FOTO Laura Capote Mercadal
FOTO Laura Capote Mercadal

En el portal del edificio duermen tres o cinco hombres que no se sabe de dónde vienen. Supongo que ninguno vive permanentemente en La Habana. Siempre llegan los fines de semana. Sospecho que vienen buscando algo a la capital de todos los cubanos.

Es cierto que no se sabe de dónde vienen, pero como yo, necesitan apoyar la cabeza en alguna parte una vez que anochece, aunque sea para simular el sueño. Ellos se han acostumbrado al ruido de la avenida, pero no tienen que adaptarse al portazo. Cuando vuelvo tarde, con olor a cigarro en las cutículas y pasos titubeantes, temo que el ruido de la puerta de metal les despierte. Por eso soy discreta.

Ante el reposo de los otros, aprendimos a ser sigilosos.

Caminar en puntillas.

Hablar bien bajito.

Poner el móvil en silencio.

Cubrirnos con la sábana como la ola en una isla desierta.

Dormir boca arriba.

Apagar el ventilador.

Encender el aire.

Apagar la lámpara sin bostezar.

Hemos aprendido a no perturbar el sueño de personas que no se sabe de dónde vienen, que no se sabe a dónde van, pero que algunas noches duermen a nuestro lado, como si nos conocieran.

Me gustaría decir algo memorable, ridícula que soy. He escrito, hasta quedar exhausta, de La Habana y del abandono. Me he sacado tinta de la médula. Me camuflé en la ilusión de otros. Enmascararse hasta desfigurarse, un experimento sencillito.

Ayer sentí que mi cabeza plomiza se iba a reventar. Estaba excitada. Se estrenaba un musical. Era viernes. Me despedía de Joanna. Usaba una cadena de plata falsa, plata lata pesada y excéntrica, eso hizo que el cuello chic se rebelara contra las ideas densas. En el mundo de las ideas, las ridiculeces también se enganchan en el pelo y producen granitos en el cuello. En el mundo de las ideas, las ridiculeces son estos impulsos angustiosos de diciembre. La cabeza se me reventó.

Me gustaría decir algo memorable, frívola que soy. Hace meses, entre la dispersión, los viajes, las mudanzas, el amor y los libros gruesos tirados por doquier, solo escribo con intención de sanar, es decir, solo cuando le escribo por WhatsApp a un amigo, al amor, solo en esos instantes soy un torbellino de resoluciones memorables, dignas de este tiempo, dignas de repetición, dignas de reproducción, dignas de mi generación.

¿Generación?, ¿columna literaria?, ¿opinión?, ¿lista de libros?, ¿poesía?, ¿alimentación?, ¿militancia? Yo no quiero despertar a nadie, excepto a mí misma. Me aburre pensar que toda esta compulsión, que todo este desahogo es importante. Lo único que no me mata del aburrimiento es fracasar y equivocarme. Futileza. Resaca. Desmenuzarse. Partirse.

A estas alturas, todavía no sé lo que quiere decir “irse”.

Dos amigos nos envían una selfie en un autobús: “ya vamos a cruzar”.

Dos desconocidos me hablan en la cola del carnet de identidad: “¿Nicaragua o el mar?”.

A estas alturas, todavía no sé lo que quiere decir “definitivo”.

Ventas de garaje que me hacen pensar en las pieles, las casas vacías, el dejar atrás telas y objetos. Memorable.

A veces me imagino que la rebelión comenzará otra vez por esas ventas. Si es posible que la rebelión se encuentre pausada. Objetos inanimados que empezarán a hablar porque no necesitan dormir, no necesitan simular el sueño, conocen de memoria cómo ha sido el proceso: recoger, doblar, ahorrar, abrazar y despedir.

A estas alturas, con una maleta de ropa que debo vender porque así me lo han pedido, todavía no sé lo que quiere decir “regreso”.

¿Esa ropa que se exhibe se guarda en un maletín de tela todos los días?

