Rafael Rojas: “Mañach o el desmontaje intelectual de una república”

Tomado de ‘La Gaceta de Cuba’, n. 4, julio-agosto, 1994, pp. 7-10.

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1. El paraíso colonial perdido

Para los cubanos el XIX fue el siglo de la confrontación moral y el XX ha sido el siglo de la experiencia política. La discursividad que juntan Arango, Várela, Saco, Luz, Martí y Varona es tan densa y plural que todos los actos de la República y la Revolución parecen ampararse en su referencia. La razón de esta inercia ideológica reside en que el Estado republicano inaugurado en 1902 contrarió por igual a las dos tradiciones primordiales del discurso colonial: la liberal, que va desde Arango hasta los autonomistas de los años 90, y la intransigente, que se extiende de Varela a Martí.[1] La corriente liberal aspiraba a un gobierno autónomo que permitiera una modernización evolutiva de la sociedad insular, mientras que la tradición intransigente pugnaba por un Estado soberano que potenciara la resistencia moral al liberalismo y la modernidad. De tal suerte que la República de 1902, mediatizada por la Enmienda Platt, no resultó ser tan independiente como querían los separatistas ni tan liberal como deseaban los autonomistas.

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Enrique José Varona, singular desembocadura de ambas tradiciones, encarnó entonces la sensibilidad de la frustración republicana. Pero su decepción —típicamente sociológica— ante el fracaso del tránsito a la República liberal y democrática despertó en él la sospecha de la persistencia del antiguo régimen: “el monstruo que pensamos haber domeñado, resucita”, decía. Era esta la tesis de la vida del espíritu colonial dentro del cuerpo republicano. En cambio para la nueva generación intelectual, encabezada por Femando Ortiz, no era la continuidad de las instituciones coloniales el principio de la crisis republicana, sino la interrupción de la cultura colonial. He aquí la antítesis de la muerte del espíritu colonial dentro del cuerpo republicano y su formulación primera se debe a una conferencia de 1925 leída por Jorge Mañach en la Sociedad Económica de Amigos del País. Varona había sido sujeto de una mutación social y toda su inconformidad se expresaba en el miedo a un cambio falso, a la ficción republicana, a una modernidad simulada. Pero sus discípulos eran criaturas de la independencia y su malestar revestía la forma de una añoranza por las élites y los discursos perdidos. La República positiva “urgida de hechos y no de palabras”, que alguna vez deseara Varona, se les apareció como un paisaje donde se desvanecían las imágenes criollas. Más tarde Mañach recordaría el anciano sociólogo leyendo un pequeño manual sobre el arte asirio en la soledad de un tranvía silencioso.[2] La desilusión moderna viajaba dentro de una máquina callada.

En La crisis de la alta cultura en Cuba, texto concebido como homenaje a la corporación más representativa de la ideología criolla, Mañach distinguió cuatro fases de la conciencia nacional: la “inerte y fideísta” desde la conquista hasta 1820 —términos algo más que injustos con la formidable Ilustración cubana (Caballero, Arango, Espada, Pascual Ferrer, Romay…)—; la “especulativa”, que registra a Varela, Saco, Luz, Delmonte… y culmina en 1868; la “ejecutiva”, que atraviesa las guerras de independencia; y la “adquisitiva”, que abarcaba los veinticinco años republicanos.[3] De esta forma el siglo XIX era imaginado por Mañach como un lapso fecundo en el que la idea nacional primero se piensa y luego se realiza. Justo aquí su noción de alta cultura se remite a la dialéctica entre Volkgeist y Nationalgeist de J.G. Herder y el romanticismo alemán, que le llega a través de Ortega y Gasset. La alta cultura era para Mañach una suerte de convergencia de todas las creaciones intelectuales, artísticas, políticas, técnicas y productivas en una voluntad nacional que al actuar se revela bajo una fisonomía única e irrepetible. Y esta nostalgia por el esplendor de la idea nacional en el siglo XIX lo conduce inevitablemente a lamentar la declinación de la aristocracia cubana.

