Lisbeth Lima Hechavarría: “Un país también es la memoria de quienes lo habitan”

La escritora e investigadora santiaguera conversa sobre su formación en Ciencias, la migración a Chile, sus proyectos literarios y académicos o el futuro de Cuba.

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Hace cosa de un lustro tuve a mi cargo la edición de unos textos breves de Lisbeth Lima Hechavarría (Santiago de Cuba, 1995). No sé si para entonces ya había publicado sus dos primeros libros: Rostros y Matices de vida, ambos de 2021. Recuerdo que por entonces ella escribía: “El país en el que vivo me llena de ríos que corren en distintas direcciones y no todos van a desembocar al mar. Ríos de sensaciones inexactas. Ríos de paz que se tornan aguas oscuras y revueltas a medida que va finalizando el mes. Ríos de resignación y de suspiros largos mientras me fumo un cigarro. Ríos de esperanzas alimentadas con metas que cada vez se tornan más distantes”.

Es posible que uno de esos ríos la haya conducido, finalmente, a una meta promisoria. A pesar de las distancias: del norte al lejano sur, de unas aguas a otras aguas, menos oscuras y revueltas, y de Santiago a Santiago, ciudades tan distintas.

Entremedias, una mutación que a mí me resulta familiar: las ciencias duras trasvasan a glosas sociales, con la literatura como genoma intervenido. No necesité mucho más para acometer estas preguntas, que Lisbeth ha respondido con extensa generosidad, como si quisiera salvar los muchos kilómetros que geográficamente nos separan.

Eres graduada de Biología y tengo entendido que trabajaste en el ámbito de la Antropología Física. ¿Cómo se pasa de ahí a la literatura y la crítica literaria?

Usualmente esa trayectoria suele parecer un giro radical, como si hubiera abandonado un campo para entrar a otro completamente distinto. Sin embargo, yo no la he vivido así. Nunca dejo de investigar, lo que cambia es el objeto de mis preguntas y las herramientas con las que intento responderlas de acuerdo con el caso. De hecho, contestando del modo más básico y directo: lo primero en mi vida fue la literatura y luego todo lo demás.

Leo compulsivamente desde que puedo acordarme y comencé a escribir a los diez años, conformando los primeros textos de autoficción y ficción a los catorce. Egresé del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso con diecisiete, aún sin haber comenzado la universidad; no obstante, pese a mi pasión por las letras, la Biología le pudo más. Quizá haya tenido que ver con el pragmatismo que me habita desde siempre. En ese entonces, entendía el mundo desde una perspectiva más causal, donde la exactitud de las “ciencias duras” tenía las herramientas más efectivas para tantas preguntas capciosas circundantes. Hoy, con casi treinta y uno, trece años después, el mundo me gira distinto y soy capaz de percibirlo olvidando la teoría heliocéntrica.

Me licencié en Biología y durante varios años trabajé en Antropología Física y Forense; incluso desarrollé un primer magíster en ese ámbito. Esa experiencia fue vital en mi formación porque me disciplinó en una forma de aproximarme al conocimiento basada en la observación rigurosa, el análisis y la búsqueda constante de relaciones entre fenómenos. Ahí inició mi exploración entre las ciencias exactas y las sociales: comprender el perfil biológico a partir de restos óseos no se trata solo de marcas metabólicas sino también de costumbres y modos de vida asociados al acervo cultural de una población. Entonces aprendí a entender los cuerpos como portadores de historia.

Con el tiempo empecé a preguntarme por aquello que esos cuerpos no podían decir por sí solos: las memorias que los atraviesan, los relatos que los construyen, las relaciones de poder que determinan qué vidas son visibles y cuáles permanecen al margen. Había preguntas para las que la biología ya no bastaba. De esas preguntas nació Bestias interiores (Ilíada Ediciones, 2022), mi tercer libro publicado.

