Guzel Yájina
Guzel Yájina (Cappelen Damm / VG)

Escribo estas palabras para mis amigos, mis editores, mis traductores y mis lectores en todo el mundo. Me resulta difícil hacerlo, porque para ello ayudaría tener claridad en las ideas y sosegar la pasión, mientras que ahora mis emociones están al rojo vivo. Aún más difícil me resulta comprender algo de lo que está sucediendo en Rusia y en Ucrania. Pero en la hora que vivimos callar sería inaceptable. De modo que voy a intentar anotarles algunas cosas.

Catorce años de mi vida, es decir, los que comprendieron mi infancia y mi adolescencia, transcurrieron en la Unión Soviética. Por aquel entonces ya la ideología comunista hacía aguas por todas partes. Y nosotros, los pioneros soviéticos, creíamos en ella, pero a medio gas, no en serio. Y, sin embargo, había algo en lo que sí creíamos de verdad: creíamos en la paz. En aquellos tiempos la maquinaria de la propaganda puesta en marcha desde el alba misma de la era soviética continuaba trabajando a pleno rendimiento, pero ya no generaba tanta retórica propiamente comunista. Ahora, sus mensajes eran pacifistas. No había jardín de infancia o escuela en el país que no luciera en sus muros lemas de ánimo pacifista como “La URSS es el baluarte de la paz” o “¡Haya paz en el mundo!” Cada inicio del curso escolar, en cada una de las aulas del país la primera lección estaba dedicada a hablar de la paz. No había actividad de los pioneros, que no eran precisamente pocas, que no incluyera una canción o unos versos dedicados a la paz. Las palomas de la paz adornaban cada aula, cada tablón de anuncios, cada cuaderno escolar. Y en esas palomas todos creíamos con la espontánea sinceridad con la que saben creer los niños. La confianza en la paz era un componente inalienable de la infancia soviética y, por lo tanto, también lo era de la personalidad de cada uno de nosotros. Se trataba de una fe que parecía inconmovible, que duraría una eternidad.

Hoy los tanques rusos avanzan por una tierra extranjera. Y yo apenas consigo creerlo. La disconformidad que siento por dentro con esa situación es tan grande que lo que quiero es aullar.

Hay otra cosa de la que yo era consciente entonces: la guerra era algo tan horrible, que quienes la conocieron guardaban silencio sobre ella. Mi abuelo pasó cuatro años en la Segunda Guerra Mundial, pero jamás pronunció una sola palabra sobre su experiencia en el frente de batalla. Con su silencio protegía a sus hijos y a sus nietos.

Hoy los tanques rusos avanzan por una tierra extranjera. Y yo apenas consigo creerlo. La disconformidad que siento por dentro con esa situación es tan grande que lo que quiero es aullar. Es difícil elegir las palabras en este punto, porque ninguna de ellas tiene la fuerza suficiente. Amargura, rabia, miedo e impotencia son algunas… y todas ellas en su expresión máxima, infinita. Las noticias del 24 de febrero de 2022 me aplastaron. No es que ese día mi mundo se volviera del revés: es que fue destruido. Y no alcanzo a comprender cómo es que la vacuna del pacifismo no surtió efecto.

Escribo estas palabras en mi propio nombre, pero todos mis conocidos, todos mis amigos, están experimentando sensaciones idénticas. No hay una sola persona en mi círculo más próximo, como tampoco en el más amplio, que apoye esta guerra. Las redes sociales se han llenado de ira, y también de peticiones, llamamientos y exigencias de que se ponga fin a las acciones de guerra.

Ha llegado el momento de las verdades sencillas, de repetirlas hasta la saciedad. “No a la guerra”, “¡Haya paz en el mundo!”, “Nada es más valioso que la vida humana”. Y las repetiremos hasta que estas tinieblas se deshagan de una vez. Insistiremos en la afirmación de la banalidad del bien, antes de que acabemos dándonos de bruces con la banalidad del mal.

Esta guerra no es mi guerra. Y renuncio a llamarla mía.

Traducción de Jorge Ferrer

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2 comentarios

  1. Con un criminal, auto convertido en reconstrucción de un imperio imposible e imperialista, no hay ninguna posibilidad de entrar en razones.

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