ʽBenito Mussolini, il Duceʼ, Gerardo Dottori, 1933

“La democracia tiene un estilo pésimo. De mala literatura. Cuánta razón tiene Trotski.”

Las palabras son de Nicola Bombacci, dirigente comunista italiano de origen campesino y educación cristiana, apodado por sus seguidores “el Cristo de los pobres” o también “el Lenin de Romaña” por su liderazgo al frente de la fracción más dura de los revolucionarios que buscan estrechar vínculos con la Rusia de los soviets. Es Moscú y es octubre de 1922, y Bombacci pronuncia o imagina esas palabras mientras acude al país de Lenin en busca de apoyo para reproducir en su tierra el modelo triunfante de 1917. Pero Italia no está madura aún para semejante proyecto. Se lo dice Palmiro Togliatti, un joven dirigente socialista de Turín, y se lo repite Litvínov, comisario para Asuntos Exteriores de los Soviets y hombre de confianza del mismísimo Lenin: la revolución en Rusia necesita tender puentes y activar relaciones comerciales con el mundo o perecerá, mientras que en Italia socialistas y comunistas no durarían más de unos meses en el poder. La revolución en Italia es una ilusión, “la sombra de una sombra” dice el narrador de M. El hijo del siglo, la novela del italiano Antonio Scurati que a lo largo de más de ochocientas páginas narra el auge del fascismo en la Italia de entreguerras.

Es una de las muchas paradojas que pueblan el gigantesco esfuerzo narrativo de Scurati: tensar la cuerda entre la historia personal y el ascenso al poder de Benito Mussolini con las voluntades, errores no forzados y hundimientos precipitados de la izquierda italiana durante los años inmediatamente posteriores al fin de la primera gran guerra mundial. Uno de esos pasos en falso se alimenta del diagnóstico de Bombacci cuando visita Moscú y fustiga la mediocridad del estilo democrático en su país: “Lo confirman una y otra vez los periódicos liberales posicionados en contra del ataque fascista: balbucean, simpatizan, luego se retractan con una prosa pedante, enrevesada, trémula. La prosa de la democracia que se queda atrás, desprovista de ideas, de voluntad, que mira a su alrededor asustada, acumula en sus escritos una reserva tras otra, traduciendo del inglés, un idioma que no es el suyo, que a su vez se hace eco del griego antiguo, un pasado extranjero. Tampoco Rusia lo sabe, pero allí, por lo menos, para suplir esa ignorancia regalaron el comunismo al mundo.”

¿Quién habla y de quién es esa voz en el bosque? ¿Quién se expresa con semejante nitidez y actualidad en medio de la opacidad histórica que rodeó el ascenso del fascismo en Italia y acusa las responsabilidades compartidas que implicó su validación política? La pregunta vuelve sobre las paradojas que siembra el relato, recién traducido al castellano y saludado en Europa como un experimento narrativo bajo el aspecto de una novela. Y esto es así porque el estilo indirecto y libre que utiliza el narrador de M. El hijo del siglo se da a sí mismo todas las libertades y prerrogativas de la ficción, se deja ir con ella cada vez que es requerida por el drama en cuestión, pero ajustada y controlada cada vez por el documento de época que acredita su tentativa. Comparecen allí los protocolos del Rey de Italia Víctor Manuel III, las intervenciones parlamentarias, los conciliábulos ministeriales, las veleidades de los artistas, la correspondencia privada de los que resisten, las notas periodísticas y, por supuesto, el archivo fascista: desde la fundación de los Fascios de Combate en marzo de 1919 en la Piazza de San Sepolcro, hasta la consagración de Mussolini como jefe de gobierno en 1924, pasando por todos los apaleos y crímenes para hacerse del poder.

Scuriati no explica nada, sino que se limita a exponer. Su trabajo es el del cirujano que extrae un agente maligno de un organismo claudicante y enfermo, atenazado por el pánico que lo ahoga como un veneno que se exhibe sin comentarios ante el lector. Su escritura es circular porque va a la conquista de un fracaso colectivo, y ante él desfilan la aquiescencia del Rey, los políticos liberales, la dividida oposición de izquierda, y la muerte convertida en instrumento político por excelencia. Lo dice Mussolini desde su primera aparición en el relato, tras haber sido expulsado del socialismo italiano para dirigir su propio periódico, Il Popolo d’Italia: “Nos asomamos a Piazza del Santo Sepolcro. Cien personas escasas, todos hombres que casi no cuentan. Somos pocos y estamos muertos. Esperan que yo hable, pero no tengo nada que decir.”

Magnífico retrato de un embaucador, un sobreviviente, alguien que ansía el poder. Quien habla o reflexiona es Mussolini. Ante él, la posición del narrador no puede ser más exacta: forma una especie de geometría trágica entre la conciencia de su personaje, el conocimiento que pudiera tener el lector respecto a los hechos que se narran, y la distancia que el relato asume para narrar su historia. Hacia ellas confluyen otras coordenadas, como las amantes del líder, su ambición personal de convertirse en Duce, y la grosera verdad de este maestro de educación primaria que oficia de periodista y lanza su programa de acción como una bofetada a su país. “Respecto al problema político, nosotros queremos una política exterior no sumisa, reforma de la ley electoral, abolición del Senado. Respecto del problema social, nosotros queremos: la jornada laboral de ocho horas, salarios mínimos, representantes sindicales en los consejos de administración, gestión obrera de las industrias, seguros de invalidez y pensiones, distribución de tierras no cultivadas entre los campesinos, una reforma eficiente de la burocracia, una escuela laica financiada por el Estado. Respecto al problema militar: queremos la nación armada.”

