Nicaragua posrevolucionaria: entrevista a Gabriel Pérez Setright y Eduardo Flores Arróliga

Si algo sobra en Nicaragua, y hasta cierto punto nos ha hecho daño, es el imaginario del héroe y la gesta épica del revolucionario sandinista. Desestabilizar esa historia oficial y configurarla a otros presentes fue uno de los propósitos de la expo.

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El exilio es, para Eduardo Flores Arróliga (Managua, 1989), uno de los curadores de Otro fin del mundo es posible: Nicaragua, revolución y posmemoria, según nos dice en un texto sobre Rosalía de Castro, iluminar en la penumbra como una vaga luciérnaga hacia otro lugar. En buena medida esa imagen sustenta la exposición que se puede ver desde mayo pasado y hasta julio venidero en el café-galería Silvestre, en el centro de la ciudad de Mérida, Yucatán, México. Para el otro curador de la muestra, Gabriel Pérez Setright (Nicaragua/EE. UU.), fundador del colectivo Taller Nepantla, Otro fin del mundo es posible ha sido también un pretexto para tejer afectividades e intentar compartir su visión de Nicaragua con los yucatecos y la migración latinoamericana en Mérida. La exposición orbita en torno a la revuelta de 2018 contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que fue para ambos curadores una experiencia formativa, y desde ese lugar cuestiona el legado sandinista, la mirada del Otro, y los distintos y superpuestos poderes coloniales que entretejen una historia centroamericana de dominación y violencia. Hay finalmente (como el nombre lo indica) un toque de optimismo futurológico, de altar que busca conjurar (dicho no sin ironía) otro fin del mundo. Dejemos que estos miembros ilustres de la diáspora nicaragüense en Yucatán abunden sobre el asunto.

Otro fin del mundo es posibleengarza fragmentos de películas gringas donde el tropo Nicaragua sale a colación, presenta una cronología futura de rebelión contra el poder de las transnacionales y el capital global, deja sobre la mesa documentos y prensa sobre las manifestaciones de 2018, interviene subversivamente la serie fotográfica de Susan Meiselas sobre la épica sandinista, incluye pinturas, tejidos que aluden a la historia y la identidad nicaragüenses. Háblennos un poco sobre la concepción, propósitos y diversidad de la muestra.

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Gabriel Pérez Setright (GPS). La obra comienza en el 2016, cuando estaba en un grupo de estudio de arte contemporáneo que se llamaba TaCÓN. Ahí comencé a explorar, a través del collage y el videoarte, esta fusión entre los valores e ideales revolucionarios, como el antiimperialismo, el cooperativismo, la justicia social y la realidad contemporánea, una de consumismo, turismo y desarrollo privado. Este gesto estético era común entre jóvenes posrevolucionarios, los que nacimos en los años noventa, como vemos en varios escritores nicas como Fátima Villalta y Marcel Jaentschke, era nuestra manera de darle sentido al presente y al pasado.

Ahora, diez años después, desde Yucatán, gracias a la bienvenida de Galería Silvestre, surgió la oportunidad de exponer este trabajo en su totalidad y en diálogo con obras de artes creadas en este período. Como artistas no nos confinamos a una sola estética o a una sola disciplina, nos gusta explorar diferentes formatos que logren hacerle justicia a una idea o concepto.

Eduardo Flores Arróliga (EFA). Cuando hablé con Gabriel en Mérida, Yucatán, sobre este proyecto, me pareció interesante el proceso de posmemoria. La expo tiene una mirada estética y política para interrogar los fantasmas de la historia patria y el nacionalismo que se ha construido en los últimos cincuenta años en el país. Considero que, si algo sobra en Nicaragua, y hasta cierto punto nos ha hecho daño, es el imaginario del héroe y la gesta épica del revolucionario sandinista. Desestabilizar esa historia oficial y configurarla a otros presentes fue uno de los propósitos de la expo.

A partir de este ejercicio nos pareció importante abrir preguntas sobre la relación que tenemos los nicaragüenses con el archivo fotográfico, la construcción o deconstrucción de memorias y la estética de la protesta. Al igual que la manera en cómo se imagina y habla sobre la realidad nicaragüense desde afuera. Fue en esa exploración que aparecieron algunos símbolos y dispositivos como la barricada, el molotov, la máscara, el periodismo, la música y el acto creativo de imaginar el pasado y el futuro de Nicaragua.

