Carlos Díaz (FOTO La Pitu Columbié)

Cuadro primero

Cuarto de Carlos Díaz, El director. El director de pie. Viste de negro. Decorado variopinto con tacones. Una gran fotografía de Virgilio Piñera. Las ventanas no dan a ninguna parte. En los estantes, más tacones. En el suelo, más tacones. Una plantilla dentro de un tacón, el siete y medio pone: “Leodanis”. En el escritorio de El director, embolicadas, pantimedias negras. Maletas. Abrigos de piel olvidados, al descuido, por no se sabe quién. En los estantes se amontonan cajas de galletas y cervezas Heineken que guardan pelucas. Pelucas muy malas. Pelucas muy buenas. Libros. El traje de Arlequín. El traje de bailarina. Una corona carnavalesca, de contingente. Platillos de feliz cumpleaños. Baldes. Palanganas verdes. Collares de perlas. Banderitas tipo desfile. Teléfonos antiquísimos para discar exclusivamente bajo la arena. Botellas. Chivas Regal. Cajas de tiza. Pendientes. Un retrato enmarcado del director donde las manos a la altura del rostro encuadran el frente. Manos como orejeras de caballo. Bolsas de regalo. Carreteles. Cofrecillos de regalo. Palú. Cajas de Cartón. Suelo ajedrezado. Una banqueta pintarrajeada. Una percha. El split (pues como las ventanas no dan a ninguna parte). Frío. Aire frío. El busto del General. Frente al busto, el gladiolo naranja pastel que yo he traído para el director. Y que El director ha podado, dos veces, y colocado dentro de una botella recortada por sus manos de Carlos, también dos veces, hasta hacer la boca plástica perfecta para el cuerpo de la flor. Un jarrón Ciego Montero. Un bucarito de reciclaje. Más tacones. Más pelucas. Más abrigos. Más collares y más perlas…

Hombre 1 (a quien llamaremos Marlene) entra al cuarto de El director con café comprado en el Pan de París. El director deja reposar su café. La muchacha lo prueba y se quema la lengua. Marlene sale del cuarto. Por cierto, la muchacha soy yo.

La muchacha. (a El director) ¿Me contaría sobre aquel Marlboro que fumó en el teatro de Miami, del que me hablabas la tarde que leíste Fumarse un Marlboro con Petra von Kant?

El director. (acomodándose en la poltrona) Antes de hablar del Marlboro, debo contarte sobre cuándo comencé a fumar. Yo estudiaba en el Instituto Superior de Arte, Teatrología y Dramaturgia. No fumaba. Además, trabajaba paralelamente en la confección de atrezos y sombreros en los talleres de las charangas de Bejucal. Y un día, mientras le probaba a cierta modelo algún sombrero, ella me dijo: “Ah, mira, tú no sabes fumar”. A lo que yo respondí: “Pero eso no es difícil”. Compré una caja de cigarros, me la fumé en el día, y desde ahí me convertí en fumador. Lo he dejado varias veces. En estos momentos no fumo. Cuando se estrenó Petra von Kant, yo no fumaba ya. Y en la obra todos los personajes, por lo general, fuman. Yo me decía, no hay que fumar. Estábamos en la Lincoln Rose y a Mónica Guffanti, quien hacía el personaje de Valeria, madre de Petra von Kant, le encantaba fumar cigarros. Marlboros. Dentro del teatro estaba prohibido y ella salió a fumar con su vestuario en una escalerilla del teatro. La seguí y le dije: “¡Préstame acá!” Y fumé de aquel Marlboro. Se acabó la función, nos hicieron homenajes en una discoteca y me compré una caja, de Marlboro. Y los fumé mucho. Rojo. Blanco. Hasta que dije, yo no debiera fumar más. Y no he vuelto a hacerlo. A veces siento un poco de miedo, porque sueño que fumo. Toda la gestualidad del fumar es tan linda… Mantener una pitillera en la mano, el encendedor, manejar el cigarro, el humo que sale, pienso que es hermoso. En el teatro y el cine, los personajes detrás de una nube de humo sólo sostienen un cigarro en la mano. Yo estuve fumando Marlboro mucho tiempo, los compraba de gasolinera en gasolinera, porque eran más baratos y… (El director se queda viendo el frente como en el retrato) esa es la historia de aquel cigarro.

