Cartel de una representación teatral de ‘Ferdydurke’, diseñado por Leszek Żebrowski, 1997
Cartel de una representación teatral de ‘Ferdydurke’, diseñado por Leszek Żebrowski, 1997

Comience con el título. Lo que significa… nada. No hay ningún personaje en la novela llamado Ferdydurke. Y esto es solo un anticipo de la insolencia por venir. Publicada a finales de 1937, cuando su autor tenía treinta y tres años, Ferdydurke es el segundo libro del gran escritor polaco. El título del primero, Memorias del período de inmadurez (1933), había servido maravillosamente para la novela. Quizá por eso Gombrowicz se decantó por el parloteo.

Aquel primer libro, sobre cuyo título se abalanzaron los críticos de Varsovia como si Gombrowicz hubiera hecho una vergonzosa confesión sin darse cuenta, era una colección de cuentos (los publicaba en revistas desde 1926); durante los siguientes dos años aparecieron más historias, incluyendo un par (Filifor forrado de niño y Filimor forrado de niño) que usaría, con prefacios simulados de capítulos largos, como interludios en Ferdydurke, así como en su primera obra de teatro, Yvonne, Princesa de Borgoña; luego, a principios de 1935, se embarcó en una novela. ¿Había sido el título de este volumen de cuentos extravagantes –son sus propias palabras– “mal elegido”? Ahora sí que realmente provocaría. Escribiría una epopeya en defensa de la inmadurez. Como declaró hacia el final de su vida:

La inmadurez –¡qué palabra más comprometedora y desagradable!– se convirtió en mi grito de guerra.

Inmadurez (no juventud) es la palabra en la que insiste Gombrowicz, insiste en ello porque representa algo poco atractivo, algo, para usar otra de sus palabras clave, inferior. El anhelo que describe y respalda su novela no es, al estilo de Fausto, revivir los días de gloria de la juventud. Lo que le sucede al treintañero que, al despertar una mañana turbado por la convicción de la futilidad de su vida y de todos sus proyectos, es secuestrado por un maestro y devuelto al mundo de los escolares inexpertos, es una humillación, una caída.

Desde el principio, Gombrowicz iba a escribir, había optado por adoptar un “tono fantástico, excéntrico y bizarro”, cercano a la “manía, la locura, el absurdo”. Irritar, podría haber dicho Gombrowicz, es conquistar. Pienso, luego contradigo. Joven aspirante a la gloria en la Varsovia literaria de los años treinta, Gombrowicz ya se había convertido en una leyenda en los cafés de escritores por sus alocadas muecas y poses. En la página, buscó una relación igualmente vehemente con el lector. Grandioso y ridículo, este es un trabajo de implacable dirección.

Aun así, parece probable que Gombrowicz no supiera adónde iba cuando empezó la novela. “Recuerdo bien”, declaró Gombrowicz en 1968, un año antes de morir (¿se acordaba?, ¿o masajeaba su leyenda?), “que, cuando comencé Ferdydurke, no quería escribir más que una sátira mordaz que me pusiera en una posición superior respecto a mis enemigos. Pero mis palabras pronto se arremolinaron en una danza violenta, tomaron el bocado entre los dientes y galoparon hacia una locura grotesca con tal velocidad que tuve que reescribir la primera parte del libro para darle la misma intensidad grotesca”.

Pero el problema era menos (sospecho) que esa necesidad de una infusión adicional de energías lunáticas de los primeros capítulos y que Gombrowicz no anticipó la carga de argumentos –sobre la naturaleza del eros, sobre la cultura (particularmente la cultura polaca), sobre los ideales– que su historia cargaría.

Ferdydurke comienza con una abducción onírica a un mundo absurdo, en el que lo grande se vuelve pequeño y lo pequeño monstruosamente grande: esas grandes nalgas en el cielo. En contraste con el paisaje que Lewis Carroll evocó para una niña preadolescente, en el país de las maravillas de cambios de forma y redimensionamiento de Gombrowicz hierve de lujuria.

Agigantamiento en la negrura. Hinchamiento y agrandamiento junto con encogimiento y tendimiento, eludimiento y no sé qué desnudamiento general y singular, tensión paralizadora y parálisis tensa, colgamiento sobre un finísimo hilo y, además, conversión y mutación en algo, traslación y también caimiento en un sistema acumulativo y sublevante, como si yo estuviera sobre una estrecha planchuela llevada a la altura del octavo piso, con excitación de todos los órganos. Y subcosquilleo.

En la historia de Alicia, una niña cae en un inframundo asexuado regido por una lógica nueva, fantástica pero implacable. En Ferdydurke, el adulto convertido en colegial descubre nuevas y pueriles libertades para ofender y reconocer el deseo vergonzoso.

