Anne Carson
Foto: Canva

Anne Carson es una poeta, ensayista, traductora y profesora canadiense nacida en Toronto en 1950. Desde temprana edad sintió una profunda fascinación por la literatura clásica. Tuvo una excelente carrera académica, matriculada en el St. Michael’s College de la Universidad de Toronto, terminando su tesis en 1981 con el grado de Doctora. Luego comenzó a ser profesora de cultura clásica dada su fuerte formación en lenguas clásicas, literatura comparada, antropología, historia y publicidad. Todos estos aparentemente separados ámbitos, Carson los combina de forma magistral en su escritura. Libros como Glass, Irony and God (1992), Men in the Off Hours (2001), The Beauty of the Husband (2002), y Plainwater: Essays and Poetry (Vintage, 2015), de donde proceden los textos aquí traducidos, han ayudado a hacer de Anne Carson una autora de una reputación única entre los escritores contemporáneos. Ha sido galardonada con las becas de las fundaciones Guggenheim y MacArthur, además de obtener el Premio Literario Lannan, el Premio Pushcart, el Premio de Poesía Griffin, el Premio T. S. Eliot y el Princesa de Asturias.

Sumergirse:
Introducción a la antropología del agua

Soy una criatura mendaz.
Kafka

El agua es algo que no se puede asir. Como los hombres. He tratado. Padre, hermano, amante, verdaderos amigos, hambrientos fantasmas y Dios, uno a uno todos salieron de mis manos. Tal vez deba ser de esta manera –lo que los antropólogos llaman “peligro normal” en el encuentro con culturas extrañas–. Fue un antropólogo quien primero me habló de este peligro. Él enfatizó en la importancia de decir encuentro en lugar de descubrimiento cuando hablas de estos temas. “Piensa en ello como la diferencia”, dijo, “entre creer lo que quieres creer y creer lo que puedes probar”. Pensé acerca de ello. “Yo no quiero creer nada”, dije. (Pero estaba mintiendo). “Y no tengo nada que probar”. (Mentía de nuevo). “Yo solo quiero viajar por el mundo y detenerme, advirtiendo a lo que hay bajo el cielo”. (Esto, de hecho, es cierto). Cruelmente en este punto, él mencionó una cultura que había estudiado donde las verdaderas y las falsas vírgenes son identificadas por la prueba del agua. Porque una virgen intacta puede desarrollar la habilidad de bucear en aguas profundas pero una mujer que ha conocido el amor se ahogará. “No estoy interesada en lo verdadero y lo falso”, dije (una última mentira) y callamos.

La antropología es una ciencia de sorpresa mutua. Quería preguntarle sobre algunas cuestiones, como si pudiera decirme la diferencia entre paraíso e infierno, pero no lo hice. En su lugar me encontré hablándole sobre las hijas de Dánao. Dánao fue un héroe mitológico de la Antigua Grecia que tuvo cincuenta hijas. Ellas amaron tanto a su padre como si fueran partes de su cuerpo. Cuando Dánao se agitaba en sueños ellas se despertaban, cada una en su estrecha cama, mirando la oscuridad. Entonces llegó el momento de casarse. Dánao encontró cincuenta novios. Fijó el día. Llevó a cabo la ceremonia de boda. Y a la medianoche de la noche de bodas, cincuenta puertas de los dormitorios se cerraron con un golpecito seco. Entonces tuvo lugar algo terrible. Cada una de las cuarenta y nueve de las hijas sacó una espada a lo largo de su muslo y apuñaló a su novio hasta la muerte.

Este crimen arquetípico de la mujer fue recompensado por los dioses con un castigo paradigmático. Las cuarenta y nueve hijas asesinas de Dánao fueron enviadas al infierno y condenadas a pasar la eternidad recogiendo agua en un colador.

Pero sí, hubo una hija que no sacó su espada. Lo que le sucedió a ella queda por descubrirse. Vístete, las aguas son profundas.

