Hay experiencias literarias, artísticas, que concluyen en una energía desbordante. A veces esa sensibilidad alterada empuja hacia las palabras, o mejor dicho empuja palabras hacia uno, y otras veces se vuelve un silencio delicioso que se extiende como una victoria contra el resto de las cosas. Tras leer Diario chino (Bosque Energético, 2026), de Santiago Loza, me encontré en esa segunda instancia. Fue en un día de lluvia que terminé la lectura, una lluvia como la de Shangái… pero diferente. Recién varios días después pude revisar y organizar algunas ideas a partir de anotaciones que no recordaba siquiera haber escrito.
Los papeles están todavía alrededor. Entre ellos aparecen notas sobre este diario y sobre la película que el autor filmó a partir del mismo viaje: Los días chinos, estrenada en el festival Doc Buenos Aires en 2025 y con funciones en el MALBA a comienzos de 2026. Con una música exquisita de Fernando Kabusacki (guitarrista de Charly García), el film recorre imágenes de China con fragmentos del diario narrados por el propio Santiago Loza de manera conmovedora. Entre mis notas encuentro: Lluvia. Lentitud. Paraguas. Música. Velocidad ahora. Superposiciones. El asombro como una bolsa de nailon llevándolo todo con sencillez.
Me gusta que esas anotaciones permanezcan porque dan cuenta de algo que ahora voy perdiendo, la experiencia de formar parte del viaje narrado. En otro de los borradores apunté: El agua, la voz, los sabores. La voz tiene un sabor. El guion es hermoso.
El libro trasciende a su género, por mucho. No es lo que se esperaría de un diario clásico, con una consigna sistemática. El propio autor reconoce el desconcierto: “Como todo en Shanghái, hay un desfasaje entre lo que imagino y lo que sucede afuera de mi cuerpo”. Y en otro momento: “Que obligación insoportable tener que asombrarse”. El viaje se ubica (por deducción de eventos) iniciando a fines de agosto de 2023. Se trata de una residencia para escritores a la que Loza fue invitado años atrás y que, pandemia de por medio, se fue posponiendo. “Se ha cumplido el anhelado viaje, a partir de unas horas la China será lo real. No tengo temor, es algo parecido a la pérdida de voluntad. Dejaré de ser en la China. ¿Me haré tan simple como deseo?”. En cada entrada aparecen rastros que uno podría relacionar entre sí, pero que surgen dispuestos por el propio fluir de las situaciones. Entre ellos, la idea de la simpleza, que cobra mucha fuerza a lo largo de las páginas.
Recuerdo un momento en el que un poeta chino muy reconocido al que fue a visitar con el grupo de escritores y escritoras del programa le obsequió una hoja con una frase pintada en el momento; Santiago no esperaba gran cosa ni sentía nada especial por ese autor, y, aunque tampoco suscitó su sorpresa, sí lo hizo para su amiga (a quien llama D y que se vuelve un personaje más que querible). La hoja decía: “Un hombre tranquilo trasciende los límites del mundo”. Santiago expresa que no se considera un hombre “tranquilo” pero acepta el regalo (una especie de retrato con palabras espontáneas). Por muchas razones creo que esa descripción fue muy justa. El tiempo del viaje es un tiempo tranquilo. Sin dudas. También lo es el del documental. Y cuando, hacia el final, el propio autor acepta que se ha vuelto un poco chino, en realidad está diciendo que algo de esa tranquilidad continúa habitando en él.
Quizás por eso el libro no necesita explicar demasiado aquello que observa. Hay una confianza particular en que las cosas, al ser puestas una junto a otra, producirán su propio efecto. Un cartel, una persona, una comida, una conversación, una calle que aparece de pronto: nada tiene que imponerse sobre lo demás. El diario avanza de esa manera, dejando que una imagen se retire para que otra ocupe su lugar. Y en ese movimiento hay algo muy cercano a la poesía y al cine. Loza parece escribir mirando y mirar escribiendo.
Esa mirada, además, está llena de conciencia sobre sí misma: miopía, parpadeos, enfoques, cámara, registro. A propósito, dice algo muy lindo sobre ello en el film: “Intentás dejar registro y provocarte”, utilizando la segunda persona como una forma de alejarse de los acontecimientos para transformarlos. La mirada es entonces una herramienta, pero también una forma de provocación, un movimiento de vitalidad. Casi todo pareciera moverse en las escenas: robots, niños, peces, ríos, juegos electrónicos, osos panda, cuerpos en las piscinas, carteles giratorios. Todo. Y quizás ahí aparezca otra de las claves del libro: si la mirada registra el movimiento, el diario también termina siendo un libro sobre el ritmo.
