Orestes Hernández

La voz extraña de Orestes Hernández

El poeta argentino Fabián Casas ha dicho que su escritura es una suerte de lucha permanente contra todo lo que de sí mismo pueda reconocer en sus textos. La idea de sortear al animal domesticado que es la habilidad propia, le obliga a buscar eso que él llama la “voz extraña”. La voz extraña de la que habla Casas no tiene que ver, por supuesto, con hacerle trampas retóricas al lenguaje, sino con la capacidad de generar estados continuos de incertidumbre o sorpresa dentro de la escritura. El hallazgo de ese yo desconocido que restaure la incomodidad de sentirse forastero siempre.

Yo he encontrado algo así en los textos de Orestes Hernández, una insólita reverberación que se asienta sobre su mirada de recién llegado al territorio de la palabra. Cuando escribe, sin embargo, Orestes no se preocupa por la naturaleza de su voz, aquello que relata parece haberle sido dado en forma de certeza desde el inicio de los tiempos. Nada ahí podría ser de otro modo. Pero a nosotros sí que nos asombra esa fuerza tremenda que brota del pensamiento intuitivo, del fallo, de una lógica quebrada e incorruptible a los vicios del escritor entrenado. Orestes es transparente en su escritura, de la misma manera que lo es en sus instalaciones, objetos, pinturas. Su narrativa anda a la deriva, chocando con las cosas, dándose los golpes que tiene que darse para poder hallar espacio entre tanta corrección y asepsia estética.

Como pertenece al mundo de las artes visuales, no está obligado a pensarse dentro de la cajita de la literatura, y esa distancia respecto al gremio le exime de representar el rol de escritor. Sobre todo, de escritor original. Cualquier originalidad que se le atribuya es resultado de su insistencia en ir por libre, superponiendo en el texto el relato intermitente, la digresión, el sinsentido y la hondura, la vuelta de tuerca, lo conversacional, el rapto ensayístico, las referencias a las artes visuales, su compromiso con la filosofía yoruba. Todo ello sin otro mecanismo de regulación o control de daños que el de su propio convencimiento de que basta con “seguir sólo el sentido simple de lo dicho” para tantear algunas verdades.

Orestes Hernández pasa del ejercicio de corregir. Escribe en su teléfono celular, a trompicones, en medio de una vida de familia con niños. Cuenta lo que le sucede mientras le está sucediendo, y eso le impide procesar en exceso la experiencia, aniquilarla como organismo vivo e inasible. Su escritura, que no se apoya en otra tradición que la de la oralidad y los sueños, ni aspira a ninguna destreza en particular, goza del don de la imperfección. Funda una ruta alucinante por donde lo cotidiano y lo imposible caminan de la mano en busca del “corazón de la especie”. Un sitio cuatro esquinas, diría él. La voz extraña que obsesiona a Casas. Todo eso está en Orestes, echándole un pulso al diablo y obligando a la escritura aparcarse en la terraza de su casa de Playa. La misma terraza luminosa en la que juegan sus hijos Pablo y Lucía.

Daleysi Moya


The situations go on

Por Orestes Hernández

The situations go on es un proyecto de pandilanga. Se ha materializado aquí en el Vedado, pero seguirá insistiendo en extenderse como proceso, maquinación. Realmente no nace aquí, pero entonces habría que hacer la historia del tabaco. Conformémonos con seguir sólo el sentido simple de lo dicho. Y si lo dicho parece complejo, tampoco es necesario andar con el porcentaje lógico a full, con algo de batería para llegar será suficiente, imaginando que vamos en un Tesla. Imaginando que, cuando se acabe la energía, nos quedarán aún cincuenta kilómetros más por recorrer. En fin, vamos ahí… Y es que ya estamos adaptados a esa metáfora espiritual de la vida como viaje. Muy bella concepción de las cosas, pero con esta manía de ir y venir con la que hemos heredado las formalizaciones lógicas, el sentido común, salta uno y te dice que no ha ido a ningún lado. Justo ahí descubrimos que estamos inmersos en un rollo, porque todo está en movimiento, fluyendo de A a B en alguna parte y, al mismo tiempo, todo está estático en otro lado. Pero no nos pongamos pesimistas y ridículos, digamos que estamos en situaciones equis, y estas situaciones gozan de todas sus puertas de evacuación abiertas. En fin, no hay problemas, esta exposición es un detenimiento para contemplar estas obras que no quiero describir formalmente, ni de cuyos artistas analizaré tal o más cual cualidad.

Esto es así, caballero. Esto siempre fue así: cuero y candela. Digamos que esto es un reality show conceptual –tampoco negamos nuestros crímenes estéticos pasionales–. Podemos darle pa’ alante y pa’ atrás a esta manigueta, no pasa nada. Podemos ser bajos y elegantes en esta oscilación de interpretaciones y malentendidos, aquí aprovechamos para ser fieles al realismo o al surrealismo. En ese olor suave a jevita a muchacha a señora que surge entre la idea y lo visto hay mucha tela, canales y vericuetos arbitrarios, pero no escojamos el camino del mareo, el de los juicios desgastados por el retorcimiento.

