Entre el testimonio y la invención, entre el teatro y el cine, Adiós Cuba se instala en un territorio donde la imagen deja de ser representación para convertirse en una herida abierta que da forma a la tragedia del largo éxodo cubano. Rolando Díaz no solo registra el drama del exilio; lo reescribe desde una ética que rehúye de la propaganda para construir, en cambio, una poética profundamente humana.
Díaz revela que el exilio, más que un tema, constituye una condición existencial que atraviesa y define su cine: una tensión constante entre pertenencia y desarraigo, entre la imposibilidad de abandonar Cuba y la inaccesibilidad de regresar a ella. En ese territorio ambiguo y fracturado, su mirada transforma el acto de filmar en un gesto de resistencia, pero también en un ejercicio de memoria y de reconstrucción simbólica de la nación, donde la imagen se convierte en un espacio posible para habitar aquello que la realidad niega.
Lejos de ofrecer respuestas cerradas, el director propone preguntas urgentes: ¿cómo narrar un país que se desangra? ¿Cómo sostener la identidad cuando la patria se vuelve distancia? ¿Qué lugar ocupa el arte frente a una historia marcada por la pérdida? En ese cruce entre biografía, historia y creación, Adiós Cuba emerge como una obra clave dentro del cine del exilio cubano contemporáneo: un cine que no solo documenta, sino duele y, sobre todo, piensa e imagina el futuro posible de una nación dispersa.
Has trabajado durante décadas lejos de Cuba. ¿Cómo ha evolucionado tu relación emocional con el país a lo largo del tiempo?
Uno nunca deja de ser cubano. Durante mis primeros años fuera, me mantuve profundamente ligado a ese sentimiento de Cuba. De ahí surge, básicamente, Si me comprendieras (1998), una película que filmé casi “a escondidas”, mientras oficialmente se suponía que estaba rodando una serie de televisión sobre cómo se hacía cine en Cuba.
Nunca he comprendido cómo, tras las disputas en torno a Melodrama (1995) –una película marcada por presiones y censura–, me permitieron volver a filmar en La Habana. Todo se dio bajo el pretexto de una “inocente” serie de televisión, que rodé con el apoyo de mi amigo Francisco Puñal. Pero, en realidad, aquello no era más que una tapadera: detrás de ese proyecto estaba Si me comprendieras, un documental que se adentraba en el tema racial en Cuba, algo profundamente incómodo para las autoridades. El hecho objetivo es que lo logré. Esa película me dio muchísimas satisfacciones; incluso llegó a representar al cine español en la Berlinale, ya que Cuba no le otorgó la nacionalidad.
Aun así, tampoco pude mantenerme en España haciendo cine sobre Cuba, lo que me obligó, de alguna manera, a desplazar mis emociones y mis temas fuera de la Isla… y también de España.
Después de los incidentes con Si me comprendieras, supe que no me permitirían rodar nunca más en Cuba. Ya vivía en España y estaba obligado a adaptarme a ese nuevo contexto, y mi cine tenía que responder a esa realidad. Pero Cuba no salía de mí. Viví 47 años allí, y mis vivencias estaban inevitablemente atadas a las tensiones y limitaciones de esa sociedad. El tema Cuba seguía trepanando mi cabeza. Por eso, mi siguiente experiencia cinematográfica fue en Miami, donde rodé Cercanía (2005), una historia de reunificación familiar atravesada por el amor, que también concebí como un homenaje a mi hermano Jesús, quien dirigió Lejanía (1985) y sé que le habría encantado ver Cercanía.
No fue hasta 2007, pasados más de diez años de haberme ido de Cuba, que logré soltar, en cierta medida, la temática cubana y adentrarme en un tema español. La vida según Ofelia, que rodé en Las Palmas de Gran Canaria, responde a ese momento, aunque incluso allí aparece un personaje cubano. Es imposible desprenderme de Cuba: la llevo en el inconsciente, la respiro cada día. Sin embargo, mi relación emocional con el país ha evolucionado en muchos sentidos. Al inicio, sentía la necesidad de estar siempre presente y conservaba una cierta esperanza de que algo dentro de la Isla pudiera cambiar. Poco a poco, a través de lecturas y de una mirada más profunda sobre la realidad, fui comprendiendo que el país estaba en manos de personas que no deseaban ningún tipo de transformación, y mucho menos el cambio que la nación llevaba tanto tiempo necesitando.
¿Sientes que alguna vez es posible “cerrar” la relación con Cuba o es algo que permanece siempre abierto?
