Presentación
Arthur Krystal (Estocolmo, 1947) es un destacado ensayista, editor y guionista estadounidense, conocido por su aguda crítica literaria y por su defensa del ensayo como una forma de arte en sí misma. Krystal estudió en el Bronx High School of Science y en la Universidad de Wisconsin-Madison, y completó su formación en la Universidad de Columbia en 1970. Fue editor en Basic Books, en Nueva York. Ha colaborado en The American Scholar, Harper’s Magazine, The New Yorker y The New York Times Book Review, entre otras publicaciones. Ha publicado varios libros de ensayos, entre los que se destacan Agitations: Essays on Life and Literature (2002), The Half-Life of an American Essayist (2007), Except When I Write: Reflections of a Recovering Critic (2011) y This Thing We Call Literature (2016). En 2023 publicó Some Unfinished Chaos: The Lives of F. Scott Fitzgerald. Su estilo se caracteriza por una prosa elegante, que combina la erudición con un tono cercano. Sus ensayos abordan temas tan diversos como los aforismos, el boxeo, la pereza, la historia de las máquinas de escribir o la fisionomía, siempre con una mirada aguda y contraria a la pretensión. Además de su labor como ensayista, Krystal ha trabajado como guionista: coescribió la película para HBO Thick as Thieves (1999) y escribió el documental Secrets of the Code (2006), sobre el fenómeno de El código Da Vinci. El ensayo que aquí presentamos pertenece a su libro Except When I Write: Reflections of a Recovering Critic.
Es muy cierto. El arte del aforismo
Arthur Krystal. Del libro ‘Except When I Write. Reflections of a Recovering Critic’ (Oxford University Press, 2011). Traducción de Ramón Hondal.
Hay algo ligeramente cómico en dedicarle muchas palabras a un aforismo que, por consenso, es una afirmación breve e independiente con un toque mordaz. Y, sin embargo, reflexionar sobre el tema resulta esclarecedor y estimulante, pues lo que parece evidente no lo es en absoluto. Para empezar, ¿dónde termina el adagio y comienza el aforismo? ¿Es un aforismo un proverbio con un toque de distinción? ¿Un epigrama con un matiz adicional? ¿Un axioma, pero menos riguroso? Creo que, en la conversación cotidiana, la palabra “máxima” es la que más se acerca al aforismo, aunque pocos aforismos poseen la contundencia de la mayoría de las máximas. Un aforismo eficaz provoca, nos hace pensar. Pero también puede estar expresado con tanta fuerza que una reflexión más profunda parezca innecesaria. En todo caso, los aforismos son breves y, por lo tanto, fáciles de citar.
Pero no, ni siquiera eso. Nietzsche, uno de los mejores exponentes de la forma, aplicó el término a pasajes en prosa de muy diversa extensión (solo sus lectores más dedicados pueden citarlos íntegros); y Kafka, el maestro de la parábola, también escribió, al parecer, aforismos que a menudo se excedían en su propósito. Los aforismos de Kafka salieron a la luz en 2004 con la publicación de Los aforismos de Zürau, que consta de fragmentos numerados, muchos de ellos de temática teológica. Fueron descubiertos por Roberto Calasso en la Biblioteca Bodleiana y parecen haber sido compuestos mientras Kafka se recuperaba de la tuberculosis en casa de su hermana, en Zürau, entre 1917 y 1918. Cada fragmento se despliega en una hoja de papel cebolla y, según el epílogo de Calasso, es un aforismo solo “en el sentido kierkegaardiano de una entidad «aislada», que debe estar rodeada de un espacio vacío para poder respirar”. De hecho, solo unos pocos poseen el brío de un aforismo reconocible: “La bondad, en cierto sentido, resulta incómoda”. Los fragmentos exploran en lugar de imponer una postura; en vez de sonar como una réplica o una refutación —un juicio perspicaz presentado con concisión (como la cita de Kafka, tan mencionada y poco propia de Zürau: “Un libro debe ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro”)—, se contentan con remover las aguas en lugar de sumergirnos la cabeza en ellas.