¿Dónde pasarán la noche tantas ropas?

La película de Gustavo Vinagre, Tres tristes tigres, me habla del virus y la vida, ¿las amigas duermen?, ¿la enfermedad duerme?, ¿los cementerios tienen sueños?, ¿la muerte sueña?, ¿pueden los cementerios irse?, ¿pueden los virus irse?

La película es sobre el amor y el sueño.

Por eso quise verla con las personas que amo, aunque no fue posible. Tuve la impresión de que estaba sola en el cine, aunque esto sea falso. Una especie de evocación incierta. Me despertaba en una fiesta con pájaros ricos, putas más ricas, amantes más locos y noches eternas. Tuve la ilusión momentánea de que esa película nos pertenecía a mí y a las personas que amo. Imaginé que nos sentábamos adormecidos en el cine, y que no pasaba otra cosa que la ficción del día, el encuentro, las visitas, una mochila vitrina, una aventura de tristes animales salvajes con sonido de acordeón al fondo.

He aprendido a mentir.

No te amo.

Te quiero.

Te amo.

Todo está bien.

No sé qué hacer con mi vida.

Trabaja mucho.

Enfócate.

Tener una agenda amarilla Moleskine para que el año 2023 sea exitoso, llevadero, ordenado.

Tenerla, pero aburrirme antes de siquiera escribir mi nombre en la primera página.

Tener una brújula, una rosa náutica, un faro.

El arte se parece a una mentira piadosa, al fiasco de la tinta que puede borrarse con una infección, mentiritas, como aquellas que se dicen al oído antes de caer rendida: “te prometo que todo estará bien y que permaneceré a tu lado para siempre”.

Ante la obligación política de la discusión, la lucha, la intención de cambiarlo todo, a veces cierro los ojos. No sé si es cautela o desánimo, reconozco que todos los días soy una persona distinta, y que no estoy completamente segura de dónde vengo. Estoy segura de que yo sería alguien con un saco, una bolsa negra de nylon y un pantalón de mezclilla manchado que busca un edificio cómodo, una losa perfecta para hacer leve la madrugada y tirarme allí, aunque en medio de la noche suba al edificio una chiquita que apesta a cigarrillos. También sería alguien que no quiere hablar ningún otro lenguaje que no sea el del caos o el goce, una noche de epifanía, una película de animales salvajes, una tendedera y una mesa en la que se despliega la vida que fue, la que ya no hay forma de recomponer, la que se marca con un precio, de 200 a 2000, más cara no se puede vender.

“Irse” suena como una gran verdad. Me molesta toda frase que aniquila los deseos más infantiles con elocuencia “verdadera”, pero no me sucede igual con las palabras. Ficción. Realidad. Delirio. Diario. Las cortinas de la precisión. Las gafas de la verosimilitud. El filtro de la evidencia. Aquello que podría llamar “gran verdad”, sería equivalente al trozo de pecho que se desgaja cuando me tengo que despedir de Joanna, o cuando el sábado me dicen al teléfono con mucha simpleza, “ayer se fue Pedrito”. “Irse” patea.

Cuando escribo verdad, enciendo el último cigarro y aprendo que, aunque detesto fumar, soy mentecata, burra, y he estado buscando sortear “el aquí y ahora” con el humo, el olfato ausente, la imaginación común y la evasión crónica.

Irse alejando, tras bambalinas, tras puertas con cerrojo, tras obras de danza, tras fotografías en ninguna parte.

Irse ablandando, tras noticias, tras Instagram, tras proyectos artísticos, tras aplicaciones que dicen ser “real”.

“El aeropuerto está vacío, esos que tú ves son la gente que llega”. Irse.

“¿Cómo no voy a estar triste?”. Irse.

“¿Tú no podrías hacerte española?”. Irse.

Irse incomodando, tras un no sé qué, tras un no sé cuándo, tras una noria que se queda varada contigo en lo más alto. No muevas nunca los pies. No entres en pánico.

