Los integrantes del grupo Opium en una aparición televisiva

La actitud psicodélica rioplatense surge, contradictoria, precaria, atrevida, atravesada por los años sesenta, como un filón dionisíaco, con expectativa contracultural, desde los entretelones más tanáticos de la experiencia colectiva. Quizá una cierta melancolía de fondo impregne su condición de marginada forzosa, no apenas en cuanto rasgo de época sino en tanto parte de un estado de cosas.

El desinterés, cuando no la censura, ha impedido, por ejemplo, la conservación de tapes de audio o de las escasas presentaciones musicales televisivas que podrían constituir alimento ampliador del apetito entre las actuales generaciones. Estas sin embargo, encarnadas en investigadores como Rafael Cippolini o Federico Barea, emprenden, al menos en el terreno movedizo de las escrituras de la época, el recupero magnético de aquellos climas de variación brotados, a veces casi en secreto, en pleno anticlímax. Porque si en tal estrechez de miras tuvieron que florecer, junto al incipiente “rock aborigen” y una vera diversidad de lenguajes conjugados, y fue determinante, por un lado, esa interferencia consuetudinaria de nuestra violencia ambiente, no es menos cierto, por otro, que significaron una suerte de recambio no meramente reactivo. Circulación propositiva de otras consistencias y otra información, del rango de lo celebratorio: esencial novedad, podría alegarse, en nuestras castigadas pampas.

Esa quizá naturalmente confusa pero para nada aclimatada voluntad psicodélica abarcó desde el beat –término aplicado más que nada desde la lectura periodística que designó un arco no menos profuso de experimentaciones— hasta una ferozmente reprimida hippiedelia. Desde el sátrapa patafísico –el nombre Opium alude a Jarry y homenajea a Vaché– hasta un pop criollo más o menos liviano, sin dejar de pasar por un abanico confluyente pero complejo de expresionismos y formalismos en las artes visuales –sin desmedro de Nuevas Figuraciones o su opuesto aparente el Op–. En ese contexto las escrituras se tensaron en sentido poemático –como quería Néstor Sánchez, uno de los protagonistas del periodo– y/o se mezclaron adrede con lo gestual, lo improvisatorio (ecos del jazz), vía combinatorias plebeyas y valoración de las superficies, desdeñadas por una convención de la más seria –y serial– “profundidad”.

El interés actual por aquellas revistas y plaquettes más o menos fugaces, más o menos dispersas, y libros, discos, filmes en trance de volverse míticos después de su relegamiento al dudoso estatus de “objetos de culto”, da cuenta de acontecimientos y precursores que no sólo afectaron, continúan afectando las capacidades artísticas, sino, yendo más lejos –más cerca–, el plano comportamental. Podría decirse que, como en toda psicodelia que se precie y por más castigada que haya estado –y para evadir el ubicuo cliché en que se la sumió– que los psiconautas locales exploraron “nuevas ancestralidades”, mezclando tradiciones influyentes para así reinventarlas.

Muchos experimentaron sin un rasero fijo ni parámetros vivenciales a priori. Entrecruzamiento de combinatorias que no dudaría en llamar mestizas, en el sentido de opción y ya no fatalidad. Piénsese en artistas inclasificables de la talla de Alberto Greco, Miguel Ángel Bustos, Jorge Bonino, Federico Peralta Ramos, Tanguito, Gato Barbieri, Jorge de la Vega o Copi, por sopesar apenas algunos, cuyos nombres saltan de inmediato a la consideración. En un medio represivo, los conectan potencias de singularidad, así como el anhelo de líneas de fuga, y esto más allá de la celebridad otorgada o el eventual retaceo de los coetáneos. Y es que semejante voluntad dionisíaco-vitalista hizo estallar una androginia sensorial, un traslape de bordes que de tan corporal –tanto poner el cuerpo– desbordó la semántica al uso.