“Aforismo”, del griego aphorismós, es literalmente una distinción o una definición; y los modelos —fragmentos de canciones o supersticiones— probablemente existían mucho antes de que alguien pensara en darles un nombre. Los primeros aforismos trataban seguramente sobre la religión y las normas de conducta, y se transmitieron de generación en generación, cambiando a medida que cambiaba la cultura. A Hipócrates (c. 460-c. 375 a. C.) se le suele considerar el primer aforista publicado, y las primeras seis palabras de su famoso libro sobre medicina quizá resulten familiares: “La vida es corta, y el arte largo; la crisis fugaz; la experiencia peligrosa; y la decisión difícil”.
Si nos guiáramos solo por Hollywood, a los antiguos griegos y romanos los habrían preocupado sobre todo las armas y las orgías. La verdad es algo menos emocionante. Cuando los medios de comunicación se reducían a las cuerdas vocales y los estiletes, cuanto mejor se hablaba, más alto se ascendía, y las palabras que se abrían paso en el discurso cotidiano eran las declaraciones epigramáticas de los hombres que hablaban en público.[1] (¿Qué es un estadista sino alguien que hace declaraciones públicas?) En consecuencia, la retórica —una de las tres artes liberales originales, junto con la gramática y la dialéctica— equivalía a la persuasión verbal. En la Rhetorica ad Herennium, considerada el tratado de retórica en latín más antiguo que se conserva, leemos: “Es mejor que insertemos las máximas discretamente, para que se nos vea como defensores judiciales, no como instructores morales”.
Según el clasicista Patrick Sinclair, la máxima o aforismo propiamente dicho surgió de la sententia, un recurso retórico directamente relacionado con la lectura y la cita. Sententia se traduce como “juicio” u “opinión”, y “sentencioso” no tenía en su origen la connotación de moralismo pomposo, sino que se refería a las impresiones que dejaba la lectura de los textos griegos y latinos. No siempre está claro qué pasajes de Hesíodo, Tales, Heródoto, Tucídides, Séneca, Cicerón, Horacio, Juvenal, Ovidio, Lucrecio y Marco Aurelio fueron concebidos como máximas y cuáles se convirtieron en máximas al ser seleccionados por escritores posteriores; lo que sí está claro es que los antiguos conocían las vicisitudes del corazón humano tan bien como nosotros.
La naturaleza humana puede ser mercurial, pero la naturaleza misma, según la doctrina de la Iglesia, era estable y eterna. Los antiguos aforismos sobre el cosmos bastaban para definirlo. Pero, a medida que la Edad Media evolucionó hacia el Renacimiento, el cosmos y el lugar del hombre en él empezaron a verse de otra manera. La filología humanista y el escepticismo científico dieron origen al ensayo moderno y a escritores para quienes la “nueva filosofía”, introducida por Copérnico y Kepler, “lo pone todo en duda”. La nueva filosofía trajo nuevas formas de adquirir y almacenar conocimiento y, junto con el aumento de obras de teatro, folletos, libros, sermones y tratados, surgió —cuando el papel se volvió barato y abundante— el cuaderno de notas. Elaborados por personas letradas, esos cuadernos servían de depósito para todo lo que alguien considerara digno de registrarse: recetas médicas, chistes, versos, oraciones, tablas matemáticas, aforismos y, sobre todo, pasajes de cartas, poemas o libros. Ben Jonson tenía uno; también John Milton, John Locke y Thomas Jefferson. Cabría pensar que la mayoría de los escritores habrían elaborado compendios tan útiles, pero el de Shakespeare nunca se ha encontrado.
