Sergio Chejfec
Sergio Chejfec

“Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”. Me acordé de este verso multicitado de Vallejo cuando me llamaron para decirme que Sergio Chejfec había muerto unas horas antes de un cáncer al páncreas, de manera fulminante y brutal. Yo iba camino al cine por los alrededores de la calle Canal, donde había estado con Chejfec hacía tan solo un par de semanas, y quedé paralizado por la noticia. Suspendido del golpe que nos llega en un momento de distracción.

Desde hacía unos meses con Sergio planeábamos un conversatorio sobre el libro de Enrique Lihn que yo acababa de presentar en Santiago, en el mes de enero. Él estaba entusiasmado con la idea de un diálogo sobre la faceta histriónica de Lihn y sus proyectos performáticos de los años ochenta. Al diálogo habíamos sumado a David Unger, escritor y traductor de Lihn; a la académica Mónica de la Torre; y al departamento de escritura creativa de NYU, donde Chejfec era profesor.

Esa vez yo le traía un encargo desde Santiago, un libro raro y precioso de una editorial joven que de esta forma retribuía a Sergio por una publicación anterior. Hacía frío y corría un viento de cuchillo, así que nos refugiamos en un café del Bowery. Él deshizo el paquete y admiró el ejemplar con un elogio hacia los editores de Naranja que se atrevían a publicar con lujo aventurero las andanzas de una caminante de la Patagonia. Luego lo vi toser un poco y abrigarse mucho, más de lo habitual, pero él desechó cualquier preocupación de mi parte, mencionó un resfrío de temporada y siguió adelante con el plan que nos habíamos propuesto.

En esos gestos mínimos creo haberlo conocido por entero, a pesar de que recién empezábamos a tratarnos y acercarnos. Más inclinado a la charla espontánea que a la publicidad programada, Chejfec me dio a entender muy luego que apoyaba las aventuras riesgosas, incómodas como decía él, que trasuntan inseguridades antes que certidumbres. Como si sospechara del automatismo de los géneros y de la ficción en particular. En una entrevista con Valeria Tentoni para el blog de Eterna Cadencia, aseguró algo que pocos escritores que viven fuera se atreven a confesar en público o ante sí mismos: el sentido de mi trabajo, dijo Chejfec entonces, en 2017, solo puede entenderse en diálogo con lo que se publica y se discute en mi país. “Escribo pensando que eso va a circular en mi propia comunidad, que es la de Argentina. Es para eso que yo escribo”, apuntó casi en respuesta a cualquier intento de romantización del oficio y su propia condición de extranjero. Si no hay comunidad lingüística ni literaria del otro lado del papel, la dislocación literaria de quien vive fuera pierde no solo un sustento referencial importante, sino también la necesaria tensión que atraviesa su actividad respecto a una pertenencia que lo excede. Publicar sus libros en Argentina era tocar tierra para Chejfec, lo que no significaba necesariamente una preocupación por la resonancia que tuviera su trabajo, sino más bien por la inserción en la comunidad lingüística que tejía con cada publicación.

Que no tuviera suficientes lectores o le faltaran invitaciones parecía importarle muy poco, en parte porque sus libros son objetos de una constante reflexión sobre lo que se representa en la página, cuestión que clausura de inmediato la expectativa con un lector eventual. Sus tramas, si acaso existen en verdad, no cuentan nada que el lector no sepa de antemano, y sin embargo la literatura de Chejfec exige pensarlo todo de nuevo. O al menos considerar esa parte del todo que hace frontera con los datos de la realidad, y que se manifiesta ya sea en la arbitrariedad del ensayo, en la referencialidad biográfica (Lenta biografía es el título de su primer libro, en 1990), o en la ficción narrativa de la cual descreía para sí mismo. Por eso también su escritura amplifica en el detalle las manipulaciones sobre el artificio literario, desmantelando sus exageraciones e imposturas. Quizá el secreto profesional de Chefjec consista en desmontar justamente los secretos profesionales, dejando a la literatura en una especie de intemperie sanadora de sus propias trampas y mixtificaciones.

Ejemplar es, al respecto, la novela 5, un último libro publicado en 2019 donde replica y responde y desarma un texto anterior titulado Cinco, de 1996. Basado en la residencia de escritor que Chejfec realizara en Saint-Lazare, una apartada ciudad portuaria francesa, la novela se lee como un diario de visitante. A ella se agregan todos los enigmas de una vigilancia kafkiana sobre los pasos de un ilustre invitado que es y no es el narrador Sergio Chejfec, quien en su estadía remeda la existencia de todos los huéspedes previos que han pasado por el lugar y publicado un recuento de sus experiencias. Este juego de espejos que 5 formula es subrayada por una extensa “Nota” al texto central que sobrepasa a la historia narrada, y que los editores de Jekyll & Jill tuvieron la delicadeza de imprimir en un papel ligeramente distinto al de la “trama”, por llamar de algún modo a este desnudamiento de la narración.