Cojamos el caminito lindo, el que da gusto y entusiasmo.

Esto no es un arte local lleno o vaciado de cinismo, esto es una expo para gente dulce, dulce y linda del Soho, con gestos frágiles y la mente de algodón. Y demás está decir que esto es para la gente del Soho de La Habana y del Soho de Maisí.

*Texto a propósito de la exposición The situations go on, taller de Michel Pérez Pollo, 2019.

‘Así de esta forma’, Orestes Hernández, 2014

Un hombre de papa y mantequilla

Hace algún tiempo que sólo cocino, friego y cuido a mis hijos. Cada vez pulo más mi antiarte. Estoy agachado aquí dentro de la camioneta de Marina Abramović, sacando, por supuesto, sus marinadas, dejando solamente la camioneta con las huellas de neumáticos en círculo. Mejor dejemos a esta señora, cojamos la Volkswagen de Beuys, la que es tirada en retroceso por una jauría de trineos.

Un poco así marcha casi todo, algo tira de ti, te da la mano, te invita. Todo se inclina hacia una gravedad emocionante, me anima verlo de ese modo. Cada vez pinto menos y hago menos cosas de artista. Para llegar al taller tengo que caminar veinte minutos. Cuando llego allí me puedo dar cuenta de que no llevé agua para tomar, que dejé la llave del taladro, o simplemente descubro que no es el día en el que me agarro fuerte al carromato nórdico.

Cuando despiertas entre los brincos y sacudidas, te agarras a la ventana, te sientes enlatado en tu carrosa encantada. Qué lástima que no pueda escribir como Carlos y Martica, que dicen malas palabras tan gratificantes. Pero a mí no me quedan bien, yo soy más de la guagüita familiar, de la escritura municipal. En la vida real soy un malapalabroso orgánico, pero aquí no, aquí soy el papá de la familia nuclear.

Una vez le hice un comentario a una amiga y ella me respondió: “¿pero tú eres heterosexual y monogámico para no enfermarte?”, y comenzó a reír descontroladamente.

Realmente, las mujeres están más claras en todo. Todo lo saben las mujeres. Yo me quedo siempre desorientado. Un amigo, hace poco, me envió un escrito de Legna Rodríguez. Todavía estoy traumado. Yo no había visto nada así, a esa mujer hay que conocerla, ir a limpiarle el jardín, criarle el gato, hacerle la guardia del CDR.

O no, mejor que Legna nunca me salga al autostop, que clase de cojones tienen estas muchachas, trato de no pensar en eso. Cuando te vas así por caminos peligrosos es mejor emprender una acción muerta para engañar a la mente. Fregar es lo que me coloca bien. Mi fregadero güija me aterra, pero me saca de paso.

Cada vez es más difícil escribir, siempre termino hablando de otra cosa, huyendo siempre de la tecla, alejándome de la leña seca, alguien puede salir herido. Son tantos amigos y cuidarlos a ellos y cuidarme a mí es complicado. Una vez hice un comentario sobre ETECSA y no me di cuenta de que tengo un amigo que trabaja ahí. Seguramente se puso bravo porque después sacó un escrito apologético de ETECSA y sentí mucha pena.

A veces quisiera escribir lo que me da la gana, pero puedes, desde tu individualidad, dejas cargada una escopeta en un banco del juzgado. Cuando voy en la VW tengo que sacar el látigo para que los trineos avancen, alguien puede pensar que le pegaré a los perros. Hoy el mundo tiene la piel de gallina y todos estamos erectos. El látigo siempre nos suena cerca. Nada hay que defender, nada hay que negar. Nuestras vidas ni siquiera son nuestras. Yo amo a todos mis amigos, los heteros, los que no comen carne, los negros, los gays, los testigos de Jehová, los paleros, los chulos, los hijos de la realeza, las locas. Todos son los míos, todos vamos tirados por la bestia caprichosa y ser algo es lo que menos importa. Tus fuerzas no funcionan ante el tirón constante, no hay muelles ni soportes en tu cabeza que resistan la irregularidad de la pendiente.

En un tiempo en el que yo no encontraba salidas en los callejones de este mundo, me llevaron con un señor, mi padrino, ibae bayen tonú Laureano Sánchez Ochoa, iwori turale, omó Obbatala, que Dios lo tenga siempre en la gloria. Cuando aquello, yo me estaba dando unos pases de enchilado de cangrejo y Laureano me prohibió comerlo. Después de un tiempo respetando a este animal, y entre otras cosas complementarias, fui encontrando un rumbo.

El cangrejo no tiene cabeza, por eso es tabú para muchos religiosos. Además del mito de que camina pa’ atrás hay otras historias, la más linda es la de que, cuando Orula huía de sus enemigos, fue el cangrejo quien lo escondió en su cueva. Así Orula pudo salvarse. En agradecimiento, los hijos de Orula no lo comen.

