Emilio Ichikawa (FOTO Delio Regueral)
Emilio Ichikawa (FOTO Delio Regueral)

Cuando Emilio Ichikawa se enteró de que Arturo Cuenca había muerto, la noticia lo disgustó tanto como el hecho mismo de enterarse. Como si comunicárselo hubiera traicionado el protocolo de un diálogo que ya no admitía anclajes profundos en la vida anterior. De ese particular Más Allá –de ese mundo perdido o echado a perder–, nada bueno podía esperarse, así que cualquier cosa que se saliera del intercambio pactado de series, chistes, fútbol, política española o películas, no era bien recibido. A veces, el recuerdo de una remota jornada de pesca conseguía deslizarse fugazmente, pero la puerta volvía a cerrarse enseguida.

Una foto reciente lo devuelve razonablemente feliz en un embarcadero, donde calafatea y pinta barcos: una ocupación que le depara su semana obrera y sus domingos bautenses en Homestead. Ya hacía mucho tiempo que había desertado de la vida académica en La Habana, Valencia o Stony Brook, lugares en los que tuvo la posibilidad de brillar o al menos incorporarse a una vereda segura. Pero se fue decepcionando del campo intelectual, en particular el cubano o cubanoamericano o hispanocubano. Esto no quiere decir que se negara a intervenir, desde su blog o alguna radio, en las querellas nacionales. Pero esto siempre lo consideró taberna, nunca obra. Y solía ventilarlo como lo hubiera hecho tomándose una cerveza en el patio o aprovechando los minutos de pausa durante la transmisión de un partido de fútbol.

En cambio, sus libros, tocados con una dimensión dialéctica y un talento innato para la especulación, lo sitúan en un terreno distinto. Siempre se comportó como filósofo, no solamente como un estudiante o profesor de filosofía. Y lo hizo desde sus años de F y 3ra., en los que se tragó todos los libros posibles en la biblioteca de la Casa de las Américas, contigua a aquel albergue estudiantil. Títulos como El pensamiento agónico o La escritura y el límite dan fe de su extraño lugar en la cultura cubana, plaza donde cada vez que parecía haber alcanzado algún sitio sólido, se las ingeniaba para abandonarlo o dinamitarlo.

Ichikawa –Emilio, Ichi, Chikawa, el japonés, nombres todos que lo referían– era así. Vivía en los extremos, incluidos los ideológicos, aunque esto no quiere decir que todo el tiempo se sintiera cómodo en ese hábitat que unas veces eligió y otras, simplemente, no tuvo más remedio que aceptar.

Sospecho que sus ensayos nunca resolvieron del todo el dilema entre su pasión vital por la cultura popular y sus estudios. Me parece también que esta paradoja encuentra solución en Everglades. Un poema ensayístico con ramalazos épicos y huellas de Kafka, Walcott, Piñera o Arenas. Un libro surgido de su trabajo temporal como topógrafo y de la imponente naturaleza de ese territorio que ya había abducido a Nicholas Ray o Spike Jonze.

Esos y otros textos descubren afinidades con Eugenio Trías, y por extensión con el Col.legi de Filosofia de Barcelona, así como con la poesía de José Ángel Valente. Su versión particular de las cosas siempre le permitió distinguirse. Cada vez que podía, le entraba al revés a los problemas, unas veces por joder y casi siempre por entender que pensar no era otra cosa que salirse del guion.

Con la incógnita flotante de un padre japonés, fue inevitable su interés por esa cultura. Sin embargo, era reacio a explicar su japonesidad (consideraba que esto le supondría adherirse a un tipo de oportunismo multiculti que le irritaba, tal vez no quiso indagar más de la cuenta). Prefirió aplicarse al magisterio en la preparación del sushi o revisitar aquellas películas de Ichi que arrasaron en la Cuba de los setenta y en las que el famoso masajista era interpretado por Shintaro Katsu; un actor que, por cierto, militaba en el Partido Comunista Japonés. Aunque apreciaba la versión de Kitano sobre el espadachín ciego, le parecía un poco traicionera. Por demasiado perfecta y porque fusilaba más de la cuenta a Sato Ichi se encuentra con Yojimbo. Allí, el vilano de la película es un mercenario (Toshiro Mifune), al que un Ichi maltrecho consigue derrotar gracias al truco de desviar con la espada un rayo de sol y con eso obstaculizar la visibilidad de su contrincante. La larga duración del desafío final de esta película contrasta con la celeridad de la versión de Kitano, que lo resuelve en escasos segundos.

Eso sí, en una y otra Ichi gana el duelo.

Nuestro Ichi acaba de perder el suyo con ese Yojimbo particular que, como aquel samurái de Mifune, también parece venir de China.

Emilio Ichikawa, por supuesto, no era un samurái, aunque sí había sido un futbolista notable. Desde muchacho, tuvo talento para organizar equipos en los que siempre jugó como defensa. En una posición que, por cierto, hoy prácticamente ha desaparecido del fútbol y que era la misma de su ídolo Franz Beckenbauer. Líbero, se llamaba entonces, y describe a un zaguero al que se exonera de la disciplina del marcaje y tiene licencia para atacar.

Un “defensor libre”.

A veces, tiendo a creer que esa posición podría definirlo.

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7 comentarios

  1. Emilito Fue tan sencillo que sus amigos del último trabajo que tuvo (aquí en Homestead) no sabían quien se escondía detrás de ese trabajador ejemplar, siempre con una Historia , adornándola con frases fáciles de comprender…
    Se le extrañará y nunca quedará en el olvido
    Gracias por este artículo ,se que muchos lo vamos a extrañar…
    En Paz Descanses Hermano

  2. Gracias por este articulo, describe muy bien a Emi. Que dolor tan grande. Siempre te recordaremos mi amigo. Me quedan tantos recuerdos desde la Habana, Varadero, Bauta, Artemisa, Miami. Un abrazote y EPD.

  3. como siempre certero Ivan, no lo conoci personalmente, pero parte de su obra y sus juiciosos
    articulos, soy de otra generacion y me sentia maravillada de la capacidad de analisis de nuestra epoca, no solo la realidad cubana sinio comtemporanea, pero me dio siempre la impresion de que iba a contracorriente y estaria harto de las etiquetas que desgraciadamente solemos dar.
    Es facil hablar ahora por suerte tenemos su obra, quiero pensar aunque no lo conoci en persona que era un gran ser humano, gracias por esas palabras ,como siempre pierde la cultura cubana un gran pensador.EPD

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