Maykel Osorbo muestra las esposas policiales luego de liberarse de una detención arbitraria con la ayuda de la comunidad de San Isidro en La Habana el pasado domingo 4 de abril.
Maykel Osorbo muestra las esposas policiales luego de liberarse de una detención arbitraria con la ayuda de la comunidad de San Isidro en La Habana el pasado domingo 4 de abril.

Ojo: en este texto se usan palabras como “pinga”, “culo”, “singao” y “fula”. No lea si quiere permanecer libre de vulgaridad.

La imagen de Maykel Castillo descamisado, puños arriba, con las esposas abiertas frente a una multitud que grita “Díaz Canel, singao”, contiene el grito de libertad más puro que los cubanos hemos escuchados en mucho tiempo. Si nos queda hoy alguna certeza de que, como decía Oswaldo Payá, los cubanos no queremos y no podemos vivir sin libertad, esa convicción está hoy en San Isidro y con la UNPACU. Creer que los gritos de libertad requieren cierta corrección moral y política para ser efectivos o, peor aún, “auténticos”, es una más de las perversiones de nuestra memoria histórica traspapelada en medio de consignas vacías e idealizaciones baratas. Si en verdad creemos que cada ser humano merece ser libre, libre para ser de la manera que mejor estime conveniente, entonces no nos queda más que resignarnos a la constatación de que la libertad es siempre una impostura, una aspiración incómoda, un deseo insatisfecho, nunca resuelto del todo.

No voy a repetir que Maykel es nuestro Maceo. ¿Por qué Maceo? ¿Por qué es negro? ¿Por qué no Martí o Mella? No quisiera ser víctima de las manidas metáforas nacionalistas para escribir, intentar escribir, sobre el fenómeno Maykel. La suscripción ciega a las “verdades nacionalistas” es una de las primeras muertes de la posibilidad de ser democráticos en algún momento de nuestra historia. Los nacionalismos se fundan en una idea de territorio que por lo general termina siendo excluyente. Se es nación siempre en grupitos, entre las facciones que luchan por un reconocimiento total/totalitario —el totalitarismo no es sólo un fenómeno comunista o fascista–. Los totalitarismos se llevan en el alma como el bolero, y se te salen a voz en pecho, a veces, cuando quieres presentar lo mejor de ti mismo. Y paradójicamente, para nosotros los cubanos nacidos y criados en Cuba bajo el sistema denominado “revolucionario”, a veces lo mejor de uno mismo, o la idea de lo mejor, termina siendo esa corrección moral y política del ciudadano revolucionario, compañero ejemplar, buen estudiante, discreto en el consumo, aguantón ejemplar. Por supuesto, Maykel no es ninguna de esas cosas, y por eso es que su fuerza lo arrasa todo, es la fuerza de alguien que se sabe primero que todo vivo y no va a permitir que lo trasplanten otra vez al terreno de ciudadanía zombi en que hemos vivido tanto tiempo.

Tampoco quiero justificar las acciones de Maykel por el hecho de que es un artista. Claro que lo es y tremendísimo. Pero ser artista o intelectual no debería darnos ningún derecho por encima del ciudadano común. Donde eso sucede hay elitismo, hay racismo, hay la división de clases fula que han resistido todos y cada uno de los proyectos emancipatorios cubanos. La idea de que al artista le es permitida una libertad de comportamiento que no es bien vista entre el resto de los mortales, no es una idea particular del castrismo. El sistema autónomo de las artes se ha encargado de crear esa falacia en cualquier sociedad moderna de nuestro tiempo. Los artistas se organizan en una casta aparte, donde el ejercicio de la libertad y la posibilidad de crítica social se desenvuelven como parte de un mundo paralelo.

El castrismo en Cuba, con su jueguito del dentro/fuera de la revolu, ha llevado al extremo esa división clasista basada en el acceso a la educación. En el caso cubano, esa educación gratuita de la que tanto gusta vanagloriarse el Gobierno se ha convertido en uno de los principales marcadores de exclusión racial e ideológica. Lo de la ideología ya lo sabíamos, ellos lo gritan todo el tiempo, “la universidad es de los revolucionarios”, o al menos de los que se hacen pasar por revolucionarios durante el tiempo de sus estudios. Sin embargo, el hecho de que hay un sector de la población pobre y negra en Cuba que no accede a la educación, sino a la cárcel temprana, es un hecho que el poder trata de invisibilizar y que San Isidro ha puesto una y otra vez en evidencia. Claro, es que la gente de San Isidro, como nos recuerda el exministro melenudo, no son artistas sino marginales. Y le faltaría añadir: en Cuba los marginales no tienen derecho al arte. No obstante, esa división entre cultura y marginalidad, educación e ignorancia, derecho político y barbarie, es no sólo excluyente, sino tremendamente artificial. ¿Quién dice que la cultura es de los cultos, la sabiduría de los letrados y el derecho de los civilizados? ¿Sobre qué bases se funda esa idea de sociedad donde los roles están tan compartimentados que pareciera imposible la sola idea de relacionarse con alguien fuera de tu circuito?

