Contorsiones en las galerías. Acerca de ‘Más allá de la ironía’, de Caterina Scicchitano

Quizás allí resida la mayor virtud de 'Más allá de la ironía'. No en ofrecer respuestas definitivas sobre la literatura contemporánea ni en fijar posiciones inamovibles, sino en recuperar una conversación que parecía perdida. Una conversación donde todavía es posible equivocarse, entusiasmarse, exagerar, contradecirse y escribir desde ese movimiento.

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…ama / y detesta / la ficción
Paloma Vidal, Wyoming

Maneras de la comodidad. Caterina Scicchitano cita a Seinfeld: “I am much more comfortable criticising people behind their back” (George Costanza dixit). Maneras de la incomodidad. Los ensayos de Más allá de la ironía (Pequeña Fortuna, 2026) son una delicia. El valor de una voz personal e ingeniosa genera un artefacto que pone a funcionar una relación con la literatura bastante olvidada hoy en día: la que coloca al lector, a la lectora, obligadamente en posturas extrañas, en nuevas contorsiones de un cuerpo que se deja guiar por palabras ajenas. Cuando digo “maneras”, podríamos pensar en configuraciones sin patrón; en gestos simples para salirse de línea. Y así, esas ideas de comodidad e incomodidad que suenan como un yo-yo en el extracto de la serie norteamericana podrían ser los extremos del ensayo. Veamos un poco más de esta obra.

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Ir más allá de la ironía es llegar a una zona de guerra. No porque el libro levante la voz o se proponga escandalizar, sino porque abandona la comodidad de la distancia irónica para exponerse. Allí se produce, se revuelven los materiales, se graban surcos en las palabras. No se trata simplemente de escribir “sin filtro”, expresión que ya terminó convertida en una consigna vacía. Lo interesante es otra cosa: la construcción de una inteligencia que no necesita esconderse detrás de protocolos de legitimación. La escritura parece improvisar, pero sabe muy bien lo que está haciendo. Cambia de registro, mezcla cultura pop con crítica literaria, escenas íntimas con observaciones filosas. Esa libertad formal termina siendo también una posición ética: escribir sin pedir permiso para cada movimiento. Un ejemplo claro y poderosísimo aparece cuando, en el texto “Awesome, the Christian in Christian Dior”, se refiere a cierta crítica literaria que abordó las obras de Cecilia Pavón y Fernanda Laguna: “Leí una pobre crítica de su último libro Nomadismo por mi país. Una pobre crítica que usaba la palabra «boluda» (no en el sentido del «boluda» que usó Alejandro Rubio en la contratapa de Control o no control de Fernanda Laguna). ¿Vos entendés, flaca, lo que nos costó ser boludas y tener el permiso de serlo? Siempre en la poesía le reclaman a la mujer que tiene que ser una sufrida. Leí a mucha gente en Twitter en 2014 que utilizaba el término «post Pizarnik» para describir a estas chicas que insistían en ser sufridas. Y es verdad, una adolece y etc., pero Ceci y Fer en su época tuvieron que lidiar con estos Ernestos cualquiera, que salían de no sé qué facultades con posgrados puestos como concheros, seduciéndolas, imagino, en bares, y todos los lados posibles. Con los estereotipos que venían de películas y sin el feminismo tan informado como tenemos ahora, le hacían a una elegir –imagino yo– los peores amantes de besos. Por lo cual construir lo que construyeron aun con esa carga encima, es recontra admirable”.

Este párrafo resulta muy rico por varios motivos. El primero, porque el estilo está al frente como una toma de territorio: acá, en mi escritura, las fronteras se trazan de esta manera. No es poca cosa encontrar una voz así. Sí, hay un sujeto ficcional, pero la impronta no responde a la clásica postura académica ni tampoco a la del canchero que busca guiños para un grupo de iniciados. Lo que aparece es un fluir genuino, personal, con claridad cuando hay claridad y oscuridad cuando hay oscuridad. Suena crudo y hermoso. Y justamente porque no intenta disimular sus marcas, la escritura gana autoridad.

El segundo motivo es que en pocas líneas pone sobre la mesa una encrucijada compleja de la poesía argentina y latinoamericana: literatura y goce no solo como tema sino como una pregunta concreta acerca de quiénes pueden gozar de la palabra y desde dónde. Si se habla de sexualidad, de películas, de bares, de besos, de concheros, de sufrimientos, de admiraciones y de boludas/os, es porque se está discutiendo el goce mismo de decirlo. No podría, de otra manera, siquiera enumerar esos elementos. Y un tercer motivo podría ser este: ese goce sigue siendo el alma de toda literatura. Allí continúa latiendo el corazón del asunto.