En aquel ensayo, Mañach atribuía la ausencia de poetas de la talla de Heredia, la Avellaneda, Casal y Martí, de ensayistas de la penetración de Varela, Saco, Delmonte y Varona, de novelistas de la altura de Villaverde, críticos como Piñeiro o de Lara y hasta oradores “crisólogos” de la elocuencia de Sanguily, Giberga y Montoro a la desfiguración que experimentaba la cultura insular por el “influjo del vivir moderno” y la “incesante militancia del lucro”.[4] La modernización de la sociedad colonial bajo el paradigma norteamericano generaba reacciones desde muchos ámbitos. Con este texto y su magistral Indagación del choteo, Mañach reaccionó desde la cultura. Fernando Ortiz ya había reaccionado desde el ámbito social en su conferencia La decadencia cubana de 1924. Ramiro Guerra en Azúcar y población en las Antillas reaccionaría desde la esfera económica. Sin embargo, los tres coincidían en que la República de 1902, a pesar de haber otorgado la independencia estatal a los cubanos, facilitaba la introducción de prácticas e instituciones agenas a la “naturaleza nacional”.

La compensación discursiva que se estableció entre Mañach y Guerra, durante los años veinte es asombrosa. Mientras Guerra demostraba que la subordinación al capital norteamericano y el reajuste del sistema de plantación azucarera propagaban el latifundio, el monocultivo y la propiedad foránea, Mañach alertaba sobre la crisis de la ilusión, la muerte de las élites criollas y la necesidad de llenar con “afirmaciones morales los márgenes de la voluntad nacional”.[5] Mientras Guerra rearticulaba el programa reformista de Arango, Saco, el Conde de Pozos Dulces y el autonomismo, Mañach se apoyaba en una intensa alusión a la escuela ética de Varela, Luz y Martí. Esta correspondencia, como antes sólo se dio en Varona, proponía el enlace de las dos racionalidades del discurso cubano del XIX para llegar a una inminente finalidad: la creación de una clase de propietarios que rigiera los destinos del país, o en otras palabras, la definición económica, política y cultural de una burguesía nacional.

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La cristalización de este diseño ideológico, concebido a cuatro manos por Jorge Mañach y Ramiro Guerra, en la sociabilidad política de los años 30 fue sustancial. Los programas del ABC, el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) y la Joven Cuba se inspiraron en la idea de que “el cubano estaba desplazado de la riqueza nacional” para proyectar la redistribución de la propiedad, la colonización interna y el control sobre la adquisición de tierras por compañías extranjeras. La resonancia de esta formulación ideológica nacional en la cultura política posterior puede medirse con la abrogación de la Enmienda Platt en 1934, la prescripción del latifundio en la Constitución de 1940 y la reforma agraria anunciada en La Historia me absolverá. De modo que desde los escritos reformistas de Guerra y Mañach en los años veinte apareció una mentalidad forjadora de élites nacionales que gravitaría sobre la historia política de Cuba hasta el advenimiento del socialismo. Pero lo paradójico es que la clave de esta mentalidad renovadora era la referencia al orden colonial desestructurado. Vemos aquí la versión cubana del liberalismo aristocrático de Alexis de Tocqueville, quien entendió la génesis del Estado moderno como un reacomodo institucional del antiguo régimen.[6]

La idealización del régimen colonial se plasma de manera explícita en varios pasajes del programa del ABC, cuya escritura estuvo directamente asesorada por Mañach. En el acápite titulado “La ofensiva a la cultura”, por ejemplo, se afirmaba: “Cultura y economía van mano a mano. A una economía parasitaria, corresponde una cultura también subalterna. No es una casualidad histórica el hecho de que el periodo más brillante de la cultura cubana —la época de los Saco, Luz y Caballero, Domingo Delmonte, los González del Valle, los Poey, etc.—, fuera el mismo período en el que el cubano era dueño todavía de la riqueza”.[7] Esta idea parecía desprendida de Azúcar y población en las Antillas y En el camino de la independencia, donde Ramiro Guerra interpretaba cómo los tratados Permanente y de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos habían garantizado una expansión territorial de las compañías norteamericanas en Cuba que provocaría a la larga el agotamiento del patriciado colonial y el ocaso de la nacionalidad.[8]