La relación con la Isla es imposible de romper para mí; es algo que permanece siempre abierto. Amarla no significa aceptar un gobierno que, en nombre de una supuesta dignidad –que en realidad es indigna–, mantiene secuestrada a la gran mayoría de sus habitantes mediante un sistema cruel, basado en la doctrina del pensamiento único.
Sé que los nacionalismos pueden ser, en ocasiones, visiones estrechas de la vida, pero también contienen valores muy sólidos. Yo estoy inevitablemente atado al lugar donde nací: a su música excepcional, a sus pintores brillantes, a su teatro, y al cine que han hecho Tomás Gutiérrez Alea dentro de la Isla, e Iván Acosta fuera de ella. Recuerdo especialmente El Súper, cuya versión cinematográfica –dirigida por mi amigo, ya fallecido, León Ichaso, junto a Orlando Jiménez Leal– me impactó profundamente. Todos ellos son parte de esa Cuba que llevo conmigo. Cuba es demasiada Cuba para sacarla del pecho.
Pero esa Cuba que habita en mí es, cada vez más, una aspiración: una Cuba democrática, donde todas las voces puedan expresarse sin coacciones.
También soy consciente de que una visión idealista del futuro puede resultar simplificadora. La reconstrucción del país no ocurrirá de un día para otro; especialmente la reconstrucción moral de la nación tomará tiempo. Aun así, cualquier cambio profundo en el sistema de gobierno será siempre más deseable que la realidad que hoy impera.
En tu experiencia, ¿qué significa realmente ser cubano cuando se vive fuera de la isla por tantos años?
Ser cubano, sin caer en una mirada estrecha de lo nacional, implica imaginar una Isla más amplia, capaz de expandir sus valores más allá de sus propias fronteras. Es una condición que no se limita al territorio, sino que se lleva dentro.
Incluso si se produjeran cambios profundos, lo más probable es que yo no regresara a vivir en Cuba, a pesar de todo lo que significa para mí. He aprendido a vivir con mis recuerdos, con lo que fui y con lo que soy; es un ejercicio que practico cada día desde hace muchos años. A Cuba la llevo en el alma.
Quizás, si la vida me lo permite –aunque ya estoy mayor y la distancia pesa–, la visite con más frecuencia. Pero el daño ha sido demasiado, y también el tiempo: llevo más de 35 años viviendo en España, donde, gracias a mi esfuerzo personal y a pesar de muchas dificultades, he logrado construir una vida digna en todos los sentidos. Mis cuatro hijos viven fuera, y diría que ninguno regresaría a vivir a Cuba.
La reconstrucción de la Isla no será sencilla; no será coser y cantar. Ha pasado demasiado tiempo. Y aunque no puedo decir que me sienta profundamente español, sí he echado raíces aquí, y también me han sucedido cosas muy hermosas. La vida, al final, es así: compleja, contradictoria y, a la vez, profundamente rica.
¿Cómo influyó tu propia vivencia del exilio en la concepción de Adiós Cuba?
Cuando vi que la situación tras el 11 de julio de 2021 provocó una salida masiva e inaudita de cubanos por cualquier vía, sentí la necesidad de reaccionar con mis propias herramientas ante aquella huida colectiva. Los datos son escalofriantes: más de un millón de cubanos abandonaron la Isla en apenas tres años. Eso me llevó a pensar intensamente en la nación, en una nación que se deshace.
Siempre me ha obsesionado la imagen de un país desangrado, un lugar del que la juventud huye despavorida; y no cualquier juventud, sino la mejor preparada, la que podría, en otras circunstancias, empujar al país hacia adelante.
De ahí surge la idea de Adiós Cuba: una película que articula las vicisitudes personales de una artista –un claro álter ego– que, en condiciones muy difíciles pero posibles, decide montar una obra teatral casi sin recursos, centrada en emigrantes que huyen como pueden de un lugar en el que ya no soportan vivir.
Por supuesto, mi propia experiencia atraviesa la película: el esfuerzo que ha supuesto hacer cine con temática cubana fuera de Cuba –algo que en parte trasladé al teatro, por la profunda admiración que le tengo–, y el desgarramiento que implica abandonar una vida para reconstruir otra. Pero también quise ir más allá de mi vivencia personal y acercarme al riesgo real que enfrentan esos emigrantes, una experiencia que yo no viví directamente.