Cocinar y fregar es la única cosa que realmente me libera y me esclaviza. Es muy buena excusa para no ir al taller. Un modo de escapar de toda obligación de gestiones artísticas, que son lo grasiento y requemado, lo difícil de retirar de la losa, aquellas cosas cochambrosas que no me motivan, como rellenar un plano rojo salmón o tirar algunas frutas redondas por una rampa imaginaria. Una carrera artística es como hacer tortillas en una sartén sin teflón. Teflón que te comiste. Insano es el banquete de lo artístico.

Se abrió la puerta del cuarto, por ahí vienen mis hijos, viene la tormenta. Tengo que cambiar el menú. Todo comienza a hervir sin aún tener listo lo que preparo. Ya estoy dentro de los empujones, ¿quién coño ha escrito así? No sé, pero saco el látigo, me amarro a mi rumbo, escribir ahora es defensa personal, un método para soportar el ataque de la edad de la peseta. Recibo una patada en las costillas y el teléfono me cae en el pecho, algunas funciones se desajustan. Me trago unos buches amargos, algunas grampas existenciales. Yo les digo: “por favor –se lo repito tres veces, suavemente–, por favor, déjenme tranquilo”. Cuando digo “por favor” la frase me va dopando, les suplico y a la vez voy cayendo en un trance, la cabeza se me va llenando de una densa electricidad. Voy repitiendo “por favor, por favor, no, no”. Pablo me ha puesto en la espalda vasos sacados del refrigerador, me suena pomos plásticos en los oídos. El ruido se ha hecho hueco, me lo pongo como un disfraz. Me paro y camino, quiero escribir una idea, una idea que es como un sueño que quiero recordar. Está ahí cerca como una revelación puntual. No importa cuán atormentado me encuentre, voy detrás de mi idea sin parpadear. Siento la opulencia de mi disfraz. Es una cabeza de oso, un oso real. Lucía quiere cargarme en peso, dice que no está aún llena de poderes. La dejo atrás, la ignoro, pero se me vira la Volkswagen y salgo por las puertas traseras. Caigo en una zanja y rápido me arrastro para alejarme. Ella me agrede, se tira contra la puerta para hacer ruido, se da golpes en las rodillas, quiere asustarme. Ya no lo estoy soportando, todo se ha vuelto ruidoso. Cuando voy a meterme dentro de un tanque refugio viene ella y me enseña unas canciones, unos papelitos recortados del tamaño de cartas, cada uno lleva un lindo dibujo infantil que a la vez es una canción. Caigo ante ella y le digo que sí, que me cante una, escojo un papelito. “El ojito es muy guapo” se titula, y me la empieza a cantar. Se me sale la risa de oso y me meto dentro del tanque, quiero escribir ahora, ya lo tengo, quiero agarrar mi idea del hombre fregado o del hombre que friega o al que se la friega una pila de cosas. Aquí adentro me quedo a oscuras, una piedra pesada presiona la tapa de metal. “El ojito es muy guapo”, aún se escucha. Mis hijos le dan patadas al tanque y yo trato de escribir con mis tenazas. Estoy en la cueva, espero algo que proteger y esconder. Entre los árboles puedo sentir la brisa de mi idea, ella corre perseguida. Una vez que salte la esconderé en lo profundo, ¿de quién huye?, ¿seré yo mismo quien la persigue?, ¿será que escapa de mi ambición descontrolada? La reverberación de un televisor lleno de ternura poni me hace rodar. Mi idea vuelve y se expande, me agarro a ella, la arrastro entre objetos y muebles, la llevo en la boca como un anzuelo, no quiero perderla. Busco entre las velas, las llaves, los adornos. Las paredes y los objetos están estorbando. Pablo pone su mano en mi ombligo, dice que me convertirá en un hombre de papa y mantequilla, que si me convierto en mantequilla quedaré sordo para siempre. Realmente quisiera levantarme a fregar, quiero ir a mi templo, al manicomio de cristal. Puedo ser más amable con Pablo, seguirlo y olvidar mi camino, todo puedo pensarlo nuevamente, siempre puedo repensarlo. De qué serviría lograrlo ahora. El espacio viene por mí, voy como un bocado exquisito, caigo entre los vasos y las formas, entre la música de los vecinos. Me agarro de algunos trastos que inútilmente se van conmigo, mis pies salen del tanque, mi cabeza de oso cae al piso. Todo se escurre sobre el metal y la escritura vacía.

*   *   *

Este escrito es una voz mundana, la seguí porque anda por la manigua desesperada de los sentidos, descalza, sin brazos, con un sombrero y unos ojos saltones.

Cuando no se puede decir nada, no se puede y ya, caballero, sencillo. Es como guardar un secreto. Los secretos son así, son de plomo y no los mueve el viento. Mucha gente ha entendido eso, simplemente eso.

Hay personas con timbales y ovarios suficientes que le dicen y le cantan las verdades en la cara a cualquiera. Esa gente es, realmente, de admirar. Tirarse así a la candela es algo serio, a una candela que no es de ahora. Esto arde desde pandilanga, desde ñaña seré, caballero. Ese rollo viene desde 1492. Esa madeja está densa. La vida puede ser otra cosa.