En síntesis, un robo en toda la línea del programa socialista, menos la lucha de clases de Bombacci más el nacionalismo ardiente de los retornados de la gran guerra. La pradera está seca y el fuego prende rápido. A este ritmo, reflexiona Mussolini, no serán los comunistas quienes hagan la revolución, “sino los propietarios de dos habitaciones y cocina de un edificio de los suburbios”. Dicho y hecho: el Duce plantea, sin remilgos ni exageraciones, no lo que el fascismo quisiera realizar, sino lo que promueve desde ya como política de masas: una violencia ejercida desde fuera del Estado monárquico-liberal para convertir el movimiento en partido, y el partido en el Estado armado de la nación recuperada de los peligros que la acechan. En el primer lugar de estas amenazas figura el socialismo. Pero también la vetusta institucionalidad liberal apareada por conveniencia con la monarquía. El fascismo no es una iglesia, es un gimnasio; no es un partido, es un movimiento; no es un programa, es una pasión, escribe Mussolini en sus editoriales periodísticas. El fascismo es la fuerza nueva, la juventud briosa, ruda y, más que ignorante, criminal. El fascismo es el lumpen glorificado. “Ahora es cuestión de lanzar la mirada hacia el abismo con todas las consecuencias, de asegurar la calidad adecuada de la luz en el espectro óptico de la violencia”, dice el narrador que narra a Mussolini. En su ascenso, el Duce entiende que debe pactar con los rivales políticos y, al mismo tiempo, contener a sus camisas negras que incendian sindicatos, apalean campesinos y asesinan a dirigentes moderados como el socialista Giacomo Matteotti. Se trata de jugar doble: para salvar la pureza del movimiento, “hay que irse a la cama con la puta vieja”. Es decir, explotar la política parlamentaria hasta extenuarla.

Cubierta de la edición en español de ʽM. El hijo del sigloʼ (Alfaguara, 2020)

Es un escenario de teatro para la toma del poder de Mussolini. Todos los elementos están dispuestos para su representación. La irreversible violencia de los fascistas financiada por los grandes propietarios de la tierra y la industria, el inmovilismo de la política liberal, y hasta el entusiasmo febril de los artistas y poetas como Marinetti, D’Annunzio y Malaparte tiene su lugar en el reparto. Mención aparte merecen las eternas huelgas generales con que los sindicatos amenazan destruir el estado burgués sólo para abrir cauce a una reacción defensiva aún más violenta. La historia de la violencia como partera de la historia, Marx dixit, demuestra ser aquí más célebre por enterrar sus promesas que por acunar sus alumbramientos. Es, como apuntó alguien por ahí, la vía chilena a la dictadura en 1973, pero contada sobre un paisaje italiano de 1920, y donde lo único que quedó en pie tras años de puños alzados, marchas callejeras y poder popular, fue un presidente combatiendo solo junto a un puñado de leales contra un Ejército nacional movilizado por mar, tierra y aire para reponer el orden de una nación que en ese momento se quebró como una galleta.

Por ello, lo que despliega M. El hijo del siglo, más que una historia novelada de Mussolini, es el futuro anterior de una época contada en tiempo presente: algo que habrá ocurrido y volverá a ocurrir en la conciencia impávida del lector cuando un personaje sin nombre se alce como protagonista único de la narración. Ese personaje secreto es la violencia, el hijo tonto de la política, el único que al final predica sin pausa ni pudor el camino a tomar para redimir a propios y extraños, por sobre incluso el propio Mussolini, que actúa como muñeco de este ventrílocuo mayor de la historia. Y si bien el narrador de Scuriatti dice de esa violencia que es “el hermano tonto de la política”, hay que concederle el honor de la ignorancia a su hijo, encarnación aventajada y juvenil de los Fascios de Combate. Ellos han estado en la guerra, han quemado los puentes, han aporreado a los que disienten, han aplastado el pasado y ahora desean ser legisladores, ministros, autoridades de una mayoría carcelaria. El hijo tonto es el futuro, dan ganas de escribir al cerrar el libro de Scuriati.

¿Qué es el fascismo? ¿Qué es la novela M. El hijo del siglo?

Un espejo, habría que decir, sobre todo ahora que el fascismo está de moda. Un libreto, también, escrito de manera ágil y riesgosa, que asigna lugares y roles en un drama histórico que es el nuestro, no fuera sino solo por el hecho de haber ocurrido hace cien años exactos. “Quizá el fascismo no sea el hospedador de este virus que se propaga, sino el hospedado”, dice un asombrado Mussolini al constatar el éxito de su proyecto de camisas negras. Un documento, por último, más que una novela, porque no hay nada más insultante que ser visto y retratado de modo semejante a nuestros más fieros adversarios, en las circunstancias de que sólo se trata del hijo tonto que busca parecerse a ellos.

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