Ramón Hondal
Ramón Hondal

Más allá del rodeo que lo ha colocado como un raro parapetado entre generaciones, o al límite, saludado por Javier L. Mora como un miembro más de la llamada Generación Cero, un poeta como Ramón Hondal (La Habana, 1974) es aún uno de los secretos mejor guardados de la literatura cubana contemporánea.

Hondal es el editor principal del proyecto Torre de Letras, que dirige la poeta Reina María Rodríguez. También ha traducido a autores como Philip Larkin, Susan Sontag, Anne Carson, Alicia Suskin Ostriker, Hilda Doolittle o Charles Simic, entre otros.

Con la formidable trilogía conformada por Diálogos (2014), Scratch (2018) y Prótesis (2019), la aventura trazada por su poética apunta a recrear, a nivel estético, el pathos de lo disfuncional, la identificación existencial con la inutilidad, lo informe y lo imperfecto.

Concebida como teatrillo acústico –menos que música, golpeteo de las palabras en las páginas–, en la trilogía de Hondal hallaremos una muy particular fenomenología de la voz, o más bien de las voces en diálogo o conflicto, una escritura que arañando el sinsentido de lo cotidiano devela el scratch, el ruido fantasmal que esconde la Historia.

De ahí que escriba en “Introducción a qué” sobre la visita a ese almacén polvoriento del arte donde “está sentado Lezama con su camiseta y su ombligo al aire, pitico parado. Igual Virgilio”.

Recientemente ha visto la luz, justo después de La caja (Bokeh, 2020), una compilación de textos en prosa, otro texto suyo: El Libro de Samuel (Ánima, 2022), una exploración ensayística sobre Samuel Beckett. Con el pretexto del lanzamiento de este libro, le propuse a Ramón Hondal conversar un poco sobre este y otros de sus proyectos literarios.

Según afirmas en una entrevista con Carlos A. Aguilera, alguien te sugirió que tres de tus poemarios constituirían “una trilogía para voz (Diálogos), ruido (Scratch) y silencio (Prótesis), agujeros de donde salen esas palabras”. ¿Podría pensarse El Libro de Samuel como una continuación de esa trilogía por otros medios?

Podría, es cierto, pero también El libro de Samuel podría ser el resultado de los tres mezclados, una reacción a ellos. Mirados desde lejos, y elimino los posibles “temas”, cosa que en literatura no ofrece ninguna calidad en sí, me quedo con las estructuras que en esos tres libritos se fueron dando. Entonces, hoy los veo más bien como una relación de lucha con eso que detestaba profundamente Gombrowicz, el verso, para llegar a una escritura más cercana a la prosa o al ensayo. Siento, con la ventaja que ofrece esa distancia, que en el fondo son eso, un inconsciente traslado que me ha llevado hacia el uso de un lenguaje menos “poético”.

En el fondo, creo que al reconocer que esa trilogía con su voz (Diálogos), su ruido (Scratch), y su silencio (Prótesis), tan bien vista por ti, hay que decirlo, no era más que una alerta a la futura construcción que iba a ser El libro de Samuel. Tú, más que yo (ojo de gavilán), previste lo que vendría. Ese camino, que tal vez esté equivocado pero que siento es el más acorde a mis obsesiones, que atraviesa una voz, un ruido, para terminar en un silencio, solo podría derivar en un texto lo más alejado posible de la poesía, pero que a la vez sería su deudor.

En un ensayo que quizá debiese ser más y mejor leído, Hugh Kenner se refiere a Flaubert, Joyce y Beckett como aquellos comediantes estoicos que dieron, desde sus diferentes poéticas, una respuesta a la parálisis, a la progresiva afasia que, con respecto a sus orígenes y usos orales, la novela europea había ido experimentando. Así los tres terminarán afirmando a esta, en su renacer y potencialidades, como una criatura radicalmente gutenbergiana. Con respecto a Beckett, ese “comediante del impasse” –como lo sería Flaubert “de la enciclopedia” y Joyce “del inventario”– Kenner afirma que para él: “El arte es el perfecto no-hacer de lo que no puede hacerse, y por más que fijemos la vista, no veremos a Beckett haciendo. Nos hallamos inmovilizados por la ausencia de galeras, de claves, de diagramas”. Veo, quizás me equivoque, que este es un aspecto al que darás mucha importancia en El Libro de Samuel. ¿Es así?