Siempre he sentido una profunda admiración por los llamados “balseros”. Nunca he entendido por qué ese término puede tener, para algunos, una carga peyorativa. Es cierto que ha habido casos problemáticos –y que el propio gobierno cubano, durante el Mariel en los años ochenta, mezcló deliberadamente a personas marginales con familias que buscaban reunirse–, y también es cierto que las duras condiciones de vida han deteriorado, en algunos casos, comportamientos sociales. Pero reducir todo a eso es una simplificación injusta: muchísimas personas valiosas son Balseros –y uso la palabra con mayúscula, con toda intención–, y lo son con dignidad y orgullo.
Al final, todo el que decide abandonar su país, incluso por vías legales, enfrenta en algún momento el desafío de reconstruirse en otro lugar. Emigrar nunca es fácil. Ni siquiera cuando, con el tiempo, logras que te vaya bien.
La película aborda el acto de irse como una experiencia compleja, llena de contradicciones ¿Cómo construiste esa mezcla de dolor, esperanza y miedo en tu relato?
La construí sobre la base de la pérdida. Creo que ese sentimiento lo abarca todo: no sólo la pérdida de un ser querido, sino también la de tus raíces, tu identidad e incluso tu profesión. Caridad es una artista, una dramaturga, y en el exilio hacer lo que sabe hacer se vuelve casi imposible. Eso es profundamente duro. De hecho, el personaje llega a renunciar a un curso donde le ofrecen mejores condiciones económicas, simplemente por seguir su impulso creativo y montar su propia obra de teatro. Y lo consigue.
Pero en la historia se percibe que no se trata únicamente de hacer una obra, sino de algo mucho más complejo e intenso: una necesidad vital de afirmarse, de no desaparecer.
A mí me interesa mucho también el personaje de su amigo Lázaro, una especie de Sancho fiel que acompaña todos los avatares del Quijote que es Caridad. Y junto a ellos, los otros personajes –la actriz rebelde con causa, Regla, y la joven periodista Fátima, que la ayuda a encontrar emigrantes casi debajo de las piedras– van sosteniendo ese sueño que finalmente se materializa en la obra de teatro Adiós Cuba, que es, en última instancia, mi propia película.
Los actores y los testimonios son el verdadero sostén dramático del filme. Ellos construyen un universo atravesado por el dolor, la persistencia, el miedo… y también, por qué no, por la esperanza. Esa esperanza que compartimos muchos cubanos: la de que en Cuba puedan darse los cambios profundos que la nación necesita para no desaparecer.
¿Qué te interesaba explorar del éxodo cubano actual que no se hubiera abordado suficientemente en el cine?
Creo que nunca es suficiente abordar el éxodo cubano en el cine. Es un subgénero necesario, lleno de aristas muy diversas. Películas como El Súper exploran, por ejemplo, el sueño de una familia que intenta reubicarse fuera de Nueva York, donde incluso el frío se convierte en un personaje con una fuerza particular. En Balseros se desarrolla la dificultad de adaptarse a una nueva realidad, y en Paraíso, de León Ichaso –una película que me interesa mucho–, aparece con gran intensidad la dimensión de la violencia y la marginalidad.
Tú mismo, en Havana Stories y Miami Stories, has abordado, con una ironía muy aguda, temas como la persecución o la chivatería –ese mal que tanto nos ha marcado– en un cine experimental, de muy pocos recursos, pero profundamente válido.
En mi caso, me interesaba explorar el drama del artista en el exilio, sus dificultades para crear, pero, sobre todo, el dolor de las pérdidas y la angustia de las travesías. Ese desgarro íntimo que atraviesa a quienes se van.
Hay muchos más ejemplos. Los cineastas cubanos, especialmente los del exilio, hemos ido construyendo un subgénero con múltiples perspectivas y zonas de exploración. Sería muy interesante reunir algún día una muestra de todas esas películas en un festival de cine –quizás, en un futuro, en el propio Festival de La Habana–. Ese sería, sin duda, el lugar ideal… cuando sea posible.
En Adiós Cuba, los personajes parecen moverse entre la pertenencia y el desarraigo. ¿Cómo trabajaste esa tensión en la construcción dramática?
Creo que es un drama que bulle dentro de mí, pero también dentro de muchos de nosotros. En todos los personajes de la película está presente el pasado, esa pertenencia a un sistema que hoy se rechaza, pero con el que se convivió durante años. Los personajes de Adiós Cuba vivieron una parte esencial de sus vidas en la Isla, tanto los de ficción como los que ofrecen sus testimonios.
