan de tamaño, el concepto de “detalle” llega a ciertos límites y se esfuma. Un pormenor amplificado puede contribuir al espanto, a lo horrible.

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Por estos días he vuelto a ver, por enésima vez, Havana Moon, la película del concierto que le regaló The Rolling Stones a La Habana en marzo de 2016. Increíble que ya hayan transcurrido 6 años de aquello y que Charlie Watts esté muerto. El concierto en sí mismo es un ejemplo de cómo lo real, transformado en cosa mentale durante mucho tiempo, de pronto irrumpe en lo real-cotidiano. Algo que se aproximaba a esas sustancias que proliferan en los bordes de lo utópico, de repente se transformó, una noche, en materia sólida para, de inmediato, regresar a la utopía. Esos movimientos son una parte de lo distópico, o de algo que se constituye en rareza, como el momento en que Mick Jagger recogió una bandera cubana que alguien había lanzado al escenario, la puso sobre uno de sus hombros y cantó así ni más ni menos que “Brown Sugar”.

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Vale la pena detenerse en las fotos del elegante automóvil vintage (creo que era un Ford Thunderbird descapotable de 1958) donde Paris Hilton y Naomi Campbell recorrieron un año antes, en 2015, una parte de la Habana Vieja. No hay más que reflexionar sobre el posible cortocircuito que se produciría en la cabeza de quien cree en la Utopía y ve las imágenes de entonces de la Fiesta del Habano (con Campbell y Hilton constantemente retratadas y sonrientes en medio de las expresiones glamorosas del Poder), y conoce la calle Teniente Rey y visita los agujeros impresumibles (solares a veces enormes, alargados, repletos de casitas o cuartos) donde lo real es lo real-cotidiano + lo distópico. Oye, escritor, atiendepacá: si en una trama novelesca usas ese momento y describes a la Hilton entrando en uno de esos solares y la pones a conversar allí con una mulatica hacker andrógina (una encantadora persona no binaria, quizás una chica trans o alguien como LP) que hace su trabajo en una choza llena de cables y tecnología de punta, entonces ya estás en un orbe congruente con el mundo cyberpunk, que, a su vez, es el mundo queer, pero en una ciudad íntimamente adolorida.

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Celeridad, pobreza, mixtificación, diferencias sociales monstruosas, iluminación LED, inmundicias, grupos de WhatsApp y Telegram dedicados al sexting y al ligue a distancia, lujo, voluptuosidad, borrado de fronteras, mercantilización persistente de los procesos donde se “cuecen” las “verdades ideológicas”. Y los nichos de la compraventa, los canales, los bares y los restaurantes misteriosa y súbitamente prósperos, etc., etc. He aquí una brevísima enumeración caótica que narra cómo se vive y cómo se siente el aquí/ahora. Un descomunal baile de máscaras. Y la bendita circunstancia del sexo por todas partes. Y, por supuesto, las vigilancias normales, las que uno sabe que están ahí para observar y recopilar. O vigilar y castigar, como dijo Foucault, lo cual es ya un hecho tan terco y demostrable como preciso y duradero. Si esas vigilancias no existieran, la paranoia las crearía y las configuraría cuidadosamente hasta que coincidan punto por punto con la expectativa de lo real. Allí comparecen ya la literatura y el fenómeno que me interesa subrayar: las ficciones neobarrocas urbanas.

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Haré esta digresión para crear un trasfondo primordial. Después de la invención de la cámara cinematográfica, el cine hizo un descubrimiento extraordinario que moldea con libertad (y aprisiona) nuestras vidas: en menos de un segundo se puede pasar de un plano general a un primer plano, o de un plano medio a un close-up donde sólo vemos, por ejemplo, los ojos de un personaje. ¿Qué secuelas y alcances tiene eso? Sencillo: la continuidad de las formas y su presumible dramatismo es un hecho significativo, pero no es trascendental. En realidad sólo importa la continuidad emotiva: mantener el ritmo de un estilo donde la emoción estética brota de la historia y va dibujando una filigrana. Y aunque con seguridad esa historia hipotética poseería diversificaciones transitivas, todas ellas se consagrarían a un tema cardinal capaz de facilitar la unicidad del conjunto gracias a su tejido de sentimientos, su aroma, su textura.