Sale Marlene…

La muchacha. ¿Y cuál es la historia de cómo se hizo Director?

El director. Me haces una pregunta a quemarropa, porque creo que todavía no me he hecho director. Creo que soy un director o me creo que soy un director. Como me creo que no voy a fumar más. Recuerdo que desde la primaria toda idea de una frase en las clases de español o lectura, la unía al teatro. Yo buscaba al final de los libros una obra de teatro que venía para ser representada. Y comencé a ser muy feliz cuando organicé algo y me dije, esto se parece al teatro. Y me he pasado la vida cargando cosas para el teatro.

La muchacha. ¿Es usted un hombre organizado?

El director. No. Yo puedo ser ordenado para el trabajo, aunque me gusta provocar el caos. Porque en el caos está la necesidad del orden. Puedo tener un reguero enorme, pero un reguero enorme tiene su encanto. No hay nada mejor que perder algo y meter la mano en un bulto o un escaparate y decir: “Aquí está”. Es muy difícil ser ordenado. Es como en el amor. Se puede ser muy organizado, pero tiene sus sorpresas, sus cambios. Puedes organizar una mente, un espacio. Y en la organización misma puedes convertirlo en otra parte tuya.

La muchacha. (soñando viejas luces de Hungría) Y ahora que hablas de amor, Carlos, y ya que Romeo puede ser un ave y Julieta, una piedra. ¿Romeo y Julieta tienen que ser necesariamente un hombre y una mujer para que la escena del sepulcro se produzca de una manera viva y desgarradora?

Teatro El Público durante una puesta de ‘Antigonón’

EL director. No. Es de lo más hermoso que he leído a Lorca en materia dramática y me inspiró mucho que la obra gire en torno al sepulcro de Julieta y cómo, de pronto, descubren que el director había colocado en el personaje de Julieta a un muchacho joven, y resulta pecaminoso, y entra la policía, las damas, y hay un incendio por el insulto de haber colocado al joven. Pero si tiramos para atrás, en la época de Shakespeare, las mujeres no subían al escenario. Mira (El director revela a La muchacha con el tono de los grandes secretos), dos paquetes de hojas, uno encima del otro, se pueden amar. En un anaquel de perfumes, dos frascos son una pareja de frascos, y puedes tejer una historia de amor de sólo ver una caja de tizas donde todas están apretaditas. Ahora recuerdo una poeta que diría que es la orgía de las tizas, una caja de tizas. Yo no creo que Romeo y Julieta tengan que ser un hombre y una mujer. Romeo y Julieta son dos personas que se aman. Y Lorca lo tiene muy claro en El público. Por eso Julieta dice a los caballos, en la escena del sepulcro, que no la miren con ese deseo que tan bien ella conoce. En otra escena muy similar que se llama “Ruina romana” donde dos jóvenes, dos efebos –Figuras de Pámpanos y Cascabeles– están luchando a amarse y a desamarse porque existe la presencia del Emperador y entra el Emperador y busca a uno. Uno es al que él busca todas las noches. Y el emperador casi ciego encuentra a uno…

La muchacha recuerda al Emperador abrazado a la Figura de Pámpanos y piensa: lo tiene porque nunca lo podrá tener.

La muchacha. (enérgica) ¿Teatro al aire libre o teatro bajo la arena?

El director. (al público) El teatro hay que hacerlo bajo la arena, como decía Lorca. Hay que sacarlo de abajo. Bien de abajo. El teatro al aire libre puede ser muy edulcorado, estamos diciéndolo todo, que democráticos y prácticos somos, que inteligentes. Por eso Lorca habla de este sepulcro, de entrar en el fango hasta las rodillas para poder llegar a las azucenas.