Vivir anónimo es confuso, pero vivir marcado es tenebroso. El problema de las marcas es que, aunque sean superficiales, pueden quedarse para siempre.

ʽCuidado aquíʼ, Orestes Hernández, 2017

Recuerdo que en la escuela primaria estaba eso de la mancha en el expediente. Al que le hicieran una mancha en el expediente era un desgraciado, una mala persona, así lo imaginaba cuando niño. Siempre me hice la idea de que era una mancha de tinta, como dejar caer algunas gotas sobre el papel. Después me explicó alguien que no era una mancha propiamente, era alguna nota que le dejaban a quien pudiera interesar. Los expedientes estaban guardados en la dirección de la escuela y era algo que no se podía ver, eran libros secretos. Cuando pasabas de grado veías en algún momento pasar los expedientes de un lado a otro. Sólo podía tocarlos tu maestro. En quinto o sexto grado me dieron a llevar mi expediente de un aula a otra y sentí mucho miedo, no abrí aquella mierda, creía que me estaban mirando, que era una trampa para cogerme y mancharlo. Todo eso está en algún lugar de mi mente. Las marcas estaban por todos lados. Estaban las palomitas, las rayas rojas. La Cruz. El punto. La jicotea y la liebre. La estrellita. Los distintivos, las insignias. Las boinitas azules, las boinitas rojas. Los sellitos. Los bonos. Las M, MB, E, el 100, el 5, los acumulados, los promedios. ¿Qué coño fue todo eso?

Si a pesar de todo los juramentos y rayamientos de palomonte por los que hemos pasado nos seguimos subrayando en negrita. Se van a aparecer ante nosotros hasta los muertos maoríes.

Cuentan que hace mucho tiempo, en ceremonias y cosas de burundanga, para pactar con cosas del otro mundo te dejaban solo en el monte, a dormir, al pie de un árbol con un paquete misterioso. Tenías que esperar allí y hacer un trato con lo que viniera a verte esa noche. Ahí si había que estar quemao y tostao, dicen que los hombres hombres salían corriendo.

Creo que prefiero negociar con algo desconocido en la manigua oscura que interactuar con vivos modelados con fango y estupideces. Esto es pa’ el que lo sea, no es una generalización. Respeto mucho a los que se han encausado en la lucha de lo correcto, hay que ser intenso y patriótico. Muchas veces me he preguntado qué rumbo he cogido.

Parece que cogí el camino secreto. El que se pasa por debajo de las piedras. Voy por la cripta que ya es inmensa como un estadio, no tiene paredes, nada es sagrado en ella, la cripta profanada. El martirio de tate quieto.

De verdad no me identifico con la lidia de gallo. No estoy pa líneas de fuego, ni entrevistas con ninjas, la morcillera esa no me hace bien. Más digno sería subirse al rin con Mike Tyson, más digno y más seguro. Tal vez Mike me investigue un poco y diga: este es un artista, voy a jugar un poco con él, sólo le enseñaré algunos trucos, después iremos de tragos.

Nunca te le enfrentes a una cosa con poderes. Deja eso pa Walt Disney. Los débiles no pueden con los fuertes. Esa mierda de los chiquitos contra los grandes, eso es del cine. Y no me hablen del tema bíblico, ahí hay muchos detallitos pa’ analizar. Primero, David se paró frente al gigante a echarla cara a cara, eso es importante. Nadie, además del gigante, se metió en eso. Nadie pensó que el gigante era el amenazado, otra cosa a señalar. Y lo más importante es que David le dijo al gigante: vengo con el nombre del Dios de toda esta jugada aquí. El David no estaba solo ná. Pero es difícil saber cuándo el espíritu te acompaña realmente. Y sabemos también que muchos espíritus han engañado a otros guerreros.

Me gusta más estar tranquilo, vacilando en lo suave. Debajo de un árbol, ya no fumo, pero imagino que fumo. Tratando de acomodar mis brazos bajo la cabeza, pensando que dentro de veinte minutos tendré que correrme buscando la sombra. Con un trago en el pecho. ¿Seré un capitalista de mierda, un antisocial? Igual, da lo mismo lo que uno sea, en el fondo todo es lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre el capitalismo y todo lo demás? Ninguna, aquí podríamos aplicar el statement femenino de que todos los hombres son iguales.

Una vez me decía alguien que era importante saber ciertas cosas elementales de política y leyes. Yo le dije que yo no conversaba con políticos. No están en mi círculo social, no tengo familiares en el gobierno, no he tenido novias hijas o nietas de nadie de arriba. Como todo el mundo, conozco a gente que ocupa un puesto y es parte del sistema, pero nunca me he salido de los márgenes de intercambio. Soy más un piloto automático con tecnología segura. Puede irse mi esencia a otro lado, puede irse a una guerra, yo cuidaré su casa, su esposa e hijos.

