Fotograma de 'Las mil y una noches', Pier Paolo Pasolini dir.,1974
Fotograma de 'Las mil y una noches', Pier Paolo Pasolini dir.,1974

Conozco a una chica trans muy hermosa que no ha renunciado (ni quiere renunciar) a su pene. Se siente cómoda con él, aun cuando ostenta buenas dimensiones. Conozco a un twink ectomorfo de pocas palabras que muy rápido aprende inglés (el del siglo XVII) para leer a John Donne y leerle a esa chica trans unos poemas místicos que evidencian, de paso, la sabiduría pagana del Eclesiastés. La chica trans y el chico ectomorfo se aman en el malecón. Apenas tienen dinero. Y cuando lo consiguen no pueden emplearlo en pagar unas horas de intimidad en uno de esos alquileres.

Estas cosas son o podrían ser muy raras, pero en La Habana de nuestros días toda rareza con sentido es tan sediciosa como la devoción entre almas, entre individuos.

He visto por ahí que un artista propone visualizar el enclave del Paraíso en la mente. Si esa tentativa es hacedera (y no dudo que lo sea), no hay más que sentir, pues, el roce de la paz y el deseo (paz + deseo: he aquí una suma ventajosa) para empezar a dialogar con algo que nos aparta del inmovilismo del arte. Hay que repetirlo una y otra vez: el arte no sirve a las ideologías ni a la política, sino a las ideas. Y si sirviera a las ideologías, sería en cualquier caso a las de la libertad del yo y la expansión creadora y redentora del sujeto.

Dicho esto, añadiré que conozco a un escritor que trabaja en los modos de darle la espalda al Poder y ganar dinero proveniente de su trabajo. Si tienes dinero bien habido te refugias, en esta época de bribones y patrañeros, como un sobreviviente en la Selva de las Metáforas: el reino del arte. Sin dudas es el reino del yo-para-los-demás (con el amor, el sexo, la locura de la verdad, el acantilado de los sueños). El reino donde se añade realidad a lo real. Eso suele hacer el arte: modificar una y otra vez los modelos de la vida y cambiarlos por modelos vibratorios. Es imprescindible volar.

Hay un libro que vendrá y que carece de género reconocible. Es un libro breve y acertado como su autor. Un autor acertado es aquel que escribe con displicencia y en primera persona del singular (donde la verosimilitud convencional se hace fuerte). Usa todo el tiempo, además, el presente histórico para crear la ilusión de que los hechos están como a la mano, recortados con sólida persistencia sobre un paisaje mínimo, pero esencial. Un autor acertado es, por otra parte, quien escribe capítulos en forma de episodios semiautónomos. Y sabe cómo empezar y cómo terminar el libro.

La realidad cubana de hoy es tan perentoria que resulta imposible escapar de ella, de su referenciación siquiera simbólica. Es la metástasis neorromántica de un organismo ilusorio cuyos espejismos han terminado por ser él mismo. Como se trata de una realidad totalizadora y absolutamente fluida, tiende a contaminarlo todo. Por esa razón es posible afirmar que el arte hecho hoy en Cuba deviene realista inevitablemente. Una alusión a lo real puede ser (o no) “elaborada” y conceptualizada desde el afuera de la posterioridad del arte. Pero si es así, entonces lo que ocurre es que la alusión ya existía.

La chica trans tiene amigas y amigos, igual que el twink ectomorfo. En ocasiones, si son invitados, tienen la suerte de pasarse, en sus casas, algunos días imprecisos y sin plan (días discontinuos y fragmentarios). Días de una vida en común que de momento no necesitaría del escenario que el malecón les ofrece. El twink ectomorfo es poeta. La chica trans es artista visual. Ambos saben que por el muro, en la zona más baja, cuando la madrugada llega a la mitad de la noche, el fantasma de Pier Paolo Pasolini deambula sin sosiego.