La muchacha. (con la curiosidad de diez muchachas vienesas) ¿Y cuál obra de teatro usted prefiere?

El director. (con el mismo tono) Me has dado un tiro certero. Porque hay alguien en la puerta escuchando para decir, ha dicho él que tal. ¿Mi obra…? (el Director se queda viendo a Uno de los tres caballos) Hay una obra que para mí es muy predilecta, pero a lo mejor me da pena decírtelo…

La muchacha. (alentándolo) No importa.

El director. (tímido) Porque el personaje también se fuma un cigarro y, a un joven que le toca la puerta, le dice: “¿Me da fuego? Nunca le habían dicho a usted que parece un joven príncipe salido de Las mil y una noches, pues sí que lo parece ¿Usted se mojó con la lluvia?” “No. Me refugié en una cafetería.” “¿Y se tomó un helado de fresa?” “No. De chocolate”. Trata de encender, tiene sus caprichitos, entonces le pide un beso y le dice: “Ahora vete, debo ser buena y no tocar a los niños.” Te estoy hablando de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. Es una obra que te hace director. Que te prueba que estás jugando a dirigir teatro. Dirigir a una Blanche DuBois es como tratar de volver hacer Lo que el viento se llevó. Creo que hay mucha gente en el mundo. Hay tendencias. La escarletomanía y la blanchettmanía. Son mujeres demasiado fuertes.

La muchacha. ¿Demasiado fuertes?

El director. (sonriendo) Me encantan las mujeres demasiado fuertes. En escena y en la vida. Una persona que yo quiero mucho es Broselianda Hernández, porque es una mujer muy fuerte. Una actriz muy fuerte. Con una voz muy fuerte. Un poco más y deja su feminidad colgada. Siempre hemos hablado de eso, lo he dicho antes, si hubiera sido mujer me gustaría ser como Brose. Con esa voz…

La muchacha. Y en la literatura. ¿Qué mujeres son para usted muy fuertes en la literatura? Está planeando estrenar Orlando, de Virginia Woolf…

El director. Sí, Orlando me tiene. Es otro sueño. Pero mujeres fuertes, Abigail Williams en Las Brujas de Salem, de Arthur Miller; Mary Tyrone en El largo viaje de un día hacía la noche. Son mujeres de temer. Adoro a Fedra. Esas mujeres tormentosas.

La muchacha. (con tono débil) ¿Y a Virginia Woolf? ¿Le tiene miedo a Virginia Woolf?

El director. A Virginia Woolf no le tengo miedo. No es que yo converse con los autores, pero me estoy acercando bastante, con cautela, a ver la cantidad de piedras que podrían caber en los bolsillos, la profundidad del lugar, cómo lo planificó todo. Imagínate, estoy enfrascado con ocho personas. Muy Virginias Woolf las ocho.

La muchacha. (dudosa) ¿Cree que muy Virginia Woolf las ocho?

El director. Sí, hay varones, pero son muy Virginia también. Hay gente muy complicada, complicada en el mejor sentido. Creo que Fabián Suárez, tiene mucho Virginia, que Rogelio Orizondo tiene mucho Virginia, Martica Minipunto tiene mucho Virginia, la locura de Agnieska es muy de Virginia, Yunior García, yo creo…

La muchacha. ¿Sí…?

El director. Sí, él tiene una locura muy especial. Marien Fernández, creo que es…

La muchacha. ¡Marien Fernández!

El director. Norge Espinosa, también… Y Nara Mansur, quien es como la maestra de las maestras de las Virginias estas.

La muchacha. (junto al sepulcro) Orlando es mi novela preferida de Virginia.

Se oye una campana

El director. Y la mía. Orlando la leí cuando era muy joven y no entendía nada. Yo era tan joven y decía: ¿Ella, Orlando? ¿Ella, Orlando? Cuando volví lo entendí todo. Qué cosa es acostarse a dormir, dormir unos cuantos días, despertar, y ser la misma persona pero con otra identidad. Seguir con todo lo tuyo en orden pero con otra cáscara. Y no pierdes tu historia. No te pongas brava, pero yo conozco a muchas personas que son como Orlando. Yo conozco Orlandos que han vivido más.

