Más de 500 escritores e intelectuales del ámbito hispanoamericano hicieron pública este viernes una carta en que condenan el “negacionismo” de la argentina Ariana Harwicz respecto al genocidio en Gaza y respaldan el retiro de su invitación del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTUR_ALH de Granada, España.
Tal posicionamiento colectivo –al cual se sumaron escritores como Cristina Rivera Garza, Nona Fernández,Juan Cárdenas, Alejandro Zambra, Paul B. Preciado, Pilar Quintana, Andrea Abreu, Alana S. Portero, Marta Sanz, María Galindo, Rita Indiana, Fernanda Trías, Carmen Ollé, Julián López, Lydia Cacho, Pilar Quintana, Elaine Vilar Madruga; los cineastas Lucrecia Martel y Rodrigo Sorogoyen, o la programadora del festival Patricia Escalona– engrosa las filas de quienes impugnan éticamente las posturas de Harwicz, quien ha acusado de antisemitismo a quienes hablan de “genocidio” y a quienes apuestan por el boicot cultural en el marco de las campañas de BDS –boicot, desinversión y sanciones– contra el Estado de Israel.
Específicamente, los firmantes del comunicado manifestaron su apoyo a sus colegas Rita Laura Segato, Lina Meruane (quien además razonó su postura en El País de España), Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro, Silvia Federici y Ángelo Néstore, quienes en una primera carta abierta (del 21 de septiembre) se pronunciaron en favor de la “desinvitación” de Harwicz (18 de septiembre) luego de que esta fuera exigida por la Red Universitaria por Palestina de Granada.
Aquella misiva incidía en las motivaciones éticas del reclamo que llevó a la cancelación puntual de Harwicz al tiempo que entraba a debatir sobre los márgenes del discurso público: “La protesta, también amparada por la libertad de expresión, es una de las pocas herramientas que tienen los estudiantes y la ciudadanía para responder a los discursos que desde las altas tribunas y espacios de legitimación cultural niegan el genocidio palestino”, decían allí l@s siete firmantes.
“Reconocemos el valor de quienes, desde la comunidad universitaria, señalaron lo que consideran discursos negacionistas o justificatorios de la violencia contra el pueblo palestino y llevaron esa discusión hasta los espacios institucionales”, se lee en el texto aparecido este viernes. “Sabemos que posicionarse públicamente en solidaridad con el pueblo palestino dentro de la industria literaria puede tener costos. Y, frente a esos costos, creemos que la respuesta tiene que ser colectiva”.
Tras la desprogramación de su charla en Granada, Harwicz declaró en redes sociales que el festival cedía al “terror” y dijo a la prensa –cuyo mainstream en Argentina y España ha amplificado su denuncia al presentar el caso en términos de cancelación, censura, etc.– que el motivo era su identidad judía.
El miércoles 23 de septiembre, la autora de Matate, amor (2012) había recibido un espaldarazo moral con otra carta pública suscrita por más 400 personalidades, con mayoría de argentinos. En la nómina de infrascritos se encuentran Piedad Bonnett, María Negroni, Óscar Tusquets, Margo Glantz, Rodrigo Rey Rosa, Rodrigo Blanco Calderón, Santiago Roncagliolo, el filósofo Fernando Savater, y políticos como Manuel Valls, exprimer ministro en Francia, y la conservadora española Cayetana Álvarez de Toledo.
“Defender la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros no es defenderla: es sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica”, manifestaron los defensores de la argentina.
Poco después se conoció que el escritor irlandés John Banville, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2014 y una de las celebridades invitadas festival, no acudiría a la cita granadina en solidaridad con Harwicz. Y, antes, la Embajada Argentina en España llegó a exigir formalmente un desagravio institucional para su compatriota.
En este punto, el cruce de declaraciones y manifiestos recuerda otros momentos de alineamientos polarizados en el mundillo intelectual hispanoamericano, o bien una suerte de carrera armamentística cuyo arsenal está definido por el número de firmad y por el capital simbólico de los nombres alistados en uno u otro bando.
Sin embargo, más allá de la polémica intelectual y el rejuego político en el campo minado de la industria del libro y los circuitos de promoción y legitimación literarios en esta parte del mundo, más allá incluso de la discusión filosófica sobre los límites o la infinitud ideal del derecho a la libre expresión, asoma la realidad inmediata de decenas de miles de civiles muertos (gran parte de ellos, niños) como desproporcionada “respuesta” al horror ya descomunal del 7 de octubre de 2023; la irresoluble persistencia de un conflicto alimentado por el extremismo político y religioso y la complicidad hipócrita de Occidente, y sus síntomas absurdamente cotidianos: la colonización y el desplazamiento sistemáticos, el terrorismo, la muerte calculada…
“Nos resistimos a que el debate quede reducido a un conflicto identitario y a que cualquier defensa a favor del pueblo palestino sea convertida automáticamente en antisemitismo. Estamos contra el genocidio, contra la violencia ejercida sobre Palestina y contra los discursos que la niegan, la minimizan, la justifican o la celebran”, sostienen los firmantes de la carta más reciente, quienes amplían el marco de sus exigencias: “Pedimos a editoriales, festivales, ferias del libro, universidades, residencias, premios, fundaciones, instituciones culturales y demás agentes de la industria literaria que revisen sus vínculos institucionales con el Estado de Israel”.
En tal sentido, razonan: “Las instituciones culturales establecen límites éticos todo el tiempo. No aceptaríamos que la negación del Holocausto fuera presentada simplemente como «otra opinión» en nombre de la pluralidad. No vemos por qué tendríamos que aplicar un estándar ético distinto cuando hablamos del sufrimiento del pueblo palestino”.