Coño, ahora mismo, caballero, el ventilador que está cerca de mí se apagó solo… Seguí el cable con la vista hasta el tomacorriente buscando algo suelto, pero estaba bien conectado, volví a presionar el botón, sonó y encendió nuevamente. Como ninguna luz parpadeó no hubo señal alguna de voltaje y son las 2:00 am, me asusté y fui hasta el cuarto a buscar a Alina. Alina no estaba allí, esto me asustó más. Volví al primer cuarto y allí estaba agachada recortando unas florecitas de tallos de alambre. Le dije: “Alina pasó esto y esto otro”, me dijo: “No me asustes así a esta hora”. Le dije que de verdad se apagó el ventilador cuando escribía algo raro de la esencia y una mierda ahí, se lo juré. Ella me miró como diciendo a este qué coño le pasa. Recogió sus flores y fue conmigo pa la sala.

Cuando estoy pensando o hablando de algo y salta una lagartija cerca de mí, ahí mismo rectifico mis pensamientos o los reafirmo, según el camino que lleve. Ninguna idea dudosa merece, por buena que parezca, seguirla cuando recibes señales. Gomas de carros que explotan en la calle, escobas que caen al piso, abejas que entran a tu casa. Es como si el espíritu me lanzara piedrecitas al cristal de la ventana. Esas son las señales que veo, son esos los decretos básicos para salvarme. Igual no me crean, no me acepten, no me siento necesario. Ahí están los amigos, jóvenes y cultos, con tanta inquietud de futuro. Apostando entre la maraña y los espejos, abriéndose el pecho y metiendo dentro de sí a todos los hombres sin palabras. Llévense mi cuerpo a las montañas, pónganme en su puño, arrójenme como a las palabras. Quiero ser palabra de odio, obscena, baja, algo que hiera.

Cuando caiga al suelo seguiré como el agua, calle abajo, arrastraré los gajos, las cenizas, me tragará la tierra seca, penetraré hasta encontrar un cuerpo, animaré la osamenta, levantaré mi cabeza, aprehenderé una vida sin recordar lo que hice.

‘Surfista’, Orestes Hernández, 2017

Simetría

Voy subido a mis piernas, el pecho va a la deriva callejera,
sobre los hombros, la cabeza.
En mi cintura hay un eje, el cuerpo se inclina a los yerbajos, algo funciona de contrapeso.
La punta de los dedos roza las piedras,
formas ingrávidas me atormentan, unos brazos salen del cielo como ramas.
Inexactas son las señales.
Un domador de ratas dibuja una espiral.
Anónimas son estas calles, olvidados están estos árboles.
Teatrales esquemas y cortinas caen con los días.
Alguien cruza cerca, deja olas de embarcación.
Muchas preguntas se mecen.
Algunos pelos graciosos molestan a tus ojos.
Tu sonríes como una mujer.

*   *   *

Para qué mierda leí esta cosa de Carlos Lechuga. Ahora me he quedado pensando y tengo que ponerme a escribir algo. Leer esta mierda fue como si alguien me empujara por sobre una loma de tierra.

Yo no había escrito más, realmente no me gusta mucho estar organizando ideas. Me ha gustado su escrito, aunque me choca un poco la parte en que se pone porno-beat. Carlos, ecobio, apropiándome de tu estilo quiero contar unas cositas también. De zafarrancho, ya que inspiras y sacudes, ¿por qué no tararearte como una canción mal aprendida? Si total, tú eres un monstruo y esto no te debe asustar. ¿Que más te da que yo entre a tu camping anecdótico?

Yo no conozco a Carlos, sólo nos vimos dos veces por allá por la cafetería (El piropo). Hicimos buena química en pocas y cortas conversaciones. Yo impartía un taller de dibujo en el EICTV, creo que fue por el 2007. En ese momento el destino me traía haciendo maromas. Dice mi querido amigo Fransito que en ese tiempo andábamos sin cabeza, dice que éramos cangrejos, llegábamos a ver a cualquier amigo y le decíamos: “Cuídame aquí la cabeza que vengo ahora pa’ acá”, y así dejábamos las cabezas dos o tres días en casa de los socios, incluso en lugares públicos, con desconocidos, en barras de bares, en los muros de los CUPET, en los arrecifes oscuros del Náutico y La Concha. Realmente, pensando con las vísceras y las muecas, nos sobraba felicidad. Nosotros tenemos cabeza hoy porque nuestro ángel de la guarda siempre la guardó y la tapaba con algodón, Maferefun Obatalá.

En aquel tiempo Niels hizo el cuento de unos amigos que levantaban yumitas en Trinidad y no sé por qué yo me metí en el papel de jinetero. No un luchador fula y ordinario, no, era algo creativo, era un actor interpretando algo y sólo fue un mes o dos. Así que no era jinetero, era alguien con un sentimiento racial y cultural. Un día me vi en el Habana Libre bebiendo, y después en un almendrón descapotable me fui al Chévere con una muchacha, la hermana, la madre y un tipo que como que me vigilaba. En otra ocasión, detrás de una yuma intelectual con la que, después de toda una tarde en el bar El Pingüino, de 5ta. y 110, fui a parar a casa de Calaforra. Y yo y el ambiente en ese momento no sincronizábamos. Me pareció muy zen todo, yo me sentía como una matraca, así que me fui. Yo no sabía tampoco quién era Calaforra, de lo contrario me hubiera quedado, forzándome a comprender algo allí.