Varona había escrito en 1915: “La sierpe de la fábula vuelve a reunir los fragmentos monstruosos que los tajos del héroe habían separado”.[9] El siglo XIX, según Varona, condensaba el devenir de una totalidad, de una integración que sólo las guerras de independencia habían podido quebrar. Años más tarde, en el número 21 de Orígenes, José Lezama Lima escribirá: “Lo que para nosotros fue integración y espiral ascencional en el siglo XIX, se trueca en desintegración en el siglo XX”.[10]Al parecer la sensibilidad de la frustración republicana, tan fijada en la cultura insular, se hacía acompañar de cierta mitificación del siglo XIX. Jorge Mañach, contrincante de Lezama en alguna acalorada polémica, ya lo sostenía al advertir en 1925 —con una frase muy ortegueana— que el “discurso, en la República, tiende a ser invertebrado”.[11] La obra de Mañach es por ello un testimonio de la desintegración republicana y su propia insistencia en los vacíos de la voluntad nacional marca el origen reflexivo de una nueva totalidad: la que surge de la Revolución de 1933 y se consolida en la cultura política de los años 40 y 50.

2. La vertebración del discurso republicano

La vida pública de Jorge Mañach recoge acontecimientos políticos y culturales decisivos de la historia cubana entre 1923 y 1959. Repasarla no es ocioso: integrante de la Protesta de los Trece contra el gobierno de Alfredo Zayas en 1923, miembro del grupo minorista, fundador de la Revista de Avance en 1927 y asiduo colaborador de Social, el Diario de la Marina, El País y Bohemia, organizador del valioso proyecto cultural de la Universidad del Aire en 1932 y en 1948—52, controvertido ideólogo de la organización política antimachadista ABC y director de su órgano de prensa Acción, delegado a la Convención Constituyente de 1940 y miembro de la Comisión de Estilo que redactó el texto constitucional, profesor titular de la cátedra de Historia de la Filosofía de la Universidad de La Habana por dos décadas, fundador y dirigente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) a partir de 1947, moderador del programa de televisión Ante la prensa hasta 1960, crítico del golpe militar perpetrado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, miembro activo del Comité Proamnistía de los asaltantes al Cuartel Moncada y simpatizante declarado de la Revolución cubana entre 1956 y 1960.

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Su figura es la del intelectual que ocupa un lugar irremplazable dentro de la opinión pública. Lo cual resulta consecuente con su propia percepción de los intelectuales como formadores de espacios públicos, esto es, de cónclaves cívicos y morales donde lo político queda siempre referido a la “ilusión de una domesticidad superior”.[12] La intervención sostenida de Mañach en los problemas nacionales lo coloca a la altura de José Antonio Saco en el siglo pasado y de Enrique José Varona en el tránsito de la Colonia a la Independencia. No hay en las dos repúblicas prerrevolucionarias un intelectual que supere su margen de participación en la cosa pública. Los hombres de ideas como Femando Ortiz, Ramiro Guerra, Manuel Márquez Sterling, Medardo Vitier, Roberto Agramonte, Juan Marinello y los grandes literatos como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Virgilio Piñera siempre conservaron una zona de neutralidad profesional y estética, o bien se identificaron con doctrinas políticas muy definidas que les impedían una comprensión flexible de los asuntos domésticos. Mañach, en cambio, asumió la conciencia nacional como el objeto primero de su discurso y desde esta elección todo acto cultural o político de la nacionalidad se le presentaba como un signo de su propio discurrir ideológico. Aún en sus obras más teóricas, como Examen del quijotismo (1950) y Para una filosofía de la vida (1951), e incluso en las de trama poética, como las tempranas Estampas de San Cristóbal de La Habana (1926) y la pieza de teatro Tiempo muerto, ya fuera de manera oblicua o frontal, aparecía el tema recurrente de la espiritualidad cubana.

Para Mañach, como luego confirmaría en Historia y estilo, la nación cubana era la “sustanciación social de un hecho de conciencia”. Observar este proceso en la sociedad insular, desearlo, medirlo y anunciarlo, fueron los pasos de una misión ritual que lo obsesionó hasta la muerte. Y como toda sustancia reclama un sujeto, según la metafísica, Mañach siempre confió, al decir de Gastón Baquero, “en que llegaría a producirse un cambio, por la acción de la cultura, de las élites organizadas en agrupaciones políticas modernas”.[13] He aquí su paradoja: lamentar la ausencia de una élite que condujera los destinos nacionales bajo el dictado del imaginario cubano y a la vez abrir, con su vocación pública, los espacios cívicos de la moralidad estatal. Es por ello que Baquero, quizá el de más arraigados escrúpulos oligárquicos, le reprochó a sus contemporáneos que “no se les ocurriera pensar que aquel hombre estaba allí, en la palestra de las fieras, contraviniendo su natural, su espontáneo movimiento de entregarse a otro orden de actividades y relaciones”.[14]