Comienza con un secuestro; termina con un secuestro. La primera (del profesor Pimko) devuelve al protagonista al escenario del sentimiento y el deseo verdaderos, es decir, inmanejables. El segundo secuestro muestra al protagonista haciendo un vuelo provisional de regreso a la llamada madurez.

Si alguien me descubriese aquí, en el corredor oscuro, ¿podría explicarle el sentido de mi excursión? ¿Por qué caminos se llega a esos torcidos y anormales caminos? La normalidad es un equilibrista sobre el abismo de la anormalidad. ¡Cuántas ocultas demencias contiene el orden cotidiano! Ni sabes cómo ni cuándo el desarrollo de los acontecimientos te induce a raptar un peón y huir afuera. Más bien a Isabel habría que raptar. Si había que raptar a alguien, entonces a Isabel; lo normal, lo lógico sería raptar a Isabel de la estancia, si a alguien, entonces a Isabel, a Isabel y no al estúpido e idiotico peón…

Ferdydurke es uno de los libros más vigorizantes y directos jamás escritos sobre el deseo sexual, sin una sola escena de unión sexual. Sin duda, las cartas están apiladas desde el principio a favor del eros. ¿Quién no estaría de acuerdo en silenciar este parloteo social por el clamor de nalgas, muslos, pantorrillas? La cabeza manda, o quiere. Las nalgas reinan.

Posteriormente, Gombrowicz se refirió a su novela como un panfleto. Incluso lo llamó una parodia de un cuento filosófico a la manera de Voltaire. Gombrowicz es uno de los superargumentadores del siglo XX –“Contradecir, incluso en las cosas pequeñas”, declaró, “es la suprema necesidad del arte actual”– y Ferdydurke es una deslumbrante novela de ideas. Estas ideas dan a la novela peso y alas.

Gombrowicz hace cabriolas y truenos, embrutece y se burla, pero también se toma en serio su proyecto de transvaloración, su crítica a los altos “ideales”. Ferdydurke es una de las pocas novelas que conozco que podría llamarse nietzscheana; ciertamente es la única novela cómica que podría describirse así. (La conmovedora fantasía de El lobo estepario de Hesse parece, en comparación, plagada de sentimentalismo). Nietzsche deploraba el ascenso de los valores esclavistas patrocinados por el cristianismo, y pedía el derrocamiento de los ideales corruptos y nuevas formas de dominación. Gombrowicz, afirmando la necesidad “humana” de imperfección, de lo incompleto, de inferioridad… de juventud, y se autoproclama especialista en la inferioridad. La canalla adolescencia puede parecer un antídoto drástico para la madurez engreída, pero esto es exactamente lo que Gombrowicz tiene en mente. “La degradación se convirtió en mi ideal para siempre. Yo adoré al esclavo”. Sigue siendo un proyecto nietzscheano de desenmascaramiento, de exponer, con una alegre danza satírica de dualismos: maduro versus inmaduro, totalidades versus partes, vestido versus desnudo, heterosexualidad versus homosexualidad, completo versus incompleto.

Mieczysław Górowski ʽFerdydurkeʼ de Witold Gombrowicz 1994 detalle cartel para el Teatro Dramático Aleksander Węgierka | Rialta
Mieczysław Górowski, ʽFerdydurkeʼ, de Witold Gombrowicz, 1994 (detalle), cartel para el Teatro Dramático Aleksander Węgierka

Gombrowicz despliega alegremente muchos de los recursos del alto modernismo literario últimamente rebautizados como “posmodernos”, que modifican el decoro tradicional de la escritura de novelas: en particular, el de un narrador parlanchín e intrusivo inundado de sus propios estados emocionales contradictorios. Lo burlesco se desliza hacia el patetismo. Cuando no se vanagloria, es abyecto; cuando no payasea, es vulnerable y se compadece de sí mismo.

Un narrador inmaduro es una especie de narrador sincero; incluso uno que hace alarde de lo que suele estar oculto. Lo que no es realmente es un narrador “sincero”, siendo la sinceridad uno de esos ideales que no tienen sentido en el mundo del candor y la provocación. “En la literatura la sinceridad no lleva a ninguna parte… cuanto más artificiales somos, más nos acercamos a la franqueza. La artificialidad permite al artista acercarse a verdades vergonzosas”. En cuanto a su célebre Diario, dice Gombrowicz:

¿Alguna vez has leído un diario “sincero”? El diario “sincero” es el diario más mendaz… Y, a la larga, ¡qué aburrida es la sinceridad! Es ineficaz.