Reflexionando sobre el acto de componer tales libros, Robert Darnton señala que, cuando uno de estos lectores privados copiaba algo en un cuaderno, lo hacía “bajo un encabezado apropiado, añadiendo observaciones realizadas en el transcurso de la vida cotidiana”. En efecto, el “autor” creaba aforismos al designar los pasajes dignos de incluirse. Darnton también nos dice que “los ingleses de principios de la Edad Moderna leían a ratos y saltaban de un libro a otro. Dividían los textos en fragmentos y los ensamblaban en nuevos patrones transcribiéndolos en diferentes secciones de sus cuadernos. Luego releían las copias y reorganizaban los patrones mientras añadían más extractos”. Este modo de lectura segmentado, en lugar de secuencial, que prevaleció hasta que la gente empezó a consumir novelas, “obligaba a quienes lo practicaban a leer activamente… a imponer su propio patrón a su material de lectura… Leer y escribir eran, por lo tanto, actividades inseparables”.[2]
Un modo de pensamiento segmentado o aforístico caracteriza sin duda al filósofo y estadista Francis Bacon (1561-1626). Bacon no solo llevaba un cuaderno de notas, sino que algunas de sus obras publicadas —Apothegms (1624) y Essays (1625)— tienen ese mismo aire. Intrigado por el nuevo modo de pensamiento científico, Bacon decidió que había dos maneras de llegar a la verdad: la investigación metódica, que producía datos ordenados y relacionados, y la experiencia cotidiana, que culminaba en juicios discretos y asistemáticos, o aforismos. Lejos de ser falsos, los aforismos, “salvo que sean ridículos, contienen una buena cantidad de observación”. Dicha observación, “que representa un conocimiento fragmentado, invita a indagar más; mientras que los métodos, que aparentan ser totales, dan seguridad, como si estuvieran en el punto más lejano”.
Los aforismos del propio Bacon reflejan a la perfección su perspectiva filosófica: “Si un hombre empieza con certezas, acabará en dudas; pero si se contenta con empezar con dudas, acabará en certezas”. La Ilustración —el descubrimiento de la verdad— fue una época propicia para los aforistas: con un solo golpe sintáctico podían describir tanto la naturaleza como la sociedad, despojándolas de pretensiones y emitiendo juicios desfavorables sobre la humanidad. François, duque de La Rochefoucauld (1613-1680), marcó la pauta —y quizás el estándar— del aforismo implacablemente honesto: “Todos tenemos la fuerza suficiente para soportar la desgracia ajena”, escribió. “A menudo perdonamos a quienes nos aburren, pero no podemos perdonar a quienes aburrimos nosotros”. Y (¡atención, Donald Trump!): “Se necesita mayor carácter para sobrellevar la buena fortuna que la mala”.
En la Francia del siglo XVII, y en cierta medida en Inglaterra, la invención de máximas era un pasatiempo habitual en los salones literarios. Idear un epigrama ingenioso te hacía ganar puntos y, si tu linaje era dudoso, ayudaba que lograras divertir a tus superiores. Muchos salones y partidas de caza tenían probablemente sus propias versiones de Truman Capote o Fran Lebowitz: bromistas que se ganaban la vida lanzando ocurrencias ingeniosas y comentarios mordaces. Claro que, una vez que te labrabas una reputación de ingenioso, la presión podía ser enorme. Por muy rápidos e inteligentes que fueran estos charlatanes, sospecho que se despertaban cada mañana ideando dichos memorables que pudieran soltar como por casualidad en la mesa.
Inspirándose en el popular Libro de máximas de La Rochefoucauld (1665), el marqués de Vauvenargues (1715-1747), Voltaire (1694-1778), Nicolas Chamfort (1741-1794) y Joseph Joubert (1754-1824) publicaron colecciones de aforismos. En Alemania, Georg Lichtenberg (1742-1799) y, en ocasiones, Arthur Schopenhauer (1788-1860) se sintieron atraídos por esta forma, que alcanzó gran popularidad en Inglaterra y América. Benjamin Franklin escribió los suyos, al igual que Alexander Pope (en pareados) y William Blake (en poemas rimados). Los lores Chesterfield y Halifax fueron famosos por sus declaraciones concisas, y el doctor Johnson llegó a afirmar que “la humanidad podría llegar, con el tiempo, a escribirlo todo de forma aforística, excepto la narrativa”.