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Otro fin del mundo es posible… orbita en torno a la revuelta en Nicaragua en 2018 que, según entiendo, fue para ustedes un momento formativo. ¿Dónde los tomó el estallido? ¿Cómo fueron esos meses? ¿Qué saldo dejó todo aquello en ustedes y en Nicaragua? ¿Cómo entienden la exposición en relación con toda esa experiencia?

GPS. Semanas antes del estallido, yo estaba involucrado con el grupo #SOS Indio Maíz, el cual estaba organizando acciones para visibilizar la corrupción, despojo y complicidad del Estado con un incendio en la reserva biológica Indio Maíz en territorio indígena. A medida que se expandían las protestas a nivel nacional, decidí enfocarme en comunicar lo que estaba sucediendo con redes internacionales.

Como generación sentimos que estábamos viviendo un momento histórico a la par de la insurrección sandinista, pero ahora en un nuevo contexto. Fueron momentos de extrema alegría, solidaridad y optimismo, pero al mismo tiempo de brutalidad, violencia y corrupción. El oportunismo político y la complicidad con el capital económico traicionaron el potencial de crear un país más democrático y justo. Aquí, las imágenes, fotografías, grafitis y periódicos sobre la protesta popular vuelven a emerger, y la obra que realicé en 2016 toma un nuevo significado, quizás profético.

Lamentablemente, la represión paramilitar me forzó a migrar a Estados Unidos y no he regresado a Nicaragua desde entonces.

EFA. Cuando sucedió el estallido de abril 2018, era profesor universitario y desde años anteriores se sentía una especie de tensión en el país. Se sabía que algo, tarde o temprano, iba a pasar. Lo que tomó por sorpresa a la población nicaragüense fue que ese estallido comenzó desde las universidades públicas y los jóvenes ambientalistas, porque las generaciones previas y de la revolución sandinista veían con adultismo a las nuevas generaciones como jóvenes desorganizados y con poca conciencia política. El asombro fue la rapidez con la que los estudiantes tomaron las universidades, y al mismo tiempo, la represión bélica del Estado, junto con la policía nacional, sus cuerpos paramilitares y demás estructuras de inteligencia al oprimir, asesinar y desaparecer a las y los estudiantes.

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Posteriormente la ciudadanía nicaragüense se levantó pacíficamente contra el gobierno al ver la violencia que producía. Luego, la represión estatal creó condiciones de violencia y, como dice Gabo, también de oportunismo y complicidad con el capital.

De lo que más destaco fue que dentro de esa lucha autoconvocada surgieron símbolos nuevos como “Matria libre y vivir”. El uso de la burla y lo carnavalesco como dispositivos de defensa y tejido social.

Es muy visible en Otro fin del mundo es posible su dimensión pedagógica. No solo presenta un singular archivo y una propuesta de futuro, sino que intenta también explicar Nicaragua para un público no enterado. ¿Qué tan difícil ha sido para ustedes desde la migración ese “explicar Nicaragua”?

GPS. Por un lado, es triste que no se conozca mucho sobre Nicaragua o Centroamérica, por otro lado, da una oportunidad de matizar la identidad nicaragüense y no caer en estereotipos o simplificaciones. Nicaragua es mucho más que su revolución, su café, sus lagos y volcanes. La integración de nuestra bibliografía personal, de libros, revistas y materiales didácticos invita a la audiencia a sentarse a leer, aprender, conectar y solidarizarse con los temas de la exhibición desde el territorio de Yucatán.

EFA. Nicaragua es un territorio periférico. Vayás a donde vayás es difícil de poner en el mapa. Por eso, parte de la expo era aprovechar, darle su lugar de enunciación más allá, como menciona Gabo, de las estandarizaciones del territorio. A través del diálogo, aprovechamos para preguntarnos sobre las similitudes entre Yucatán y Nicaragua a nivel histórico y cultural. Fue ahí donde se nos abrió la puerta sobre los lazos de solidaridad entre ambos territorios, como la residencia de Sandino en Mérida, entre 1929 y 1930, en un momento políticamente delicado, o los poemas que Salmón de la Selva le dedicó a Mérida en 1945. Y luego está el hecho de que compartimos bases gastronómicas como la naranja agria o el achiote. Además de ciertos paisajes tropicales que nos convalidan a nombrar Mesoamérica, un territorio común en sus diferencias.