“Mientras todos tratan de entender a Lucía Seles o tirar su mejor tiro en adivinarla y quedar como genios de algo que queda entre medio entendido pero no, yo juego Sonic The Hedgehog. Y veo que para vivir él agarra moneditas y corre. No es más profundo que eso, es lo que es”. Así abre otro de los ensayos, con una imagen que me conmueve. Sonic avanza en dos dimensiones a toda velocidad para evitar el canto de las sirenas; junta sus monedas y raja. No tiene conversaciones extrañas como esos personajes del bellísimo Chrono Trigger. Y si trasladamos el concepto a la literatura, ¿cuánto es necesario explicar? No sé cuál es la relación exacta (intuyo que la hay), pero pensé en mis lecturas de Proust: me gusta abrir cualquiera de los libros de En busca del tiempo perdido y saborear, de manera salteada y aleatoria, algunos párrafos como si fueran poemas o cartas enviadas por un amigo desde el paraíso. Cuando Marcel está en el teatro, por ejemplo, es como si habitara un pequeño paraíso suspendido en medio de un mundo atroz. Scicchitano me lleva a un lugar similar, construido por escenas y desvíos, donde dan ganas de quedarse.

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Quizás por eso el libro desconfía tanto de la obsesión contemporánea por interpretar. Pareciera que toda experiencia artística debiera venir acompañada de una explicación, una clave de lectura o un aparato conceptual que garantice su importancia. Más allá de la ironía hace exactamente lo contrario: devuelve al lector la posibilidad de experimentar antes que descifrar. Como cuando uno escucha una canción, juega un videojuego o mira una película sin sentir la obligación inmediata de convertir esa experiencia en un discurso. Así es leer literatura cuando entendés que no necesitás hacer tantas preguntas. Porque lo que sucede, claro, puede transformarte y ponerte patas para arriba, pero no necesita cobrar la forma de un cuestionario escolar. “Es lo que es”, simplemente, como jugar al Sonic.

Uno de los grandes temas que atraviesa todos los ensayos es el arte y nuestra relación con él. Consumidores, observadores, críticos, criticones, impermeables, maleados y meados. Todos los nosotros posibles aparecen, de alguna manera, en estos textos. Entonces podemos preguntarnos si no nos hemos vuelto un estorbo para un mundo que parece querer únicamente exhibición. Sin tocar. Sin manchar. Galerías donde nadie es. Y no hablo solamente de galerías con cuadros: también de galerías-familias, galerías-gobiernos, galerías-escuelas, galerías-redes sociales. Espacios donde la transacción importa más que la experiencia y donde muchas veces las personas terminan pareciéndose a las obras que contemplan: objetos prolijos, visibles, silenciosos.

En un momento leemos: “Una vez que lográs pasar entre los artistas, es mejor no mirarlos a los ojos porque ellos tampoco te van a mirar, a menos que saques tus credenciales o DNI. Obvio, hay gente amena y cariñosa, pero son los menos, los que todavía son bebés”. La ironía del libro, entonces, nunca funciona como un escudo. Más bien sirve para pinchar esos pequeños rituales de prestigio que organizan buena parte del mundo cultural.

Quizás allí resida la mayor virtud de Más allá de la ironía. No en ofrecer respuestas definitivas sobre la literatura contemporánea ni en fijar posiciones inamovibles, sino en recuperar una conversación que parecía perdida. Una conversación donde todavía es posible equivocarse, entusiasmarse, exagerar, contradecirse y escribir desde ese movimiento. En tiempos donde casi todo parece organizado para producir opiniones instantáneas y perfiles reconocibles, estos ensayos recuerdan que una voz sigue siendo un acontecimiento extraño. Y cuando aparece una voz así, poseída, vale la pena escucharla.

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DIEGO L. GARCÍA
DIEGO L. GARCÍA
Diego L. García (Berazategui, Buenos Aires, 1983). Profesor en Letras por la UNLP. Escribe crítica y poesía. Entre sus libros figuran Fin del enigma (Ediber, Argentina, 2011), Esa trampa de ver (Añosluz, Argentina, 2016), Una voz hervida (Jámpster ebooks, Chile, 2017), Una cuestión de diseño (Barnacle, Argentina, 2018), (Fotografías) (Zindo & Gafuri, Argentina, 2018) y Las calles nevadas (Barnacle, Argentina, 2020). Forma parte de la antología de poesía latinoamericana País imaginario: escrituras y transtextos 1980-1992 (Ay del Seis, Madrid, 2018). Colabora en diversas revistas literarias con reseñas, traducciones y artículos críticos.

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