Beatriz Allende habla en el homenaje póstumo a su padre en La Habana el 28 de septiembre de 1973 (FOTO archivo del diario L'Unita)

En Beatriz Allende. A Revolutionary Life in Cold War Latin America (University of North Carolina Press, 2020), Tanya Harmer se detiene en una escena que resume la disputa por el relato de la Guerra Fría latinoamericana. Luego del brutal golpe de Estado contra Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, la familia del presidente partió al exilio. Hortensia Bussi, viuda del socialista derrocado, e Isabel, la hija menor, se establecieron en México. Beatriz, la más cercana a su padre, y Miria Contreras (la Paya), amante y secretaria particular de Allende, se radicaron en La Habana.

Cuenta Harmer que en las semanas que siguieron al golpe se estableció una sutil rivalidad entre el México de Luis Echeverría y la Cuba de Fidel Castro por las honras fúnebres de Allende. La Habana se impuso rápidamente, al organizar una gran conmemoración el 28 de septiembre de 1973, aprovechando el aniversario de la creación de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). La historiadora de la London School of Economics dice que, inicialmente, Hortensia Bussi no quería viajar a La Habana por desconfianzas o recelos, además de su natural enojo por la presencia de Contreras, pero sus hijas la convencieron.

Dice Harmer que una primera prueba para Beatriz, embarazada de su segundo hijo, en La Habana, fue enfrentarse a la versión oficial cubana de que su padre había muerto en combate. La tesis había sido sostenida poco después del ataque a la Moneda por Luis Renato González Córdoba (Eladio) y otros militantes chilenos y cubanos, pertenecientes al Grupo de Amigos Personales (GAP), una suerte de guardia presidencial creada por el gobierno de la isla. Cuando Beatriz le aseguró a Fidel que la información que disponía la familia apuntaba al suicidio, el mandatario no se inmutó.

Cubiert de Beatriz Allende. A Revolutionary Life in Cold War Latin America de Tanya Harmer University of North Carolina Press 2020 | Rialta
Cubierta de ‘Beatriz Allende. A Revolutionary Life in Cold War Latin America’, de Tanya Harmer, University of North Carolina Press, 2020

El libro de Harmer sugiere que la tesis de que Allende había sido abatido se construyó en las horas posteriores al golpe por los aparatos de inteligencia cubanos. El objetivo de esa construcción mediática era desmentir la versión de la muerte de Allende, que comenzaba a manejar la dictadura de Pinochet, pero también eludir cualquier valoración ennoblecedora del suicidio. La estigmatización del suicidio, propia de la ideología y la psiquiatría oficial soviética y cubana, se proyectaba en aquel rápido montaje de una narrativa con todos los elementos de lo que hoy llamamos “posverdad”.

En la documentación privada, consultada por Harmer, hay elementos para sostener, como hace la historiadora, que Beatriz y su madre aceptaron a regañadientes el relato oficial cubano de la muerte de Allende. Ese relato comenzó a autorizarse desde el discurso de Fidel Castro, aquel 28 de septiembre. Luego de negar que la llegada al poder de Unidad Popular significase “el triunfo de una Revolución”, en contra de lo que el propio Allende argumentaba, una y otra vez, Fidel narró con lujo de detalles la caída del presidente chileno: un primer disparo en el estómago lo hizo inclinarse de dolor, un segundo en el pecho lo derribó y luego “ya moribundo fue acribillado a balazos”.

Gabriel García Márquez, en su libro Chile, el golpe y los gringos (1974), dio rienda suelta a la ficción. Allende, según el escritor, había muerto en un intercambio de disparos con los golpistas. “En un rito de casta”, los militares pinochetistas habían disparado en masa sobre su cuerpo. Ya muerto, según García Márquez, un oficial le había destrozado la cara con la culata del fusil. De acuerdo con la exhumación y la autopsia realizadas en 2011, la cabeza de Allende estaba destrozada porque se disparó con un fusil automático en el mentón.

En La novela como historia (2018), Eduardo Posada Carbó se ha ocupado del peso de la ficción en los apuntes históricos y la obra periodística de García Márquez. Aquel gusto por la hipérbole y la distorsión era compartido por su gran amigo Fidel Castro. No sólo las novelas, también las memorias y no pocas piezas periodísticas de García Márquez estaban plagadas de invenciones sobre las guerras civiles del siglo XIX, la “matanza de las bananeras” de 1928, el Bogotazo, las guerrillas o el narcotráfico.

Beatriz Allende junto a su padre | Rialta
Beatriz Allende junto a su padre

Lo que se desprende de la investigación de Harmer es que el relato oficial de la muerte de Allende fue construido a sabiendas de que era falso. El suicidio, con tantos célebres antecedentes en la tradición republicana antigua y moderna y que en Chile remitía a una figura por la que Allende no ocultaba su admiración, José Manuel Balmaceda, no era para el socialista chileno ese acto de cobardía o debilidad que diagnosticaba el machismo soviético y cubano.

Beatriz Allende, que en el libro de Harmer aparece como una víctima de ese machismo en varios sentidos, también optó por el suicidio. Su abuelo materno y su padre habían sido suicidas; ella también lo sería. Su padre se había matado con el AK que le regaló Fidel Castro; ella con la Uzi que también le regaló Fidel Castro. Al día siguiente, 12 de octubre de 1977, Granma dio la noticia asegurando que la joven Allende, “víctima del fascismo”, había tomado una “decisión errónea”.

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RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.

1 comentario

  1. Esto fue lo que lo que escribi a mediados de los años 2000 en mi libro «La dinastia Castro. Los misterios y secretos de su poder» (editorial Altera, Madrid), después de una larga encuesta. No retiro una sola palabra de lo publicado entonces.

    SUICIDIOS EN CASCADA

     

    ¿Quién mató a Salvador Allende?

     
     
     

        El martirologio siempre constituyó el complemento imprescindible de la gesta revolucionaria. Fue el destino del Che y, antes, el de Camilo Cienfuegos.

        También fue la suerte que corrió Salvador Allende. ¿Cómo podía haber aceptado el Comandante en Jefe, en efecto, la eventualidad de una vía pacífica al socialismo en América Latina? Sin embargo, eso era lo que parecía poder producirse en Chile en 1970, con la llegada al poder, por medio de las elecciones, de la Unidad Popular.

        La doctrina oficial de la revolución cubana consistía en hacer de la cordillera de los Andes “la Sierra Maestra de América Latina”. La única alternativa era la extensión de las guerrillas por todo el subcontinente. Allende no rechazaba esa alternativa. Él mismo, cuando era senador, había sido el principal artífice de la huida por la frontera chilena de los sobrevivientes de la guerrilla boliviana del Che, después de haberle brindado un apoyo logístico considerable. Su objetivo era el mismo que el de Castro. Pero, en las condiciones de Chile, Allende había entendido que había otro medio para llegar al poder: las elecciones. Veía en la democracia no sólo un medio sino también un fin cuyas reglas debía respetar. 

        Para Castro se trataba de una experiencia irrealizable y, sobre todo, peligrosa para sus propias opciones políticas. También la consideraba como una ingenua ilusión. Su promotor no le merecía mayor respeto. En noviembre de 1971, para darse cuenta por sí mismo de la situación, Castro se invitó durante un mes al país andino, recorriéndolo de punta a cabo, pronunciando discurso tras discurso en las universidades, los centros de trabajo, en todas partes, como si Chile no fuera más que un apéndice de Cuba. Se sentía en su casa. Llegó a provocar, sin embargo, importantes protestas por su ingerencia en los asuntos internos de un país extranjero. Allí se dirigió a estudiantes, a obreros, a militantes políticos a todo lo largo y ancho del país. También trabó cierto clima de confianza con los militares que proclamaban su lealtad al gobierno de Allende, entre los cuales se encontraba el edecán del presidente, un general llamado Augusto Pinochet, con quien las relaciones fueron extrañamente cordiales, tanto en Chile en 1971 como durante una visita posterior de éste a Cuba en 1972.

        Así lo atestigua Vicente García Huidobro, en aquel entonces dirigente del MAPU, un grupo de extrema izquierda de obediencia cristiana que abogaba por una radicalización de la Unidad Popular:

        “Fui a la cena de despedida que le ofrecieron a Fidel en la embajada de Cuba. (…) Fidel había insistido en que el fascismo estaba en las calles. (…) Fue allí cuando a Pinochet le sale una reacción media fuerte y le dice: “mira, hueón, de qué fascismo me hablai tú. Yo en mi cajón tengo una lista de setecientos, o de setenta chilenos, que yo los meto presos esta noche y se acabó el fascismo en Chile.” Ésa fue una frase bien memorable a la luz de lo que después pasó con nuestra historia, relacionada con las dudas de en qué lugar estaba Pinochet en ese tiempo, si era el general blanco o el general rojo. (…) Se relajó después de estar tantos días al ritmo de Fidel, estaba muy suelto, muy bromista. No era el Pinochet que conocimos después, o por lo menos no se le notaba para nada.”[1]

        La ambigüedad de Pinochet en sus relaciones con Fidel Castro se confirmará durante los tres años de gobierno de Allende. Ambos aparecen juntos en distintas fotografías, tanto en Chile como en Cuba. La visita que Pinochet efectuó a la isla al año siguiente, siempre como edecán del presidente, se hizo bajo los mismos auspicios: los de una confianza mutua que Castro no tenía con Salvador Allende.

        En aquella ocasión, el Comandante en jefe de las Fuerzas armadas revolucionarias cubanas y el futuro Comandante en jefe del Ejército chileno depositaron un ramo de flores ante la estatua de José Martí. Ese honor sólo estaba reservado a los más altos dignatarios internacionales y a los hombres en quienes Fidel Castro tenía una confianza absoluta. En esos años, nadie podía imaginar que Pinochet iba a acabar con la experiencia de la Unidad Popular[2].

        Pero en quien el Líder Máximo no confiaba en absoluto era en el presidente Salvador Allende. Después de tres intentos infructuosos de conquistar el poder por medio de las urnas, éste había logrado su cometido en 1970 y había decidido confiar en el proceso democrático para llevar a su país al socialismo, aún corriendo el riesgo de una derrota electoral.

        Por el contrario, Fidel Castro había sacado la conclusión de que la vía pacífica estaba condenada al fracaso. Por esa razón, en un doble juego característico de su larga experiencia política, apoyó a la vez a Allende y a los grupos más radicales, esencialmente al Movimiento de izquierda revolucionaria, el MIR, cuyos militantes, por centenares, recibieron entrenamiento militar en Cuba, en un campo denominado Punto Cero, situado cerca de Guanabo, al este de la capital. Sus elementos mejor preparados en el aspecto ideológico y militar integraron la guardia cercana encargada de velar por la seguridad de Salvador Allende y, de paso, controlarlo de cerca. Ese servicio de protección fue denominado GAP (Grupo de amigos del presidente). Todo ello bajo la supervisión de los servicios de seguridad cubanos de la Dirección General de Inteligencia (DGI), dirigidos por los hermanos gemelos Patricio y Tony de La Guardia.

        Después de un primer intento de golpe de estado (el “tancazo”) en junio de 1973, la radicalización se fue acelerando, al querer establecer la extrema izquierda un « Poder popular », mientras la derecha y la extrema derecha, con el apoyo de los Estados Unidos, se esforzaban por derrocar al gobierno por todos los medios. Para impedir la intervención militar, Allende emprendió un acercamiento discreto con la Democracia Cristiana, su adversario político, que se había radicalizado también, en sentido contrario. Era demasiado tarde.

        El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas armadas, bajo el mando del general Augusto Pinochet, el otrora militar legalista, atacaron el Palacio de la Moneda, donde Allende seguía resistiendo y desde donde había transmitido su último discurso, en el cual presentía su fin inminente.

        Las circunstancias de su muerte nunca fueron esclarecidas. La primera versión que circuló fue la de una lucha heroica contra los asaltantes: Allende había muerto como héroe, combatiendo contra los soldados traidores con las armas en la mano. Fue así como Fidel Castro presentó los hechos durante su discurso en la Plaza de la Revolución en La Habana el 28 de septiembre, en presencia de Beatriz, la hija mayor del mandatario difunto y militante del MIR. Se refirió al “carácter de combatiente y de soldado de la revolución del presidente Allende”, para luego exclamar, después de innumerables detalles (todo ellos inventados) sobre sus últimos instantes: “¡Así se es revolucionario! ¡Así se es hombre! ¡Así muere un combatiente verdadero! ¡Así muere un defensor de su pueblo! ¡Así muere un luchador por el socialismo!” Sin embargo, precisaba: “Pero incluso si Allende, herido grave, para no caer prisionero del enemigo, hubiese disparado contra sí mismo, ése no sería un demérito sino que habría constituido un gesto de extraordinario valor.” Allende empuñó como arma un fusil automático que le había regalado Castro: “Fue mucha la razón y la premonición que tuvimos al obsequiarle ese fusil al presidente.”[3]

        La versión del suicidio de Salvador Allende sólo empezó a sobreponerse a la de la muerte en combate diez años más tarde, a raíz del testimonio tardío de uno de sus médicos personales. Otros dos suicidios, acaecidos en Cuba en circunstancias inexplicadas, vinieron a confortar el terrible destino de una familia extrañamente suicidaria: el de su hija Beatriz, quien se había casado con un miembro importante de los servicios secretos cubanos, Luis Fernández de Oña (alias capitán Demid), quien había desempeñado un papel proeminente en el seno de la embajada cubana en Chile durante la Unidad Popular, y el de su hermana Laura, quien se tiró del balcón de su cuarto del hotel Riviera, en La Habana.

        Hoy día, dos antiguos altos responsables de la Dirección General de Inteligencia (DGI), los servicios secretos cubanos, ambos exiliados políticos en Francia, Juan Vivés, ex-combatiente de la guerrilla, sobrino del ex-presidente de la República Osvaldo Dorticós, quien también se suicidará (según la versión oficial) más tarde, y Dariel Alarcón Ramírez, alias “Benigno”, revolucionario desde su más temprana edad y uno de los pocos sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia, proyectan una luz completamente distinta sobre los últimos momentos de la vida del presidente chileno.

        Los dos afirman haber oído, en distintas ocasiones, por boca de Patricio de La Guardia, responsable de la seguridad de Salvador Allende, que él mismo había “eliminado a Allende en la Moneda” y eso “según las órdenes de Fidel”. El presidente chileno tenía que “morir como se debe”, como un mártir, ya que, en el momento decisivo, había expresado su intención de rendirse a los golpistas y de pedir asilo en una embajada extranjera. Fidel Castro no podía tolerarlo.

        Según el testimonio del ex-agente secreto Juan Vivés, quien participó en numerosas acciones de la revolución cubana en todos los continentes y estuvo presente en Chile en distintos momentos durante la época de la Unidad Popular, Patricio de La Guardia dio su versión de los hechos poco después de su regreso a Cuba, en el bar Las Cañas del hotel Habana Libre, en presencia de altos mandos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y del Ministerio del Interior.

        Éste es el relato de Juan Vivés:

        “Patricio de La Guardia nos comentó que desde el primer intento de golpe del 29 de junio, seis semanas antes del 11 de septiembre, aquello era prácticamente una debacle, con crisis de nervios, griteríos. A partir de esa fecha, la gente del Grupo de amigos del presidente (GAP) y un grupo del Movimiento de izquierda revolucionaria (MIR) habían formado un comando para sacar a Allende del palacio de la Moneda en caso de ataque. Pero, el 11 de septiembre, no se atrevieron a entrar en el Palacio. Se contentaron con esperar la hipotética salida de Allende por una de las puertas laterales.

        Fidel le había dicho a Patricio de La Guardia que Allende no podía rendirse ni asilarse en ninguna embajada, que tenía que morir como un héroe; que otro tipo de actitud tendría repercusiones graves en la lucha latinoamericana.

        Patricio de La Guardia siguió contando que, en el último momento, Allende gritaba que había que rendirse. En ese instante, siguiendo órdenes de Fidel, le metió una ráfaga de ametralladora en la cabeza.”[4]

        El que era entonces jefe de la guardia personal de Salvador Allende logró salir con su grupo del Palacio presidencial y refugiarse en la embajada de Cuba en Santiago de Chile, mucho antes de que entraran los militares golpistas en La Moneda y se encontraran con el cadáver del presidente tirado en un sillón, con la ametralladora AK 47, obsequio de Fidel Castro, atravesada entre los muslos, su cadáver cubierto con una bandera chilena.

        Otro antiguo responsable de los servicios secretos cubanos, “Benigno”, confirma las palabras de Patricio de La Guardia, que él también oyó en otra ocasión de sus propios labios, en la sede del “Departamento América”, el organismo encargado de coordinar todas las intervenciones guerreras de Cuba en América Latina. Patricio de la Guardia y su hermano gemelo Tony, también responsable de los servicios secretos, encargado, por su parte, de los contactos con los militantes del MIR, lograron abandonar Chile después de haberse refugiado en la embajada de Cuba. De allí llegaron a La Habana, donde fueron recibidos como héroes por Fidel Castro en persona.

        He aquí el testimonio de “Benigno”:

       “Cuando Tony y Patricio de La Guardia llegaron a Cuba, yo pensaba encontrarme con gente que volvía llena de dolor, triste, un poco abatida, por los acontecimientos, las ejecuciones, los muertos, por la pérdida de Allende, el gran amigo, por el fracaso de la revolución chilena que se había producido. En lugar de eso, los vi como si regresaran de una gran fiesta, con una falta total de respeto por la actitud de Salvador Allende, al que todos llamaban “Chicho”.

        En una conversación después de almuerzo, en la sede del “Departamento América”, yo oí a Patricio de La Guardia comentar que él, personalmente, había agarrado con todas sus fuerzas a Allende en un momento en que éste quería abandonar el Palacio de la Moneda y aceptar, quizás, las condiciones que le querían imponer los militares. Lo cogió, lo sentó en la silla presidencial y le dijo: “Un presidente debe morir en su lugar.” Allí lo sentó. Luego nos dijo Patricio de La Guardia: “Allí murió “Chicho”, en su silla presidencial. Yo lo cubrí entonces con la bandera.”

        Ni Patricio de La Guardia ni ninguno de los cubanos que estaban en La Moneda murieron allí. Tampoco me explico cómo, estando al lado suyo, le hubieran permitido suicidarse. Luego lograron todos refugiarse en la Embajada de Cuba.

        Más tarde, Fidel, después de una conversación con Beatriz, la hija de Allende, que era muy amiga mía, dio sus propias conclusiones. Presentó la muerte de Allende de manera muy heroica. Pero su versión no correspondía con la manera en que Patricio de La Guardia se jactaba de haber hecho eso.”[5]

         Triste destino el de los hermanos de la Guardia, protagonistas de todas las exacciones de la revolución cubana, dentro y fuera del país. Estuvieron presentes en casi todos los teatros de operación “revolucionarios”: en Siria en octubre de 1973 y en los campos palestinos del Líbano; en Angola entre 1975 y 1989; en la Etiopía “socialista” del sanguinario coronel Mengistu en 1977 para asegurarse el control del desierto de Ogaden contra la Somalia de Syad Barre, también “socialista”; en la Nicaragua sandinista a partir de 1979; en todos los lugares donde los soldados cubanos se podían desplegar, en un campo de operaciones que se había vuelto planetario.

       Sin embargo, a raíz del “caso Ochoa”, en 1989, los dos gemelos fueron enjuiciados, acusados de “tráfico de droga y de alta traición”, junto con otros altos mandos, entre los cuales se encontraba el general Arnaldo Ochoa, galardonado poco tiempo antes con el título de “héroe de la República” por sus campañas militares en Angola y en Etiopía, entre otras múltiples hazañas. Tony de la Guardia fue fusilado. En cuanto a Patricio de la Guardia, se le condenó a treinta años de cárcel y luego fue colocado en residencia vigilada. Si logró evitar la muerte, fue porque había tomado la precaución de guardar en un lugar seguro fuera del país un relato detallado de su participación en múltiples acciones a través del mundo, junto con los servicios secretos cubanos, entre ellas la “defensa” y “protección” del presidente Salvador Allende.   

    [1] Vicente García Huidobro: “Pinochet le dijo “mira huevón de qué fascismo me hablai”, en The Clinic, Santiago de Chile, agosto de 2006, p. 13.
    [2] Las extrañas relaciones entre ambos dictadores se confirmarían cuando Augusto Pinochet fue detenido, el 18 de octubre de 1998, en una clínica londinense por orden del juez español Baltasar Garzón. En aquel momento, Castro se encontraba en una Cumbre iberoameramericana en Portugal. El único mandatario en no alegrarse por la detención del ex-general golpista fue Fidel Castro, quien declaró unos días más tarde: “Desde el punto de vista moral, la detención y la sanción son justas. Desde el punto de vista legal, la acción es discutible.” La posición de Castro no dejó de sorprender a todos los que consideraban que la inculpación contra el antiguo presidente chileno abría un camino para enjuiciar a todos los dictadores, pasados, presentes y futuros.
    [3] Discurso pronunciado por Fidel Castro el 28 de septiembre de 1973 en la Plaza de la Revolución de La Habana.
    [4] Juan Vivés mantuvo numerosas entrevistas con el autor entre 2003 y 2004. En septiembre de 2003, le entregó en París un documento escrito en que consta este relato. El texto de Vivés concluye con la afirmación siguiente : “Estoy lejos de pensar que toda la verdad se conocerá un día, pero hago un esfuerzo para que otras lenguas se suelten y esta historia controvertida salga a la opinión pública.”
    [5] Entrevista con el autor. París, octubre de 2003. “Benigno” nos confirmó su relato en múliples ocasiones. En su libro, Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la revolución (Barcelona, Tusquets, 1997, reeditado en la colección Fábula en 2003, p. 228), el antiguo compañero de Che Guevara ya denunciaba esos hechos, pero en lenguaje críptico: “Considero que Allende fue más víctima de los cubanos que de los americanos: en el Chile de Allende los que mandaban eran prácticamente los cubanos, el Departamento América y gran parte de Tropas Especiales se encontraban en Chile en aquel periodo”. “Benigno” cuestiona también las circunstancias del suicidio en Cuba de la hija de Allende, Beatriz (afectuosamente llamada “Tati”), quien se había casado con un alto responsable de la Seguridad del Estado cubana, Luis Fernández de Oña, alias “capitán Demid”, después de que éste se divorciara de su esposa cubana: “Cuando, después del golpe contra Allende, llega Tati exiliada a La Habana y se entera de que su marido no se había casado con ella por amor y que la relación de Demid con ella era producto del cumplimiento de una misión que se le había confiado como agente de la Seguridad cubana, y que además había vuelto con su antigua esposa cubana, Tati se suicida después de haberle escrito una larga carta a Fidel” (idem). Demasiados suicidios sin esclarecer en el seno de la familia Allende…

    Jacobo Machover

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