Rosie Inguanzo por Evelyn Sosa

Vuelo en Frontiers a Atlanta, Georgia, donde me espera una ciudad con mucho verdor, un hotel de ladrillos rojos construido en 1924, y al siguiente día una excursión a una universidad muy antigua llamada Emory. Voy con mi hija, escaso equipaje y un libro para terminar de leer. A los autores nos fascina saber dónde, cuándo y cómo se han leído nuestros libros. A la escritora Rosie Inguanzo le gustará saber que he terminado las últimas páginas de su novela La Habana Sentimental (Bokeh, 2018) en un avión a miles de pies sobre el suelo. A mi lado una mujer desconocida lee una novela de Kristin Hannah. No nos molestamos. Ella va en su viaje y yo en el mío.

En noche reciente, Rosie me habló de lo que intentó conseguir en esta novela. Estiró las piernas ampliamente hacia los laterales consiguiendo rebajar algo de su estatura, y mientras se apoyaba en alguna superficie que no recuerdo, me dejó caer una confidencia. Que fue psicoanalizada por algunos años a consecuencia de una vida fragmentada, que incluía esa Habana sentimental donde comenzó a urdirse una trama de sucesivos quebrantamientos. Eso y una enorme voluntad de autonomía frente a lo que los orientales llamarían la rueda kármica, deben haberla aupado frente a lo inusitado, permitiéndole no sucumbir al ser estigmatizado.

Porque para mí esta novela es una construcción literaria levantada como potencia autorreferencial sobre el blueprint del estigma. El estigma que oscila entre su cuerpo, su itinerario personal, el mal de madre y su otra cara, el amor filial. La madre a la que al final de sus días hubo de cuidar, suspendida en ese impasse terrible que va de la enfermedad a la agonía. La madre de los once abortos, la que tomó aquel medicamento que pudo haber provocado uno de los “estigmas” de la hija tardía. Recordemos que estigma es además de huella, un órgano glanduloso del pistilo, esa parte de la flor que es clave en su vida reproductiva. Estigmas son las anomalías en la columna vertebral, pero también los de una sociedad vejatoria que llama “gusanos” a los desertores de sus mandamientos.

Estigmas y huellas le dejarían aquellas primeras sesiones fotográficas en el hospital donde estudiaban la protuberancia íntima de una “niña emboscada”. Elegida alguna al pasar de los años, sería según Rosie “la foto que pudiera haber tomado Diana Arbus con una Kodak Brownie Hawkeye, Flash Model; cual radiografía psicológica, ahí un embrión, un ente perplejo, visiblemente creando una identidad resbaladiza”. Mientras sostiene con sus manos los últimos hilos de vida de esa madre achacosa, la protagonista encuentra recursos para refinar los cuidados que procura al cuerpo que le precede, y a quien despedirá con bálsamos tanto como con palabras.

Con historias de hospitales está cosida la novela, con conteos de extravíos y pérdidas, de acechanzas mórbidas y sensualidades erfermizas. Pero también con la determinación de encontrar una fuerza viril en lo atípico, saborear la fuerza sustanciosa de lo diferente. La protagonista de La Habana Sentimental, a la que solo podremos adjudicar un nombre, aunque no esté explícito en la novela, sabrá que su madre no necesita más oxígeno, sino que tiene el corazón debilitado. No es el aire que falta, sino el fuego que mengua. Como los alquimistas antiguos, quiere saber cómo y por qué transfigura la materia, pero sobre todo cómo transformar el plomo de la experiencia en el oro de algún conocimiento. Por eso acude al laboratorio a encontrarse con alguien capaz de desentrañar los pormenores de cromosomas y defectos genéticos, tratando de registrar lo que son historias clínicas primero, literarias después.

La autora comienza el capítulo “Anormales” con esta confesión: “Me atraen los tarados, los disformes, los hemofílicos, los quemados, los gagos, los sordomudos, los pilosos, los que tienen deformaciones craneofaciales, los de pies prensiles, las víctimas de una desgracia física. Y no porque haga causa común con ellos, sino porque sus presencias, me regresan invariablemente a un lugar donde sola yo sé”. Por eso en esta novela hay espacio para un guerrillero colombiano que ha ido a Cuba a atenderse la pierna lesionada con metralla y que tiene un romance con “la niña emboscada” de solo doce años; lo mismo que para Elijah, el profesor de matemáticas que nació con una deformación en los dedos de una mano, esa “tenaza de langosta” que le despierta una curiosidad maltrecha pero bien intencionada, que la llevará a aprobar un examen que pendía de un hilo. O la locura de Yayoi Kusama, quien desde niña experimentaba flashes de luces y alteraciones perceptivas, y a quien la autora introduce en la novela en un aparte de delicioso encabalgamiento experimental. Y donde la letra O, así crecida, juega con la poética de la artista japonesa que hizo de la locura una aliada en su creación. No será el único atrevimiento experimental en la novela, si consideramos que hay además del esbozo de una trama fílmica y algunos textos poéticos, un peculiar manejo de las voces narrativas. En el capítulo que da nombre al libro es el personaje de la madre quien cuenta y se explaya en segunda persona hablando de su existencia; en el capítulo final llamado “Coda”, vuelve la segunda persona, pero esta vez es la hija la que habla a la madre que ya se extingue.

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habana sentimental | Rialta
Rosie Inguanzo: ‘La Habana sentimental’, Bokeh, Leiden, 2018.