Mientras tanto, seguía leyendo con la misma intensidad con que estudiaba el ciclo de Krebs, genética evolutiva, zoología o botánica. Incluso trabajé escarabajos acuáticos durante los primeros tres años de mi carrera, dedicando la mayor parte del tiempo a expediciones en las montañas y a la participación en congresos y fórums académicos. Esas dos dimensiones han coexistido en mi vida sin entrar en conflicto.

El punto de inflexión llegó cuando entendí que lo que más me interesaba no era únicamente explicar la vida desde sus procesos biológicos, sino comprender cómo las personas producen sentido sobre esa vida, cómo narran la experiencia, cómo recuerdan, cómo olvidan, cómo justifican la violencia o cómo imaginan otras formas de existir. Ahí decidí orientar mi trabajo hacia los estudios literarios y culturales.

No lo viví como una renuncia, sino como una ampliación del campo de observación. Si la Antropología Física me enseñó a leer los cuerpos, la literatura me permitió leer los discursos, las memorias, los silencios y las estructuras simbólicas que también modelan esos cuerpos. Descubrí que una novela, un testimonio o un poema pueden revelar dimensiones de la experiencia humana que ningún dato empírico alcanza a explicar por sí solo.

Hoy, cuando investigo o escribo, siento que esas dos formaciones siguen dialogando. La ciencia me forma en una disciplina para formular preguntas y desconfiar de las respuestas fáciles; la literatura me enseña que la realidad siempre excede cualquier explicación única y que, muchas veces, las verdades más profundas se encuentran en los matices, en las contradicciones y en aquello que permanece sin resolución.

Tal vez por eso nunca he concebido la literatura como un espacio aislado de la producción de conocimiento. La entiendo como un modo específico de indagar la experiencia humana, con herramientas y lenguajes distintos a los de las ciencias, pero igualmente riguroso en su capacidad para revelar aspectos esenciales de la vida.

¿Cuándo tomaste la decisión de emigrar?

La decisión de emigrar no surgió de un único acontecimiento ni fue el resultado de un impulso repentino: se fue gestando a medida que comprendía que necesitaba ampliar mis horizontes intelectuales y encontrar un espacio donde pudiera profundizar en las preguntas que desde hacía tiempo comenzaban a desplazar el centro de mi trabajo.

Hasta entonces, mi trayectoria profesional en Cuba había transitado por disímiles ámbitos: la investigación científica, la gestión cultural, la edición y la promoción literaria; incluso asumí cargos institucionales. Fueron años de mucho aprendizaje y también de enormes responsabilidades. Pero aún seguía necesitando más.

Siempre me ha costado no estar todo el tiempo elucubrando planes de acción, sintiéndome productiva en cada cosa que hago; no hay nada que me provoque más ansiedad que sentir que pierdo el tiempo. Con solo treinta años he transitado caminos muy diversos, en todos los sentidos en los que pueda comprenderse esta sentencia, y asumo que el nivel de exigencia que me impongo es alto, pero es el modo de vida que he escogido y ya no sé hacerlo de otra forma. En ese sentido, necesitaba una salida que me permitiera alimentar mi más grande obsesión: el estudio, y que al mismo tiempo me diera de comer, al menos lo básico. Y definitivamente Cuba, por desgracia, no era lugar para ello. Había decidido dedicarme por completo a la investigación literaria y la teoría crítica, no como una actividad paralela, sino como el eje de mi vida intelectual. Necesitaba entonces poner en marcha un proyecto a corto plazo para lograrlo.

¿Y por qué Chile?

Chile apareció como una posibilidad concreta, a partir de una beca para cursar el magíster en Estudios Literarios y Culturales Latinoamericanos en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). El programa reunía dos intereses que para mí eran fundamentales: una sólida formación en teoría literaria y la posibilidad de pensar la literatura latinoamericana desde una perspectiva crítica y comparada. Sentí que ese era el lugar donde podía continuar un proceso comenzado mucho antes, aún sin tener ningún título académico de formación en Humanidades ni Ciencias Sociales.