Muy probable. Las certezas en literatura resultan endebles para mí, mejor lo hueco, la duda. Y la ausencia es clave. Cuba como lugar de ausencia. Porque ese fondo, el teatrico donde “ocurre” todo El libro de Samuel, es una isla vaciada. Y entonces, en ese terreno, plantar no a Beckett sino a su lectura, a la lectura hecha por un ser que está inmovilizado pero que tiene que ver, que estar, de forma obligada tiene que ser testigo. Narrar de alguna manera lo que ha sido nuestra forma de parálisis, ¿no crees? Y creo que no solo para los que están dentro de las fronteras isleñas, la cosa es mucho peor porque se expande en ese ser inmovilizado, a donde él vaya la parálisis le sigue. Es el trauma.

Por eso el libro es repetitivo con ciertas ideas, quizás las únicas, ideas de huecos y caídas y amarres, porque fue la forma en que mejor podría colocar esa falta de “hacer” que tan bien citas. Todo es como la famosa queja, la queja de una Cultura Nacional que se convierte en el fondo en el gritico del desesperado beckettiano, que tiene tantas dudas sobre todo que ni siquiera puede gritar a pleno pulmón, es un hilillo de grito, una nada, otro hueco en fin. Eso combinaba bien (creo), ese Beckett no haciendo, con esa manera nacional. El tedio, la nada, el vivir en medio de un derrumbe físico y mental, y una forma de arte (la escritura de Beckett) que también lo es.

Encuentro además que este libro sobre Beckett, tan “situado” en tu contemporaneidad como es posible, está construido un poco a la manera de Lorenzo García Vega y Macedonio Fernández, a partir de retazos, leitmotivs, ritornelos y postergaciones. Pareciera a veces que la obra de Samuel Beckett es para ti, no un pretexto para hablar de Cuba, sino una oportunidad para escapar de ciertas ideas u obsesiones relativas a ella. En eso me recuerda, salvando las distancias, a la política de lo literario adoptada por los miembros del grupo Diáspora(s).

En efecto, me aburre la forma romántica en que Cuba (sabe Dios qué es esto, Cuba) se menciona y es tratada. Siempre hay algo amatorio y casi sexual en la forma en que hablamos de Cuba. Y para mi Samuel Beckett es el destructor de todo aparato sentimentaloide por excelencia. Esas ideas de “madre”, “amor”, “patria”, en Beckett se convierten en asco, soledad y miseria. Por esto fue un pretexto para colocarlo en “suelo patrio”, para decirlo con otro término amatorio que tanto gusta.

Sí, siempre he sentido lazos literarios fuertes con algunos miembros del grupo Diáspora(s), más allá de mi amistad con algunos, y obvio, también con ese “romper” con todo el patetismo cultural, también el político, que ellos trataron.

No es que quiera cubrir de diarrea al país, nada que ver con estas maneras demasiado obvias para mi gusto, en todo caso es cubrir de diarrea a ese discurso carcelario de un a favor o un en contra, es esa circularidad que empalaga, ese círculo vicioso, ese lenguaje que creo es lo que finalmente convierte en prisión, estés dentro o afuera. Si se quiere “pensar” algo como un país y todo pasa por un sentimentalismo la cosa no va bien. Mi acercamiento a Diáspora(s) vendría por ahí, en ese intentar desmontar el lenguaje carcelario que lleva la forma de ver el país, porque, se vea como se vea, con esa “educación sentimental” lo estás viendo mal, y habría que comenzar de cero. Tierra baldía. Cortarnos la lengua.

Ojo, todo esto tiene que ver con El libro de Samuel, lejos estoy de proponer ninguna manera de ver nada, todo esto es pura literatura, nada más.