¿Entonces qué? Mi diario tenía que ser sincero, pero no podía serlo. ¿Cómo podría solucionar el problema? La palabra, la palabra suelta, hablada, tiene esta particularidad consoladora: está cerca de la sinceridad, no en lo que confiesa sino en lo que dice ser y en lo que persigue.

Así que tuve que evitar convertir mi diario en una confesión. Debía mostrarme “en acción”, en mi intención de imponerme de cierta manera al lector, en mi deseo de crearme ante todos. “Así me gustaría ser para ti”, y no “Así soy yo”.

Aun así, por fantasiosa que sea la trama de Ferdydurke, ningún lector considerará al protagonista y sus anhelos como algo más que una transposición de la propia personalidad y patología del autor. Al convertir a Pepe Kowalski en un escritor –y en el autor de un libro de cuentos sin éxito y muy ridiculizado titulado, sí, Memorias del período de inmadurez— Gombrowicz desafía al lector a no pensar en el hombre que escribió la novela.

Un escritor que se deleita en la fantasía de renunciar a su identidad y sus privilegios. Un escritor que imagina una huida a la juventud, representada como un secuestro; un descarte del destino esperado de un adulto, representado como una sustracción del mundo en el que uno es conocido.

Y entonces la fantasía se hizo realidad. (Pocas vidas de escritores han tomado tan claramente la forma de un destino). A la edad de treinta y cinco años, pocos días antes de la fatídica fecha del 1 de septiembre de 1939, Gombrowicz se vio arrojado a un exilio inesperado, lejos de Europa, en el Nuevo Mundo “inmaduro”. Fue un cambio tan brutal en su vida real como la transformación imaginaria de un hombre de treinta años en un colegial. Varado, sin ningún medio de sustento, donde nada se esperaba de él, porque nada se sabía de él, se le ofreció la divina oportunidad de perderse. En Polonia, era el bien nacido Witold Gombrowicz, un destacado escritor de “vanguardia”, que había escrito un libro que muchos (incluido su amigo, el otro gran escritor polaco de la misma época, Bruno Schulz) consideraban una obra maestra. En Argentina, escribe, “yo era nada, así que podía hacer cualquier cosa”.

Ahora es imposible imaginar a Gombrowicz sin sus veinticuatro años en Argentina (muchos de los cuales los pasó en la miseria), una Argentina que hizo a la medida de sus propias fantasías, su osadía, su orgullo. Dejó Polonia siendo un hombre relativamente joven; regresó a Europa (pero nunca a Polonia) cuando se acercaba a los sesenta años, y murió seis años después en el sur de Francia. La separación de Europa no fue la creación de Gombrowicz como escritor: el hombre que publicó Ferdydurke dos años antes ya estaba completamente formado como artista literario. Fue, más bien, la confirmación más providencial de todo lo que sabe su novela, y dio dirección y mordisco a los maravillosos escritos que aún estaban por venir.

Witold Gombrowicz | Rialta
Witold Gombrowicz

El calvario de la emigración –y para Gombrowicz fue un calvario– agudizó su combatividad cultural, como sabemos por el Diario. El Diario –en tres volúmenes en inglés, y todo menos un diario “personal”– puede leerse como una especie de ficción de forma libre, posmoderna avant la lettre, es decir, animada por un programa de violación del decoro similar al de Ferdydurke. Las afirmaciones sobre el asombroso genio y la agudeza intelectual del autor compiten con un relato continuo de sus inseguridades, imperfecciones y vergüenzas, y una desafiante confesión de prejuicios bárbaros y palurdos. Considerándose menospreciado y, por lo tanto, deseoso de rechazar el animado medio literario de fines de la década de 1930 en Buenos Aires, y consciente de que albergaba a un escritor indiscutiblemente grande, Gombrowicz se declaró “en el polo opuesto” a Borges. “Él está muy arraigado a la literatura, yo a la vida. A decir verdad, soy antiliteratura”.

Como si estuvieran de acuerdo, superficialmente de acuerdo, con la pelea completamente interesada de Gombrowicz con la idea de la literatura, muchos ahora consideran el Diario en lugar de Ferdydurke como su obra más grande.

Nadie puede olvidar la notoria apertura del Diario:

Lunes Yo. Martes Yo. Miércoles Yo. Jueves Yo.

Habiendo entendido eso, Gombrowicz dedicó la entrada del viernes a una sutil reflexión sobre un material que había estado leyendo en la prensa polaca.