La verdad, no fue difícil. Pese a tratarse de una de las universidades más prestigiosas de América Latina, con muy altos estándares, gané la beca. Aunque pueda parecer autosuficiente, es un discurso que sostengo con orgullo porque es el resultado no de privilegios ni favoritismos, sino de mucho empeño y estando yo, literalmente, al otro lado del mundo.

Por supuesto, emigrar nunca significa solamente cambiar de universidad o de país. Significa aceptar que la vida va a reorganizarse por completo. Implica despedirse de afectos, de rutinas, de una lengua compartida en sus matices más íntimos, de una historia de vida construida durante años. Una sabe lo que deja, pero nunca sabe del todo quién será cuando regrese.

Chile, en un primer momento, fue una elección académica. Pero con el tiempo comprendí que esa decisión terminaría transformando todas las dimensiones de mi vida. Aquí no solo continué mi formación; también reconfiguré mi manera de investigar, de escribir y de pensar América Latina y el Caribe. La experiencia migratoria me obligó a continuar mirando mi país desde la fractura y, al mismo tiempo, me permitió comprender que muchas de las preguntas que me habían acompañado desde Cuba –sobre la memoria, el poder, las violencias y los desplazamientos– no pertenecían únicamente a una realidad nacional, sino que atravesaban buena parte de la historia del continente.

Hoy miro esa decisión con gratitud. No porque la migración haya sido un camino fácil –nunca lo es–, sino porque me amplió el horizonte, en todos los sentidos. Y volver a empezar, cuando ocurre por decisión propia y con plena conciencia de sus costos, puede ser una de las formas más profundas de concientización.

Y de Valparaíso te fuiste a Santiago de Chile, donde actualmente cursas un doctorado en la Universidad Andrés Bello. ¿Qué temas en concreto estudias allí? ¿Cuáles son tus intereses en el ámbito académico?

Más que hablar de temas aislados, diría que mi recorrido académico ha estado guiado por un conjunto de preguntas que han ido cambiando de escala, pero no de dirección. Me interesa comprender cómo la literatura produce conocimiento sobre la realidad social y, al mismo tiempo, cómo las relaciones de poder atraviesan tanto los textos como las condiciones en que esos textos se escriben, circulan y son leídos.

Durante el magíster en Estudios Literarios y Culturales Latinoamericanos tuve la oportunidad de profundizar en la crítica literaria contemporánea, la teoría cultural y los estudios de género, perfil que ya venía desarrollando desde algunos años antes. Mi investigación se centró en la obra de la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero, particularmente en su libro Pelea de gallos. Allí analicé cómo el espacio doméstico, tradicionalmente asociado al cuidado y la protección como producto del imaginario social, es un dispositivo indispensable en la perpetuación de la violencia patriarcal.

Me interesaba mostrar que muchas de las violencias que experimentan los cuerpos feminizados no son hechos excepcionales, sino prácticas que se naturalizan en el ámbito de lo cotidiano. Ese trabajo terminó convirtiéndose también en una reflexión sobre las políticas del cuerpo, la memoria, las infancias vulneradas y las formas íntimas del poder.

Actualmente, en el Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual, esas preguntas se han ampliado. Sigo interesada en la literatura escrita por mujeres latinoamericanas nacidas después de 1970, pero ahora el foco está puesto en la construcción de la autoría. Investigo cómo determinadas escritoras actuales no solo producen obras literarias, sino que también construyen una postura ética y estética a través de entrevistas, festivales, redes sociales, columnas de opinión y otros espacios de circulación cultural. Me interesa comprender cómo se configuran hoy las autoras latinoamericanas y qué relaciones existen entre esa construcción, el mercado editorial, los medios de comunicación y las distintas formas de legitimación.

O sea, que la investigación no se limita a los textos.

No. También observa los discursos que los rodean, las instituciones que los validan, las dinámicas del campo literario y las disputas por la visibilidad. Me interesa pensar la literatura no solo como una práctica estética, sino como un espacio donde se negocian formas de autoridad, de reconocimiento y de representación.