Caridad y Lázaro hablan varias veces de esa pertenencia. Lázaro recuerda que en Cuba hizo teatro, y Caridad lo reconoce, pero también le responde que no todos tuvieron esa posibilidad: muchos fueron perseguidos, silenciados. Son personajes que se mueven en una dicotomía constante entre el arraigo cultural y las consecuencias de un desarraigo quizás no deseado, pero inevitable tras la decisión de abandonar el país.
Fátima, por ejemplo, trabaja como camarera, pero carga con el recuerdo del miedo que sintió el 27 de noviembre de 2020, cuando se manifestó frente al Ministerio de Cultura en La Habana buscando un diálogo con las autoridades culturales, un diálogo que, en realidad, nunca ha existido. Las imposiciones vienen de lejos, desde “Palabras a los intelectuales” en 1961. Es el pez que se muerde la cola. Fátima sintió ese mismo miedo del que hablaba Virgilio Piñera.
Y hacia el final, Regla le pregunta a Lázaro si él sabe cómo ella se fue. Todos tienen un pasado.
Lo que me interesa de todo esto es que, si ese pasado no se confronta, la nación lo tendrá muy difícil. Muchos de nosotros hemos vivido entre consignas y falsedades que, de una forma u otra, terminamos aceptando: algunos a regañadientes, otros con rebeldía, pero lo cierto es que han sido pocos los que han pagado el precio más alto –unos 1 200 presos en una población de millones–. Y eso ha sido así durante décadas.
Por eso es tan importante ese diálogo interior, la capacidad de decir: “yo no quiero morir como viví, necesito experimentar otra forma de estar en el mundo, pensar con mi propia cabeza”.
Pero también hay que entender la complejidad del fenómeno. Hay testimonios, como el de esa mujer que desea regresar a la Isla, no por afinidad política, sino por inadaptación a otra realidad, por la necesidad de volver al regazo de un padre ausente. Otros, en cambio, expresan el deseo de borrar Cuba de sus mentes.
Vivimos –y probablemente seguiremos viviendo– en esa contradicción permanente. Incluso conozco personas en Miami, de origen cubano, que nunca han vivido en la Isla y, sin embargo, sienten una profunda nostalgia por esa patria. Es un sentimiento tan curioso como complejo, hecho de negación y de aceptación al mismo tiempo.
¿Hasta qué punto consideras que el exilio transforma no solo la vida, sino también la manera de mirar y de crear cine?
El exilio te abre a la libertad. Te permite leer, observar, viajar y pensar sobre todo lo humano y lo divino. En Cuba, en cambio, uno vive permanentemente cercado por la ideología. Cualquier idea que desees expresar pasa por un filtro ideologizado. Y eso es terrible, porque no solo limita el campo de las ideas, sino también el alma humana. La propaganda política lo envuelve todo, y cualquier manifestación que intente escapar de ella termina siendo, de una forma u otra, enjuiciada.
Eso genera una manera de mirar la vida desde un marco muy estrecho, donde todo parece vigilado. Bajo un sistema así, es prácticamente imposible crear en libertad.
Siempre recuerdo un ejemplo que para mí fue revelador. Cuando rodé Dossier de ausencias en República Dominicana, trabajé sobre la historia de una periodista que debía encontrar a una niña campesina entregada en adopción a una familia de la capital y que, ya adolescente, era devuelta al medio rural. Para ello tuve que adentrarme en zonas montañosas del país y descubrir cómo, en los años noventa, el fenómeno de “entregar” o incluso “vender” hijos debido a la pobreza era algo casi habitual. Era una realidad terrible y, al mismo tiempo, profundamente compleja, que tocaba lo más hondo del alma humana.
Sin embargo, ninguna autoridad política intervino en el proceso creativo: nadie revisó el guion ni cuestionó cómo iba a abordar esos temas tan delicados. Al contrario, la película fue respaldada por instituciones, circuló por festivales e incluso la embajada dominicana en Roma la exhibió públicamente como una muestra digna del cine nacional.
Eso, en Cuba, es impensable. Allí, antes que nada, se juzga la intención del autor, lo que supuestamente “quiere decir” sobre el país. Se sospecha siempre. Y aun en los casos en que una obra logra realizarse –como ocurre con algunos cineastas independientes–, la desconfianza, la presión o la persecución terminan por asfixiarla.
Ejemplos hay muchos.
¿Qué papel juega la memoria en tu cine: ¿es un lugar de reconstrucción, de conflicto o de invención?
