Marcha de las antorchas en La Habana

Fue justo en una marcha de las antorchas, hace muchos años, donde experimenté uno de esos episodios de “darse cuenta” en los que se comprende de golpe algo fundamental, de esos que partir de ahí hacen que la vida se cuente en “antes de” y “después de”. Lo recuerdo hoy en un aniversario del natalicio de José Martí, quizás porque recordar a Martí requiere no sólo recordarlo a él, sino también a lo que vive allí en las reinvenciones de su memoria.

Cursaba entonces la enseñanza preparatoria –“el pre”– en la escuela vocacional Lenin, aquella escuela modelo destinada al estudio de las ciencias, tan soviética en su construcción, sus horarios, su vocación de positivismo científico, y tan elitista en su composición. Hoy es casi una ruina, pero en aquel entonces, comenzando el Período Especial, funcionaba como una gigantesca cantera de entusiasmo revolucionario que debía manifestarse en cualquiera de las grandes movilizaciones del momento. Teníamos lemas, muchos lemas e incluso un “aplauso” de la Lenin que cuando se ejecutaba en conjunto por una masa de alrededor de 4000 estudiantes, tenía un efecto muy inquietante, disonante con el hecho de que el “aplauso” requería una rítmica que se producía a partir de la repetición de la frase: “pan con bistec, bistec con pan, pan con bistec, bistec con pan, pan con bistec, pan”. Quizás era la ansiedad alimentaria de la vida en la beca durante la semana (que poco después se convertiría directamente en hambre), la que había hecho posible que un pan con bistec proporcionara la rítmica necesaria para manifestar la masividad y la orgullosa homogeneidad de la Lenin.

En mi tiempo allí recuerdo al menos dos ocasiones en las que los estudiantes fueron convocados a prestar sus cuerpos y sus voces para contribuir al efecto de masa revolucionaria en las movilizaciones que han sido parte siempre de la épica del régimen. Participé así en el recibimiento de los restos de los combatientes en Angola, y en la primera Marcha de las antorchas.

No recuerdo a quien se le ocurrió retomar esa idea que, más de veinte años después y pandemia mediante, se ha metamorfoseado para convertirse en una iluminación de pixeles, sin dejar de ser parte de la batalla de ideas. Para aquella ocasión en la que debimos participar en la Marcha de las antorchas, nos dejaron ir a nuestras casas; nos dieron “pase”, que era como se decía a la salida regular de fin de semana a la casa, o su ocurrencia eventual para participar en marchas o trabajos voluntarios en la ciudad. El “pase” por tal motivo implicaba la obligatoriedad de asistir a la actividad. No era un permiso de salida; había que cumplir a cabalidad y presentarse allí, donde habían sido asignadas las fuerzas. Allí fuimos todos, no sin antes prever rutas de escape. Primero dar el nombre en el pase de lista, meterse en la manifestación y, en algún momento aprovechar el bullicio y la multitud para escapar por una calle lateral sin llamar la atención. De esos pases de listas, participaciones obligatorias y también de los escapes de la multitud, se ha conformado siempre la “espontaneidad” revolucionaria.

La marcha de las antorchas tenía una motivación estética, tanto como tenía una ideológica, celebrar el aniversario del Apóstol José Martí. El totalitarismo hace de la masa un sujeto estético, y dedica todas sus reservas de imaginación disponibles, que son pocas, pero aun así productivas, a la creación de imágenes de masas humanas. Años más tarde, recuerdo haber escuchado la historia de cómo se concibieron las marchas por el regreso del niño Elián. Era importante que el efecto visual fuera el de una marea blanca, y ello sería logrado por la uniformidad de miles de pulóveres (playeras) blancos llevados por los asistentes.

