Fotograma de 'Extraña forma de vida', Pedro Almodóvar dir, 2023
Fotograma de 'Extraña forma de vida', Pedro Almodóvar dir, 2023

Como quien entrena la mano antes de volver a enrolarse en proyectos mayores, Pedro Almodóvar ha dirigido un nuevo cortometraje: Strange Way of Life. A tres años de haber estrenado The Human Voice, que en media hora y con Tilda Swinton como excepcional cómplice de su primer trabajo en inglés concentraba la angustia de la pieza teatral debida a Jean Cocteau; y tras Madres paralelas, el manchego retornó a Cannes para presentar este nuevo ejercicio de estilo, que Pedro Pascal y Ethan Hawke protagonizan. A más de cuatro décadas de su primer largometraje, Almodóvar (que acaba de cumplir 74), confirma que es un hombre de cine que ya viene de vuelta, dueño de un estilo que incluso en sus variaciones más contrastantes sigue siendo reconocible. El humor vitriólico y descacharrante de sus filmes iniciales fue cediendo a la atmósfera más elegante y simétrica de sus obras posteriores, hasta llegar a la austeridad, en algunos casos, de los títulos más recientes. Y siempre es Almodóvar, sin embargo, fiel a su modo de ir al fondo de las relaciones humanas, trabajando a conciencia desde el color, las texturas y detalles, el ambiente en que sus personajes se encuentran y desencuentran: eso que puede definir a un verdadero clásico. Este cortometraje, que lo lleva al mundo del western para imaginar una tormentosa pasión entre dos hombres, es un producto Almodóvar ciento por ciento. Y ello incluye, también, la nostalgia que una vez culminado su metraje podamos o no sentir por otros momentos y acentos que han caracterizado toda su carrera.

Tras haber renunciado a llevar a la pantalla el que hubiese sido su primer largo enteramente en inglés (Manual para empleadas de limpieza, sobre el libro de Lucía Berlin y que protagonizaría Cate Blanchett), el director de ¡Átame! y Hable con ella regresó a la idea que tuvo entre las manos mucho tiempo atrás, cuando le ofrecieron Brokeback Mountain, filme que acabó dirigiendo con brillantez Ang Lee en el 2005. Quien quiera imaginar cómo sería su adaptación del relato de Annie Proulx puede tener ahora una idea más precisa de por dónde habrían ido los tiros, aprovechando su paso ahora por las salas cinematográficas. Aquí, Silva (Pascal) y el sheriff Jake (Hawke) se reencuentran después de 25 años, cuando el primero intenta resucitar la breve relación amorosa que ambos vivieron en la juventud a fin de salvar a su propio hijo, sospechoso de un asesinato. Una noche les basta para recuperar aquel recuerdo, con el México de sus años mozos a manera de flashback, antes de que se sucedan las inevitables escenas del western: la búsqueda a través del desierto, el duelo y los disparos. Pero en verdad todo esto lo ha levantado Almodóvar para responder a una pregunta que ya aparecía en Brokeback Mountain: “¿qué podrían hacer dos hombres viviendo juntos en un rancho?” Aunque la respuesta llegue con balas de por medio y una suerte de secuestro, Almodóvar se las ingenia para zanjar esa cuestión dándole la vuelta al triste final de Brokeback Mountain, abriendo para estos cowboys tardíos, al menos, una posibilidad menos amarga, aunque no menos cargada de dudas y suspenso.

En realidad, sin embargo, esto no es un western. Lo que Almodóvar devuelve, con el auspicio de Yves Saint Laurent y su diseñador jefe Anthony Vaccarello, es una especie de rejuego artificioso, una elegante reinvención de los cánones del género y sus lugares comunes, en función de una historia que se asoma apenas como boceto de un tratamiento más amplio, y que trata de ahondar en los silencios del filme de Ang Lee, a manera de un contrapunto que cuidadosamente bordea los excesos que alguna vez el director español mostrara sin recato. A 36 años de La ley del deseo, su película más restallante en su abordaje a lo homoerótico, ese elemento perdura a lo largo de toda su producción, pero dosificándose para dar sitio a otras escalas de lo almodovariano, llegando a lo autobiográfico finalmente en Dolor y gloria, con la cual su trayectoria reverdeció, y ahora a esta Extraña forma de vida. Que es en realidad una extraña forma del western.

La lustrosa chaqueta verde de Silva, los cuadros de Georgia O´Keefe ubicados en las paredes como signos abiertos a otras lecturas, la presencia del modelo que finge cantar el tema de Caetano Veloso desde el primer momento, el regocijo dionisíaco de los jóvenes cuerpos masculinos que abandonan a las prostitutas que abrazaban (las únicas mujeres de la trama, en un flashback de esos días supuestamente mexicanos) bajo los chorros y el éxtasis del vino, el trabajo minucioso de la cámara y la edición sobre los rostros de Pascal y Hawke, así como la suntuosa música original de Alberto Iglesias, se confabulan en esta dirección. Rodada en Almería, en los escenarios y locaciones donde floreció el western spaghetti, este es más bien un remedo que riza el rizo de su propio artificio, que imagina al género donde ha campeado una idea estrecha de las masculinidades como un espacio probable para esta historia, en ese pueblo imaginario llamado Bitter Creek donde repentinamente un muchacho que pareciera más bien salido de una pasarela de una fashion week dobla a Caetano, quien a su vez entona un fado que hizo famoso la gran Amalia Rodrigues. El encanto y el peligro de Strange Way of Life radica en esa noción de mentira grata, de regalo engañoso, de cuento torcido que levanta expectativas y luego no siempre las cumplimenta, que Almodóvar se permite como veterano que, al fin y al cabo, es capaz de barajar una y otra vez su amplio arsenal de recursos.