La memoria, entendida como reconstrucción del pasado, no ha sido algo central en mi cine. Soy una persona que vive en el presente; es desde ahí que trabajo. Muchas veces me he preguntado por qué no miro más hacia atrás, y creo que, en parte, tiene que ver con una cuestión práctica: reconstruir el pasado en el cine es costoso y complejo.
Sin embargo, pienso mucho en el pasado de la nación y soy consciente de que somos hijos de esa manera de recordar y de usar la memoria. Un pueblo se debe a su memoria histórica. Y, por supuesto, valoro profundamente la memoria como recurso artístico, como un puente que conecta distintas expresiones de lo que una nación ha creado.
Pongo un ejemplo. En Adiós Cuba hay un plano en el que cito, de manera muy consciente, La gitana tropical de Víctor Manuel. La actriz Yuliet Cruz, sentada sobre unas piedras frente al mar, evoca para mí ese rostro y todo lo que simboliza dentro de la cubanía. Busqué una luz muy específica para ese momento y trabajé intensamente ese plano junto al director de fotografía. Está hacia el final de la película y funciona como un homenaje íntimo, casi secreto, a la pintura cubana de los años veinte y treinta, y al mismo tiempo como una forma de definir –aunque sea de manera subjetiva– el personaje de Caridad.
Por eso me sorprendió profundamente cuando, en una proyección de Adiós Cuba en Nueva York, una espectadora se me acercó después del debate y me dijo que había percibido claramente ese homenaje. Fue una de las experiencias más emocionantes y entrañables que he vivido con la película.
Esa forma de recrear la memoria –donde la invención también tiene un papel activo– aparece en otros trabajos míos. En Los pájaros tirándole a la escopeta, por ejemplo, al utilizar a Los Van Van de su época, también estoy convocando, de manera indirecta, la orquesta Melodías del 40, que marcó mi infancia en el barrio de Luyanó. Esa música pertenece a otro tiempo, pero dialoga con el presente e incluso se proyecta hacia el futuro. Pienso, por ejemplo, en la guaracha “Me voy pa’ Morón”, que habría utilizado en un hipotético documental sobre las revueltas recientes en esa ciudad camagüeyana.
Al final, somos lo que fuimos.
¿Te interesa más entender el exilio como fenómeno colectivo o como suma de experiencias profundamente individuales?
Curiosamente, de las dos formas. Es inevitable que el exilio se viva y se piense desde la individualidad más rotunda. Las experiencias de cada persona son una savia imprescindible para alimentarnos como nación. El individuo vive en relación constante con su entorno, y ese entorno no solo condiciona sus circunstancias personales, sino también su manera de estar en el mundo. No es lo mismo estar en Miami que en una ciudad española o uruguaya; las experiencias sociales y culturales son distintas, y eso impacta profundamente la vivencia individual.
Pero, al mismo tiempo, es inevitable entender el exilio como un fenómeno colectivo. Una futura Cuba solo podrá desarrollarse plenamente en diálogo con ese exilio que, como fuerza colectiva, regrese –simbólica o físicamente– para aportar sus ideas, sus vivencias y todo aquello que durante casi setenta años fue limitado o desplazado.
Ese exilio, además, será diverso, incluso en sus posturas políticas –algo que ya estamos viendo–. Y es precisamente por eso que la democracia, aun con todas sus imperfecciones, es la única vía posible para sostener una Cuba plural, una Cuba capaz de asumir y confrontar sus propias diferencias.
En tu proceso creativo, ¿qué es más importante: la fidelidad a los hechos o la verdad emocional de las historias?
El arte es, entre otras cosas, inventiva e imaginación. ¿Qué podría saber Chloé Zhao del mundo interior de Shakespeare o de su esposa, Agnes? ¿Cómo podría representar el dolor en su Hamnet (2025) si no fuera desde la invención de una verdad emocional? Es imposible conocer con precisión las reacciones humanas de esos personajes. Sabemos que hay una base de verdad en los hechos, pero lo que realmente nos estremece, su esencia, es pura imaginación.
Algo similar ocurre en Emily (2022), de Frances O’Connor. Sin necesidad de comparar las obras, ambas películas nos revelan, desde la pasión de la inventiva, a seres humanos que forman parte de nuestra memoria cultural. Emily Brontë y Cumbres borrascosas marcaron profundamente mis lecturas de adolescencia; por eso me resultó tan conmovedor ver a ese ser atormentado recreado desde la imaginación emocional de la autora.