En la marcha de las antorchas el efecto buscado era el de una gigantesca antorcha humana. Dos días antes nos dieron las instrucciones: una lata de leche condensada, o evaporada, o de carne rusa se rellenaría de guata de colchón o cualquier otro material combustible, y se mojaría en gasolina. En su defecto podría ser también keroseno o, como se le dice en Cuba, “luz brillante” o “lubrillante”. Una vez allí reunidos, encenderíamos nuestras antorchas, las elevaríamos y marcharíamos con ellas en alto mientras gritábamos consignas, desde el Alma Máter de la Universidad de la Habana por la calle San Lázaro. Esa disposición de miles de cuerpos que funcionan como sostenedores móviles de miles de antorchas elevadas, era a lo que todo conducía. Las dinámicas de la participación obligatoria, el pase, los lemas, el entusiasmo incluso; todo eso era sólo tramoya, un complicado entramado producido para conformar una toma aérea. En esa toma, los cuerpos no eran importantes, las reales protagonistas eran las antorchas.

Cuando encendimos las antorchas y comenzamos a caminar, el ambiente se volvió medio irrespirable, lleno del pesado olor de la gasolina y del humo que nos obligaba a alzar todavía más el brazo: todo conspiraba para el efecto estético ideado por quién sabe quién “allá arriba” donde lo ideaban y lo siguen ideando todo. Fue cuando alguien comenzó a gritar y se empezó a replicar la entonces popular consigna “el que no salte es yanqui” y todos empezamos a saltar, que se apoderó de mí una profunda sensación de irrealidad. Sentí que había despertado de pronto en una película bizarra e incoherente. Una en la que en cualquier momento podría caernos encima un pedazo de tela ardiente y humeante, o en la que el humo podía llenarnos los pulmones, o en la que podíamos ser arrastrados en la multitud frenética. Y además, saltábamos.

El primer reconocimiento no fue racional, más bien una sensación en el centro del estómago, una náusea, y un leve cambio de coloración a mi alrededor que atribuí luego a la combinación del humo, la noche y a mi propia sensación de extrañamiento. El segundo momento fue ya un intento de entender qué había sucedido. Comprendí entonces, o creí comprender, que de lo que me había dado cuenta no se limitaba a mí, que estaba “realmente” en una película muy bizarra. Todo el proyecto que sostenía la toma cinematográfica de un mar de antorchas –que solo podía ser percibida completamente en una vista área a la que ninguno de los presentes teníamos acceso en ese justo momento– estaba profundamente mal. Y no era siquiera ideológica o estéticamente mal, era perceptualmente mal. No tenía en aquel entonces herramientas para pensarlo de esa manera. Fue años más tarde, en las vivencias y aprendizajes diversos que me permitieron comprender el sustrato básicamente perceptual de toda realidad, que hice esta asociación. Pero la profunda irrealidad del momento apuntaba en esa dirección. Desde entonces, sé corporalmente que el totalitarismo es una forma de delirio colectivo sostenido por una mega estructura burocrática y un estricto sistema de jerarquías, pero también por una red de pequeños y significativos gestos, y que escapar de él requiere un acto inicial de reconocimiento.

Al recordar esa noche, en un aniversario más de su natalicio, pienso que Martí puede ser y es de hecho leído de muchas formas; lo invocamos de muchas maneras que el aparato generador los imaginarios de la masividad no puede atrapar o aprehender. Pero no habita en el delirio colectivo; no está allí con la gasolina, el fuego, ni en la toma área, eso es seguro. Escapé esa noche sin considerar ni la ruta, ni la atención de los que estaban a mi alrededor, ni la lista, ni las represalias posibles. Por alguna razón que escapa a la explicación, pero que comprendo, nadie notó mi ausencia, y seguí luego la decisión tácita de que sería esa la última vez que participaría en el delirio antorchero. A veces escapar no es resultado de un plan, sino el impulso inmediato de un cuerpo que ha reconocido que no está en el lugar al que pertenece. Luego, hay que buscar otros cuerpos que escapan, y construir un mundo nuevo con los fugitivos.

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