No todos los aforismos eran admirados y repetidos al instante o, si se repetían, admirados para siempre. Lo que pudo empezar como un aforismo incisivo podía, tras mucha repetición, convertirse en un proverbio anodino; tal vez por eso Lord Chesterfield aconsejó a su hijo: “Un hombre elegante jamás recurre a proverbios ni a aforismos vulgares”.[3] Según John Gross, cuya Oxford Book of Aphorisms (1983) sigue siendo la mejor antología de su género, una vez que el aforismo pasó a “denotar la formulación de un principio moral o filosófico”, fue posible que alguien como el poeta sir Richard Blackmore despachara la breve obra de Hipócrates como un “libro de chistes”. Si bien la palabra “aforismo” cayó temporalmente en desuso, no hay razón para pensar que el ingenio seco, la crítica mordaz o el comentario agudo desaparecieran con ella.
En cualquier caso, el término fue rescatado por el doctor Johnson, que lo incluyó en su Dictionary, y más tarde recibió un nuevo impulso gracias a la reseña que John Stuart Mill hizo en 1837 de un libro de aforismos titulado Thoughts in the Cloister and the Crowd. Mill retomó el trabajo donde Bacon lo había dejado o, para ser menos precisos, retomó la idea de Bacon de que los aforismos no eran, en palabras de Mill, el producto de “largas cadenas de razonamiento”, sino que se presentaban “en el mismo estado inconexo en que fueron descubiertos”. Mill, filósofo moral y político más que metafísico, apreciaba el aforismo por su capacidad de resumir y transmitir verdades mundanas, pero su predilección por esta forma no era nada comparada con las aspiraciones que Nietzsche depositaba en ella. Con su característica modestia, Nietzsche nos informa: “El aforismo, el apoftegma, en el que soy el primer maestro entre los alemanes, son las formas de la «eternidad»; mi ambición es decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro, lo que todos los demás no dicen en un libro”.
La temprana formación filológica de Nietzsche, su aversión a los discursos trascendentales y su predilección por un lenguaje apasionado —cuyo ritmo e intensidad vibrante, esperaba, provocarían una revolución psicológica y pedagógica— lo condujeron de manera natural al aforismo. No solo quería explicar el mundo, sino también desenmascarar la opinión generalizada como la farsa debilitante que era; en rigor, quería reconfigurar las formas de pensar. Y, al pensar en el estilo de Nietzsche, conviene recordar que el título completo de El crepúsculo de los ídolos contiene la frase O cómo se filosofa con un martillo. Nietzsche añadió esas palabras y el prefacio después de haber escrito el libro, y señaló que los ídolos en cuestión fueron “tocados con un martillo como con un diapasón”. Menos interesado en destruir ideas viejas que en hacer resonar otras nuevas, insistió en que su estilo fuera a la vez lúcido y poderoso.
Nietzsche sostenía que la mayoría de los pensadores “escriben mal porque nos comunican no solo sus pensamientos, sino también el proceso de pensarlos”. Por lo tanto, si se quería que los lectores pensaran mejor, había que escribir mejor. Nietzsche describía sus propios escritos como “anzuelos” destinados a captar la atención del lector y, presumiblemente, a sacarlo de las turbias aguas metafísicas del pensamiento occidental. Los aforismos, por supuesto, eran el anzuelo y el cebo:
“La presentación, a modo de relieve e incompleta, de una idea, de toda una filosofía, resulta a veces más eficaz que su realización exhaustiva: deja más trabajo al espectador, lo impulsa a seguir trabajando en aquello que se le presenta tan nítidamente grabado en luces y sombras, a reflexionar sobre ello hasta el final y a superar incluso aquella limitación que hasta entonces le ha impedido manifestarse plenamente formada.”
Nietzsche, que prefería unos dioses que filosofaran a un Dios de conocimiento absoluto, probablemente habría visto con cierta aprobación la llegada de Ludwig Wittgenstein. Se piense lo que se piense del pensamiento de Wittgenstein o de su evolución, pocos sostendrían que se ciñera a una presentación tradicional de las ideas. Al igual que Nietzsche, Wittgenstein escribía de forma aforística, pero no tanto para forjar un estilo como para expresar la ambigüedad inherente a cualquier descripción de la realidad. El problema de la realidad es que no deja de ocurrir, y “la filosofía, por lo tanto, no es una teoría, algo con dogmas… es una actividad”.