En mi caso, salvando todas las distancias con esas magníficas películas, intenté en Adiós Cuba construir a Caridad –el personaje que guía la historia– como una figura que navega entre testimonios reales, pero siempre desde la imaginación. Ella no es real; real es el entorno que la rodea. Es un personaje que se mueve entre la entrevistadora y un ser inventado, una especie de periodista que atraviesa el dolor de las historias que recoge y las entrelaza con su propio sufrimiento, también inventado.
Caridad habita una estructura documental estrictamente realista, pero introduce en el relato audiovisual una dimensión emocional ficticia que lo tensiona y lo expande. En ese sentido, su función no es solo recoger testimonios, sino también filtrarlos y transformarlos desde su propia subjetividad.
El dramaturgo catalán y guionista Tomás Aragay me comentó que le habría gustado ver a Caridad aún más implicada, desde la ficción, con los fantasmas que emergen de sus entrevistas. Y el director de arte de la película, Onelio Larralde, me sugirió desarrollar la obra de teatro que se enuncia en Adiós Cuba. Es una idea que me interesa profundamente: podría ser una vía para explorar aún más el carácter trágico de Caridad y profundizar en él desde la imaginación.
¿Sientes que el cine puede ayudar a procesar la experiencia del exilio?
El cine, el ensayo, la novela, el teatro… el arte, en todas sus formas. El exilio es una palabra cargada de peso: generaciones enteras lo han vivido y sentido en carne propia.
Pienso, por ejemplo, en Juan Gelman, un gran poeta profundamente vinculado a las ideas de izquierda, cuya vida quedó marcada por la dictadura militar argentina, que le arrebató a una parte esencial de su familia: sus hijos, su nuera y una nieta que nació en cautiverio y a la que logró encontrar muchos años después. En su extraordinario libro Poemas del exilio está contenido el dolor del destierro, pero también el retrato de las dictaduras que lo provocan.
Probablemente Gelman nunca imaginó que esos versos suyos también podrían resonar en el dolor de quienes han vivido el exilio bajo dictaduras de signo distinto, como la cubana. Pienso en estos versos: “Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire”.
Cuántas películas cubanas podrían dialogar con ese espíritu.
El cine, por supuesto, también ha ofrecido obras extraordinarias sobre el exilio. América América, de Elia Kazan, es una pieza fundamental de este subgénero. Y hay muchas más, una cantidad infinita de títulos que abordan la angustia de dejar lo propio, incluso cuando, en términos materiales, la vida pueda parecer resuelta.
En el caso cubano, ni siquiera sabemos con exactitud cuántas personas se han visto obligadas a abandonar la Isla. Siempre tengo la sensación de que las cifras se quedan cortas. ¿Más de una tercera parte de la población? Es una pregunta que me hago constantemente.
Después de realizar Adiós Cuba, ¿qué preguntas te siguen acompañando sobre Cuba, la diáspora y el futuro?
La diáspora y el exilio estarán intrínsecamente unidos al futuro de la nación cubana, de una u otra manera. En Adiós Cuba está presente ese dolor que probablemente no se sanará del todo, pero que sí puede encontrar alivio en una reconciliación por venir.
El exilio cubano formará parte activa de Cuba, eso ocurrirá, aunque no sepamos cuándo. Lo que sí parece evidente es que el país no puede seguir indefinidamente bajo la dirección de un partido único incapaz de renovarse. Y cuando ese cambio llegue, el impacto de los exiliados –en su diversidad de experiencias y aportes– se hará sentir con fuerza: en la economía, en la educación y en múltiples ámbitos de la vida nacional.
Por supuesto, no todo será sencillo. Un país desarticulado también abre la puerta a tensiones, irregularidades y conflictos. Pero las ganas de cambio son tan profundas que prefiero mirar el vaso medio lleno. Hay demasiado por hacer.
Y, desde luego, también en el campo de las artes y del cine. No dejo de imaginar qué podría suceder en una Cuba abierta, polémica y verdaderamente libre. Prefiero no ser pesimista: pienso en una isla diversa, donde todos podamos tener un lugar. Donde, como decía el poeta, podamos respirar el aire del clavel… pero en Cuba, sin necesidad de hacerlo desde fuera.
Lo digo incluso sabiendo que probablemente no regresaré a vivir allí. Pero el simple hecho de imaginar que mis colegas y yo podamos estrenar nuestras películas –esas que nunca han podido verse en la Isla como deberían– ya es, en sí mismo, un sueño que alimenta profundamente mi sentido de pertenencia.