Reina María Rodríguez afirma en su nota a El libro de Samuel que tu ensayo, además de un “pretexto para dar un golpe a lo institucionalizado como cultura nacional”, sirve “para conectar con Beckett a otros autores –Witold Gombrowicz, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Lorenzo García Vega–”. Siendo estos autores tan distintos entre sí, ¿de qué tipo de conexiones se trata?

Recién terminé un ensayo tremendo de Beckett que me sorprendió mucho, El mundo y el pantalón, hermoso regalo de un amigo. En este texto sobre la pintura de los hermanos Van de Velde, sentí que algunas ideas de Beckett podrían conectar muy bien con algunas de Gombrowicz, y esa fue una hermosa sorpresa, de esas que te dan ganas de escribir para conectar lo que parecía inconectable. Porque realmente yo no percibo tales desconexiones, en mi cabeza, si me interesan esos autores, algo los conecta. Podría darse esa conexión por determinadas temáticas y estéticas que me interesan, e incluso, por loco que parezca, hasta por ciertas estructuras. ¿Qué tendría que ver, en cuanto a estructura de lenguaje, Samuel Beckett con José Lezama Lima? Para mí los conecta la obsesión por el lenguaje en sí, y eso es suficiente para enlazarlos. De modo que no ocurre solo con ciertas opiniones, como esa sorpresa de leer ideas sobre arte en Beckett que tan bien podrían ser las de Gombrowicz, sino que en su obsesivo trabajo con el lenguaje también los puedo mezclar.

Pienso que cuando disímiles autores nos interesan terminan todos estando mezclados en un mismo saco, nuestra cabeza, y esas elecciones responden de alguna manera a determinada “forma” estética (para decirlo gombrowiczanamente). Todos ellos me interesan, por esto todos entraron sin hacer mucha presión en El libro de Samuel, pienso yo.

Volviendo a Lorenzo García Vega, autor cuyos textos has trabajado como editor (recuerdo, por ejemplo, tu participación inicial en la edición por Rialta de Los años de Orígenes), ¿considerarías leerlo, a la manera que lee Kenner a Beckett, como una especie de estoico y de “comediante del impasse”?

Bueno es recordar que Reina intentó publicarlo muchos años antes en La Torre de Letras, gesto que quedó frustrado por la censura institucional. En esa edición, lamentablemente nunca publicada, también trabajé, y pude establecer un contacto muy estrecho con la escritura de Lorenzo. Como paréntesis quisiera decir que para nada me considero editor, ni tampoco traductor, tomo estas dos actividades en tanto aprendizaje de la literatura, como algo detectivesco incluso, pero es un total atrevimiento mío. Entonces, a tu pregunta. A Lorenzo le encantaba Gombrowicz y su Ferdydurke, y me atrevería a decir, y puedo equivocarme, que muchas zonas de Beckett también, esos payasos perdedores, esos miserables sin patria, seres cortados, tullidos, repetitivos casi hasta el delirio musical, esos, en fin, desencantados. Tú y yo hemos hablado mucho de esto, de ese gran desencanto en Lorenzo, de esa falta de suelo, de lugar, algo ya insalvable, sin remedio, de lo cual hablo en El libro de Samuel, de cómo el parloteo insufrible de nuestra Cultura Nacional nos ha dejado huérfanos de un lenguaje. Quizás Lorenzo sea el primero en gritarlo a los cuatro vientos. Pero no hace de este dolor un patetismo dramático para llorar a moco tendido, Lorenzo vuelve ese dolor algo cómico, ridículo, hace que sus nostalgias y manías, que sus achaques y su vejez (tema bastante poco risible realmente), mediante un lenguaje certero, te den un ataque de risa. Ese momento nocturno en sus Diarios donde el orine estalla constantemente, momento del reconocimiento miserable de la caída final del cuerpo, es muchas veces risible en Lorenzo. En esos momentos encarna a cualquier personaje de Beckett. Pero también es, como bien citas, el estoico en sí mismo, el que aguanta a trancas y barrancas, detenido en un infinito (parece) impasse. Y repite, y repite, y vuelve de nuevo a lo mismo, nos asfixia con las mismas palabras hasta el cansancio, y para mí, no por esclerosis ni por manía o efectismo, ni siquiera porque es su lenguaje, su literatura, sino porque esa repetición se convierte en el último reducto de resistencia ante lo inamovible, hacia lo que es inevitable, hacia todo lo que nos condena con sus repeticiones cada día.