En ese tiempo yo no tenía novia, andaba como un monólogo de la noche. Recuerdo que un día en una expo besé por la parte de atrás del cuello a una rubita y ella salió corriendo a decírselo a Ruslán. Todo el colectivo de DIP se quedó mirándome como estudiando algo raro que apoyaba sus investigaciones sobre la conducta.

Bueno, un poco después de eso, en el EICTV, en una mesa de la cafetería conversábamos Carlos Lechuga y yo, dos desconocidos, asombrados y decepcionados porque enamorábamos sin saberlo a la misma chiquita. Una linda canadiense que dibujaba bajo los árboles de la escuela de cine.

A diferencia de Carlos, yo no puedo contarlo todo, ni escribir así tan duro y pingoletero. Tengo mis tabúes y cerquita de madera, un jardincito delante, algunas ardillitas en los árboles de mi casita expresiva. Qué diría mi mamá que tiene Facebook ahora, si un día lee algo así como lo que escribe Carlos, escrito por mí. Qué diría mi abuela, mi tía Silvia, que escribe en el duro invierno canadiense.

Qué pasa si, como Carlos, me la saco así delante de todos. No no, ni pensarlo. Qué dirían Pablo y Lucía cuando lean perfectamente, qué diría mi vecina Yolanda: este tipo es un sucio. Carlos se ha pasado, como dice Wildey, el reguetonero. Una pila de cuadras está pasao. Carlos es un artista completo, ha asumido esa zona donde todo le sirve en nombre del qué cojón (igual, qué dirán ahora dos o tres de mi criterio fresa y aficionado). Qué diría Bukowski. No, Bukowski comprendería más allá de lo dicho.

Bukowski sabe desde su tumba que pudiera escribir desde otro hombre, desde un sacerdote romano. O un dirigente de la agricultura.

Le he dicho mierda al escrito de Carlos porque ha sido uno de los mejores halagos que le han hecho a mi trabajo. Un día me dijo un amigo: “Recoge toda esta mierda –señalando a mis pinturas– y vamos a acomodarlas”. Mierda es una expresión limpia y honesta. Mierda es una palabra que defiendo porque le pega a todo, es linda como frenesí, es amplia como el amor, es fuerte como un brazo. Es una palabra sincera.

No puedo contar más de aquella linda muchacha, ni de lo que pasó, ni lo que le dije cuando me preguntó si un tabaco se podía fumar por alante y por atrás. No puedo, desde mi ética, conducirlos sobre ese pasaje. Nunca más la vi. Nunca más vi a Carlos ni sabía, hasta hoy, que él era Carlos Lechuga. No sabía que diría que estar enamorado era una mierda, no sabía que 13 años después iba a leer algo titulado “El chino Pérez”. Algo magnífico escrito por aquel socio del EICTV.

Nunca más supe de aquella muchacha de la que no puedo contar porque ella existe, está por ahí, no sé dónde, si en una estepa o en el metro, está por ahí, es real como Carlos. Es real como yo.

*   *   *

En este escrito se repite varias veces la palabra mierda. La palabra fuck se repetía ocho veces, pero decidí quitarla y dejar ese vacío.

Pienso en los vasos de cristal que se caían y se hacían añicos. Dicen que cuando un artista madura su obra se hace sobria. Eso es un error de mierda. Siempre lo veo como el vaso roto.

¿Y cómo sabes que ya te puedes caer de la mata? Madurar frutas con líquido es otra cosa de la que no se sabía hace quince años atrás. Ahora son normales las cosas no logradas, detenidas o aceleradas, perdidas entre aquello y esto. Una disociación muy coherente. Bueno, parece que el líquido ha estado siempre.

No sé por qué hablo de artistas, no pretendo develar nada con relación a eso. Ni siquiera tengo claro lo que quería decir, se me ha enredado la pita. Tengo trozos de bagazo entre los pensamientos.

A veces me quedo quieto y espero a que se me pase. Otras veces, no. Hago lo que haré ahora: seguir cualquier camino, seguir escribiendo de lo que sea. Me da lo mismo, de artistas, de mierda. Menos de dólares y CUC. No leería nada que hable de eso, no leería nada que contenga las palabras transporte o patriarca. O de alguien que diga que tenemos que solucionar esto o mejorar lo otro.

Un artista es igual a todo lo demás, algo sin mucha importancia o algo que no hay que examinar a profundidad; debemos pensarlo siempre como una curita para poner y continuar. Pudiera ser un defecto en una batidora, una piedra bajo el mar, alguien sentado en el noa noa.

Como ven, hay cosas un poco fuera de lugar. Esto me suena a falso-contacto. Algo que se va y viene, que no está bien conectado, es algo muy propio. Esperar a que algo se dé, se vea, fluya. Esa mierda es un serio problema en estos tiempos.