La muchacha. (recogiendo los cirios) Escribe Virginia en las primeras páginas de Orlando que el verde en la literatura no es lo mismo que el verde en la naturaleza. ¿Es el verde en la literatura lo mismo que el verde en el teatro?

El director. No. El teatro tiene sus verdes y no quiero anquilosarme en Lorca, verde prado, verde mar. El verde es un plano en el teatro. Puede ser un fondo. Un envoltorio. Yo te voy a enseñar algo que me conmovió mucho, es verde. ¿No sé si te lo envié?

La muchacha. El hada de los tamales. Sí, sí me lo envío.

El director el día antes envío a La muchacha vía Messenger-Facebook la imagen de un efebo cubierto con hojas de plátano. Bien podría ser una Figura de Pámpanos… (Esta imagen debe aparecer en el programa para que El público entienda)

El director. Yo adoro el verde. Es mi color preferido. El olivo como árbol. El olivo ¿Qué es la vida sin las aceitunas? No hay nada mejor que un tamal en hoja de plátano.

La muchacha. ¿Usted los ha probado?

El director. Claro, yo soy campesino.

La muchacha recuerda haber leído que el pasaporte de William Faulkner ponía: “Ocupación: Granjero”.

La muchacha. ¿Y dónde nació?

Una joven los interrumpe para decir: “¡El ruiseñor…!”

El director. En bejucal. Muy cerca del Cacahual.

La muchacha. ¿Y cómo transcurrió su infancia?

El director. Fui un niño feliz, bastante solo, el más pequeño de la casa. Yo me inventaba jugar a cosas que ahora relaciono con el teatro. Creaba espacios. Hacía títeres. Yo tuve un mundo de títeres.

La muchacha. (convencida) Hay algo difícil antes de enfrentarse a una obra…

El Director. Difícil no. Una obra es un placer. Es como entrar al amor. Estoy disfrutando mucho arrancar con Orlando. Estoy reteniendo el arranque.

La muchacha. ¿Cuándo piensa arrancar?

El director. (al público) El año que viene.

La muchacha. (como quien lo sabe todo) Porque este año se va a los Estados Unidos…

El director. Sí.

La muchacha. ¿Y a qué va?

El director. Voy a hacer un conversatorio sobre la obra de Agnieska Harry Potter se acabó la magia y después quiero pasar las navidades allá, ver a Rogelio y otros amigos.

La muchacha. ¿Qué paradigmas tiene en el teatro?

El director. En un evento en el Kennedy Center, fui seleccionado entre cinco directores invitados y creo que nunca fui tan feliz como en el momento de estar en esa lista. Angélica Liddell es un paradigma. Hace poco en Brasil vi una obra suya que duraba cuatro horas.

La muchacha. La última que vi suya fue Y los peces salieron a combatir contra los hombres. ¿Y en literatura?

El director. Mi libro predilecto. Yo te lo tenía escondido.

El director va hasta uno de los anaqueles blancos. En un compartimento muy desordenado mete la mano, tantea y saca el libro.

La muchacha. (saltando del sepulcro) ¡La cartuja de Parma!

El director. ¿Has leído el prólogo de Graziella Pogolotti?

La muchacha. No. Esa edición no.

(El director le extiende el libro a la joven, quien se lo da a la muchacha cantando. Mi cola por los mares. Por las algas. Mi cola por el tiempo.)

La muchacha. (leyendo del libro) Siempre he pensado que en una isla desierta, en el apartado retiro que me tocará, una vez cumplida mi pequeña parte en la dura faena de estos años, aspiraría a tener al alcance de la mano un ejemplar de La Cartuja de Parma.

El director. Esa es una novela a la que voy constantemente. Los amores. La Sanseverina

La muchacha. ¿Entonces vuelve sobre el amor?

El director. Sí. Yo creo en el amor.