Sed:
Introducción a tipos de agua

Todas las cosas son agua.
(sentencia dicha por el filósofo griego Tales
una noche cuando se había caído a un pozo)

Creo que fue Kafka quien tenía la idea de nadar a través de Europa y planeó hacerlo con su amigo Max, río a río. Desafortunadamente, su salud no se lo permitía. Entonces, en su lugar, comenzó a escribir una parábola acerca de un hombre que nunca aprendió a nadar. Una tarde fría de otoño el hombre regresa a su pueblo natal para encontrarse siendo aclamado por una victoria Olímpica en nado de espalda. En el medio de una calle central un podio había sido colocado. Con cautela comenzó a subir los escalones. Los últimos rayos del amanecer golpean directamente en sus ojos, cegándolo. La parábola se interrumpe cuando los funcionarios de la ciudad dan un paso adelante sosteniendo guirnaldas, que tocan la cabeza del nadador.

Me gustan las personas en las parábolas de Kafka. Ellos no saben cómo contestar a las simples preguntas. Mientras que para ti y para mi puede parecer (como solía decir mi padre) tan obvio como una puerta en el agua.

Antes de viajar hacia España fui a visitar a mi padre. Él vive en un hospital porque ha perdido el uso de algunas partes de su cuerpo y su cerebro. La mayor parte del día está sentado en una silla, con las manos agarrando los brazos. Con el pecho hace pequeñas embestidas contra las correas, hacia adelante y hacia atrás. Sus enormes ojos rojos se mueven todo el tiempo, vertiéndose sobre las cosas. Me siento en una silla colocada a su lado, haciendo pequeñas embestidas con mi pecho, hacia adelante y hacia atrás. De sus labios sale un torrente de sílabas. Él fue toda su vida un hombre silencioso. Pero la demencia ha soltado algún resorte en su interior, y balbucea constantemente en un lenguaje que los neurólogos llaman “ensalada de palabras”. Miro su rostro. Digo “Sí, padre” en los silencios. Tan real como si fuera una conversación. Odio escucharme decir “Sí, padre”. Es difícil no hacerlo. Adelante y atrás. De repente deja de moverse y se vuelve hacia mí. Siento mi cuerpo rígido. Él mira fijamente. Retrocedo un poco en la silla. Entonces, abruptamente, se da la vuelta con un sonido parecido a un gruñido. Cuando habla las palabras no son para mí. “La muerte es una cosa cincuenta y cincuenta, tal vez cuarenta y cuarenta”, dice con una voz plana.

Veo como la frase me atraviesa como una tribu perdida. Así es con la demencia. Hay una serie de preguntas sencillas que podría hacer. Como “Padre, ¿qué quieres decir?” O, “Padre, ¿qué pasa con el otro veinte por ciento?” O, “Padre, dime qué estabas pensando todos esos años cuando nos sentábamos en la mesa de la cocina comiendo tocino frío escuchando el silencio del otro”. Aún puedo escuchar el tic tac del reloj de la cocina en la pared sobre la mesa. “Sí”, dije.

Cuando mi padre comenzó a perder su mente mi madre y yo simplemente fingimos lo contrario. Te puedes acostumbrar a desayunar con un hombre con un sombrero. Te puedes acostumbrar a cualquier cosa, acostumbraba a decir mi madre. Yo comencé a despertarme temprano en la mañana. Regresaba de mi caminata matutina sobre el amanecer, encontrándolo parado con su pijama y su sombrero, susurrando “¿Ya está lista la cena?” a la cocina oscura, su rostro claro como el de un niño. Eso fue antes de que la confusión diera paso a la ira. La demencia puede ser alegre al principio. Una noche estaba haciendo una ensalada cuando entró a la cocina. “Las letras de tu lechuga son muy grandes”, dijo en voz baja y siguió caminando. Una risa profunda flotó hacia atrás. Otros días lo vi sentado con la cabeza hundida entre las manos. Yo dejaba la habitación. Tarde en la noche lo podía escuchar en el cuarto próximo al mío, caminando de un lado a otro, diciendo algo una y otra vez. Se estaba maldiciendo a sí mismo. El sonido atravesaba la pared. Un sonido que no era humano. Esa noche soñé que me operaban el abdomen con un perchero. Compré tapones para los oídos para dormir.

