Cuando Pedro Almodóvar estrenó Dolor y gloria, su película de 2019, muchos de quienes hemos seguido con interés su carrera, respiramos con alivio. Al fin, tras una serie de obras menores que mostraban un pulso incierto, y un cierto regodeo en lo que ya eran lugares comunes de su estilo y su mundo, aparecía una obra que no solo nos devolvía a un director seguro de sus recursos, sino que optaba por ponerse a sí mismo, en un retrato a fondo, de sí mismo y de su biografía. Eso es Dolor y gloria, con la cual Almodóvar, más allá de apelar a sus resortes estéticos predecibles y consabidos, se lee como personaje, en la piel de un Antonio Banderas que aparece como un magnífico álter ego. Dolor y gloria fue un repaso y puesta al día de sus obsesiones, su ajuste de cuentas con la muerte de su madre, y un golpe seguro ante la mirada dudosa de quienes ya se desalentaban más y más, o parecían gozar con la caída y el declive que podía confirmarse en filmes como Los amantes pasajeros: su desdichado intento por retornar al frenesí de las alocadas comedias con las cuales dio inicio la filmografía de este manchego, y la tibia recepción que se le había brindado a Julieta, de 2016. Tres años se tardó Almodóvar en regresar al set para dar marcha al proyecto de Dolor y gloria, que vi también en la Cineteca Nacional de Ciudad de México, a la que he regresado para ver, por fin, Amarga navidad, su más reciente obra, en este año en el que el director de Volver y ¡Átame! llegará a sus 77 años de vida y creación.
Amarga navidad es esa nueva obra, que nos lleva a retomar los hilos de Dolor y gloria, ahora desde una voluntad ligada a la autoficción de la cual Almodóvar extrae los distintos niveles de su argumento. Como si quisiera deconstruir el mecanismo que puso en práctica en 2019, cuando estableció una doble narrativa en Dolor y gloria: la del director enfrentado a sus fantasmas y sus dudas y la película que sueña dirigir, avanzando simultáneamente, hasta que en el minuto final se nos revela el enlace entre ambas líneas. Lo que sucede es que, si en aquella ocasión el recurso funcionó, aquí pareciera que nos propone un primer borrador de lo que podría ser una idea aún por afinar, con bordes autocomplacientes que mal disimulan una repetición de patrones ya demasiado reconocibles. Como es de esperar, aquí está el cuidadoso trabajo de puesta en pantalla y dirección de arte que es propio de Almodóvar: las pulcras superficies que abundaban en Madres paralelas y sus títulos anteriores a este, incluyendo los cortometrajes The Human Voice y Strange Way of Life, sus primeros experimentos en lengua inglesa. Y está la siempre eficaz banda sonora de Alberto Iglesias. Pero uno no deja de preguntarse si lo esencial, el guion, no está intentando, de modo desesperado, hacernos llamar la atención sobre un Pedro Almodóvar que regresa a los elementos ya abordados en Dolor y gloria para desmontarlos y, en esa maniobra, cubrir unas dos horas en pantalla que logran solo ajustarse cuando los créditos finales están ya a la vuelta de la esquina. Sobre él, sobre Almodóvar, y no sobre sus personajes.
En Amarga navidad hay un director (Raúl, Leonardo Sbaraglia, también regresando desde su aparición en Dolor y gloria) que escribe un guion acerca de otra directora de cine (Elsa, Bárbara Lennie). La historia de Raúl transcurre en 2025, la de Elsa, en el 2004, y son espejos que se reflejan indirectamente. El guion que escribe Raúl se va alimentando de sus vivencias, pero también vampiriza las de su asistenta, Mónica, interpretada por la mejor presencia de toda la película, Aitana Sánchez-Gijón. Tras veinte años de trabajo en conjunto, Mónica decide concentrarse en su propia vida, junto a su novia que está por perder a un hijo. Elsa, la directora de cine imaginaria, está sufriendo ataques de pánico, bregando con el recuerdo de su madre muerta, y en plena relación con Bonifacio, el joven bombero que también trabaja como stripper, encarnado (en el sentido más literal de la frase si recordamos la escena donde aparece en una despedida de soltera), por Patrick Criado. Pero de pronto, decide dejarlo todo, irse a Lanzarote con otra amiga que intenta abandonar a un marido que supone infiel, y lo que vemos se vuelve una suerte de eco de Persona, la extraordinaria película de Bergman, aunque la referencia aquí no nos permita cubrir los muchos agujeros de una trama que no acaba de compensar sus dos planos narrativos.