Ese ritmo no es necesariamente veloz. Es más bien una alternancia entre lo que se mueve y aquello que se queda quieto. La ciudad puede estar atravesada por miles de estímulos y, sin embargo, el viajero puede permanecer suspendido frente a una escena mínima. Esa contradicción es una de las cosas que más me gustan de Diario chino: China no aparece como un espectáculo que el escritor debe descifrar para nosotros. Aparece como una acumulación de impresiones, algunas luminosas, otras absurdas, otras directamente inexplicables. Y frente a ellas Loza no adopta la posición del experto. Mira.
Hay una serie de poemas que el autor va agregando a las entradas, a veces como un desafío de escritura con su amiga, otras como un impulso personal. Son sensacionales. Veamos este, por ejemplo:
Tomar el bus
cruzando por debajo
el río Huangpu
hay un sueño
de algo ya vivido
como esa foto
que guardaba tu madre
cuando viajó
durante el embarazo
por un túnel celeste
bajo el Paraná
así se pierden
despacio
los pensamientos
¿Qué podría agregar? Los poemas de Diario chino son así, puntos suspensivos. No cierran la experiencia, la prolongan. Hacen algo extraño con la distancia: Shanghái aparece junto al Paraná, una madre junto a un viaje que todavía no sucedió, una fotografía junto a un sueño. El poema no necesita resolver esas asociaciones porque justamente su belleza está en haberlas encontrado.

“Replegarse es una forma de entrar al mundo”. Pocas frases condensan tan bien el modo en que Santiago Loza atraviesa este viaje. La personalidad que desarrolla ese “sí mismo” del diario (que no tiene por qué coincidir íntegramente con el autor) es la de alguien predispuesto a la contemplación. Cuando escribe que no hay asombro en sus primeros contactos con China, no habla de indiferencia: en la balanza pesa más la contemplación que el sobresalto. Muchas veces, además, una contemplación forzada por el dolor. Un dolor de oídos que lo acompaña durante todo el viaje. Un cansancio que solo parece aliviarse con la natación.
Hay algo profundamente honesto en que el cuerpo no desaparezca nunca de este viaje. El viajero no es una conciencia que se desplaza de monumento en monumento: tiene hambre, dolor, sueño, calor, cansancio. Nada de eso queda subordinado a la experiencia cultural. Incluso el deseo de nadar, de sumergirse en el agua, parece funcionar como una pequeña forma de recomposición. Como si para poder seguir mirando fuera necesario, cada tanto, dejar de mirar.
El diario tampoco se detiene a explicar el sentido de sus escenas. Más que la narración de la residencia de escritura (de la que, en realidad, terminamos conociendo muy poco) es la elipsis la que organiza la experiencia. Las imágenes aparecen, se suceden y permanecen abiertas. El sujeto bajo una lluvia torrencial comiendo una fruta glaseada (deliciosa) que acaba de comprar por un precio turístico exagerado. Lo mismo ocurre con este pasaje, donde otra vez las palabras quedan suspendidas entre la pérdida y la revelación: “En el último piso hay una señora pintando unos abanicos de madera balsa, escribe unos poemas. Miro uno que me gusta, le pido a D que me traduzca, me dice que es ridículo, que traducido no tiene sentido, dice algo así como «cuidado con el viento, casate con alguien conveniente, no comas en los días de luna llena, fuerza en las batallas». Me insta a que lo compre, lo hago…”.
Es disfrutable ser parte de los paseos menores de Diario chino, de los cafés, de los extraños natatorios, de los jardines, templos y estaciones de metro. El diario nos convierte en acompañantes lentos, destinados a saborear cada expresión y a perdernos en una traducción siempre interrumpida, en esa experiencia de extrañamiento lingüístico que acaso recuerde, inevitablemente, a Lost in Translation, de Sofía Coppola. Por eso el diario se lee como un poemario. Y quizás ahí esté una de las claves de su encanto: no sentimos que Loza nos esté llevando a conocer China, sino que nos permite acompañarlo mientras algo de China sucede en él. Hay una diferencia sustancial entre ambas cosas. La primera supondría una explicación, un mapa, una acumulación de información. La segunda propone una experiencia. Por eso las pequeñas escenas terminan adquiriendo un peso que no parecía estar allí al principio. El libro no pretende conservar el viaje como quien guarda una colección de recuerdos, sino como quien intenta conservar una determinada manera de mirar.
Hay mucho más en esas pequeñas imágenes que acaso queden dando vueltas mucho después de cerrar el libro. China nunca termina de volverse explicación ni paisaje turístico, sino experiencia, percepción, estado de ánimo. Uno termina sintiendo afecto por ese viajero que mira, duda, se repliega, se cansa, nada, escribe y vuelve a mirar. A veces la literatura tiene ese poder último: convertir un lugar desconocido en algo que sentimos haber perdido. Porque no se trata tanto de asombrarse ante un mundo nuevo como de encontrar una manera de mirarlo. Ahora extraño Shanghái, aunque nunca haya ido.