Mucha gente me dice que yo podría escribir en cualquier otra parte.

Da lo mismo, tú puedes escribir donde sea que exista una mesa, una silla, un atardecer.

Lo mismo da que el precio esté pegado con una cinta, que se lo tengas que preguntar a la que vende, que esté en una libreta sucia y desecha, que el hombre no se despierte cuando la puerta del edificio se te va de las manos y retumba como un bombazo que no le deja en paz. Da lo mismo saber a qué vienen los fines de semana esos tres o cinco hombres que no se sabe de dónde vienen.

Muchas veces escribo en cualquier otra parte.

Caminar con descuido.

Caminar con olvido.

Caminar para irse.

Beber, enfermar, desgastar las nociones… Cuba, una noción de ida y vuelta, un domingo que aún no llega, un portal para cuando cae la noche. No tener la más mínima noción de nada. Que sea 17 de diciembre en La Habana.

Nada.

Detrás de la ganancia de la venta de garaje, del texto publicado, de tres acetaminophen y dos ibuprofenos, un “irse” prolongado. Mascar la palabra “irse”, ¿a cuánto está el cambio hoy? El año casi termina y casi aprendes que no se puede ser escritora si escribes en tus tiempos libres.

Todo o nada.

Sigo pensando que algún día filmaremos nuestra película y estará exorbitantemente inspirada en Tres tristes tigres. El plano secuencia transcurre entre perchas, mesas, hornillas, cazuelas, pegatinas en el espejo del cuarto, la tendedera donde colgaban fotos de la infancia, la almohada en la que alguna vez prometimos que no nos despediríamos. Todo habla y canta. La basura. El moho del queso. La bolsita de aceite de girasol El cocinero. Coda. Se permuta. Se vende.

Me gustaría que la película fuera inmemorable, indigente, impertinente.

Si aparento estar feliz, ¿estaré feliz?

Si aparento vivir aquí, ¿vivo aquí?

De las apariencias también se puede escribir. ¿No dicen ciertos hechos atroces del mundo que nada puede detener el amanecer?

No sé qué hacen esos hombres del portal cuando despiertan. Nunca les he visto en las mañanas. He soñado con lo que escriben. Jamás mencionan la palabra Cuba. Para mí esta es una forma de “irse” yendo. Una ética del descuido que comienza por colgar el teléfono cuando se te va el aliento. Con solo treinta y un años dices “adiós”, pero no consigues decirlo de verdad.

Tenía la sospecha de que podría disertar sobre una gran verdad, pero soy la isla desierta que nunca se va.

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MARTHA LUISA HERNÁNDEZ CADENAS
Martha Luisa Hernández Cadenas, Martica Minipunto (Guantánamo, Cuba, 1991). Teatróloga, poeta y performer. Coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES). Entre su obra reciente se encuentran los performances Nueve (2017) y Extintos, aquí no vuelan mariposas (2018); las intervenciones La última ópera china (2018) y Las fundadoras (2019). Fundadora de la editorial independiente ediciones sinsentido. Ha publicado el poemario Días de hormigas (Premio David de Poesía 2017, Ediciones Unión, 2018). Ganadora del Premio de ensayo La Selva Oscura por su investigación Notas de un simulador. La crítica teatral de Calvert Casey (1960-1965) y del Premio de Teatrología Rine Leal por su libro ESTA OBRA HABLA DE TI Y DE MI. Ensayos para (des)a(r)mar la experimentación escénica en Cuba (2012-2018).

1 comentario

  1. Logra ser conmovedor… Un detalle, tal vez esperanzador, trompe-lóeil: Pessoa escribía tras traducir espantosos legajos ingleses, Kafka salía de la oficina que odiaba, pero Wallace Stevens sonreía tras saludar a la secretaria en la compañía de seguros… Sí se puede ser escritora aunque sólo escribas en tus tiempos libres. Ya lo eres. Feliz Navidad, me gustó «Irse».

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