El resultado ha vuelto a dividir a los críticos, que hablan lo mismo de una nueva obra maestra, o se lamentan de una suerte de déjà vu que el propio director, en cierto modo, reconoció a su paso por Cannes con este filme, con el que tampoco consiguió la Palma de Oro, uno de los premios que aún se le escapan. Entender Amarga navidad y Dolor y gloria como una especie de díptico, ayuda a entender muchos de lo que nos propone, pero tampoco consolida su razón de ser, su añadido a una filmografía en la cual mujeres abandonadas, directores-guionistas enfrentados a sus demonios, canciones de Chavela Vargas con efecto lacrimógeno y golpes de color publicitario, amén de autocitas y referencias constantes, rizan el rizo. Tras el paso, tantas veces premeditado, por el cine en inglés (esa suerte de compendio de manierismos almodovarianos que fue The Room Next Door, apenas sostenido por las presencias impecables de Tilda Swinton y Julianne Moore), el director vuelve a su idioma, y ello quiere decir, a su estilo de diálogo, que aún en los momentos más débiles era rápido, ingenioso y aportaba instantes de gran calado psicológico. Esto asoma aquí una que otra vez, sobre todo en la escena que viene a ser el pilar de toda Amarga navidad: el enfrentamiento entre Mónica y Raúl en el parque de El Retiro, donde él descubre que ha estado persiguiendo el argumento y el conflicto equivocado. Y que es el punto en el que nos decimos: esa es la película. Lástima que llegue a manera de un epílogo tardío, y que culmine ahí donde, tras demasiado tiempo de metraje, cosas demasiado obvias al fin se hacen claras para su protagonista.
Donde el director y guionista ha querido añadir sustancia y hondura a sus personajes, a esas criaturas de ficción que imaginan a otras criaturas de ficción con las que intenta reflejar sus preguntas actuales, falta algo esencial: empatía. Algo que Almodóvar nos concedía rápidamente, en las obras que caracterizan lo mejor de su producción. El tono mesurado, la contención incluso de estos últimos años, dejadas atrás las explosiones y efectos melodramáticos cargados de humorismo de sus obras iniciales, no era menos efectivo en Hable con ella o Carne trémula y Volver, lo que demostraba que su autoconciencia creativa iba mutando hacia otras vivencias y cuestionamientos. Aquí resulta difícil encontrar ese hilo de emoción que nos acerque a Elsa, la “directora de culto”, que lo mismo tiene ataques de pánico y reconoce no haber hecho el duelo que su madre merece, que se desocupa de su joven amante y se vuelve hacia otras amigas cuyas vidas quiere colocar en un nuevo guion. Hay algo que falla en ese personaje que me impide tener mayor conexión con el desempeño de Bárbara Lenie, y esto no creo que sea su culpa, sino que se debe al trazo neurótico con el que Almodóvar (o Raúl) la dibuja en las páginas de eso que le alarga él a Santi, su pareja, advirtiéndole: “es un primer borrador”. Y no podemos estar más de acuerdo con tal aclaración, una vez que ha concluido la película.