Todo ello dialoga con mis intereses más amplios: la teoría crítica feminista, la sociología aplicada a la violencia –por ejemplo, como práctica cada vez más normalizada y validada, sobre todo, sobre cuerpos feminizados como disciplinamiento y aceptación masculina–; la migración y la colonialidad del poder sobre nuestros territorios. No concibo estas perspectivas como campos de análisis aislado, sino como herramientas que permiten comprender la complejidad de nuestras sociedades y las múltiples formas en que la literatura interviene en ellas.

En el fondo, las preguntas que orientan mi trabajo y continúan guiando mi investigación siguen siendo bastante sencillas de formular, aunque difíciles de responder: ¿qué puede revelar la literatura sobre el mundo que habitamos?, ¿qué voces llegan a convertirse en referentes culturales y cuáles permanecen en los márgenes?, ¿de qué manera las narraciones contribuyen a reproducir o cuestionar las estructuras de poder?

¿Es posible englobar todas esas cuestiones en algún proyecto concreto?

¿Cómo hacer que la literatura salga del espacio/objeto libro y sea entendida como aporte a la práctica social desde todas sus esferas, sobre todo hoy, que los algoritmos y estadísiticas dicen que se lee más?

La pregunta también sería: ¿qué es lo que se lee más? Y, ¿quiénes son esos números que engrosan las estadísticas?

Todo cuanto hago gira en torno a estas y el resto de interrogantes que he ido mencionando a lo largo de la entrevista. Y para responderte aquí me sirven específicamente estas, ya que llevo meses dedicada por completo a sostener de forma viable mi proyecto Curso-Taller de Escritura Creativa “Narrar a contrapunto”.

Tuve la oportunidad de impartirlo por primera vez de forma presencial en mayo de este año, desde mi arribo a Chile, resultado de haber ganado el I Premio Tesis con Enfoque de Género con mi tesis de magíster, convocado por tres importantes universidades chilenas y el Proyecto InEs Género, cuyo premio en metálico decidí usar para el desarrollo de ese espacio formativo, que ha resultado una experiencia sumamente enriquecedora.

Durante seis sesiones compartí con un grupo de aproximadamente quince mujeres migrantes de diversas edades, procedencias y trayectorias, lo cual formó parte indirectamente también de un estudio etnográfico que responde a mis intereses investigativos. Desde entonces, me paso los días buscando el modo de obtener más fondos que me permitan continuar impartiendo de forma sistemática estos talleres donde la literatura es la herramienta para un fin mayor, que es básicamente el de establecer redes de apoyo para una comunidad vulnerable por múltiples factores: por ser mujeres, por migrantes, por clase social, por color de piel, por orientación sexual y genérica, etc. A veces en un mes realizo más de cinco postulaciones entre fondos concursables, congresos, becas, pasantías, etc.

Además, imparto simultáneamente cursos y talleres de técnicas narrativas y escritura testimonial; realizo asesorías literarias y trabajo como editora para algunos medios. A la larga, todo forma parte de lo mismo: es experiencia de trabajo, oportunidad de crecimiento profesional, antecedentes curriculares que acumulo y, sobre la marcha, tomo los módulos correspondientes del doctorado y embriono mi investigación académica.

¿Y en cuanto a tus proyectos personales de escritura?

En el ámbito de la literatura creativa no hay mucho que contar. Recién terminé de editar, por enésima vez, un libro de cuentos en el que llevo cuatro años trabajando, y tengo otro con al menos unos cinco cuentos terminados que quizá, igualmente, todavía demore mucho en considerarlo listo para publicar.

¿Qué piensas del momento social y político que se vive en Chile hoy? ¿Ves un futuro para ti en ese país?

Chile atraviesa un momento de enorme complejidad. Creo que sería un tanto simplista reducir lo que ocurre a la acción de solo un gobierno o a la confrontación entre bloques políticos. Lo que percibo es una sociedad que todavía busca una manera de procesar transformaciones muy profundas: cambios en las expectativas ciudadanas, nuevas formas de desigualdad, el impacto de la migración, el aumento de la preocupación por la seguridad, la fragmentación de los consensos políticos y una creciente desconfianza hacia las instituciones. Son procesos que no pertenecen exclusivamente a Chile: atraviesan buena parte de las democracias contemporáneas, aunque aquí adquieren sus rasgos particulares.