Es justo en el diseño del sujeto y el destino de la renovación nacional donde chocan los discursos y los actos de Raúl Roa y Jorge Mañach. Para Roa el sentido histórico de Cuba no se recuperaba por medio del advenimiento de la solidaridad insular perdida, sino por la realización de un cambio dos veces postergado: el del programa anticolonial de 1895.[15] Se trata de dos hermenéuticas de la historia enfrentadas, pues mientras Roa veía en la Revolución contra el siglo XIX el principio del orden futuro, Mañach otorgaba a las reservas del discurso colonial un rol articulador del nuevo modelo cívico. Para uno las certezas nacionales residían en la lógica irreversible del tiempo insular. Para el otro, en su posibilidad de retorno. Es por ello que en lugar del drama aristocrático de Mañach, Roa imaginaba un escenario heroico de voluntades masivas y desenfrenados asaltos al poder. De esta divergencia surgieron dos imágenes políticas de la Revolución de 1933 que hasta 1959 se miraron con recelo: la del papalote a bolina y la del texto primordial.

Así como Enrique José Varona personifica la transición del orden colonial al régimen oligárquico de “generales y doctores”, Jorge Mañach ilustra el paso de la República de 1901 a la República de 1940. Ese corte histórico que provocan la Revolución de 1933, la abrogación de la Enmienda Platt, la nueva sociabilidad política de los años 1934-39 y la Constitución de 1940 estuvo precedido por una rearticulación del discurso nacional en la década de 1920. Con el Grupo Minorista, las veladas cívicas en la Junta de Renovación Nacional y la Sociedad Económica de Amigos del País, la creación del Partido Comunista y las vanguardias culturales surgió una mirada crítica y solemne hacia los destinos del país. Una cultura política positiva venía a desplazar la decepción y el escepticismo de Cristóbal de la Guardia, Francisco Figueras, Roque E. Garrigó y José Antonio Ramos. De esta forma la reconsideración del rumbo nacional condicionó el enfrentamiento a la dictadura machadista. Pues, si en algo coincidían Raúl Roa y Ramón Grau San Martín, Juan Marinello y Jorge Mañach era en que la lucha contra Machado representaba sólo un pasaje de la creación de un nuevo orden para la nación cubana. Y eso pretendió ser la Constitución de 1940: una nueva legitimidad jurídica —concebida por liberales y comunistas, demócratas y populistas— para nuevas instituciones republicanas.

La Indagación del choteo de Jorge Mañach es un excelente retrato de las formas de sociabilidad de la primera República y un texto primordial de la vertebración del discurso que se inicia en los años veinte. La idea del choteo como “desgracia criolla” que impulsaba a los cubanos a no tomar nada en serio, a “tirarlo todo a relajo” y a “no andar con boberías” había sido reflexionada por Femando Ortiz en uno de los artículos que conformaron, en 1911, Entre cubanos. Tanto aquí, como en el Manual del prefecto fulanista (1915) de José Antonio Ramos y en La crisis de la alta cultura en Cuba, la intelección del choteo era enteramente negativa, es decir, se le identificaba con un “pernicioso elemento de amoralización” cuyos efectos sobre la cultura política estaban acentuados por otros rasgos eugenésicos de la cubanidad como la ligereza, la simulación, la vagancia, el desinterés por la cosa pública…[16] Pero en la Indagación… apareció un nuevo enfoque: el de la búsqueda del “grado de estimación interior que ofrece el choteo”.[17] Si el choteo era un acto de irreverencia frente a los valores “serios” de la sociedad, entonces la crisis no se originaba en la práctica del mismo sino en la moralidad pública. De ahí que conjugando ideas de Georg Simmel y Max Scheler, recibidas otra vez por la vía de Ortega y sus ediciones de la Revista de Occidente, Mañach llegara a la definición del choteo como “descongestionador espiritual” y “válvula de escape para las impaciencias” que confirma cierto instinto igualitario y rebelde bajo el peso de una autoridad desvalorizada.