El western donde Almodóvar ubica a sus personajes no es menos ficticio que los lujosos espacios donde Douglas Sirk narraba sus melodramas en un glorioso Technicolor. Y ese es el elemento más queer de este proyecto, distante sin embargo de la radicalidad de otros directores (Todd Haynes, Gus van Sant, entre otr@s) que han ganado prestigio dentro de ese concepto. Glamourizar el western, desplazar la guerra entre machos armados para dar voz a las intimidades de esos deseos masculinos en otra dirección, es lo que este cortometraje pretende como maniobra de ruptura. Y ello sería mucho más poderoso si, ante los ojos de la crítica y los espectadores, tal cosa hubiese ocurrido no solo como respuesta a Brokeback Mountain, sino también como eco de lo conseguido por otro filme reciente, que por alguna razón apenas se ha mencionado en las reseñas de Strange Way of Life, pese a haberse estrenado no hace más de tres años. Me refiero, por supuesto, a la excelente The Power of the Dog, debida a Jane Campion, y por el cual ella ganara el Oscar a la mejor dirección en 2022.

Sin ánimo de comparar una película sobre otra (cada una es atendible por sus valores e impacto respectivos), el cortometraje de Almodóvar queda a la zaga de lo que esas obras precedentes lograron, a manera de bosquejo, digo, y como un resultado que va a medio camino entre el comercial de una colección de moda y la indagación más a fondo en la verdad que consume a sus personajes. Strange Way of Life dialoga con esos referentes, incluso cuando no se menciona a la película de Campion, y ofrece su propia variación (en tono menor) sobre esa contradicción de trasfondo romántico, que trata de explicar, ante un paisaje vasto y dispuesto a ofrecerse lujosamente a la cámara, los ahogos de una pasión que no puede ser nombrada o palpita bajo un denso velo de silencio. El final abrupto, aunque predecible (casi todo en este cortometraje lo es, aunque eso sea parte de su rejuego no disimulado con las convenciones del western, y Almodóvar no lo oculta), ratifica esa condición de lectura paralela, de remedo en el cual un director experimentado quiere, más que probarse cosas a sí mismo, probar cosas ante sus espectadores y sus críticos, en un pastiche que aún se alimenta de las libertades de lo posmoderno para discutir al western, al tiempo que le rinde un amoroso tributo, que, en este caso, por lo de amoroso, implica a los cuerpos de sus protagonistas.

Si en The Human Voice, como dije alguna vez, un espectador no enterado del cine de Almodóvar podía encontrar todos los elementos que lo caracterizan en apenas media hora, apretados en un lujoso haz de color y pasión no correspondida; en Strange Way of Life sus admiradores podrán hallar la respuesta a ese conjunto de proyectos no realizados por el mismo director, en la medida en que lo exponen no solo a otro idioma, sino a otros contextos fuera de su zona de confort. El diálogo a veces demasiado expositivo, la presencia de esos muchachos de pasarela en lugar de actores, la búsqueda de una belleza en las composiciones que retrata a Hawke y a Pascal con ojo sutil: todo eso viene en el estuche de esta perla rara que es este nuevo cortometraje, desplegado como un reto a su propia versatilidad. Acaso el riesgo esté en esperar que Almodóvar a estas alturas nos sorprenda. Aunque él mismo sea culpable de tal cosa, pues todavía, de cuando en cuando, ha logrado demostrar que es un clásico aún inquieto y coleante.

Como uno de sus protagonistas, Almodóvar vuelve al ruedo. A su manera también él es un cowboy tardío, sin que el adjetivo implique menoscabo de sus logros y su carrera, que insiste en seguir sobre su propio caballo. Como ocurría en Dolor y gloria, el amor que narra viene desde la juventud, y el recuerdo es ahora una materia sobre la que trabaja para entenderla desde un presente que es también otro paisaje. Este western imaginario, este pueblo irreal, estos hombres que aún no han logrado borrar el sabor de aquel vino, son reminiscencias de otros deseos im/probables. Más allá de John Ford, de Sergio Leone, de Ang Lee y de la propia Jane Campion, esto es un ejercicio de libertad que acaso solo pretenda quedar satisfecho consigo mismo, con la supuesta deuda de un filme nunca realizado y que se cumple como una ráfaga entre proyectos pasados y futuros. Lo que vemos no es sino el western que acaso sueña Pedro Almodóvar. Y esa es acaso la mejor respuesta que nos deja Strange Way of Life: recordarnos que lo vemos en la pantalla es aquello que, a manera de fantasía compartida, un director nos regala como una provocación para que sigamos siendo parte de sus propios sueños. Y eso, y no otra cosa, es el corazón mismo del cine.

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NORGE ESPINOSA
Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.

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