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Así expresadas, ¿en verdad vamos hacia esas numerosísimas manifestaciones de lo distópico que son como una lluvia persistente? Hay un grupo de artistas (de la escena teatral, el cine, la literatura y las artes visuales en general) que crean esos espacios y ya viven en ellos. Y que apagan las luminarias, los colores, los vítores y el glamur y la contentura optimista y llena de loas a la existencia dentro de la isla. Pero concretamente en la narrativa cubana (y, de cierta forma, también en la poesía) siempre ha existido una cruz que muchos escritores cargan y soportan (y que otros desestiman o ignoran) y que se llama así: la urgencia de la testificación. Como esa piñeriana y maldita circunstancia de lo acuoso, de lo lacustre en tanto enclave. Somos, en la isla, criaturas al nivel del mar, con respiraciones cerca del mar. Y entonces tenemos el apremio de testificar (distópicamente) al pie de los hechos, contra el lujo de imaginar fábulas donde esos hechos buscan, a su vez (y este es un fenómeno anómalo), respaldar una lectura literaria (y estetizante) y hasta filosófica (o posfilosófica) de lo insular. De cierto modo aquí hay un corrimiento. Y, sin entrar en matices, ese sería otro avatar de la pelea del realismo contra el no realismo. O de una idea del realismo literario en tiempos de Facebook contra la metamorfosis de lo real en lo irreal, o más bien de lo tangible en lo intangible. Pero en última instancia hay que reconocer, si la decencia nos acompaña, que vivimos en una época donde el acto de testificar es peligrosísimo para la vida (como ha solido ocurrir durante milenios enteros, claro está).

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En la cola de las papas, cuando a las 7 a. m. se reparten los turnos para comprarlas a partir de las 9 a. m., la gente se hunde en las pantallas de sus teléfonos. He visto, de refilón, chats eróticos, sexting con imágenes, memorias gráficas de familias reunidas, debido a alguna celebración, por Messenger o WhatsApp. Adelanto tecnológico ralentizado + escrituras distópicas + pobreza material. ¿Cuánto da esa suma?

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En la calzada de Diez de Octubre, sobre una pared tras la cual hay una casona medio derrumbada, alguien ha escrito con pintura verde y negra: “Rakel te amo perdío”. Textual. La casona acoge a una clínica de celulares. “Rakel te amo perdío” significa, es obvio, que el escribiente ama a Rakel hasta la perdición. Que está perdido por ella. Frito. ¡Por Rakel ha caído muertecito en la carretera! Ese enunciado abierto, gritado, prorrumpido desde la desesperación (románticamente, pero coqueteando con el amor cortés y con esas óperas que subsisten gracias al fondness y sus leyendas amorosas), es un credo antiquísimo que dialoga con la tecnología y no se evade de ella. Pero también es una declaración en la cual subsiste algo que se encuentra más allá de lo tecnológico y que lo supera de modo casi absoluto: el estatuto de la compañía humana, y del amor cuando se manifiesta, es una energía transhistórica que evita la disolución de la identidad humana. (En caso de que Rakel esté en Miami o Madrid, bastará con que quien la ama perdidamente y pintó esa frase haga una foto y se la mande).

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En la isla, la escritura neobarroca sobrevendría como gusto por el exceso, como asimetría compleja, como ausencia de sistematicidad. El detalle se estetiza y la fragmentación se convierte en forma cómoda de asedio. A veces presenciamos la abolición de la integridad, persuadidos de que el orden deforma. La incoherencia resulta más verdadera que el orden porque el orden se alimenta de convenciones y esquemas canónicos (como el de la novela). Por eso uno puede referirse allí a una escritura inestable y de recepción vacilante en lo que tiene de pulsión e intermitencia. Pero la vida, ¿acaso no es una larga y fascinante cadena de pulsiones e intermitencias?

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Vivimos dentro de un organismo lovecraftiano y metastásico. El futuro es neobarroco y queer. No todo el neobarroco conduce a lo queer, pero sí todo lo queer acepta la contaminante vecindad del neobarroco por ser materia y pensamiento complejos y escritura hipercompleja, y por llenarse de indeterminaciones e imprecisiones. Ahora mismo la isla es casi tanto una isla virtual, conceptual, como una isla real. Una isla de relatos distópicos y consensuados en torno a la soledad del yo, la discrepancia ideológica, los excesos de la demagogia política, la violencia, el impudor, las escapatorias, la nostalgia. Discursos y microdiscursos que poseen márgenes de virtualidad cada vez más anchos.

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Una coda en torno al admirable José Lezama Lima: ¿“nacer es aquí una fiesta innombrable”? El poeta se refería, creo, a las médulas aparejables de la cubanidad como cruceros, trascendencias, merodeos, sorpresas e intrigas, descubrimientos perpetuos y vitalidades deleitosas. Pero uno no vive en las médulas, desgraciadamente. Las médulas son construcciones solidificadas por la imaginación y el deseo.

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1 comentario

  1. Borges le pregunta a un poeta que lo asedia cuál es el titulo de su cuaderno. El poeta se lo dice: «Con la patria dentro». Borges hace una mueca y le responde: «¡Ay, qué incómodo!»
    Lezama tiene otra frase peor: «La pobreza irradiante». Ni la patria es un placer ni ninguna pobreza es irradiante…
    Fuerte texto de Garrandés, sin la patria adentro y sin fiesta.

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