En La crisis de la alta cultura y la Indagación del choteo Mañach alertó sobre la vacuidad de la moral republicana buscando un efecto alentador. Aquí parecía seguir a su maestro Miguel de Unamuno en la idea de que avizorar los abismos era la mejor manera de trazar puentes. Veinte años después retomó esta estrategia pública en El estilo en Cuba y su sentido históricoy La nación y su formación histórica, dos ensayos incorporados al libro Historia y estilo. Para entonces su regodeo entre las fallas de la conciencia insular rozaba ya el nihilismo y era como si el fantasma de Varona lo persiguiera. Mañach supuso que la República, a pesar de haber alcanzado su forma política, carecía de expresión y estilo.[18] Detrás de este sombrío veredicto se hallaba la sospecha de que Cuba no era todavía una nación si se medían la densidad de su moral cívica, el tejido social y la fluidez del diálogo entre élite y masa. Así, en los años 40 y 50, Mañach concibió una estrategia pública inversa a la de Orígenes. Para Lezama la crisis era política y la cultura funcionaba como un dispositivo secreto contra la escasa imaginación del Estado. Para Mañach la crisis era cultural y el espacio público ofrecía una zona neutra donde regenerar la ciudadanía y vigorizar la nación.

En una de las notas a la reedición habanera de 1955 de este ensayo, Mañach escribió: “Hoy día se puede afirmar, sino la desaparición del choteo en Cuba…, al menos su atenuación. El proceso revolucionario del 30 al 40… llegó a dramatizar al cubano, al extremo de llevarlo en ocasiones a excesos trágicos”.[19] Probablemente Mañach pensaba en el asalto al cuartel Moncada como uno de los “excesos trágicos”. Pero esta acción, como el asalto a Palacio Presidencial en 1957, fue algo más, fue un sacrificio ideológico, que no es lo mismo. Aunque de cualquier modo el afán de Mañach por explicarse la épica antibatistiana a partir de la “dramatización política” de la voluntad nacional en los años 30 y 40 no estaba muy desencaminado. No debe olvidarse que el rechazo inicial al régimen del 10 de marzo, emprendido por la Ortodoxia y los jóvenes del Centenario, estuvo motivado por la certeza de que el orden constitucional de 1940 había sido violado y de que la incipiente democracia cubana estaba en peligro. Jorge Mañach, delegado a la Asamblea del 40 y militante ortodoxo, se opuso públicamente a la dictadura marcista desde una fiel perspectiva republicana. Así, la decadencia del choteo, en tanto forma recurrente de la sociabilidad cubana, no sólo indicaba, para él, un afianzamiento de la nueva cultura política sino una promesa de serias reacciones contra los posibles atentados a la segunda República.

El elemento definitivo de la vertebración del discurso republicano fue el rescate para la memoria insular de la figura de José Martí. Con las excepciones de la ideología martiano-leninista de Julio Antonio Mella y del adelantado estudio de Emilio Roig de Leuchsenring Nacionalismo e internacionalismo de Martí (1927) se puede afirmar que el olvido de Martí era una estructura básica de la primera República cubana. Al aparecer, en 1933, Martí, el apóstol, una célebre biografía compuesta por Jorge Mañach, la imagen del más grande de todos los cubanos comenzó a presidir la nueva mitología patriótica. Muy pronto la cultura política cubana sintió la necesidad de ajustar su pensamiento a la herencia martiana y no sólo surgieron partidos con el nombre del que Martí creó para encauzar la insurrección separatista, sino que la bibliografía sagrada sobre el héroe nacional se enriqueció con obras como Martí, el santo de América (1938) de Luis Rodríguez Embil y Martí, místico del deber (1940) de Félix Lizaso.