Como investigadora y como migrante, me interesa observar cómo esas tensiones se expresan también en el plano cultural, que, grosso modo, es el ámbito que uso como campo de estudio. Muchas veces los debates públicos tienden a organizarse en torno a posiciones binarias: seguridad o derechos, identidad nacional o migración, tradición o cambio. Sin embargo, la realidad casi nunca cabe en esas oposiciones. Las sociedades más democráticas no son las que eliminan los conflictos, sino aquellas que logran discutirlos sin renunciar al reconocimiento del otro.

Me preocupa, como ocurre en muchos lugares del mundo, la creciente dificultad para sostener conversaciones complejas. Vivimos un tiempo en que la velocidad de las redes sociales y la polarización favorecen respuestas inmediatas y certezas contundentes, cuando los problemas que enfrentamos exigen precisamente lo contrario: matices, escucha y capacidad de deliberación.

Creo que una de las responsabilidades más importantes del pensamiento crítico consiste en negarse a elegir entre la ingenuidad y el cinismo. Comprender un problema no significa justificarlo; pero tampoco combatirlo exige renunciar a la complejidad. La cultura y las humanidades tienen mucho que aportar en ese sentido, porque nos recuerdan que comprender es un ejercicio de responsabilidad intelectual y ética, no de complacencia.

Al mismo tiempo, sería injusto mirar únicamente las fracturas. Chile posee una vida intelectual y cultural extraordinariamente dinámica. He encontrado universidades que promueven el debate, espacios culturales muy activos, escritoras y escritores que están renovando la literatura latinoamericana y comunidades que siguen apostando por el trabajo colectivo, incluso en contextos difíciles. Esa vitalidad también forma parte del país y, usualmente, como es comprensible, recibe menos atención que los conflictos cotidianos.

Respecto a mi futuro, he aprendido a ser prudente con las certezas. La migración me enseñó que la pertenencia depende de los vínculos que una construye. Hoy Chile es el país donde desarrollo mi investigación, donde he seguido creciendo como escritora y donde he encontrado proyectos que han sido importantes para mi formación. Me siento profundamente agradecida por eso.

No sé dónde estaré dentro de diez o veinte años. La vida como investigadora tiene mucho de impermanencia. Pero sí sé que, mientras esté aquí, quiero contribuir desde aquello que sé hacer: escribir, enseñar, editar y participar en la construcción de espacios culturales que favorezcan el diálogo. Creo que esa es también una manera de ejercer roles necesarios. Al final, pertenecer a un lugar no consiste en habitarlo; consiste en asumir alguna responsabilidad por el mundo común que compartimos.

Desde que saliste de Cuba, ¿qué autores has descubierto? ¿A qué libros has prestado especial interés y por qué?

Emigrar también transformó mi manera de leer. No tanto porque antes leyera menos, sino porque ha cambiado radicalmente el acceso a los libros que más me interesan en este período de mi vida y, sobre todo, el mapa de mis conversaciones intelectuales. Ahora estoy en un espacio donde puedo acceder con mucha mayor facilidad a editoriales, bibliotecas, librerías, congresos y debates que antes me eran imposibles. Este hecho amplió mi horizonte cognitivo de manera contundente, y con ello, por supuesto, mi manera de comprender el mundo.

En estos últimos cuatro años he leído con especial atención a escritoras latinoamericanas contemporáneas y actuales que han revolucionado el modo de narrar la violencia, el cuerpo, la memoria y los afectos. María Fernanda Ampuero ocupa un lugar central en ese recorrido, no solo porque ha sido objeto de mi investigación, sino porque su escritura representa una manera muy lúcida de explorar las relaciones entre lo íntimo y lo político. Pero junto a ella han aparecido otras voces que me han interpelado profundamente, como Mónica Ojeda, Gabriela Cabezón Cámara, Ariana Harwicz, Cristina Rivera Garza, Dalhia de la Cerda, Lorena Amaro, Agustina Bazterrica, etc. Son autoras con estéticas distintas, pero que comparten la voluntad de tensionar los límites de la representación y de cuestionar formas naturalizadas de comprender el cuerpo, la violencia, el género o la memoria.