El libro que vendrá tiene que ver, en lo esencial, con una pregunta: ¿qué hacer, y cómo, en tiempos de displicencia moral, terrorismo ideológico y exterminio (por medios diversos) de contrincantes?

Ahora que Pasolini cumple 100 años es preciso repetir que él es un muerto por odio (todos los odios reunidos en una golpiza monstruosa, como la que le dieron a Federico García Lorca antes de torturarlo y luego fusilarlo), y por eso no viene mal celebrar una “trilogía de la vida”: 1) refugiarnos y hacernos cuentos unos a otros y tener sexo de vez en vez, 2) precisar (en los caminos y en las peregrinaciones) el yo de los otros y cultivarlo con energía, porque es el yo lo único que salva de la congelación retardataria y del fuego del fanatismo y la obstinación, y 3) insistir en el valor de los microrrelatos acerca del amor reflexivo y el amor carnal, donde el yo y la identidad individual regresan a entronizarse tras renunciar a sus posibles poderes.

Caminos y peregrinaciones: de Luyanó a Centro Habana, de La Lisa a El Vedado, de Coppelia a La Habana Vieja, del Capitolio a las ruinas del cine Actualidades y del Teatro Musical, del edificio Bacardí a la Plaza de Armas, del fondo del hospital Calixto García al parqueo de la Facultad de Filología y de allí a Guanabacoa, al lugarcito ese donde venden tartaletas de limón. La Habana, vuelvo a decirlo, es una ciudad intervenida constantemente por el morbo y el sexo.

La chica trans y su twink les proponen a los demás ver la “trilogía de la vida”, la de Pier Paolo: El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972) y las Flores de las Mil y una noches (1974). Alguien tiene un disco duro con todo eso. Una noche, y otra noche, y otra. Tres noches consecutivas, sin interrupciones. Y, de pronto, el fantasma que deambula, sonríe entre rocas que el salitre abrillanta. Se sube al muro. Baja de un salto. Camina por la acera en dirección al viejo estadio deportivo José Martí. Los susurros del viento le han traído la noticia de que allí hay buen folleteo, escenas gloriosas, cuerpos indóciles, beldades, perfecciones en bruto, sangre, semen, mierda y crímenes baratos. La Habana es asimismo la ciudad del fantasma.

El libro que vendrá es también un equivalente lírico del cine que vendrá. Hay un punto en que el lenguaje de las palabras se articula con el lenguaje cinematográfico. O mejor: un punto en que la literatura brota con naturalidad del cine (como sucede en ciertas películas estratificadas y no logocéntricas de Abbas Kiarostami), pues la suma de lo que hemos sido y somos nace en el abismo crucial del habla y regresa, de mil formas, a la ceniza del habla.

Lo que antes, de modo egregio y respetable, se llamaba “virtud doméstica”, es lo que cotidianamente salvan la chica trans y el chico twink, incluso con sus silencios y sus éxodos microscópicos, o cuando consiguen una cama decente y el tiempo, favorable, se detiene o se remansa o se eclipsa. Nunca antes en Cuba la creación en libertad se fundió, en el estilo de las mejores aleaciones, con el amor y el sexo y la desesperación por aprovechar las horas y los días dentro de un lapso donde predominan la tozudez, la violencia, el castigo, la enfermedad y la negación abrupta y rampante.

Con su “trilogía de la vida”, el cadáver de Pasolini parece que, por contraste, sangra aún. Pero tal vez lo hace sumido en la confianza de que, para que un país crezca, siempre bastará, al menos de inicio, la virtud del arte en tanto proliferación arborescente de la libertad. La imagen del twink ectomorfo y la chica trans besándose en el malecón crea un espacio venerable, en los límites de lo sacro, lo insumiso, y constituye un desafío para esos que, sentados en sus oficinas, observan la escena por intermedio de alguna de las cámaras que pueblan el malecón acorralando y sitiando a la vida.

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