Reynier Leyva Novo

En el poema que sirve de pórtico a Viaje al fin de la noche, se dice: “Nuestro viaje es por entero imaginario. / A eso debe su fuerza. / Va de la vida a la muerte. Hombres, / animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. / Es una novela, una simple historia ficticia”. Con esta proposición solipsista, Céline instala el tiempo, la conciencia del tiempo, en la escala ilusoria del recuerdo personal. El recuerdo como la primera de las ficciones y, también, como la única capaz de dar cuenta de nuestro desplazamiento vital. Fuera de ello sólo queda el aquí permanente que no va a ninguna parte.

Viaje al fin de noche da cuenta del recorrido errático de Ferdinand Bardamu a través del siglo XX: de Europa a África, de África a América, de América a Europa, sin embargo, buena parte de este viaje podría ser pura invención de Céline. Los límites de lo real son intrascendentes para la novela porque la memoria es igual de engañosa e improbable que la imaginación. Lo que cuenta es el viaje como posibilidad, y el hombre que emprende ese viaje hacia el ocaso de su propio tiempo.

Los viajes que Reynier Leyva Novo realizara en su obra El tiempo y yo no nos ponemos de acuerdo (2019) participan de esta mecánica esquiva y escenográfica inherente al recuerdo. Se trata de ejercicios de reconstrucción que bien pudieron acontecer dada la verosimilitud de la voz que narra. Un encuentro con Allen Ginsberg en el New York del 67; una visita al cine, al estreno de Karate Kid en el Million Dollar Theater de Los Ángeles, en compañía de Brooke Shields; un no-viaje (la espera) de Párraga a Marianao en La Habana del 2006; la vuelta final a Lasa, “la cima del mundo”.

La prolijidad en detalles de cada uno de estos viajes, el detenimiento en el lugar, el momento, el vehículo que los hiciera efectivos, la cantidad de combustible invertido en ellos, los posiciona en una franja de realidad lo suficientemente sólida como para que, efectivamente, estén existiendo en alguna medida.

El otro viaje, de las artes a la literatura, nos permite leer esta pieza del Novo como la memoria del hombre que hubiera podido ser.

Daleysi Moya

El tiempo y yo no nos ponemos de acuerdo

Visita a Allen Ginsberg

Un día cualquiera fui a ver a Ginsberg. Era el invierno de 1967. Yo pernoctaba en aquel hotelucho cerca de la iglesia del padre Varela, algunos metros antes o después de China Town. Desde allí, en la mañana, fui a su encuentro. La llamada de Ginsberg tenía cierta urgencia. Él todavía vivía en East 12th Street. Mi Shelby GT500 lo hacía muy bien, como si se supiese New York de memoria. ¡Dios! ¡Qué memoria la de aquel auto! No era nada. Había un fantasma psicodélico que frecuentaba la zona en ese tiempo y Ginsberg me quería invitar a conocerlo. Llovieron poemas.

Romance con Brooke Shields. La patada mortal

Aquella salida nunca la olvidaré. Ni aunque muera cien veces. Ella lo sabía todo y yo también. Solo mediaba una película. Era la antesala de un amor carnal y no menos fatal. Asistimos al estreno de Karate Kid en el Million Dollar Theater, una noche de 1984. Los Ángeles lucía su mejor cara. Todo era perfecto, excepto mis zapatos. Brooke era una mujer impecablemente letal. Me fui corriendo antes del show en el Dresden Bar, después de un trago. El taxi casi me esperaba. Era un Chevy Caprice, como un Caprice era esta mujer para mí. Ya adentro, en el roce, sacando los codos desde la butaca contigua, me dormí. Dos horas después ella me despertó con un beso. Tan mortal como la última patada de Dani.

A mi amigo Jim no lo conocí

El desierto es el silencio hecho paisaje. “Cómo pintarlo”, me preguntó F. El sol, de frente en la carretera, tenía la respuesta. Era mayo del 63 y no había nubes. La Van VW T1 recién comprada entre todos nos condujo a donde todos queríamos llegar. James iba con su chica al final. L hacía fotos que nunca vimos. A endulzaba con su armónica el único alimento que respirábamos. Del desayuno frugal a Mojave fue una hora y más. El desierto nunca es tan desierto. Llegamos sin prisa. En tres días, James tarareó todos sus pensamientos armónicos. La mirada de amigo nunca se convirtió en palabra. 150… kilómetros y una sentada eterna. Así nos conocimos.

Ese día no fui a la escuela

Párraga no está tan lejos. Sobre todo, si se mira desde ahí mismo. El 12 de abril de 2006 me levante a la misma hora de siempre con la taza de café de mi abuela. Nunca más he probado una igual ni mejor. Atravesé el barrio a pie para agarrar una botella en la esquina de Perla y la Calzada de Bejucal. Esperé dos horas. Frente a mí pasó el retrato motorizado de la nación, y nadie se detuvo. Me fui a casa con la conciencia tranquila. La mejor enseñanza había sido la espera. Recuerdo el Lada 1600 blanco con chapa azul que pasó vacío, lento, admirando la multitud. De haber parado en un momento, hubiera llegado a San Alejandro en 22 minutos, de acuerdo con el tráfico de aquella época. De acuerdo con ese día, uno de esos tantos días en que ni el Lada, ni nadie, paró.

El monje del 4×4

De este viaje recuerdo muy poco. La estepa tibetana no es sólo infinita, sino radicalmente austera en su inmensidad. Me levante a las 4 a.m. para seguir andando. Era un 23 de septiembre del año 79. Ese día amaneció antes. Millones de pasos me separaban de Lasa, la cima del mundo. El té espeso de mantequilla de Yak soportaba mis pies. Cerca de las Nam Co, el lago del cielo, se detuvo junto a mí un Land Rover verde del 66. Entré al auto después de una cordial invitación. Justo cuando iba a decir a dónde me dirigía, aquel monje de sonrisa plena y ojos acuosos me dijo, alzando suavemente su mano derecha: “Yo sé adónde tú vas. Tú vas al mismo lugar que yo”. Años después supe que esa había sido una de las visitas secretas de Tenzin Gyatso a Lasa. Su amada ciudad.

La muerte viaja en Mercedes Benz

Fue el 15 de febrero del año 2000. Llevaba un maquillaje impecable. La neutralidad de su gesto facial era similar a una escultura. La vi partir en un Mercedes Benz 500 SE. 18 minutos de la casa a la eternidad.

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Reynier Leyva Novo (La Habana, 1983). Artista visual. Su obra propone una manera muy personal de enfrentar la Historia. Ya sea desde los predios del video, la fotografía, el instalacionismo o la producción objetual, su mirada rompe la verticalidad de los discursos totalizantes. Ha participado en numerosas muestras y eventos esenciales dentro del circuito del arte contemporáneo, entre ellos las bienales de Venecia, La Habana, Montevideo y Shanghai. Asimismo, su obra ha sido expuesta en instituciones como el Cranbrook Art Museum, Kadist Art Foundation, Spiral Cultural Center, Pérez Art Museum Miami (PAMM), Walker Art Center, etc.

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