A lo largo de su carrera, Pedro Almodóvar ha construido su propio metaverso, un mundo donde se conectan gestos, palabras, hallazgos y pérdidas, que permiten una lectura mayor de todas las partes de ese paisaje en el que coinciden, como sucede aquí, ecos de otros filmes: desde elementos que ya se apuntaban en aquella obra seminal que es La ley del deseo, hasta los dramas de la escritura que sufría Leo, o Marisa Paredes, en La flor de mi secreto. El peligro reciente de sus empeños radica en cómo él mismo ha transustanciado lo que fue antes una provocación en imagen autocomplaciente. Y aunque no dudo de su afán por desnudarse en Amarga navidad, la visión que nos produce es menos efectiva y contundente que esas obras anteriores donde ya se discutía la responsabilidad del creador ante la vida, y la intrincada dependencia que alimenta la autoficción. “Eres más sincero en tus guiones que en la vida”, algo así le espeta Mónica a Raúl, y hay una clave de angustia ahí que la película bordea, pero que solo se avizora ya en esos últimos instantes. La autoficción contiene no solo planos múltiples y simultáneos de realidad y ficción, de realidad y deseo (para decirlo con Cernuda), sino también cuestiones éticas que Proust sobrepasó con su genio, y que arrastraron a Truman Capote en su estrepitosa caída ante la sociedad norteamericana a la que quiso retratar crudamente en sus devastadoras e inconclusas Answered Prayers. Amarga navidad nos acerca a esa contienda entre polos tan opuestos y comprometidos. Lo más penoso de este esfuerzo es que, llegado el desenlace, ninguno de esos dos polos acaba de resultar vencedor o, por lo menos, lo suficientemente nítido ante las expectativas que la propia película va ofreciendo a sus espectadores.
Tal y como le sucedía en Los abrazos rotos o en Julieta con el manejo de los flashbacks, acá la narrativa depende del cruce y el acorde entre esos dos tiempos: el real de la ficción y el de la ficción misma que imagina y vive Raúl. En ese espacio intermedio demasiadas cosas van quedando a oscuras, y el tiempo que ocupa no uno, sino dos homenajes a Chavela Vargas, podría haberse ganado ofreciendo pistas más seguras o dando a varios personajes un destino y un perfil más logrado: ni Bonifacio ni Santi, los amantes de Elsa y Raúl, logran crecer en la trama, quedando como bocetos de historias más interesantes que no se nos revelan. Tampoco es que las amigas de Elsa logren hacernos comprender la verdadera relación que existe entre ellas y la directora de cine devenida realizadora de comerciales. En Amarga navidad, el guion contiene estos vacíos y trata de convertirlos en puntos de conflicto, los asume y los discute, tal y como hace con el estado actual de la trayectoria de Almodóvar a través del estancamiento de su álter ego, pero ello lejos de exponerlo a fondo termina oliendo a indulgencia y autoconmiseración, más que al ingenio con el cual él mismo ha resuelto esos dilemas en estos y otros detalles en algunas de sus películas. Su carta de triunfo, repito, es Mónica, su agente, porque es ella quien realmente le exige librarse de sus máscaras, dejar a un lado la comodidad de lo ya conseguido en su obra, y le recuerda que la vida alimenta la ficción, pero no existe únicamente con ese fin. Uno quisiera imaginar ese otro filme en el que, a través de la mirada de Mónica, pudiéramos entender a Raúl, y a Almodóvar, a cabalidad. Pero eso tal vez suceda en su próximo título, o después del estreno del proyecto en cual ya se encuentra –incansable siempre– trabajando.
Si algo hizo interesante durante un buen tiempo la trayectoria de Almodóvar fue que, como parte de eso que llamamos “cine de autor”, no necesitaba explicarse. Esperábamos de él lo imprevisto, lo sorprendente, el giro dramático no convencional a veces resuelto con una canción (Mina, Bola de Nieve, Chavela, Lola Beltrán, La Lupe, Estrella Morente…), y su eficacia al añadir a ratos un giro brusco en la trama, mediante el humor o su inclinación hacia el melodrama asumido sin tapujos. Hay una cinematografía al estilo Almodóvar como hay un cancionero Almodóvar, un ámbito de muebles, objetos, vestuarios Almodóvar, un dialecto Almodóvar en el que coinciden los acentos de Madrid con los de otros sitios del mundo, una biblioteca Almodóvar que podemos reconstruir revisando los fotogramas de sus películas, y que se agranda con cada nuevo título. Y un recetario Almodóvar, lo mismo farmacéutico que culinario, que sus devotos podemos recorrer desde los morfidales hasta la receta del mejor gazpacho del cine. Y una galería de rostros (Carmen Maura, Rossy de Palma, Bibiana Fernández, Chus Lampreave, Victoria Abril, Julieta Serrano, Marisa Paredes, Penélope Cruz, la propia madre del director, Antonio Banderas, Eusebio Poncela, Ángel de Andrés, Javier Cámara…) con los que ya nos relacionamos instantáneamente. Amarga navidad aporta poco a todo ello, aunque dependa tanto de esos antecedentes. Deconstruye a Almodóvar pero no logra devolvernos su médula en un ejercicio ni tan sólido ni tan pródigo de afectos como esas otras obras suyas a las que ahora, con un tono didáctico incluso, quiere que lleguemos para entenderlo desde una honestidad que nos dice quién es él ante sí mismo, pero se detiene justo ahí donde la pregunta mayor consigue enunciarse.