Los caballos tocan sus trompetas

La muchacha. ¿Y los actores?

El Director. (mostrando un par de guantes) Yo a los actores los dejo hacer. En un estuche guardo guantes de seda, que uso con mucho cuidado para llevarlos, a veces me hacen propuestas hermosas. No me gusta hablarles. A los actores les molesta que los llenes de yoquieroquetú. Una obra es un lago. Hay que irse adentrando. Hay quien llega a la otra orilla. Hay quien no. Cuando yo monté Las amargas lágrimas de Petra von Kant, decía, esto es una obra de mujeres fuertes.

La muchacha. (al público) Demasiado fuertes.

El Director. Sí. Pero no de mujeres hombrunas. Eso me parece perchero de un mal alambre. Para mujeres fuertes puede haber hombres fuertes, mujeres fuertes, hombres débiles. Vamos a probar, hacer una obra donde los personajes femeninos estén interpretados por hombres. Es de los procesos que más he disfrutado. Llegamos muy rápido a la otra orilla. El trabajo con Fernando Echavarría fue minucioso, porque Fernando es un hombre con un gran talento. Él fue creando una mujer que la pudo haber sacado de su esposa, de sus hijas, de la vecina, de las alumnas. Ver hacer es lo que hace que el director pueda contar lo que quiere con esa fauna actoral. Fauna y flora. Porque uno se va llenando de bichos, de flores. De gente dura. Con Lester Martínez pasó lo mismo, llegó a interpretar una Karim fuerte. ¡Y Palmero! a quien le pasarán los años y recordará el aplauso que el público le da a su silencio. Porque es una persona que ama en silencio. Y amar en silencio es mejor que el escándalo. Siempre he trabajado dejando hacer. Me la juego en el momento que escojo al actor. En el año 1993 yo monté una obra de Virgilio Piñera, que él no quería que se representara. La niñita querida. En el primer acto se debate qué va a pasar con el futuro de esa niña. Los abuelos quieren que sea pianista, bailarina. La niña aparece en el segundo acto. Yo hice una aparición, eso estuvo interpretado por Adria Santana (riendo). La niña tenía guardado un fusil en el refrigerador. Porque quería tirar y tirar bien. Una niña preparada para fusilar a su familia. La niñita –que se llama Flor de té y odia su nombre– termina en un banco con su hija a quien llama, Berta, como su madre (al público). Porque el error en nuestras vidas va de generación en generación.

Carlos Díaz (FOTO La Pitu Columbié)

La muchacha. ¿De todas sus obras, cuál le hace más feliz?

El Director. Yo quiero a todas las obras igual. Pero no puedo olvidar nunca, como dice José Martí, la mañanita de otoño, cuando hice La niñita querida, yo recuerdo que Abilio Estévez me dijo, Carlos ya tú eres un director importante, Virgilio estaría feliz con esta fiesta. Y ahora miro hacia atrás y digo, no es que sea importante, pero he trabajado bastante y he hecho cosas buenas.

La muchacha. ¿Usted va frecuentemente al teatro?

El Director. Sí, a mí me gusta mucho ir al teatro. Ahora voy menos. Porque el que tiene tienda que la atienda, y si no, mejor que la venda. Son tiempos difíciles para el teatro. Y la sede me lleva tiempo. Pero me gusta muchísimo ir al teatro.

La muchacha. ¿Y el cine?

El Director. Me encanta Luchino Visconti. Y el neorrealismo italiano. Passolini. Fellini. Todos esos bichos ini-ini-ini me encantan. Son una tropa dura. Muerte en Venecia. Giulietta de los espíritus. El cine polaco. El cine cubano. Yo adoro Memorias del subdesarrollo, es una película que se hace todos los días.

La muchacha. ¿Y sus poetas?

El Director. Me encanta Legna Rodríguez. Legna y Carlos Pintado.

La muchacha. ¿Y las máscaras?