Again: pero Maykel no entra en esa. Es un músico que desprecia la división clasista que el Gobierno, insisto, denominado revolucionario, ha llevado al extremo en su inextricable amalgama de exclusiones y lealtades ficticias. Maykel sabe muy bien que, para ser artista en Cuba, además de la bendición del Estado se necesita el beneplácito de la élite cultural en buena medida formada por el propio Gobierno. Maykel lo sabe, pero no le importa. Él camina por las calles de La Habana Vieja y la gente lo llama para abrazarlo y besarlo. Maykel defiende con todas sus fuerzas su derecho a existir, su derecho a quitarse la camisa y menear el culo en San Isidro mientras sus vecinos lo filman. Su derecho a gritar “pinga” sin remordimiento, a gritarle al Gobierno y a la policía “váyanse pa la pinga”.

Maykel está cargando con todo el osorbo de la Revolución cubana y aun así encuentra la fuerza para bailar y convidar a los cubanos a liberarse. Su voluntad de existir sin esconderse, de reclamar su derecho a la palabra, a la política, y a la felicidad, por cliché que pueda parecer, es todo a lo que cada uno de nosotros debería aspirar. Maykel no es un héroe del siglo XIX ni del XX, qué va, Maykel es el siglo XXI a todo tren. Maykel es un guerrero en contra del racismo y el elitismo que nos obliga a mirarnos bien de cerca a nosotros mismos.

Hay mucha, pero mucha teoría a la que pudiéramos acudir para explicar todo esto: rapidito pienso en el concepto de disidentificacion del cubanoamericano José Muñoz donde chusmería y resistencia se convierten en parte del mismo fenómeno; en la idea de performatividad de las asambleas políticas no normativas de Judith Butler; o, de manera más fundamental, en el concepto de “jeroglíficos de la carne”, introducido por Hortense Spillers hace más de cuarenta años. Igual, nada de esto hace falta para entender a Maykel Castillo. Él se explica solo, pero es importante aclarar que su validez cultural y política radica en esa experiencia de lo humano que es irreductible a cualquiera de nuestras previsiones.

Maykel es libre bajo un Estado totalitario y no le va a pedir permiso a nadie para existir. Él se quitó las cadenas como Django y, mientras La Habana arde, pone música de fondo y baila. Todo nuestro deseo por una Cuba democrática debería resumirse en la posibilidad de convertir la liberación en una fiesta nacional, en la valentía de aspirar a una libertad donde para aceptar al otro no haya que adscribirse a requerimientos de comportamiento. La aspiración democrática es la más radical de todas las ambiciones políticas, nos quiere hacer creer que hay un destino cívico para cada persona en la sociedad, sea quien sea, venga de donde venga, se vista como se vista.

Es la aspiración a ese terreno común de convivencia política lo que no debería condicionarse a patrones de conducta o moralismos excluyentes. El sueño de una Cuba donde quepan todos, no se puede convertir en el sueño de una Cuba sólo para las “buenas costumbres”. De paso, habría que pensar cuáles serían esas costumbres, enfrentarse a un Estado totalitario y expresarse cuando tanta gente calla son algunas de las que yo consideraría esenciales.

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MARÍA DE LOURDES MARIÑO FERNÁNDEZ
María de Lourdes Mariño Fernández (Camagüey, 1984). Curadora, investigadora y crítica de arte. Máster en Administración Pública en la Universidad de Delaware (2018) y Licenciada en Historia del Arte (2007) en la Universidad de La Habana. Desde el año 2010 ha realizado o participado en varios proyectos curatoriales vinculados a la reconstrucción de la memoria histórica de espacios abandonados de la ciudad de La Habana. Recientemente ha organizado presentaciones artísticas en la Universidad de Nuevo México, la Universidad de Minnesota y la Universidad de Delaware, entre otros centros culturales de Estados Unidos. Ejerce la crítica de arte en publicaciones nacionales e internacionales. Actualmente investiga sobre la configuración de la memoria cultural cubana a través de las artes visuales.

2 comentarios

  1. Excelente artículo!
    De seguro somos familia, no lo digo por la brillantez y la inteligencia de tus reflexiones sino por el apellido. Ojala lo seamos. Disfrute mucho esta lectura desenfadada y precisa.
    Cuidate.

  2. Esta lectura es un bálsamo en medio del eclecticismo literario (sin que suene despectivo) que consumo cada día en Facebook en mi búsqueda de noticias frescas sobre Cuba. Gracias Maria.

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