Paul Zech: “El abedul”

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A media hora de camino de la gran ciudad, cuyas torres, gasómetros y gigantescas chimeneas se alzan a duras penas entre la niebla gris amarillenta cual si fuesen cabezas de personas ahogándose lentamente, se halla la sociedad minera «Frescor Erguido».

En medio de la zona verde de bajos pastizales y hasta el borde de la curva como color pastel de los oscuros campos de cultivo. Erguida y tiesa como una isla muy fortificada.

Y desde los cercados enseña la dentadura cáusticamente inaccesible como todos esos templos macizos de Vulcano.

Oscuros y poderosos maderos de roble están juntados en mole gigantesca. En los cuatro costados se levantan portones de hierro fundido con afiladas puntas en las cabezas; marciales lansquenetes.

Desde la cerca sobresalen amenazantes las estructuras encargadas de la extracción: fantásticas máquinas de lanzamiento con grandes ruedas de movimiento vertiginoso; encima resbalan cuerdas que alzan y bajan los proyectiles. La carretera en forma de anillo está hundida como un foso. Vías férreas se deslizan por ella como surcos de agua medio secos. Los camiones se balancean por sobre ella como botes; antiguos cacharros de épocas antediluvianas.

Del otro lado de la carretera se elevan los basureros.

Son los fuertes. Verdaderas montañas con cuevas erosionadas, bordes desmoronados y crestas escarpadas. No llegan a treinta metros de alto. Pero con rostros sombríos vigilan la sociedad cual gigantescos perros que muerden. Un espumarajo blanco brota de las fauces abiertas. De vez en cuando se tragan algunos niños que, pequeños como pájaros con picos puntiagudos, dan zancadas por entre sus cabezas recogiendo en sacos pequeños pedazos de carbón de entre las hirsutas greñas.

Debajo, en dirección a la colonia, donde las casas destellan como blancos dientes, se ha ido levantando una nueva montaña.

Sin mostrar misericordia con jugosos terrenos verdes y grupos de arbustos, rodaba la negra maldición devorándolo todo pedazo a pedazo con ansia humeante y silbante.

Solo un abedul había permanecido. A pesar de que el veneno negro ya le había cubierto el blanco cuerpo hasta la altura de un hombre.

No había ni una sola rama enjuta en él. Era tierno y seguía levantando el obstinado cabello crespo al viento. Con asco miraba a los magros jardines que parecían manchas en la colonia y que en lo absoluto pretendían resistirse al abrazo de la colina que rodeaba todo el lugar. Miraba aburrido a los patios sucios, donde ropa interior recién lavada colgaba de las tendederas para imitar la blancura de su virginal vestimenta y solo se estremecía cuando un pájaro perdido buscaba refugio en su verde regazo de hojas. Refugio de las amarillas vaporizaciones que emanaban de las coquerías y de los torbellinos que brotaban de las nubes de humo que incesantemente salían de las gargantas de fuego.

Sacudió el plumaje como una gallina clueca y cabeceó lleno de felicidad cuando el cantor escapado a todo peligro y que allá fuera nadie quería escuchar terminó de cantar su canción. Era una canción del otro mundo, donde un cielo cristalino se abovedaba para formar una cúpula, un sol blanco y ardiente bendecía los campos y fantásticas sombras corrían de un lado a otro a lo largo del camino.

El alma del abedul se ensanchó. Recuerdos de la niñez pasaron ante sus ojos; un cielo eternamente azul y praderas siempre verdes llenas de ovejas desgreñadas y riachos plateados.

Y el pájaro cantó en voz más alta. Con creciente pasión rodaban los sonidos. Se precipitaban unos sobre los otros. Y concluían finalmente en una suave música de cuna.

El abedul cerró los ojos. Sus colgaduras de color esmeralda se acurrucaron, y el crepúsculo tendió por encima sus pesadas mantas de dormir.

Una pesadilla estremeció el corazón del abedul. Como si tuviera los ojos bien abiertos vio llegar cosas absolutamente desconocidas y no podía defenderse. El fantasma lo agobiaba con su pesada carga y mantuvo atados todos los esfuerzos por despertar. Sin embargo, allá en los basureros bramaban las calderas hirvientes. Sonaban los trombones dando señales. Mecanismos de transmisión chirriaban, y desgreñadas columnas de asalto se preparaban para atacar al pobre abedul que se moría de frío. Máquinas de vapor avanzaron cual cañones. Hombres con rostros monstruosamente desfigurados cargaban bloques ardientes en pequeñas vagonetas de volteo. Sordamente rodaba el derrumbe. Y luego retumbaron los bloques de lava con estruendo infernal por la pendiente. Blancas nubes de vapor con cascos de color naranja lanzaron gritos de júbilo a continuación. Abajo golpeó tronante la férrea masa incandescente. Una lluvia de chispas se levantó hasta la colonia. El abedul se hallaba en medio de una niebla roja como la sangre. Tembló hasta en sus más íntimas y delicadas raíces. Y sin embargo no podía moverse. Nuevos proyectiles siguieron cayendo desde arriba. Los fragmentos silbaban como una lluvia de tormenta. El torrente creció hasta formar un valle.