La Habana Sentimental es una novela de exploraciones sobre la muerte, la sexualidad, y sus zonas intermedias. Atestigua la sensibilidad de una niña/muchacha/mujer que intenta modelarse a sí misma con la arcilla familiar y social, buscando expandir su humanidad más allá de lo heredado, de las imperfecciones y sus magulladuras. “Doctor, ¿cómo explicarlo? En la existencia hay una vibración, un temblor, y una frialdad –como de hospital– que me acontecen; me ha gustado y me descoca esa sensación mal empleada aquí y allá. Hay un frío collage en la memoria. De mi voluptuosidad infantil, un deseo imperfecto, polimorfo, corrupto y puro, me recoge como un frío. Como la llaga de la muerte.” He tardado unos cinco años desde que esta novela llegó a mis manos y el momento en que me atreví a recorrerla. Sabía que no sería fácil. Para este viaje debes dejar a un lado cualquier pudor vestigial. Es una obra descarnada y carnal; lapidaria y esperanzadora a la vez.

Mucho de lo contado por Rosie Inguanzo en esta novela dialoga con ciertas inscripciones que mi memoria guarda. Comprendo (y compendio) bien porque soy lector aventajado en ciertas referencias. La fotógrafa Evelyn Sosa, la otra mujer que nos acompañaba esa noche, también sabe lo que es usar un corsé de yeso en la adolescencia, justo cuando el pecho comienza a florecer, pero se prensa, se forra. Doy fe que “El cuerpo macabro” es un capítulo sobresaliente por la manera en que articula la experiencia del carapacho corrector con una muñeca de Hans Bellmer. “¿Qué posibilidades hay –pregunta la parte matemática de Alfredo– de que en un grupo de cinco personas, tres hayan usado un corsé de yeso?”

Así también descongestiona ese cierre del libro, donde confiesa la hija que no todo fue dolor, abandono, desencuentro. La mujer que creció en sus combates con el cuerpo, con el amor, con el desafuero del rebaño, tiene algo que dar a cambio. La hija, que no parió, se alista para ahijar a su progenitora cuando se acerca el fin y los papeles se invierten. “Madre, todo lo no domesticado es la locura. Lo sé porque te estuve educando en la vejez y porque pude reprenderte y enseñarte”. Hay un didactismo conciliador al final del viaje, que restaura el altar náufrago de la familia y de los afectos. Remendar el cuerpo, enmendar el alma. ¿O será al revés?

Paseando con mi hija por una ciudad extraña, me pregunto: ¿cómo recordará este momento después? ¿Lograré educarla lo suficiente como para que pueda elevarse por encima de lo accidental y sea alguien muy distinta de mí, pero entrañable a sí misma? ¿Me amará pese a todo lo que no fui? ¿Seremos lo suficientemente inteligentes –emocionalmente hablando– para que las heridas importen menos que nuestras más humildes epifanías?

¿Será una cura a la locura el acto de escribir desde el cuerpo que somos, no importa cuán remendado o poseído esté? ¿De qué estaría hecha una novela narrada por una de esas muñecas de Bellmer? Seguramente conectará con estas palabras que Gaston Bachelard, amigo de Bellmer, escribió: “La psiquiatría ha estudiado el enorme campo de las aberraciones, de las vesanias, de los accidentes pasajeros que revisten de una penumbra a las almas más claras. Recíprocamente, ha descubierto en los espíritus más turbados síntesis que aún son pensamientos suficientemente coherentes para dirigir una vida y para crear una obra”. De estas síntesis trata la novela que he terminado en el aire, y por supuesto, de esa penumbra que reviste a las almas más claras, que suelen ser casi siempre las más atrevidas.

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4 comentarios

  1. Una crítica sensible, como lo es esta, de una novela excéntrica, no debió permitirse pasajes como «porque para mí esta novela es una construcción literaria levantada como potencia autorreferencial sobre el blueprint del estigma», a los que pudo perfectamente haber dado tafia. Ejemplo de lo que los americanos llaman, apropiadamente, «show-off», y el mismo mal del que adolece la escritura de Rosie, que tiene otras tantas virtudes. En un mundo ideal, Rosie ocuparía el sitial de Wendy en el canon literario-comercial cubano, pero las editoriales tradicionales no se arriesgan con los experimentos de mujeres realmente experimentales.

  2. De-Villegas se embelesa con el vocablo «show-off». Se apura, lo considera un «mal». Parte de un limitado entendimiento de significados. El diccionario lo define así: «to exhibit or display so as to invite admiration». ¿No es escribir bien una manera de «causar admiración»? «Causar admiración» ¿no es prima facie un signo de excelencia? El llamado «bien écrire» es la manera de llegar a dicha excelencia. Ortega y Gasset sugiere que escribir es una labor digestiva. El problema de De-Villegas se lanzarse con la acepción peyorativa: «to make a vain display of oneself». Es cierto, el cuidado puede molestar. ¿Por qué? Resulta más difícil desestimar-lo. Sobran escritores masticadores, digestivos y minuciosos: Sor Juana (favorita de Rosie), Flaubert, Zola, José Cela, Clarice Lispector, Michel Foucault; compositores como Stravinsky, Schubert, Bruckner; artistas como Leonardo, Caravaggio……………….

    No soy literato, y mi

  3. Cándido Alfredo, confundes lo crítico con lo peyorativo. Te informo: son dos cosas distintas. Ya que te botas de lingüista, te recuerdo que peiorare es empeorar, y mis críticas siempre mejoran. Soy un mejorador universal, el Mejoral de la cultura cubana. La señora Fernández y la señora Inguanzo no son tan tontas como para no distinguir la diferencia entre una cosa y la otra sin la ayuda, o el mansplaining, de Triff. Peiorare es lo que haces tú: pues el término deriva de ped-peios, meter la pata, que es lo que has hecho aquí, figurativa y efectivamente: meter el pie. Sácalo y considera mis observaciones detenidamente, en lugar de reincidir en el feo manierismo que señalo: Because you, sir Alfred, are the definitive show-off.

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