Paralelamente, mis investigaciones me han llevado a profundizar en la teoría crítica, los estudios culturales, las diferentes corrientes feministas y el pensamiento decolonial. Más que buscar respuestas cerradas, me interesa leer autoras y autores que me obliguen a formular mejores preguntas. Pienso, por ejemplo, en Judith Butler, Rita Segato, Sayak Valencia, Nelly Richard o Achille Mbembe. Son lecturas diferentes entre sí quizá, pero que brindan perspectivas nutridas de un mismo fenómeno; todas comparten la preocupación por comprender las formas contemporáneas del poder y sus efectos sobre las subjetividades y la vida cotidiana.

Sin embargo, si algo ha cambiado de manera más profunda en estos años, no ha sido el listado de autores que leo, sino mi forma de organizar las lecturas. Cada vez me interesa menos clasificar los libros según géneros o disciplinas. Me gusta que una novela dialogue con un ensayo filosófico, que una investigación antropológica converse con un poemario, que un texto de teoría crítica ilumine una obra de ficción y viceversa. Creo que el conocimiento más fértil suele surgir precisamente en esas hibridaciones textuales. Mientras más rotos los andamios que sostienen un supuesto género puro, más disfruto el resultado. Tal vez la analogía.

En definitiva, más que descubrir autores, siento que en estos años he descubierto nuevas maneras de leer. Hoy me interesan los libros que incomodan, que cuestionan mis propias certezas y que me obligan a pensar con mayor complejidad. Son esas lecturas las que terminan acompañando tanto mi trabajo académico como mi escritura literaria.

También he procurado mantener un diálogo constante con la literatura cubana. La distancia no ha significado un alejamiento de esa tradición; por el contrario, me ha permitido volver a ella desde otras preguntas. La experiencia migratoria modifica inevitablemente la perspectiva desde la cual interpretamos los textos, y eso también forma parte de la riqueza de la lectura. Hay autores que una relee de manera distinta cuando cambia de país.

¿Qué autores, por ejemplo?

Hace poco estuve releyendo Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, a propósito de la preparación de un taller sobre escritura testimonial que imparto eventualmente en algunos espacios santiaguinos. Esa relectura coincidió, además, con la necesidad de volver sobre algunos textos de Fernando Ortiz por cuestiones relacionadas con mis propias investigaciones, y produjo una resonancia que no había previsto. Después de varios años viviendo al otro lado del mundo –y digo esto pensando especialmente en lo que significa para una cubana salir de la isla por primera vez y encontrarse con muchas de esas realidades que durante años aprendimos a mirar a través de determinados relatos sobre el exterior–, ciertas categorías que parecían formar parte de un paisaje discursivo aprendido, como raza, racismo, identidad, nación o incluso pertenencia, comienzan a adquirir otras dimensiones. Ya no se leen únicamente desde los discursos oficiales ni desde aquello que constituía el pan de cada día, sino también desde la experiencia concreta de estar fuera, de ocupar otro lugar y de mirar la propia cultura desde una distancia que, paradójicamente, permite verla con mayor nitidez en algunos aspectos y con más contradicciones en otros. En ese sentido, volver a Barnet y a Ortiz desde Chile ha sido también una manera de volver sobre Cuba, pero ya no exactamente sobre la Cuba que recordaba.