De modo que Mañach estaba irremediablemente incorporado al paradigma político del intelectual de la segunda República. Su rechazo al 10 de marzo y su solidaridad con los moncadistas se desprenden de un compromiso histórico con el sistema constitucional de 1940. Por eso su apoyo público a la Revolución de enero de 1959 se verificó hasta que el gobierno revolucionario dio las primeras señales de radicalización socialista. Todavía en abril de 1959, Mañach concluyó su conferencia El sentido trágico de la Numancia con estas palabras: “Sí; los héroes numantinos mueren «porque quieren»; pero quieren porque hay algo en ellos mismos que no pueden eludir sin aniquilarse moralmente… Lo que, en suma, quiso decir el alcalaíno inmortal es algo que los cubanos estamos hoy más que nunca preparados para apreciar: que la dignidad colectiva cuenta tanto como la individual y que el sacrificio de los hombres por ella es siempre históricamente fecundo”.[20] Era esta una forma de confirmar en la historia su idea de la “dramatización política” de la cultura cubana. Pero el sentido trágico de Cuba, según Mañach, sólo debía manifestarse para restablecer los ideales perdidos y no para inventar nuevas tradiciones. De ahí que su desacuerdo con el carácter socialista de la Revolución y su breve exilio en Puerto Rico hayan sido actos de absoluta coherencia ideológica. Jorge Mañach nació en 1898 y murió en 1961, años demasiado simbólicos como para no enmarcar su vida y obra en los bordes de un fragmento irrepetible de la historia insular.

Mañach imaginó el destino de la isla en un lugar ajeno al que inauguró la Revolución. Esa fue su tragedia de oráculo: Cuba no se desplazó hacia el fin que él profetizaba. Atisbó otros paisajes, otras escenas, otros actores. Más que un visionario fue un utopista. En Para una filosofía de la vida dejó escrito que el “mundo caminaba por la atracción de lo utópico”. Pero mirar hacia el otro escenario no le impidió tocar ciertos hilos de la trama. Por eso no hay retrato de esta mirada más preciso que el de unos versos consagrados por Cintio Vitier a su muerte.


Notas:

[1] Tomo la definición de discurso intransigente de las tesis de Albert O. Hirschman en Retóricas de la Intransigencia, México, FCE, 1991. Según el sociólogo angloamericano esta tradición ideológica se resiste a la doctrina liberal, a través de la construcción de utopías sociales, sin asumir un espíritu conservador.

[2] Jorge Mañach: Semblante histórico de Varona, Academia de la Historia de Cuba, La Habana, 1949, p. 31.

[3] Jorge Mañach: La crisis de la alta cultura en Cuba, Ediciones Universal, Miami, Florida, 1991, p. 24.

[4] Ibídem, pp. 39 y 40.

[5] Jorge Mañach: Pasado vigente, Editorial Trópico, La Habana, 1939, p. 24.

[6] Alexis de Tocqueville: El antiguo régimen y la revolución, Madrid, Alianza Editorial S.A., 1989, p. 47.

[7] Hortensia Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1973, t. III, p. 511.

[8] Rafael Rojas: Ramiro Guerra o la memoria de un patricio, Revista op. cit., Universidad de Puerto Rico, Núm. 7, 1992, pp. 122-144.

[9] Enrique José Varona: Textos escogidos, México, Editorial Porrúa S.A., p. 57.

[10] José Lezama Lima: Imagen y posibilidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, p. 195.

[11] Jorge Mañach: La crisis de la alta cultura en Cuba, Fdiciones Universal, Miami, Florida, 1991, p. 34.

[12] Jorge Mañach: Pasado vigente, La Habana, Editorial Trópico, 1939, p. 11.

[13] Gastón Baquero: Jorge Mañach o la tragedia de la inteligencia en la América Hispana. Revista Cuba Nueva, vol. I, no. 12, Coral Gables, Florida, 1962, p. 23.

[14] Ibídem, p. 26.

[15] Raúl Roa: Escaramuza en las vísperas y otros engendros, Editora Universitaria, Universidad Central de las Villas, 1966, p. 63.

[16] Jorge Mañach: La crisis de la alta cultura en Cuba, Ediciones Universal, Miami, Florida, 1991, p. 27.

[17] Jorge Mañach: Indagación del choteo, Ediciones Universal, Miami, Florida, 1991, p. 60.

[18] Jorge Mañach: Historia y estilo, La Habana, 1944, pp. 203 y 204.

[19] Ibídem, pp. 82 y 83.

[20] Jorge Mañach: El sentido trágico de la Numancia, La Habana, Publicaciones de la Academia Cubana de la Lengua, 1959, p. 30.


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