Siempre se queda uno de un lado, y lo que trata de lograr, de otro. Cuando me quedo en casa soy feliz –no me gusta la palabra feliz porque esa mierda todo el mundo la persigue como a las cosas ordinarias, usaré la palabra feliz como se usa un serrucho, o un interruptor–, feliz soy cuando estoy dentro de mi casa y no tengo que salir. Salir a la calle es entrar en una zona de conflicto, salgo y acaparo cosas para varios días, resisto ahí hasta que alguien me necesita, una reunión de padres o seguir buscando comida.

Trabajar en arte se ha vuelto eso: un trabajo, mierdas y compromisos ajenos a divertirse y disfrutar. Conseguir un cabrón rollo de lienzo es como lograr la cabrona felicidad. Hay que traer la mierda de otro país, hay que esperar varios meses para que la mierda llegue a tus manos. Esto del arte realmente es para personas muy jóvenes, como los corredores de Fórmula 1 o los tipos de la UFC.

‘Conciencia tranquila’, Orestes Hernández, 2009

Recuerdo aquel cuadro que hice, Con una pinza jodí al demonio. Así lo titulé. Y ahora hago memoria de otros encuentros en los que he tenido que enfrentarme a algún monstruo. En el 2006 o 2007, mi amigo Dennis Izquierdo y yo preparábamos un proyecto para el Centro de Desarrollo. No recuerdo las piezas, pero sé que queríamos llenar todo el piso de una sala de libros y chivos, chivos de verdad. Dividimos el CDAV por plantas y salas, en cada sala meteríamos una historia onda Cremaster. Los Cremasters era lo único que yo consultaba cuando aquello. Barney era ya el artista para mí. Ese tipo con la boca cosida y un trapo colgando… Recuerdo que en el video que hice para mi tesis me metí en la boca un cabo de barco gordísimo y me senté en una banqueta frente a una sala de turbinas abandonadas, supuestamente la casa de Matthew Barney, que era yo. Parecía que una serpiente negra me salía de la boca. Sabe Dios cuántos microbios me tragué. Tal vez los microbios con los que sigo concibiéndolo todo.

Aquello se sentía bastante coherente, yo estaba inmerso, junto a otros amigos, en la catarsis del oso.

Matthew era un pensamiento vivo, era pura poesía, aquel tipo entre pintado de blanco y color piel, como un espermatozoide inadaptado en un mundo óvulo. Todas las tipas aquellas de no sé qué país seguían levantando las piernas y dando filo. La Aimee Mullins tan linda. Como una fiera.

Ya Alina a través de un chat me llamó la atención y me preguntó que qué me pasaba, que estaba escribiendo mierdas de mujeres públicamente, yo me excusé diciendo que era para dialogar con la historia de Carlos Lechuga. Ella me dijo que le importaba una mierda todo eso.

Finalmente, señores, hay que ajustarse al tema, como la expo de Tonel: tengo que mantener la forma. La forma que no encontraba para convencer al jurado del Centro de Desarrollo.

El Denis y yo soñábamos las piezas desde una azotea en una casa colonial de Marianao donde estábamos rentados. Entre el qué poníamos aquí y qué poníamos allá, entre las resacas y toda la lija que tuvimos que darles a las piezas Cerebros de Capote, le tirábamos trozos de yuca a los travestis de la calle 100. Los travestis corrían y gritaban malas palabras. Igual éramos como adolescentes tardíos.

Un día, con mucho alcohol ya desde temprano, miramos hacia otra azotea y vimos a Ángel Delgado como a una cuadra o más de distancia. Entonces lo llamamos por teléfono, le dijimos: “Oye, cabrón, ¿eras tú ese de la azotea?” La llamada fue desde el teléfono fijo. Ángel se asustó, pensó que lo vigilaban, nos insultó casi, que qué coño nos pasaba, que quiénes éramos. Le dijimos: “¡Oye, asere, somos nosotros! ¡Mi hermano!”, y lo fuimos orientando sobre nuestro nuevo paradero y de que lo habíamos visto hacía un momento en el techo. Estábamos recién llegados al barrio. Al momento Ángel subió a la azotea y nos saludamos de lejos, por encima de ciento cincuente casas, entre antenas, cables, tendederas, no sé cuántas mierdas. Ángel era como nuestro papá, nos sacaba a pasear por La Habana en su carro, y nos compraba lagers y rones. Pero también teníamos otros papás, Ponjuán, José Emilio y Camejo. No éramos huérfanos, coño, eso me gustó siempre.

Aquello de los chivos tenía un statement, por supuesto, un statement para todo el proyecto. En él describía cómo enfrenté a una bestia tropezando sobre los arrecifes. La cosa era más o menos así: avanzaba de espaldas, y con un látigo me defendía de aquella criatura peluda a puro latigazo, le arrancaba trozos de pelos entre mierda y baba. Rugidos, chillidos, y yo gritándole mierdas al maldito bicho, terminaba sobre un gran charco denso, sentado con mi látigo. Inmóvil. Sentía mi respiración y la de la bestia, pero ella lo hacía fatal, entre coágulos y pellejos. ¡Qué horror!