Algo similar me ha ocurrido con Elaine Vilar, una autora a la que he estado leyendo con detenimiento en los últimos tiempos. Me interesa, entre otras razones, porque su obra forma parte de esta nueva circulación de autoras latinoamericanas –y, en menor medida, caribeñas– que han alcanzado una visibilidad importante en el campo literario actual. En su caso, además, me resulta especialmente significativo observar cómo una autora cubana participa de ese proceso de circulación trasnacional y cómo, desde ahí, se reformulan cuestiones que siguen estando muy presentes en la literatura cubana: el cuerpo, la violencia, las relaciones de poder, la precariedad, la identidad y las formas de pertenencia. Leer a Elaine desde fuera de Cuba me lleva inevitablemente a preguntarme qué cambia cuando una autora cubana deja de ser leída exclusivamente dentro del marco nacional y comienza a inscribirse en un campo literario más amplio, con otras expectativas, otros circuitos de legitimación y otras formas de construir la figura autoral.

Para terminar: hay un cadáver con forma de isla, en avanzado estado de descomposición y con el bisturí de la incertidumbre haciendo tic tac sobre la mesa. Pregunta para la Lisbeth que alguna vez estudió antropología forense: ¿qué crees que va a pasar en Cuba? ¿Qué quisieras tú que pasara?

No sé si podría pensar Cuba desde la imagen de un cadáver. Comprendo la fuerza literaria de la metáfora y entiendo el desencanto que puede expresarse a través de ella, pero creo que los países son siempre más complejos que las imágenes con las que intentamos visualizarlos. Un país no es únicamente su sistema político, ni su crisis económica, ni siquiera sus fracturas históricas. También es la memoria de quienes lo habitan, la lengua que compartimos, las formas de afecto que nos constituyen, la cultura que seguimos produciendo y las maneras, muchas veces contradictorias, en que imaginamos el porvenir.

Como cubana, me resulta imposible pensar Cuba desde una sola emoción. Hay dolor, por supuesto. Hay frustraciones, pérdidas y preguntas que siguen abiertas. Pero también hay una enorme tradición intelectual y artística, una extraordinaria capacidad de resistencia cotidiana y una riqueza cultural que ha sobrevivido a contextos muy adversos. Reducir Cuba a cualquiera de esas dimensiones, por separado, me parece insuficiente.

La experiencia de la migración me ha enseñado, además, que Cuba ya no puede pensarse únicamente como un territorio insular. Hoy también existe una Cuba dispersa por el mundo, una comunidad que continúa escribiendo, investigando, creando, enseñando y sosteniendo vínculos con la isla desde geografías muy diversas. Esa pluralidad de experiencias forma parte de la Cuba actual y, en mi opinión, enriquece la conversación sobre quiénes somos.

Respecto al futuro, desconfío tanto del optimismo ingenuo como del fatalismo. Ninguna sociedad está condenada a repetirse eternamente, pero tampoco las transformaciones profundas ocurren por el simple paso del tiempo. Requieren instituciones, participación, diálogo, imaginación política y una ciudadanía capaz de reconocerse incluso en medio de las diferencias. Quizá una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo sea precisamente reconstruir la confianza en la posibilidad de un proyecto común.

Deseo una Cuba donde las diferencias puedan expresarse sin convertirse en motivo de exclusión; donde el pensamiento crítico no sea entendido como una amenaza, sino como una condición indispensable para cualquier sociedad que aspire a conocerse y a transformarse; donde la cultura siga siendo un espacio de libertad, de diálogo y de imaginación; y donde nadie tenga que renunciar a su país para poder desarrollar plenamente sus capacidades.

No sé cuándo ni cómo llegará ese futuro. Pero sí estoy convencida de algo: los países no cambian únicamente por decisiones políticas. También cambian por las historias que son capaces de contar sobre sí mismos, por las conversaciones que se atreven a sostener y por la voluntad de imaginar un horizonte otro.

Tal vez por eso sigo creyendo en la literatura. No porque pueda sustituir a la política, sino porque puede ampliar nuestra capacidad para comprender al otro y para visualizar lo que todavía no existe.

JORGE ENRIQUE LAGE
JORGE ENRIQUE LAGE
Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Graduado de Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona, carrera que intenta ejercer. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

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