Cartel de propaganda soviética, “¡El capitán de los soviéticos nos lleva a la victoria!”, B. Efimov, 1933.

El que llevó en el calendario el número 2021 fue un año en el que, con alguna excepción, la literatura rusa de ficción no aportó demasiada alegría al universo de la lectura en lengua española. Hubo, sí, alguna que otra noticia feliz que yo advirtiera, como la nueva traducción de Guerra y paz que hizo Joaquín Fernández-Valdés para Alba. También la publicación del electrizante, demoledor libro de Anna Starobinets Tienes que mirar en traducción de Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado para Impedimenta. O, por último, la salida a librerías de Brisbane, la novela de Evgueni Vodolazkin que tradujo Rafael Guzmán Tirado en Rubiños. Pero donde se lució el año, y ahí brilló de manera cegadora, fue en la publicación de dos libros fundamentales sobre el universo soviético. Dos libros enormes, ¡también en volumen!, que parecen colmar por sí solos el afán de conocimiento y la conversación amateur y docta sobre el tema por muchos años. (Bueno es añadir que aprovechando el empuje del doble desembarco que aquí comento, Taurus reeditó hace unas semanas la igualmente monumental Historia de la Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, de Orlando Figes).

Los dos volúmenes que han iluminado el año de Rusia en lengua española son La casa eterna. Saga de la Revolución rusa, de Yuri Slezkine, y El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido, de Karl Schlögel. El primero salió en el mes de junio de las prensas de Acantilado. El segundo lo publicó en septiembre la también barcelonesa Galaxia Gutenberg.

Ninguno de los dos es un libro ordinario. Ninguno toma el camino ordenado de la historiografía digamos tradicional, si es que eso tiene sentido subrayarlo ya después de tantas décadas de felices atrevimientos con la materia que ya quiso travieso a Heródoto.

Slezkine se adentra en una casa, un edificio muy concreto que acogió entre sus muros la mística y la miseria de la idea soviética, el élan y el temblor de piernas, el asalto a los cielos y la muerte en la zanja. Es la conocida como Casa del Gobierno, una mole de más de medio millar de apartamentos que se ubica frente al río Moscú, al otro lado del Kremlin. Fue levantada en el filo de 1930, cuando la Revolución rusa dejaba atrás su primera década, ya sin el fundador Lenin, ya con Iósif Stalin empuñando las riendas y el látigo. El inmenso edificio fue concebido para albergar a la flor y nata del poder del comunismo soviético e internacional. Construida sobre un pantano, la Casa del Gobierno estaba llamada a ser una isla en Moscú, la capital del país con un archipiélago, el del Gulag, poniendo puntos en el mapa de la periferia. No hace falta decir que el trasvase del centro a la periferia, del favor a la desgracia, del privilegio en la espuma de la historia a la existencia miserable en el fondo del barril, era tan sensible como llorado en los pasillos de aquella casa.

Cubierta de ‘La casa eterna. Saga de la Revolución rusa, de Yuri Slezkine
Cubierta de ‘La casa eterna. Saga de la Revolución rusa, de Yuri Slezkine.

Con La casa eterna, Yuri Slezkine, historiador norteamericano de origen ruso y profesor en la Universidad de California en Berkeley, ha hecho un ejercicio de historia, pero también de gramática: la Casa del Gobierno es una sinécdoque. Todo el mundo soviético vive en ella; y en ella padece un constante estertor. Por sus escaleras y recovecos, por sus tiendas y vestíbulos, bulle la vida soviética. La casa es una metáfora de hormigón con balcones a la calle. Es un poco terrario y un poco falansterio. Es un palacio y una fortaleza. Es el presente que tiene como inquilinos a los responsables del futuro que nadie alcanzará a celebrar. En ella, contando con ella, contándola, se puede hacer la historia de un mundo. Es una casa de muñecas y un teatro de marionetas. Los camaradas fundadores querían construir un mundo nuevo y el tipo de hombre que lo habitara. Les salió un siniestro guignol. Esa mole, por cierto, aún se alza en el Moscú poscomunista. Y acabada la URSS, como rematándola, fue coronada por la estrella de tres puntas de la Mercedes-Benz.