Se dirá que estas operaciones son comunes en la novelística contemporánea, donde la hibridación de los géneros se asume como el ADN del fin de los grandes relatos tanto del realismo social como de la tradición literaria. Es posible que así sea, pero donde la deliberada opacidad y elegancia que Chejfec le imprime a sus historias se vuelve milagrosa es en la novela Baroni: un viaje, publicada en 1997. Allí la referencialidad se desplaza desde el personaje real de Rafaela Baroni y su obra pictórica hacia la imaginería popular de santos, vírgenes, curanderos y rituales que una comunidad de la precordillera venezolana realiza para su propio encantamiento. La novela está narrada en primera persona por un testigo-viajero, un visitante impertérrito y neutro que da cuenta de este mundo secreto, contenido y revelado en las asociaciones que establece a lo largo de las anotaciones que dan forma a su escritura: “Tengo frente a mí el cuerpo de madera del santo; la madera se ha rajado por la mitad de este médico que mira hacia adelante sin ver nada en particular”, escribe el narrador al inicio de la novela, en lo que termina siendo, sin capítulos ni fragmentaciones incidentales, una poderosísima especulación sobre la identidad: “La vida provista por la mirada de los otros, una materia hecha de nada y sin embargo efectiva”. Es la frase que tengo marcada en mi ejemplar de Baroni, un viaje, cuando ya el narrador se dispone a regresar a Caracas con una descripción que condensa su condición de pasajero: “Permanecí entonces al costado de la carretera un rato considerable y después seguí mi camino”.

La literatura de Chejfec no es antropológica, sino más bien digresiva, íntima y a la vez plural, hecha a medida de las fronteras que recorre en su viaje por los desarrollos posibles. Por eso los paréntesis, las notas a pie de página o al final del relato, los agregados y las sustracciones son su marca de autor. No hay miedo a aburrir en Chefjec, porque el aburrimiento es parte de la representación y su deseo de escapar hacia un mundo de mentira. La contención, la opacidad ya mencionada, y un humor delgado como una aguja pronta a clavarse en la piel circulan con libertad por la escritura paradójica del eterno pasajero que fue Chejfec. Había residido años en Caracas como editor de la revista Nueva Sociedad antes de mudarse a Nueva York, donde le gustaba desplazarse en bicicleta e ir de visita a las picadas de los negocios de abastos en Queens y el Bronx, siempre con Graciela, su mujer y compañera de viaje. Disfrutaba la vida, escribir, leer y trabajar con sus alumnos en la ampliación de los territorios posibles. Era fácil darse cuenta, al hablar con él, que tenía toda la literatura por delante para rehacerla con juego y parodia en los años que vendrían.

“Me pone triste entrar a las librerías”, me confesó en una oportunidad, cuando salíamos de revisar las novedades con sus sofisticados diseños de portada compitiendo en los estantes. Caminamos a un café y allí me contagió su entusiasmo con la idea de la presentación del Lihn performático que nunca llegamos a realizar. Por mi parte, yo comenzaba a pensar en un largo diálogo-entrevista con Chejfec, cuya sencillez y autoridad me conmovían entre tanta pluma florida. Volvía de Argentina la última vez que nos reunimos, y ahora me pregunto cuánto sabía de su propio mal durante ese último encuentro que nos llevó a un desangelado café en el Bovery. Queríamos tanto ser amigos que cuando me avisaron de su muerte yo también quise morir un poco, por mucho que a él le disgustaran las quejas y los sufrimientos innecesarios. Buscar la atención de los otros en él mismo, sea en la literatura o en la vida personal, no estaba en sus registros.

Llegué al cine y entré a ver una película de la cual no recuerdo nada. Pero quería perderme en la oscuridad un rato, dejarme ir en las imágenes, mientras me preguntaba cuándo, en qué momento, la distracción me había jugado la mala pasada de no sospechar siquiera lo que ocurría con su salud. Luego me dio por pensar que morir en Nueva York, con aguacero y en un día como hoy del cual ya tengo el recuerdo, era lo que el pasajero Sergio Chejfec bien podía esperar de este breve paso por la tierra.

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Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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