Puede que los filósofos hayan escrito más sobre el aforismo que otros autores, pero no son necesariamente los pensadores más profundos quienes ofrecen los ejemplos más vívidos. Para empezar, los filósofos tienen en mente cosas más importantes que nuestras debilidades y necedades. Esas formulaciones mordaces que desenmascaran nuestras pretensiones y se burlan de nuestra autoestima son producto del ingenio innato y de la perspicacia social. Los aforistas —los buenos, al menos— llevan la ironía en el alma. Pueden condenar la hipocresía, la estupidez, la avaricia y la traición humanas, pero, en lugar de despotricar a los cuatro vientos, responden con un juicio perfectamente formulado. “El arte es aquello con lo que te puedes salir con la tuya”, bromeó Andy Warhol. Para quienes conocían el mundo del arte, fue como si de pronto se revelara el mecanismo simplón de una compleja ilusión. Y eso es lo que hacen los mejores aforismos: señalan una verdad que está justo fuera de nuestro alcance. ¿Acaso no nos damos cuenta casi de inmediato, aunque nunca lo hayamos dicho en voz alta, de que “la receta para el aburrimiento es… la completitud”? Y, como la ironía no le teme a la paradoja, un buen aforismo a veces puede burlarse de su propia seriedad incluso al exponer una idea reveladora: “Si los ricos pudieran contratar a otros para que murieran por ellos, los pobres podrían vivir de maravilla”.
James Geary, autor de The World in a Phrase: A Brief History of the Aphorism (2005) y Geary’s Guide to the World’s Great Aphorists (2007), afirma que “los aforismos nos ofrecen el mundo en una frase”. Difícilmente. Algunos pueden ofrecer un mundo, pero solo cuando vinculan, como dijo Mark Twain y nos recuerda Geary, “un mínimo de sonido con un máximo de sentido”. Fue Mill quien señaló que “cualquier proposición expresada epigramáticamente casi siempre va más o menos más allá de la verdad estricta”. Pero fue el dandi vienés Karl Kraus quien lo expresó aforísticamente: “Un aforismo nunca coincide con la verdad: es una verdad a medias o una verdad y media”. Esto, por supuesto, nos lleva a la cuestión del grado en la propia definición de Kraus: ¿su aforismo es menos que la verdad o más? Si consigues resolver esto, no tendrás problema para decidir si la máxima de Thomas Macaulay según la cual “Nada es tan inútil como una máxima general” se contradice a sí misma.
Para W. H. Auden, autor de un libro de apuntes en 1970, los aforismos “son esencialmente un género literario aristocrático. El aforista no argumenta ni explica, sino que afirma, y en su afirmación subyace la convicción de ser más sabio o inteligente que sus lectores”. Susan Sontag expresó algo muy similar al describir la obra de Roland Barthes: “Es inherente al pensamiento aforístico estar siempre en un estado de conclusión; el afán por tener la última palabra es propio de toda frase poderosa”. Esa última palabra es precisamente lo que buscamos: un poco de autoridad que transformamos en certeza. Los aforismos suelen proporcionarla, pero ¿a qué precio?
El lenguaje no solo expresa el pensamiento: es el molde que le da forma. Nietzsche lo sabía mejor que nadie, y esperaba que los aforismos educaran no con el ejemplo, sino con la inspiración. Los aforismos revelarían una puerta al conocimiento cuya existencia desconocíamos. El problema es que pueden distraernos de otras aberturas, otras puertas de la percepción, como diría Blake. Esas impresionantes afirmaciones autónomas, presentadas bajo la apariencia de conocimiento concentrado, a veces pueden resultar demasiado eficaces. Si se asimilan, tienden a bloquear la mente: “A pesar de su habilidad práctica”, dijo George Eliot del rector en Daniel Deronda, “parte de su experiencia se había petrificado en máximas y citas”.
Milton admiraba las máximas elegantes, pero desconfiaba de los “aforismos tiránicos” que, junto con la adulación y los vaivenes del poder, podían infundir en los corazones estériles una “esclavitud de conciencia”. De hecho, la adhesión servil a una proposición simplista es la esencia del Ministerio de la Verdad de George Orwell, cuyos lemas —LA GUERRA ES PAZ, LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD, LA IGNORANCIA ES FUERZA— son garrotes verbales con los que se pretende doblegar nuestra voluntad a la del Estado. La cuestión es que, cuando abusamos del lenguaje y pervertimos los significados consensuados, acabamos por degradarnos. ARBEIT MACHT FREI[4] no es en sí misma una afirmación terrible ni falsa, pero, colocada sobre la puerta que conduce a Auschwitz, las palabras desprenden una ironía que raya en la maldad.