IMG 5429 scaled | Rialta
Cubierta de ‘El Libro de Samuel’, Ánima, 2022

Tu ensayo sobre Samuel Beckett es el primer libro tuyo que ve la luz con Ánima, una editorial cubana independiente con sede en Buenos Aires. Pero, hasta donde sé, excepto uno —Diálogos (2014), el primero, publicado por Ediciones Extramuros– el resto de tus libros ha aparecido en editoriales cubanas de la diáspora, sobre todo Bokeh. ¿Se trata de una decisión consciente o fue, por así decirlo, obra del azar y la necesidad?

Ha sido muy lindo trabajar con Ánima en la edición de El libro de Samuel, estoy muy agradecido a Luis Alberto Mariño, que me ha dado total libertad para mis antojos, como colocar las tremendas pinturas de Lester Álvarez, que machean a la perfección con el texto. A Ánimas y a Lester de nuevo totalmente agradecido, igual a Bokeh y a Casa Vacía, hermosos libros todos. Ahora, la experiencia con Ediciones Extramuros fue radicalmente opuesta. El diseño de Diálogos es espantoso. Para esa edición di varias imágenes de una serie del amigo y artista Luis Enrique López-Chávez, pinturas que también venían perfectas con aquel texto, y peor trabajo de diseño imposible, además de que me dijeron que era imposible usarlas dentro del libro. Mala experiencia. Claro, esto no quiere decir que haya condenado a las editoriales cubanas para siempre. Nada que ver. Pero con las editoriales cubanas fuera de Cuba todo ha fluido muy bien, bellas todas esas ediciones (los diseños de los libros de literatura en Cuba por regla general son horrendos), así que simplemente ha sucedido.

En El Libro de Samuel usas la tercera persona para hablar de ti mismo. Es, de por sí, un procedimiento de extrañamiento beckettiano en un texto que podría pasar por un ensayo sobre la ciudad letrada, pero que bien podría ser otra cosa. Después de todo, como afirmas en las primeras páginas: “uno quiere dejar atrás todo esto y seguir otro camino para intentar un inicio que pueda estar sin definir, para comentar la guerra que ha sido para nadie leer a Samuel Beckett en una isla bajo ese sol”. ¿Qué viene ahora, cuáles son tus proyectos, después de este libro?

No se me da bien el histrionismo, ni oculto detrás de las letras puedo usar con naturalidad la primera persona, ese Yo para mí siempre dudoso. Esto no quiere decir que ese Él no lo sea. Al final, yacemos ocultos en algún pronombre. Es el juego de máscaras. Lo cierto es que oculto en el nombramiento de un “ese” me siento más cómodo.

Sobre futuros proyectos, no hay mucho, son tiempos en que casi todo ha quedado paralizado. Tengo algunas libreticas con garabatos, pero nada firme. Estos tiempos de pandemias y de estancamientos han hecho que muchas cosas se posterguen. Sí siento que el camino atravesado, comenzando por Diálogos hasta El libro de Samuel, ha decretado un alejamiento, no sé si definitivo, de la escritura de poemas. Exactamente no sé qué quiere decir esto, pero cuando me siento a escribir, muy de vez en cuando, ya no sale esa estructura que antes quedaba acorde a lo que la mano y la cabeza pedían a gritos. Hoy esa mano y esa cabeza piden otra cosa. Y es algo que ha venido pasando de acuerdo con las lecturas que he tenido, y que han sido cada vez más de ensayos, de novelas, y casi nunca de poemas. Parecería que esas lecturas me han convertido en su esclavo, ¿no? Y uno tiene que obedecer, cuando se sienta a escribir, a lo que esa mano y esa cabeza exigen, no queda de otra.

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