Contra la serofobia: cine para desnaturalizar los mitos del VIH/sida

Reúno aquí una muestra sustancial de películas y series que han devenido obras claves dentro de la tradición audiovisual consagrada al VIH/sida. Son representativas de las variaciones afrontadas por el cine dedicado al tema y del impacto del fenómeno en la imagen audiovisual.

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Fotograma de ‘120 pulsaciones por minutos’, Robin Campillo, dir., 2017
Fotograma de ‘120 pulsaciones por minutos’, Robin Campillo, dir., 2017

La celebración internacional en junio del mes del Orgullo LGBTIQ+ resulta una oportunidad idónea para llamar la atención sobre la experiencia del VIH/sida, sobre la vida de las personas que viven con el virus o adquieren la enfermedad. Su visibilización contribuirá siempre a desnaturalizar un repertorio amplio de mitos que todavía pesan sobre nuestra sociedad. La exclusión y la estigmatización de las personas seropositivas continúa, aun cuando el VIH efectivamente no es ya una sentencia de muerte y se encuentra ahora entre otras muchas enfermedades crónicas, aun cuando los tratamientos antirretrovirales han conseguido hacerlo cien por ciento intrasmisible y han garantizado una calidad de vida media.

La magnitud del impacto de la problemática del VIH/sida sobre los colectivos LGBTIQ+ es parte fundamental de la memoria histórica de estos; impulsó e insidió en la aparición de las primeras manifestaciones políticas y en la conformación de grupos de activismo, en la generación de luchas civiles esenciales para cuanto se ha logrado hasta hoy.

“El esfuerzo por zafar a esta enfermedad, que tanta culpa y vergüenza despierta, de estos significados […] es particularmente liberador, aun consolante. Pero no se ahuyenta a las metáforas con sólo abstenerse de usarlas. Hay que ponerlas en evidencia, criticarlas, castigarlas, desgastarlas”, ya comentaba Susan Sontag desde El SIDA y sus metáforas.

An Early Frost, de John Erman (1985), fue una de las primeras películas en abordar sustancialmente el VIH/sida –a pocos años de haberse diagnosticado por primera vez, y quizás sea la más icónica de ese periodo temprano de la epidemia–. Al menos desde entonces, el cine se convirtió en un dispositivo crítico, una operación de desmontaje de los signos y formas que dan cuerpo a la experiencia del virus, y generan una ideología en torno a ella.

Esta película tiene el mérito de haber participado de la apertura de un debate público que comenzó a humanizar la enfermedad dentro de las grandes plataformas y medios de comunicación. En lo adelante, cada vez sería mayor el número de filmes centrados en visibilizar este fenómeno.

Así como para la sociedad en general, específicamente para el cine la irrupción del VIH/sida fue un accidente discursivo de tal magnitud que afectó los imaginarios, las narraciones, los estilos… Se puede decir –dado el enorme cúmulo de filmes documentales y de ficción– que esta temática devendría una suerte de subgénero dentro del espacio fílmico. Y ya no es sólo el cine, también las series televisivas se han ocupado del asunto, legando ejercicios de notable envergadura, tanto por la reciedumbre de sus discursos, como por los valores de la realización.

La gran mayoría de las películas consagradas al VIH/sida deberían comprenderse bajo un pensamiento estético interesado más por los usos políticos o las capacidades de intervención social de las prácticas audiovisuales, que por sus especificidades de lenguaje o artísticas. Este ha sido un cine militante, aunque no por ello ha dejado de ser un cine de calidad, estilísticamente relevante.

Los primeros filmes acerca del VIH/sida se centraron –más que nada– en la escena clínica, afectiva, subjetiva o política condicionada por su aparición y se circunscribieron fundamentalmente a la comunidad homosexual. La epidemia perturbó la vida social en disímiles direcciones y recuperó los principios de miedo y de peligro para el imaginario cotidiano. Con todo, las narraciones que sobre el VIH/sida se han tejido son un testimonio esencial de su Historia, una valiosa documentación de cómo ha ido respondiendo la sociedad, de los mecanismos administrativos y de control que se han generado, los espacios de exclusión/inclusión que han surgido, y de las experiencias subjetivas, racionales y afectivas de los cuerpos seropositivos.

Reúno aquí una muestra sustancial de películas y series que han devenido obras claves dentro de la tradición audiovisual consagrada al VIH/sida. Son representativas de las variaciones afrontadas por el cine dedicado al tema y del impacto del fenómeno en la imagen audiovisual; más allá de eso, funcionan en sí mismas como manifestaciones de activismo, materiales válidos para pensar la historia, los giros y accidentes del VIH/sida.

