Marcel Proust por Otto Wegener, ca. 1895

Parece que la historia literaria trae consigo pocos enigmas. Este es uno de ellos y Proust es su personaje principal. Este me intriga y me interesa, pues se trata de un enigma de creación (de los únicos posibles para quien quiere escribir).

Nos gusta repetirnos que Proust no escribió más que una obra, En busca del tiempo perdido, y que, aunque esta es nominalmente tardía, las publicaciones menores que la precedieron no han logrado sino prefigurarla. De acuerdo. Esto no impide que la vida creativa de Proust comprenda dos partes bien marcadas. Proust lleva hasta 1909 una vida mundana, escribe aquí y allá, esto y aquello, busca, investiga, pero visiblemente la obra grande no coge cuerpo; en 1905, la muerte de su madre lo sacude violentamente, lo retira un tiempo del mundo, pero el deseo de escribir se posesiona de él inmediatamente, sin que logre, así parece, salir de cierta estéril agitación. Sin embargo, esta agitación se encona y adquiere formas de indecisión: ¿va a escribir (quiere escribir) una novela o un ensayo? Proust intenta el ensayo retomando ciertas ideas de Sainte-Beuve, de modo novelesco, insertando entre los fragmentos de estética literaria, trozos, escenas, diálogos, personajes, que luego encontraremos en En busca del tiempo perdido. El manuscrito de este ensayo (término-límite) titulado Contra Sainte-Beuve es entregado en julio de 1909 en El Fígaro, donde será rechazado un mes más tarde. Sobreviene entonces un episodio enigmático del que nada conocemos, un silencio que conforma el suspense del que hacía referencia: ¿qué ocurre ese mes de septiembre de 1909 en la vida o en la cabeza de Proust? Resulta que las biografías lo retoman en octubre de ese mismo año, ya consagrado a la obra grande por la que en lo adelante lo sacrificará todo, asumiendo el retiro para escribirla, llegando incluso a arrebatársela por los pelos a la muerte. De ahí ambos espacios, dos vertientes a ambos lados de aquel mes de septiembre de 1909: antes, la mundanidad, la duda creativa; después, el retiro, la rectitud (como es obvio, simplifico).

He aquí lo que está en juego en esta mutación: todos los escritos de Proust que preceden a En busca del tiempo perdido poseen aires fragmentados, breves: cuentos cortos, artículos, trozos de textos. Tenemos la impresión de que los ingredientes están ahí (como se dice en cocina) pero que no se ha producido la operación que los transformará en plato. Y luego, de golpe (septiembre de 1909), todo coge cuerpo: la mayonesa se espesa, y no hará más que crecer poco a poco. Proust lleva a cabo además la técnica del agregado: sin cesar le reinfunde alimentos a este organismo que alcanza su plenitud, que más tarde se formará del todo. Hasta la grafía cambia: es cierto que Proust mismo siempre confesó escribir al galope (y ese ritmo manual quizás no pueda desligarse del movimiento de su frase); pero cuando En busca del tiempo perdido se pone en marcha, la escritura cambia: se contrae, se complica, se sobrecarga de correcciones que salpican. En fin, durante ese mes de septiembre se ha producido en Proust una suerte de operación alquímica que transmutó el ensayo en novela y la forma breve, discontinua, en forma alargada, hilada, cubierta.

¿Qué ocurrió? ¿Qué fue lo que dio lugar a que, de súbito, un mes de verano en París, todo haya cogido cuerpo para siempre (hasta la muerte de Proust en 1922, y más allá incluso, pues nuestra lectura presente, activa, no ha dejado de enriquecer el libro, de sobrealimentarlo)? No creo en una determinación proveniente de la biografía; cierto es que los acontecimientos privados pueden tener una influencia decisiva sobre una obra, pero esta influencia es compleja, se ejerce con retrasos: nadie duda que la muerte de la Madre haya de cierta manera fundado En busca del tiempo perdido; pero su escritura no se hizo realidad sino cuatro años más tarde. Creo más bien en un descubrimiento del orden de la creación: Proust descubrió un medio, quizás francamente técnico, de emprender la obra, de facilitar su escritura (en el sentido operatorio en que hablamos de facilitantes).

Diría intuitivamente que lo descubierto pertenece sin lugar a dudas a una de las técnicas siguientes (o a varias de ellas al mismo tiempo): 1) cierta manera de decir yo, un modo de enunciación original que al unísono remite al autor, al narrador y al personaje protagónico; 2) una verdad (poética) de los nombres finalmente admitidos; Proust dudó mucho ante cada uno de los nombres propios de su libro, que parece emprender su marcha sólo cuando los nombres correctos han sido hallados; y reconociendo que en la novela misma hay una teoría del Nombre; 3) un cambio de proporciones; puede suceder en efecto (química misteriosa) que un proyecto bloqueado por mucho tiempo se haga posible cuando bruscamente y como por inspiración se haya decidido aumentar su tamaño; pues en el orden estético, la dimensión determina el sentido; 4) en definitiva, una estructura novelesca que Proust había descubierto en La comedia humana y que representa (lo cito): “el admirable invento de Balzac de haber conservado los mismos personajes en cada una de sus novelas”: procedimiento que Sainte-Beuve condenó, pero que para Proust es una idea de genios; cuando conocemos la importancia de los retrocesos, las coincidencias, los cambios, a lo largo de En busca del tiempo perdido, y admitimos cuan orgulloso estaba Proust de esa composición por encabalgamientos que propicia que un detalle insignificante del inicio del texto reaparezca al final, avivado, germinado, desarrollado, podemos caer en la cuenta de que Proust descubrió la eficacia novelesca de lo que pudiéramos llamar la acodadura de figuras: plantada aquí, a menudo discretamente (digamos, por ejemplo, al azar: la dama de rosa), una figura reaparece mucho más adelante gracias al encabalgamiento sobre una infinidad de otras relaciones, para fundar una nueva cepa (Odette).

Todo esto debería ser parte de una búsqueda biográfica y estructural al mismo tiempo. Y de una sola vez, quizás la erudición sea justificada, pues esclarecería a los que quieren escribir.


* Publicado en Magazine Littéraire, en enero de 1979. Esta traducción apareció originalmente en el número 45 de la revista Unión, 2002, que incluyó un dosier dedicado a Barthes con cartas, fotos, artículos y ensayos del autor de El grado cero de la escritura.

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