Confieso, una vez más, que tengo con el cine de Almodóvar que no se limita a reconocer sus logros o sus tropiezos. El golpe de aire fresco que sus obras llevaron también a Cuba, desde los tiempos en que circulaban en borrosas copias de video, se veían en ciclos organizados por la EICTV o en cineclubes (gracias, otra vez, Luciano Castillo y Rufo Caballero), hasta la gloriosa irrupción de Mujeres al borde de un ataque de nervios en aquellas proyecciones del cine Chaplin a las que acudió media capital, hasta su retrospectiva del cine Trianón a mediados de los noventa, y las colas y matazones por ver “lo nuevo de Pedro” en los festivales de diciembre, son parte de esas memorias que incluyen, cómo no, topármelo en sus visitas a La Habana, y pedirle un autógrafo en la minúscula morada de Bladimir Zamora, a cuya puerta tocó para saber más acerca de La Lupe y Freddy, guiado por las pistas de Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Con sus películas mantengo un diálogo que ha pasado por esas fases, intensidades y pausas de una relación sentimental, a la que sin embargo siempre vuelvo.
En esa Cuba de la cual él habló mediante Benigno, uno de sus personajes en Hable con ella, con un parlamento demoledor que fue brevemente censurado en esa Isla a la que no ha vuelto, mencionar su nombre era una especie de contraseña que nos ayudaba a acelerar diálogos, entendernos sin subterfugios, disfrutar con malicia o picardía un gesto y una actitud. Aquel fervor por disfrutar de su cine en La Habana, como tantas cosas allí, ha disminuido, pero no ha logrado hacer que desaparezca enteramente lo que para sus fieles significa cada uno de sus estrenos. Todo ello vuelve a mi cabeza cuando entro a una sala de cine para ver sus nuevas piezas: desde la sala de cines Princesa en Madrid donde vi Julieta y no pasábamos de cinco o seis espectadores, a esta ocasión en la cual regresé a la Cineteca con el deseo de que, a pesar de los comentarios que ya había leído, encontrara al menos un elemento de interés en Amarga navidad, como quien desea renovar ciertos votos. Y claro que lo hay, porque él es, incluso en sus momentos menos contundentes, un maestro en su propio ámbito, un estilista capaz de ironizar sobre su condición, y un hombre agudo e inteligente. Alguien que necesita hacer cine para estar vivo, porque el cine es su vida, en una relación que probablemente no requiere demasiada explicación, que es lo aquí retarda sus propósitos. Amarga navidad acaso sea solo eso: una estación en medio de las interrogantes que aquí Almodóvar está intentando asimilar en su propia existencia, en su repaso de triunfos, despedidas, enfermedades, regresos y adioses. En una de sus escenas, se evoca a la Chavela Vargas de sus últimos años, cuando ya enferma y tras tantos golpes en su vida, más que cantar, decía la canción, como se le oye en una versión de “La llorona”, en uno de sus conciertos de despedida. En Amarga navidad, Almodóvar no canta con la nitidez y poderío de sus momentos más celebrados. Pero ahí está aún su voz, así sea rota y desequilibrada, intentando a pesar de todo hablarnos, contarnos quién es él ahora. A punto de reaparecer en la página en blanco de su próximo guion.