Angels in America, de Mike Nichols (2003), consuma una de las radiografías políticas más agudas sobre la escena social y moral de la sociedad americana en los años de la aparición del virus. Resuelta en un estilo mucho más deudor de lo específico cinematográfico que de lo televisivo, la ya clásica limited serie exhibe una estremecedora hondura argumental que engloba los procesos de aceptación de la enfermedad y la identidad sexual mediante la riqueza caracterológica de los personajes. A ello habría que añadir la inteligencia con que Mike Nichols conserva para el medio televisivo muchas de las pautas de la puesta teatral, y extiende la profundidad cognitiva e inventiva estética del original literario, de la autoría de Tony Kuschner.

Pose, de Ryan Murphy y Brad Falchuck (2018), si bien es particularmente atendible respecto al abordaje de la temática, también es cierto que no alcanza la profundidad discursiva de Angels in America, ni la originalidad en el manejo del lenguaje audiovisual de aquella. Sobre todo, será durante su segunda temporada que “el drama del sida” centre el planteamiento argumental, al revisar sus repercusiones dentro de la comunidad trans de afrodescendientes e inmigrantes latinos norteamericanos durante los años ochenta y principios de los noventa. Aunque no se adentra demasiado en la realidad clínica de la enfermedad, en la tragedia física que supuso para los enfermos, tiene el mérito indiscutible de fundar su estilo a partir de determinados perfiles del imaginario trans, tomando en cuenta la experiencia íntima de vivir con la enfermedad o la emergencia de manifestaciones de activismos cívico ante la expansión de la epidemia.

Longtime Companion, de Norman René (1989), muestra una de las facetas más explotadas en cuanto al tratamiento del VIH/sida en el cine. Con un protagonismo colectivo perfectamente logrado en términos dramatúrgicos, este filme testimonia la situación de un grupo de amigos homosexuales luego de que la comunidad gay de los Estados Unidos fuera impactada por la aparición del virus. Quizás el mérito mayor de la película se logre al convertir en sujeto dramático de la narración la propia sensibilidad con que se aborda la incertidumbre que la enfermedad provoca en todos los personajes, al tiempo que expone las particularidades del imaginario gay de la época y las características que experimenta la sexualidad bajo el signo de la epidemia.

La cinta goza de un valor documental notable, dado que observa con detalle las circunstancias sanitarias de entonces, el cuadro clínico experimentado por los pacientes, las respuestas de las instituciones y la atención prestada por los medios de prensa al fenómeno. Y todo esto lo consigue sin dejar de priorizar la huella afectiva, la sensación de desconcierto, miedo y pérdida, que fue dejando la enfermedad en las personas homosexuales.

The Living End, de Gregg Araki (1992), resulta singular en cuanto a tratamiento narrativo y visual. Es un referente esencial de la cultura queer, la obra que colocó a Gregg Araki en un sitio de privilegio dentro del cine independiente. Retrato de la oscura década de los ochenta, plagada de ansiedad e inseguridad ante el acecho del virus, el filme se aleja del realismo común a estas películas, a la retórica historicista. Como ha comentado su propio director, “muestra algo mucho más crudo y más cercano a la gente común, lo que las personas sentían; la cólera y el sentimiento de estar solos y marginados, desesperados”.

Catalogado por la crítica como una “versión gay” de Thelma y Louis, The Living End cuenta la aventura de un crítico de cine y de un bandido que se prostituyen, quienes tienen un encuentro causal y entablan una relación erótica, marcada por la condición seropositiva de ambos. Estos jóvenes emprenden un viaje donde la enfermedad se revela como una experiencia de aprendizaje. Junto a su gramática minimalista, el acierto fundamental de Araki reside en la eficacia con que testifica las manifestaciones de ira y de dolor de los protagonistas, enfrentados a una sociedad conservadora que desecha sus cuerpos. La extraordinaria atmósfera generada por la narración, la puesta y la visualidad explican a la perfección el destrozo emocional de los personajes, algo que sólo puede terminar traduciéndose en violencia.

120 pulsaciones por minutos, de Robin Campillo (2017), más reciente, se emplaza en los años iniciales de la epidemia en Francia, y se centra en un grupo de integrantes del movimiento Act Up Paris. Con una apreciable visualidad de tono documental, heredera de la tradición fílmica independiente, la película también entrega sus mejores cartas en la sustantivación de las dinámicas de los activistas y sus enfrentamientos al gobierno francés y a las farmacéuticas para exigir mayor atención a la realidad vivida por las personas golpeadas entonces por el VIH/sida. Estos colectivos fueron fundamentales en el logro de políticas orientadas a generar tratamientos más efectivos y una mejor atención médica a los pacientes hospitalizados. 120 pulsaciones por minutos logra dotar de un rostro elocuente a las acciones desarrolladas por estos colectivos activistas y sus luchas, esenciales en el devenir de la comunidad LGBTIQ+.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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