Camino algo distinto tomó el historiador alemán Karl Schlögel, autor también de Terror y utopía. Moscú en 1937 (Acantilado, 2015, tr. de José Aníbal Campos), un libro fundamental sobre los años más feroces que conoció la URSS exceptuando los de la guerra contra las fascistas potencias del Eje. El siglo soviético se adentra también en la casa que fue la URSS con ganas de meter la nariz en todas las habitaciones. Su trabajo es de rizoma y arqueología. Desparrame y registro. Se ha dicho que El siglo soviético es un libro que le debe a Walter Benjamin. Lo hace, tal vez, por la manera en que opera con el universo de los Soviets metiéndose en él como quien se adentra en una ciudad sin mapa, sin la obediencia a un itinerario trazado con el tiralíneas de la anticipación académica. Schlögel, en este libro, parece haber venido a la URSS a divertirse, que es la obligación primera del diversionista. Repasa lugares, eventos y fenómenos. Y en cada uno de esos asientos, también en ejercicio de sinécdoque, consigue que el mundo soviético aparezca en su anhelo de totalidad, que es la más inocente de las maneras en las que el totalitarismo asoma su panza. El planeta soviético que expone Schlögel es un espacio distinto, un espacio cerrado, un planeta ensimismado en su ilusión de dominio, su voracidad de superpotencia, con sus sputniks y sus kommunalkas, sus comedores obreros y sus tiendas para extranjeros y la nomenklatura: las beriozkas, los “pequeños abedules” que no conseguían tapar el bosque del igualitarismo socialista.

Borgeano, aparte de benjaminiano, Schlögel se asoma al archivo y la memoria como al aleph donde todo cabe, todo se replica, todo vive y muere bajo el rugido de las fábricas de acero, los coros de los estudiantes, el paso de las marchas sobre el adoquinado de la Plaza Roja o la cortinilla de percal que lo mismo esconde el amor que la lectura del samizdat. Como un Linneo del mundo natural soviético, Schlögel dibuja los espacios interiores y los espacios públicos, los cuerpos y los rituales, el grafiti y el tatuaje carcelario, el campo de trabajo y la educación física, la moda de los stilyagi, o modernillos, y el miedo de ellos mismos y de todos los demás, las vacaciones y el hábitat, la arquitectura pública y la arquitectura de la memoria privada, las costumbres y la pesadilla burocrática… Nada parece escapar a su curiosidad de taxónomo y archivista. Trazos del sistema, la vida cotidiana del homo sovieticus, el adorno en la repisa y la ilusión de libertad en la dacha. El Parque Gorki, para cuyo diseño los planificadores soviéticos recorrieron las grandes capitales del mundo, las zhilmassiv, o complejos residenciales, y las jrushovki, los edificios de cinco plantas que vinieron a aliviar la estrechez de un país donde se vivía a codazos, como en las novelas de Fiódor Dostoievski.

Cubierta de ‘El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido’, de Karl Schlögel
Cubierta de ‘El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido’, de Karl Schlögel.

Si El fin del homo sovieticus, de Svetlana Aleksiévich, es un fresco del estado emocional del mundo postsoviético y por ende del mundo soviético que lo precedió, El siglo soviético, donde hablan más las cosas que la gente, los fenómenos que los hombres que fueron sus agentes, la materia que la miseria, es una suerte de catálogo. Donde en el libro de Aleksiévich hay pasión y rememoración, en el de Schlögel hay recuento material, horario y almanaque, las vidas en su obligada simpleza y su afán de grandeza.

Juntos, los libros de Yuri Slezkine y Karl Schlögel suman más de 2 500 páginas, las de una enciclopedia, un catálogo, el colosal registro de un mundo, cuyos esplendor y caída, como sucede con los imperios más venturosos, pasma y aterra al infante que, asomado en medio de la noche a una casa de muñecas, descubre que todos los rostros son un mismo semblante de candor y terror.


Yuri Slezkine: La casa eterna. Saga de la Revolución rusa, Acantilado, Barcelona, tr. de Miguel Temprano García, 2021, 1 628 pp.

Karl Schlögel: El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido, Galaxia Gutenberg, Barcelona, tr. de Paula Aguiriano Aizpurua, 2021, 928 pp.

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