Tampoco se hablaba tanto del medio ambiente, si no, caballero, no hubiera armado ese desguace en la costa.

Qué ingenuidad, esa sería mi defensa ante el jurado del CDAV. Qué inocencia. Trabajo me costó que me permitieran aquella pieza de los espaguetis con pelos humanos…

Es curioso que no hace mucho también abandoné un cuento donde un hombre se enfrentaba al diablo. El título que tenía era “El hombre que se le escapó al diablo”. ¿De qué mierda va todo esto, tendré un muerto de algún cabrón exorcista? Pensando ahora detenidamente en eso, yo tengo en mi cuadro espiritual a un fraile, sí, tiene que ser él. Claro, él fue el que enfrentó a todas esas criaturas. Mi fraile también era bibliotecario, o estaba rodeado de libros. Por eso odio tanto los libros y me siguen gustando más las laminitas. Qué extraño. Por eso los chivos: para que mearan, cagaran y se comieran los libros. Por eso guardo libros por gusto, libros que no leo.

Sólo el fraile sabe la tortura de perseguir el conocimiento. Yo no, nunca he ido devorando páginas, pero él sí. Ese espíritu de mi fraile, un señor que entre el parpadeo de las velas y la humedad de paredes de piedras se enfrentó a los demonios del pensamiento y, quizás, también a algún exorcismo real.

No hace mucho quise describir otro combate entre un hombre y el diablo, pero lo dejé a un lado, realmente me resultó imposible describir esa pelea, no encontraba la manera de que alguien le ganase a esa peculiar criatura. No encontré la forma en la que un ser superior cayera ante un simple hombre. Un hombre desarmado, confinado en su estructura física. Además, me asaltaba la rabia y las ideas me parecían una transformación descontrolada.

No sé cómo pude joderlo al principio con una pinza.

En la otra historia frente al mar, con un látigo lo desmembré, lo reduje a una melaza con pezuñas y dientes sueltos como caracoles. ¿Será que ahora soy más realista? Menos mal que nunca entregué el escrito y el proyecto.

Así recordando, moviendo algunos objetos ruidosos, me dejo llevar hacia un sentimiento incompleto, algo falta sobre esta mesa repleta de cosas, algo falta en mí. Ya fui y revisé las puertas y ventanas. Voy a dormir, antes abro un libro de pintura francesa, miro algo de Matisse, un paisaje, una mujer, algunos botes de velas. Trato de sacar alguna conclusión relevante. Sólo imagino a Matisse pintando esa blusa verde.

Que mierda esta madrugada, que largo veo el pasillo, que inútil me siento entregándome a este sueño tan profundo.

*   *   *

Hoy andaba temprano por el Vedado y vi a un yuma fotografiando a su novia, yuma también. Muy alegres ambos. Ella sostenía una penca seca y fea de palma en la mano y la apoyaba en su muslo, como quien ondea una bandera (en el caso de asistir al vicio siempre tedioso de la metáfora).

‘Llegó el malhechor’, Orestes Hernández, 2009

Yo creo que simplemente era una mente linda y yuma mostrando una penca a su novio, a sus amigos. Y yo tratando de hacerme un selfie en Madrid dentro de un Porsche de carrera, por eso no soy yuma, no he superado la condición esotérica, por decir una palabra cualquiera que parezca profunda. Pudiera ser también la condición D.O.G, por decir algo con siglas abstractas que está de moda también en los análisis y comentarios actuales. En fin, hoy me ha superado un sentimiento de luz roja, de párate ahí, de olvídate de eso, de papalote a bolina.

PD: Omití el cómo llegué a Playa y la imagen de un señor perdido en el centro de la calle. Así que no sólo es sólo cuestión de penca.

*   *   *

Esta exposición rinde culto a:
El embotamiento de los sentidos.
El carácter disolvente de lo actual.
Todo aquello que no viene al caso.
Lo inadecuado, lo inefectivo.
La apatía, la indiferencia.
Lo arbitrario.
Lo vacuo.
Todo lo que es escurridizo,
como el espíritu, y aborrece
todo aquel impulso
que viene desde la razón.


* Texto a propósito de la exposición Llegó el malhechor, galería Servando, 2012.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo rialta@rialta.org.
ORESTES HERNÁNDEZ
Orestes Hernández (Holguín, Cuba, 1981). Graduado del Instituto Superior de Arte (ISA) en el año 2006. Su obra, que se mueve entre la pintura, la instalación, el video y el objeto escultórico, ha sido parte de numerosos proyectos colectivos y personales. Entre los más recientes pueden mencionarse ABUC, Eleven Cuban Artist, en la galería suiza Mai 36; Umbrales, en la galería Continua e Illness Has a Colour, muestra colateral a la XIII Bienal de La Habana realizada por El Apartamento. Su obra forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de La Habana; del Pérez Art Museum Miami (PAMM), USA; y de la Fundación Calosa, en Guanajuato, México.
Comentarios
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments