Reinvolucionario

Casi todos los totalitarismos empezaron de la misma manera: como una revolución. Así que los hijos y nietos del totalitarismo conocemos bien a esta bestia. Nos educaron para seguirla, haciéndonos alzar el puño rebelde desde la cuna, y jurar, con las primeras palabras que pudimos articular, convertirnos en uno de sus más radicales especímenes. Pero la Revolución –una de las palabras más hipnóticas del vocabulario, una por la que, como diría Simone Weil, demasiados han dado la vida inútilmente– tarde o temprano se hace entelequia. Y, como la patria que finge ser, arrastra consigo su gentilicio.
El reinvolucionario es un tozudo nostálgico que se aferra a la entelequia. Su romanticismo por un mundo mejor, pero sobre todo por la épica implícita en la lucha para conseguirlo, le ha trastocado el juicio. Embriagado por la certeza de que la justicia y la igualdad social están al alcance de un estallido, posa altanero como redentor de la especie. Cree que el conflicto de la civilización se reduce a buenos explotados y malos que explotan y que, por tanto, su solución pasa por erradicar a estos últimos.
De tanto subjetivar al hombre, se ha convertido en gorila; de tanto sublimar su ideal, lo ha vaciado de fundamento; y lujurioso siempre por el vértigo de la confrontación, justifica los métodos más violentos para llegar a su estado de éxtasis perenne: la revolución. Porque esta, para el reinvolucionario, no es un medio, sino un fin. Y a veces ni siquiera un fin, sino una apariencia. Tanto así que, después de setenta años de fracasos y ruinas, la seguirá llamando igual. Tanto así que no temerá pecar de lo mismo que critica en nombre de ese bien mayor que, por creerse el superhombre, termina muchas veces siendo el de su propio beneficio. Así que será usual encontrarlo haciendo mercancía de la conciencia de la clase trabajadora para vendérsela a la clase trabajadora. El reinvolucionario es un subproducto caricaturesco de su propia quimera, una alegoría oscura y poco más.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