Ese cuestionamiento a la mentalidad, no sin esfuerzo ni alto riesgo –se consignan los aplicados electroshocks y las requisas policiales de rigor– amplía de hecho la realidad aportando nuevas vías de percatación. Para ello la noción concéntrica del Viaje, en cualquier andarivel de sus posibilidades: evocadoras, alegóricas, materializadoras. No solo la curtición de vegetalidades arcaicas o sustancias hasta entonces desconocidas –y rápidamente prohibidas– o la recurrencia bohemio-existencialista a todo tipo de reviente en función, se suponía, de lo creativo, sino la muy concreta desocultación, desde el cuerpo urbanita formativo, del concreto ámbito continental. Sudamericanidad, en cuanto exploración de la propia incógnita: elemento cohesivo, no siempre declarado ni en primer plano, de esa conciencia alterna, capaz, precisamente, si no de eludir, de enfrentar la asentada mentalidad. Referencias a Lima o Río de Janeiro resaltan en textos de José Peroni o Alejandro Vignati, sin olvidar los diversos exilios o trashumancias en Leandro Katz, Gregorio Kohon, Victoria Rabin o Hugo Tabachnik. Y la sostenida labor conectiva de Miguel Grinberg.

Por eso en las páginas de Opium, revista paradigmática de una promoción sin paradigma, es posible encontrar, junto a las voladas e intensas escrituras de sus hacedores (Ruy Rodríguez, Mariani, Sergio El Yeti Mulet, Isidoro Laufer y Leopoldo Bartolomé, además del convidado Marcelo Fox, cuyo Invitación a la masacre urge ser reeditado cuanto antes) y los beatniks americanos, al primer Aragon, Leonora Carrington (vía César Moro), Cendrars, Brecht, Ponge, un todavía cercano Boris Vian, sin desdeñar los aportes de Dalmiro Sáenz, Dalton Trevisan, Juana Ciesler o Luisa Futoransky, Mario Satz o los superrealistas centrales, de una generación anterior, Enrique Molina y Francisco Madariaga. Y señal de olfato-tacto, varios hoy insoslayables, como los peruanos Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, Juan Calzadilla de Venezuela y el nadaísta Jotamario Arbeláez. Jazzopium, evento performático convocado por la revista, contó por su parte con dirección escénica de Norman Briski, música de Carlos Cutaia, futuro tecladista de Pescado Rabioso, y objetos de Pablo Suárez. La ahora afamada película Tiro de gracia (1969) de Ricardo Becher, tuvo guión sobre novela propia y actuación protagónica de Mulet, y apariciones de Mariani, José Peroni y una pléyade de actores improvisados o profesionales: desde Juan Carlos Genet, pasando por artistas plásticos y críticos o simples parroquianos del Bar Moderno, hasta la cantora Cristina Plate y Javier Martínez, autor, desde Manal, de la banda de sonido (ambos editados por el sello Mandioca).

Y entre Opium y Sunda, la otra publicación cercana y de número único (Martín Poni Micharvegas, Peroni y Gianni Siccardi) pronto devenida sello editor, además de intercambiar colaboradores, se consigna ese puente de deslumbrante oscilatoria de la radical inscripción del mencionado Sánchez. Además se desprenden, por la espira, la colaboración de Micharvegas y Pajarito Zaguri (de Los Beatniks, junto a Moris, autores de Rebelde, 1966, primer disco del rock local) en la performance Simulacro (1970). O el disco Décadas (1971) del primero (con “Ha llegado aquel famoso tiempo de vivir”, himno de Albe Pavese). O la antología Nueva poesía joven en Chile (1972), también por Micharvegas, adonde se incluyen las presencias, muy valoradas hoy, de Juan Luis Martínez o un jovencísimo y por entonces inédito Raúl Zurita. Además de obras puntuales de sus directores, Sunda publicará libros de Molina (Monzón napalm, 1967), Ruy Rodríguez, Diana Machiavello, poesía norteamericana y el colectivo Mano de obra (Micharvegas, Kohon, Peroni, Daniel Ortiz y Germán García).

La constelación o red admite desde luego muchas más puntas y –bienvenida la contradicción– en muy diferentes direcciones. La buena noticia es que ya estaríamos en condiciones de revisitar todo aquello que décadas de no casual distracción, sostenido menosprecio y sucesivas violencias de Estado no consiguieron, con todo, suprimir de nuestro horizonte de referencias. Dada la fuerza inherente de su cualidad de producciones auténticas, se comprueba que los intentos de interrupción de esa múltiple aventura de convergencia no han podido sofocarla. Esta exposición de indicios mutantes nos convoca, por ende, a renovar nuestras capacidades de experiencia, percibiendo en ésta, una vez más, la fecunda y creativa ampliación del campo de inocencia.

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