El Director. Vicente Revuelta decía que cada cierto tiempo había un nuevo movimiento de máscaras, no de masas. Hay un estudio muy profundo de la máscara en el teatro. De la máscara que tú fabricas y te colocas en el rostro para cambiarlo. Nos pasamos la vida viendo máscaras. Yo tuve una hace tiempo. Y le falló el cordón y no me la he puesto jamás. A mí me alegraron dos caricaturas que me hicieron, la gente se espantó, pero sé que uno vino al mundo con un rostro y fue el que te tocó. Al sol le tocaron los rayos. Le tengo un poco de miedo a la máscara y, como soy tan lorquiano –Lorca en El público lucha por arrancar la máscara–, no me molesta quien quiera tenerla. Y si defiende su máscara, menos, pero sé que en cualquier momento caerá.

La muchacha. Aunque dice la escritora belga Marguerite Yourcenar que el tiempo convierte la máscara en rostro.

El Director. Hay gente que sí. Pero admiro a Meryl Streep cuando dice que no quiere que nadie le quite las arrugas de la frente. Y la máscara me encanta, sólo en el teatro.

La muchacha. Y a mí me encantan los recuerdos. Hábleme de alguno que particularmente le parezca singular.

El Director. No es que viva de recuerdos, pero tengo algunos realmente especiales. Yo recuerdo mucho el día que aprendí a recortar. Y recortaba figuras y las doblaba, componía, llenando una palangana de agua las colocaba encima. Y flotaban. Yo hacía una playa. Todo me llevaba al teatro. En La niñita querida el arranque eran unas cuquitas gigantes sin cabezas. Y eran originales del siglo XIX. Ropa bellísima…

La muchacha. ¿Qué cree del teatro que se hace en Cuba?

El Director. Yo creo que es coyuntural. Cada uno anda por su lado. Y creo en el derecho de hacer y decir lo que se quiera en el teatro. Yo, además de ser director soy profesor de la Escuela Nacional de Arte y de la Universidad de las Artes. Y siento cuán difícil se le hace a los jóvenes tener un alquiler, moverse en la ciudad, sobre todo cuando son de otras provincias. Aunque eso el que ama el teatro no lo siente.

La muchacha. Director, como estamos bajo la arena, como caen copos de nieve, como hay caballos y pudiera pasar cualquier cosa. Digamos que pudiera ahora pedirle a cualquier autor escribir una obra. Su obra soñada. Una que no ha puesto aún. ¿Quién sería?

El Director. Esa por la que preguntas es Orlando.

La muchacha. Me está quitando la máscara.

El Director. Esa obra la empezaría a escribir Fabián Suárez de la página 1 a la 30; Martica Minipunto seguiría de la 39 a la 63; Marien de la 71 a la 83. (El Director le dice a La muchacha en absoluta confianza que Marien no puede tocar la página 82 que esa página es para Rogelio Orizondo, la transformación toda es de él, quien ya sabe qué es despertar en otro país.) Agnieska Hernández continúa de la 91 a la 133. Yunior García entra de la 134 a la 155. El capítulo 7 es de Nara Mansur. Y el octavo de Norge Espinosa. Un final Norgeleano.

El Director. (al público) Virginia Woolf es una generación. Estos autores, los novísimos, ya no son tan jóvenes. Y no es que tengan deseo de lanzarse al río, pero como generación han cargado con muchas piedras en sus bolsillos. Nara en Buenos Aires. Fabián hijo de Yemayá. Norge en México. Marien en Yaguajay. Ya tengo sus textos. Los tengo en barriles. Añejándose. En esa obra no puede faltar Yailene Sierra. Deisy Forcade. Habrá sesenta actores. Será una obra larga. Aunque la gente se aburra y se vaya la obra existe. Las obras no mueren porque nos aburramos. Esa cantidad de ojitos que en la sala oscura taladra el escenario son los culpables. Yo no me subo al escenario. De niño quise ser actor. Pero me quedé abajo. Me gusta más estar abajo. Yo me imagino el actor saliendo a escena y… El público es el culpable. El causante de todo. De las funciones. De las historias. Hay que esperar por Orlando.

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