Todo lo que puede educar también puede manipular, y cualquiera que le venda algo al público —dictadores, directores ejecutivos, publicistas— conoce el poder de las frases fáciles de recordar. Yo mismo, por ejemplo, sigo creyendo que “se necesita un hombre duro para hacer un pollo tierno”. Un buen eslogan publicitario, por supuesto, no tiene por qué ser cierto: solo tiene que ser pegadizo. Pero un aforismo bien elaborado no solo nos detiene en seco: nos impide avanzar. Aunque no lo aceptemos de inmediato, puede causar un gran impacto: “No hay una Mozart femenina porque no hay una Jack el Destripador femenina”, nos dice Camille Paglia. ¿Vale la pena discutirlo? ¿O nos estamos dejando engañar por la evidente simetría de la frase? Cierto o no, algunos aforismos hacen difícil imaginar que se haya dicho algo mejor sobre el tema: “Toda clase es incapaz de gobernar”, proclamó Lord Acton. “Ningún copo de nieve en una avalancha se siente responsable”, observó Stanisław Lec. “Maximiste, pessimiste”, concluyó Joseph Roux.
Y aquí reside tanto el peligro como el atractivo del aforismo. Una afirmación puede estar tan bien formulada que su fuerza dependa por completo de su estructura, pero, en cuanto reflexionamos sobre ella, podemos llegar a otra conclusión. “Si temes a la soledad, no te cases”, advirtió Chéjov. “En la guerra, como en la prostitución, los aficionados suelen ser mejores que los profesionales”, declaró Napoleón. Ambas afirmaciones son falsas, en mi opinión. Por otro lado, una breve reflexión puede enriquecer el sentido de un aforismo: “Sean cuales sean sus méritos, un hombre con buena salud siempre decepciona”. Por un instante, esto suena meramente provocador, pero quizás E. M. Cioran se refería a hombres tan sanos —física y mentalmente— que afrontan las vicisitudes de la vida con una serenidad o una firmeza que, por admirables que sean, al final resultan sencillamente aburridas.
El aforismo de Nietzsche según el cual “Toda filosofía es la filosofía de alguna etapa de la vida” sugiere que nuestra predilección por ciertos aforismos puede cambiar con el tiempo. Algunas afirmaciones solo se vuelven ciertas cuando la experiencia las confirma. Un amigo mío que impartía un curso universitario sobre aforismos utilizó la frase de Bernard de Fontenelle “Odio la guerra: arruina la conversación” como ejemplo del arte de la ironía. Sin embargo, una de sus alumnas discrepó de inmediato. Le pareció que la afirmación no era ni irónica ni ingeniosa, sino una simple verdad. Había crecido en Kosovo durante la guerra de Bosnia, y contó que toda conversación (salvo sobre la guerra) se interrumpió cuando serbios y croatas empezaron a combatir.
Es imposible, de hecho, saber qué aforismos impresionarán a la gente. La observación de Paul Valéry de que “entre los hombres solo hay dos relaciones: la lógica o la guerra” me impactó cuando la leí por primera vez, pero a otros puede parecerles literalmente insignificante. La frase reveladora que memorizamos dice, de hecho, más sobre nosotros mismos —sobre nuestro gusto por los libros y las personas— que sobre cualquier otra cosa. Geary, por ejemplo, admira el arte de instalación de Jenny Holzer, que utiliza dichos a los que ella llama acertadamente “aforismos”. No sabría decir por qué exactamente la obra de Holzer me deja indiferente, ni por qué la gente del New York Times, el Museo Whitney y la Bienal de Venecia piensan lo contrario, pero sí puedo decir que sus aforismos —obviamente paródicos, una crítica de las costumbres contemporáneas— no me hacen reevaluar nada: “Eres víctima de las reglas por las que te riges”; “Disfruta porque de todos modos no puedes cambiar las cosas”; “Ir a lo seguro puede causar mucho daño a largo plazo”. Una vez que uno reconoce la ironía autoconsciente de estos tópicos —que emanan de diodos luminosos en museos, galerías y lugares públicos—, ¿qué queda por saber? ¿Qué queda por pensar?