Hablemos de la revolución y la contra. En la experiencia cubana, seis décadas de supresión de libertades y poder omnímodo han provocado agotamiento y rechazo instantáneo y justificado sobre cualquier articulación política o cultural que se interese por aprovechar o señalar cualquier herencia positiva de la Revolución. Una revolución de la que solo quedan en pie algunos macabros nonagenarios, que para mí generación suena lejana, vacía de sentido, y es sinónimo de represión y crisis. Viendo Otro fin del mundo es posible, percibí que hay en su generación –una generación que se levantó contra el poder sandinista– una discusión de otro tipo con respecto a ese legado. ¿Es así? ¿Cómo lo ven ustedes?

GPS. Nuestro imaginario sobre la revolución lo heredamos; no la vivimos, más bien recibimos una versión de segunda mano. Por ejemplo, un elemento principal de esta exhibición es, como decía antes, la intervención de las fotos de Susan Meiselas, realizadas entre 1978 y 1979 durante la insurrección sandinista. Estas fotos han tenido un peso simbólico y estético en cómo nos relacionamos con ese período. Pero ahora desde una distancia crítica. Esto nos permitió matizar los logros, los desafíos, los mitos y más. Es decir, muchos ya no romantizamos este período, le damos cierto respeto, pero reconocemos que los tiempos son diferentes. Fue un tiempo de mucho sufrimiento y de mucha ilusión. Ahora, en relación con la guerra, podemos reconocer que la realidad no era blanca ni negra, es más compleja que simplemente una revolución contra una contrarrevolución.

También nuestra generación ha vivido en carne propia cómo el proyecto sandinista ha mutado, para algunos como el triunfo de los valores revolucionarios y para otros en una traición a la revolución. Al final, este período revolucionario y su legado operan como un campo de batallas de ideas, estrategias y operaciones que nos permite, en última instancia, criticar el presente. Eso es lo que intenta hacer la exhibición.

EFA. Creo que en las últimas décadas hemos podido hablar con mayor honestidad sobre la realidad histórica del sandinismo, se ha podido diferenciar algunos hechos del pasado y nombrarlos como lo que fue: que la lucha armada en la década de los ochenta fue una guerra civil, por ejemplo. O que el sandinismo de la generación de nuestras abuelas, abuelos y demás familiares se diluyó como otros movimientos de izquierda en América Latina y, debido a la falta de memoria histórica, se han polarizado las opiniones sobre el sandinismo y se ha reprimido sistemáticamente a quien piensa diferente al actual sandinismo oficialista. Considero que la ciudadanía nicaragüense merece un museo de la memoria y sanar las heridas del pasado para que no tropecemos con el fanatismo violento que provocan ciertas ideologías.

Gabo, explícanos un poco en qué consiste Taller Nepantla, ese colectivo que está detrás de la exposición, y que busca crear comunidad y saberes dentro del ámbito cultural yucateco.

GPS. Taller Nepantla nace un par de meses después de mi salida de Nicaragua. Desde los Estados Unidos, un colectivo de artistas me invitó a acompañarlos a hacer arte comunitario entre la frontera de Estados Unidos y México, y ahí, junto con mi compañera Cecilia, se nos ocurrió formar un colectivo específicamente para pensar desde lo transfronterizo no solo como un concepto que construye identidades, sino también como un concepto que deconstruye fronteras disciplinarias. Es decir, nos interesó construir entre ambos un colectivo de arte que partiera desde la identidad fluida de contener múltiples nacionalidades y desde la necesidad de criticar las concepciones sólidas de lo que significa hacer arte y política.

Actualmente, Taller Nepantla es un colectivo que puede mutar dependiendo de su contexto y participantes, nos interesa ocupar el arte como un laboratorio de experimentación y crítica para crear y cuidar a la comunidad que pertenece. No nos interesa necesariamente transitar dentro de los circuitos institucionalizados del arte contemporáneo, preferimos crear nuestra propia escena, con nuestros propios valores y mecanismos de legitimación.

Desde Yucatán continuamos explorando este compromiso con el arte comunitario, la responsabilidad con el territorio y apostar a crear infraestructuras alternativas al mundo del arte.

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IBRAHIM HERNÁNDEZ ORAMAS
IBRAHIM HERNÁNDEZ ORAMAS
Ibrahim Hernández Oramas (Matanzas, 1988). Fue editor de la revista universitaria habanera Upsalón y compiló la antología de la poesía de Roberto Friol, Casa no sitiada por la luz (Rialta Ediciones, 2018). Integra el staff editorial de Rialta.

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