El abedul se hallaba hundido hasta los hombros en medio de la turbulenta marea. Cada vez más inconmensurable se volvía el mar de chispas. La roja niebla se infló como una retorta. Por varios minutos el abedul desapareció dentro de ella.

Y cuando los últimos vapores se retiraron y los tirantes cinturones de chispas se relajaron solo ondeaba al viento el cabello desgreñado del árbol. El tronco y los brazos estaban doblados hacia abajo en medio del humeante lodo residual y morían mientras se desquebrajaban.

Mucho tiempo después de que el enemigo huyera de las flechas del amanecer despertó el abedul con la cabeza febril. Su corazón latía despacio y en las sienes todavía martillaba el incendio.

Solo hacia la tarde, después de que el sol alisara nuevamente su cabello y un viento húmedo que venía del río trajera un fresco rocío, la maligna fiebre comenzó a ceder.

El abedul miró con ojos enfermos hacia la colonia allá en lo bajo. Los negros vagones hacían ruido sobre el pavimento como si nada hubiera sucedido. Muchachas muy jóvenes salían a pasear lentamente con los niños: hermanos y hermanas de todas las edades con cabello desgreñado y cuerpos sin lavar. El capataz de la mina paseaba su corpulenta majestad por entre las lilas de la glorieta, donde estaba servida la mesa del café, umbreada por una gastada cortina azul. La señora Kuscinsky discutía con la mujer del maquinista Klöwer sobre un nuevo sombrero que ninguna de las dos tenía. Detrás de la conejera yacía Vladislav el inválido y otra vez estaba borracho como una cuba. Los escuálidos cerdos gruñían. Las gallinas revolvían el polvo en los patios. Los gorriones saltaban de un lado a otro. Delgadas campanas marcaban los aburridos cuartos de hora con brillantez.

El abedul trató de sonreír ante tanta vida multicolor que atravesaba cada día inútilmente.
Pero el pecho. ¡Ay!, si el pecho no doliera tanto. El cielo estaba encapotado, y el viento -era otro- levantaba todos los terribles olores que provenían de la mina y los esparcía como una ducha.

El abedul irguió la cabeza tanto como podía en esas circunstancias.

Pero el pajarillo errante de ayer simplemente ya no estaba. Quizás ya estaba metido dentro de alguna jaula. Pues los jovencitos que allá abajo maltrataban a los caballos atrapaban con unas varas untadas con cola todo lo que fuera capaz de emitir un sonido, por más tenue que este fuese.

En largas filas colgaban las pajareras delante de las pequeñas casas. Los gramófonos animaban a tordos, estorninos y pardillos a dar un concierto.

Ni un solo pajarillo seguía zumbando en medio del crepúsculo que se abatía. Solo los repugnantes murciélagos con sus trompas romas y garras frías.

De pronto se hizo un extraño silencio en los gestos del abedul. El cabello le caía pesadamente en la frente. Y tenía que dejar que la frescura de la noche en ciernes se aposentara con firmeza en ella y lavara los grises pañuelos de bolsillo.

Una pálida estrella que cayó siseando del cielo y que pasó rozando la cabeza inclinada del abedul despertó nuevamente al medio entumecido árbol del lento adormecimiento.

Entre los párpados a medio abrir vio aún la fila de luces que crecía, y justo detrás vio venir otra vez la artillería asesina.

Una brisa de horror se deslizó pesada por su pálida frente. Indiferente dejó pasar por delante de sí a los dos enamorados que no se avergonzaban de avivar el deseo salvaje de sus labios frente a los ojos de las múltiples y virginales superficies de agua en el camino.
¡Oh, esos jóvenes enamorados que en esta tierra avara y rapaz nunca dejarán de ser dos huérfanos prometidos el uno al otro! El abedul se estremeció con más fuerza.

No era nada. O era el respiro de la quietud, de la mortal quietud antes del último latido del corazón.

En el flanco más externo del escombrero ya se veía ondear las níveas vestiduras de los ángeles que venían a llevarse el alma del abedul. Riachuelos de fuego bramaban en la profundidad y soplaban hasta la cúspide la espuma metálica.

Se escuchó el tabletear de los primeros proyectiles.

Cayeron justo delante del desmoronado abedul.

Pedazos de gravilla se desprendieron y cayeron retumbantes en el montoncillo de muerte.
Lentamente sepultaron los escasos restos.

Todo el infernal espectáculo de la batalla bramó una vez más. Un funesto rugido se extendió de región en región. El cielo bailó. La tierra se abrió. Y de la hendidura que se desplegaba salió flotando lentamente, llevada por cientos de blancas alas, la pobre alma del abedul. Se escuchó sonido de campanas. Y la noche negra y encapotada ondeó como un vasto cortejo fúnebre.

Traducción: Orestes Sandoval López

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