Los aforismos han sido descritos como meteoritos, disparos, rayos, trucos de magia y aceleradores de partículas. Derrida, en Cincuenta y dos aforismos para un prólogo, se esmera en informarnos de lo que el aforismo no es: “[No] es ni una casa ni un templo, ni una escuela, ni un parlamento, ni un ágora, ni una tumba. Ni una pirámide, ni, sobre todo, un estadio”. ¿Por qué?, se preguntarán. Porque, como explica Derrida, “no hay lugar habitable para el aforismo”. Esto me parece una forma elegante de decir que el aforismo es difícil de confinar y tiene vida propia, al margen de la de su creador, pero en realidad no ilustra lo que lo hace tan atractivo. No todos los cincuenta y dos aforismos de Derrida tratan sobre el aforismo en sí, pero los que lo hacen tienen una inclinación filosófica: “12. Esto es un aforismo, dice. La gente se contentará con citarlo”. “21. Esto no es un aforismo”. (¿12, 21? ¿Coincidencia?) El número 46 parece haber llamado la atención de algunos críticos: “A pesar de su apariencia fragmentaria, [los aforismos] hacen un signo hacia la memoria de la totalidad, a la vez ruina y monumento”.
Si la afirmación de Friedrich Hölderlin de que “Solo hay una disputa en el mundo: ¿qué es más importante, el todo o la parte individual?” tiene algún mérito, entonces el aforismo de Derrida también lo tiene. Los aforismos son completos en sí mismos, y encapsulan las culturas que los crearon (hoy desaparecidas); y, sin embargo, son también fragmentos incipientes, quizás solo un poco menos transitorios que los hombres que los articularon. Pero entonces uno piensa que todo es un fragmento de un todo mayor, así como, en potencia, una ruina —tú, yo, el planeta, la galaxia—, y queda claro que la intensidad y la aparente profundidad de la afirmación de Derrida se basan más en la yuxtaposición poética de unas palabras concretas que en una gran verdad.
Los filósofos se esfuerzan por comprender el mundo con palabras, pero estas solo funcionan hasta cierto punto. La mente, también hasta cierto punto, es incapaz de trascender las sensaciones que recibe y los juicios que extrae de ellas. Los aforismos a veces pueden insinuar la naturaleza del enigma, pero no lo resuelven; otra razón por la que los lectores que disfrutan de los aforismos, y los escritores que se deleitan con ellos, se inclinan hacia la ironía. En el fondo, la existencia es inexplicable. Se puede aceptar esta situación con resignación, con una fortaleza imperturbable, con diversos grados de ira o de melancolía, o con una sutil perplejidad: “Si lo piensas bien”, escribió P. G. Wodehouse, “¡qué cosa tan extraña es la vida! Tan diferente a todo lo demás, ¿no lo sabías?”. Tampoco la conciencia de la incertidumbre garantiza la veracidad de las afirmaciones al respecto. La famosa frase de Wittgenstein, “De lo que no se puede hablar, hay que callar”, parece resumir la verdad, pero ¿cómo sabemos de qué no podemos hablar sin antes habérnoslo formulado de alguna manera?
La autoridad que concedemos a las palabras hace posible la comunicación. Sin embargo, siempre habrá una brecha entre el lenguaje y la verdad. Las proposiciones, advirtió Wittgenstein, reducen las cosas a lo que ya sabemos y, por lo tanto, usar palabras para transmitir cómo las palabras representan (es decir, distorsionan) la realidad es como reparar “una telaraña rota con nuestros dedos”. Si Wittgenstein, y Nietzsche antes que él, se apartaron de las tradiciones epistemológicas previas, rechazando la construcción de sistemas filosóficos, fue porque sabían lo suficiente para hacerlo. Su erudición cristalizó en aforismos. En cierta medida, todos los aforistas importantes eran a la vez eruditos y pedagógicos. La poesía, conviene recordarlo, era un arte heurístico destinado a instruir además de deleitar; y la filosofía, o el amor a la sabiduría, surgió para decirnos cómo aplicar esa sabiduría a la vida. Los grandes aforistas —Bacon, La Rochefoucauld, el doctor Johnson, Hazlitt, Twain, Wilde, Shaw y Orwell— no brotaron como flores al borde del camino: sus raíces se remontan a Platón y a Cicerón.