Pero estaba aprendiendo lo más importante que hay que aprender sobre la demencia, que es una continuidad con la cordura. No hay puerta que se cierre de golpe. Mi padre siempre había sido un hombre reservado. Ahora su mente era un área sagrada donde nadie podía entrar o preguntar el camino. Mi padre siempre había sido un poco irascible. Ahora, sus estados de ánimo eran un campo minado por donde caminábamos con cuidado, extendiendo una mano horizontalmente ante nosotros. A mi padre siempre le había disgustado el desorden. Ahora, se pasaba todo el día inclinado sobre trozos de papel, escribiendo notas para sí mismo que escondía en libros o en su ropa y que de inmediato olvidaba. No tratamos de seguirles la pista, y esto lo enfurecía aún más. “Puedo sentir el verano hundiéndose en la tierra”, dijo mi madre una tarde. Estábamos sentados en el jardín trasero. Él había preguntado qué hora era y había ido a escribirlo. Ella le había dicho las seis, aunque solo eran las cinco, con la esperanza de que pasara alrededor de una hora escribiendo 6 en trozos de papel y luego se diera cuenta de que las seis en punto es la hora de la cena y se sentara a la mesa sin problemas. Vivir con un demente requiere de muchos pequeños actos de genialidad –al contrario del momento en que Helen Keller grita “¡Agua!”– cuando miras en el mundo demente y de repente ves cómo funciona. Mi madre se volvió buena en esto. Yo no. Yo me interesé en la penitencia.

Seamos cuidadosos cuando cuestionemos a nuestros padres.

No fue hasta que se volvió demente que comencé a ver que yo siempre lo había enojado. No pregunté. En su lugar, aprendí a hacer rodeos, como quien prueba la profundidad de un pozo. Dejas caer una piedra dentro y escuchas. Esperas por el silencio y dices “Sí”.

Yo era una persona cerrada. Me había golpeado contra una pared. Algo tenía que romperse. Escribí un poema titulado “Soy una ventana sin ubicar en mí misma” (que mi padre encontró en la mesa de la cocina y cubrió con las palabras BASURA DEL VIERNES, escrito a lápiz cuarenta veces). Oré y ayuné. Leí a los místicos. Estudié a los mártires. Comencé a pensar que yo era alguien sedienta de Dios. Y luego conocí a un hombre que me habló de la peregrinación a Compostela.

Era un hombre piadoso que sabía cómo decir las preguntas. “¿Cómo puedes ver tu vida a menos que la abandones?”, me dijo. La penitencia comenzó a parecer más interesante. Desde tiempos antiguos los peregrinos han sido conducidos de un lugar al otro, con la creencia de que una pregunta puede viajar a una respuesta como el agua a la sed. El peregrinaje más venerado de la cristiandad se llama El Camino de Compostela –unos 850 kilómetros de cerros y estrellas y desierto desde San Juan de Pie de Puerto, en la parte francesa de los Pirineos, a la ciudad de Compostela, en la costa oeste de la provincia española de Galicia–. Los peregrinos han andado este camino desde el siglo noveno. Dicen que el santo apóstol Santiago yace enterrado en Compostela y que admira ser visitado. De hecho, es tradición que los peregrinos lleven una petición a Compostela; puedes pedirle a Santiago que cambie tu vida. Yo era una persona joven, fuerte y egoísta, sin identidad de género en particular –todos estos rasgos ventajosos para los peregrinos–. Así que me puse en camino hacia el viento de finales de primavera que soplaba con sus estados verdes.

Buscar la pregunta más simple, los hechos más obvios, las puertas que nadie puede cerrar, es lo que entiendo por antropología. Yo era un alma fuerte. Mira, ¡cambiaré todo, todos los significados! Pensé. Empaqué mi mochila con calcetines, cantimplora, lápices, tres cuadernos vacíos. No cogí mapas, no puedo leerlos –¿por qué presionar un sello en la corriente de agua?– Después de todo, la única regla para viajar es: No vuelvas por donde te fuiste. Vuelve por otro camino.

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