Gombrowicz esperaba ofender con su egocentrismo: un escritor debe defender continuamente sus fronteras. Pero un escritor es también alguien que debe abandonar las fronteras, y el egoísmo, argumentaba Gombrowicz, es la condición previa de la libertad espiritual e intelectual. En el “yo… yo… yo… yo” se oye al emigrado solitario burlándose del “nosotros… nosotros… nosotros… nosotros”. Gombrowicz nunca dejó de discutir con la cultura polaca, con su intratable colectivismo de espíritu (usualmente llamado “romanticismo”) y la obsesión de sus escritores con el martirio nacional, con la identidad nacional. La implacable inteligencia y energía de sus observaciones sobre asuntos culturales y artísticos, la pertinencia de su desafío a las piedades polacas, su bravura contenciosa, terminaron por convertirlo en el escritor en prosa más influyente del último medio siglo en su país natal.

El sentido polaco de ser marginal a la cultura europea, y a la preocupación de Europa occidental, mientras soportaba generaciones de ocupación extranjera, había preparado al desventurado escritor emigrado mejor de lo que hubiera deseado soportar ser sentenciado a muchos años de aislamiento casi total como escritor. Valientemente, se embarcó en la empresa de encontrar un sentido profundo y liberador a la desprotección de su situación en Argentina. El exilio puso a prueba su vocación y la amplió. Reforzando su desafección por las devociones nacionalistas y la autocomplacencia, lo convirtió en un ciudadano consumado de la literatura mundial.

Más de sesenta años después de que se escribiera Ferdydurke, poco queda de los objetivos específicamente polacos que Gombrowicz escarneció. Estos han desaparecido junto con la Polonia en la que fue criado y llegó a la mayoría de edad –destruida por los múltiples golpes de la guerra, la ocupación nazi, el dominio soviético (que le impidió regresar) y el espíritu de consumismo posterior a 1989–. Casi tan anticuada es su suposición de que los adultos siempre afirman ser maduros.

En nuestras relaciones con otras personas queremos ser cultivados, superiores, maduros, por eso usamos el lenguaje de la madurez y hablamos, por ejemplo, de Belleza, Bondad, Verdad… Pero, dentro de nuestra propia realidad íntima, confidencial, no sentimos nada más que insuficiencia, inmadurez…

La declaración parece de otro mundo. Cuán improbable sería que cualquier vergonzosa insuficiencia que la gente sienta se cubra con absolutos pomposos como Belleza, Bondad, Verdad. Los ideales de madurez, cultivo y sabiduría al estilo europeo han cedido el paso de manera constante a las celebraciones al estilo estadounidense de la Eterna Juventud. El descrédito de la literatura y otras expresiones de la “alta” cultura como elitistas o antivida es un elemento básico de la nueva cultura regida por los valores del entretenimiento. La indiscreción sobre los sentimientos sexuales poco convencionales de uno es ahora una contribución rutinaria, si no obligatoria, al entretenimiento público. Cualquiera que ahora afirme amar “lo inferior” argumentaría que no es inferior en absoluto, que en realidad es superior. Casi ninguna de las apreciadas opiniones contra las que se defendió Gombrowicz todavía se aprecian.

Entonces, ¿Ferdydurke todavía puede ofender? ¿Aún parece escandalosa? A excepción de la misoginia ácida de la novela, probablemente no. ¿Sigue pareciendo extravagante, brillante, inquietante, valiente, divertida… maravillosa? Sí.

Administrador celoso de su propia leyenda, Gombrowicz decía y no decía la verdad cuando afirmaba haber evitado con éxito todas las formas de grandeza. Pero lo que sea que pensó, o quiso que pensáramos que pensó, eso no puede suceder si uno ha producido una obra maestra, y eventualmente llega a ser reconocida como tal. A fines de la década de 1950, Ferdydurke fue finalmente traducida (bajo un auspicioso patrocinio) al francés, y Gombrowicz fue, por fin, “descubierto”. No había deseado nada más que este éxito; este triunfo sobre sus adversarios y detractores, reales e imaginarios. Pero el escritor que aconsejó a sus lectores que trataran de evitar todas las expresiones de sí mismos; guardarse de todas sus creencias y desconfiar de sus sentimientos; sobre todo, para dejar de identificarse con lo que los define, difícilmente podría dejar de insistir en que él, Gombrowicz, no era ese libro. De hecho, tiene que ser inferior a él. “La obra, transformada en cultura, flotaba en el cielo, mientras yo permanecía abajo”. Al igual que el gran trasero que se cierne sobre el tibio vuelo del protagonista hacia la normalidad al final de la novela, Ferdydurke ha flotado hacia el empíreo literario. ¡Viva su sublime burla a todos los intentos de normalizar el deseo… y el alcance de la gran literatura!


* Este texto fue traducido a partir de la edición en inglés de Ferdydurke, Yale University Press, 2000.

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