La historia da y la historia quita, y en este ciclo parece habernos quitado el aforismo y habernos dado la frase pegadiza. Abundan las ocurrencias ingeniosas de anuncios, películas, programas de televisión y canciones populares; basta con echar un vistazo al recién publicado y ridículo Yale Book of Quotations, que incluye joyas como “libera tu mente y tu trasero la seguirá”. Sin embargo, un alto coeficiente de citabilidad no es indicio de encanto ni de profundidad aforística. Y, aunque no se requiere una reflexión profunda para componer aforismos, sí hace falta cierto talento literario; últimamente, la tarea de crear frases memorables ha recaído en los redactores publicitarios y los guionistas. Si bien es agradable saber que “todos estamos conectados” y que “una mente es algo terrible de desperdiciar”, da pena pensar que ya no busquemos en los poetas los epigramas y aforismos que nos definen. ¿Cuándo fue la última vez que un poema ofreció una frase realmente memorable sobre quiénes somos o sobre la época en que vivimos? Solo puedo hablar de la poesía estadounidense y británica, pero tengo que remontarme a Auden (“a quienes se les hace el mal, hacen el mal a su vez”) y a Larkin (“toda soledad es egoísta”) para encontrar versos sobre estos temas que valga la pena recitar.
No es que hayamos renunciado al aforismo. El libro de Geary The World in a Phrase se vendió lo suficientemente bien como para justificar la publicación de Geary’s Guide to the World’s Great Aphorists, un libro perfectamente aceptable para hojear, siempre y cuando no te importe encontrarte con frases tan desafortunadas como “uno muere de todo, sobre todo de vivir” o “incluso la condenación está envenenada de arcoíris”. Es evidente que los lectores siguen deseando dosis saludables de sabiduría en pequeñas cantidades, pero esto por sí solo no garantiza la vigencia del aforismo. Para ello necesitamos escritores que compongan deliberadamente esas afirmaciones concisas y memorables que antaño fueron un pilar de la literatura. ¿Cuántos lo hacen todavía?
Nadie tiene la culpa de esta situación; al fin y al cabo, la cultura está determinada en parte por lo que esperamos de ella. Pero, dado que los escritores —y en especial los novelistas— abordan inevitablemente la condición humana, tarde o temprano es inevitable tener suerte. Como observó A. N. Whitehead: “Hay un paso muy corto entre una frase descuidada y una revelación”. Sí, así es. Pero, claro, la suerte suele ser solo la culminación de la experiencia y el aprendizaje; esa frase descuidada podría estar gestándose ahora mismo y, cuando llegue el momento oportuno, se desatará y las palabras fluirán, una tras otra, en perfecta sincronía.
Notas
[1] Marcial (Marco Valerio Marcial) creó el epigrama propiamente dicho alrededor del año 86 d. C., en forma de dísticos elegíacos.
[2] Hoy en día no se publican muchos cuadernos de notas. En mi biblioteca personal se encuentran The Practical Cogitator (“esta antología para el pensador”) y A Certain World, de W. H. Auden. Claro que cualquiera puede llevar un cuaderno de notas, y miles de blogueros lo hacen, aunque cabe preguntarse si lo que buscan es conocimiento o simplemente satisfacer miles de egos.
[3] Hoy en día, algunos expertos en paremiología (el estudio de los proverbios, por si no lo sabías) sostienen que las expresiones populares dejaron de usarse en gran medida en el lenguaje cortés de la Inglaterra del siglo XVIII.
[4] Frase en alemán cuya traducción sería EL TRABAJO LIBERA. Estaba colocada a la entrada de numerosos campos de concentración nazis. (Nota del traductor.)


