Servando Cabrera Moreno en la sala de la casa de 68 entre 17 y 19, Playa, La Habana, 1968
Servando Cabrera Moreno en la sala de la casa de 68 entre 17 y 19, Playa, La Habana, 1968

Fue justo después del infame Congreso de Educación y Cultura celebrado en La Habana en 1971, donde sin mencionarlo se acusó a Servando de las peores perversiones e inmoralidades sin cuento, condenándole al ostracismo, que tuvimos la oportunidad de conocerle y visitarle.

Éramos un grupito de avezados diversionistas ideológicos, que estudiábamos artes plásticas en la Escuela Nacional de Arte. Por visitarle corríamos el riesgo de ser expulsados de la escuela y, cómo mínimo, ser acusados de maricones.

Tal grupo estaba compuesto por José Omar Torres, Gory, Manuel Alcaide, Raúl de la Nuez y quien esto narra.

Llegando, y antes que nada, Servando nos dijo: “Muchachos, yo sé que están arriesgando mucho al visitarme. De esta casa se dice que aquí se hacen orgías, se fuma marihuana, entre otras cosas. Yo personalmente no fumo ni permito que nadie lo haga en mi presencia. Si deciden no volver, lo entenderé”. A lo que yo respondí: “Pero Servando, cómo se van a hacer orgías aquí, si entre tanto objeto y tanta cosa apenas se puede caminar”.

Sí volvimos, clandestinamente, no una, sino muchas veces.

Poder visitar al pintor más admirado y misterioso del arte cubano era un enorme privilegio, y su amistad no tenía precio. Estábamos dispuestos a arriesgarlo todo por visitarlo tantas veces como él estuviera dispuesto a recibirnos. Cuento esto no para congratularnos por aventurarnos a correr riesgos, sino para celebrar su humildad e ilimitada generosidad.

Visitar a Servando era arrimarnos a una inagotable fuente de conocimiento y epifanías.

Gracias a él conocimos, nosotros un grupo de beatlemaníacos rabiosos, a Lecuona, Esther Borja, el Bolero de Ravel, Olga Guillot, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong.

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Gracias a él leí Ulises de Joyce, a Proust, a Sade, a Henry Miller. Y aprendimos a apreciar el buen cine, especialmente Fellini.

Gracias a él conocimos La Habana Vieja en eruditas visitas guiadas, mucho antes de que a Eusebio Leal se le ocurriera hacerlas.

Gracias a él se despertó nuestro interés por las artes populares.

Gracias a él aprendimos a amar Sevilla sin conocerla, desde luego. Y él nos mató mucha hambre de becados maltrechos: nos mandaba a La Bodeguita del Medio, recomendándonos como lo más avanzado del arte cubano contemporáneo.

No creo que Servando haya sido un buen maestro en sentido estricto, no me lo imagino haciendo una crítica o señalamientos rigurosos, o regañando a algún alumno demasiado moroso o haragán. El rigor académico no era lo suyo; era demasiado bondadoso. A pesar de eso, o gracias a eso, todos los que tuvieron la suerte de ser sus alumnos lo adoraban, literalmente.

Servando era un súper maestro desde su ejecutoria como artista, desde su rigor y entrega a la Pintura con mayúscula.

Era el mejor poniendo títulos. Hacía listas de títulos, que a veces antecedían a la elaboración de las obras, o eran adjudicados después con mucho ingenio y agudeza. Algunos ejemplos: “La cordillera”, “Homenaje a la soledad”, “Flor de carne”.

Nunca le vimos deprimido o de mal humor, aunque como cualquiera tendría sus momentos grises o de pánico.

Tenía un socarrón y chispeante sentido del humor. Decía, entre otras ocurrencias, que no le gustaba Omara Portuondo porque cantaba como si estuviera asaltando el cuartel Moncada.

Servando hacía que uno agradeciera estar vivo cada minuto.

Y no digo más.

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Flavio Felipe Garciandía de Oráa nació en Caibarién, Cuba, en 1954. Se graduó en la Escuela Nacional de Arte en 1973, y del Instituto Superior de Arte en La Habana en 1981, donde enseñó por diez años. Ha realizado en una treintena de exposiciones individuales y en numerosas exposiciones colectivas, incluyendo la rompedora Volumen Uno en 1981 y en las bienales de La Habana, São Paulo, Sídney y Venecia. Ha recibido importantes becas internacionales como la de la Academie des Beaux -Arts en París (1983), del DAAD en Kassel (1991) y de la Guggenheim Foundation en Nueva York (1993). Muchas de sus obras figuran en colecciones de museos y privadas en todo el mundo. Actualmente reside en la Ciudad de México.

2 comentarios

  1. Flavio es un artista grande y un ser humano increíble. Estas palabras sobre el maestro Servando están escritas con mucho cariño y reconocimiento al maestro de maestros

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