Hay libros que no cuentan una historia sino que la rastrean, la persiguen como quien sigue un olor que se disuelve entre calles ajenas. Perro cubano (Ediciones inCUBAdora, 2026), de Carlos D. Lechuga (La Habana, 1983), pertenece a esa estirpe. Lo escribe alguien que llegó a Madrid en 2022 sin más oficio que el de pasear perros ajenos por parques que no le pertenecen, y que desde ahí –desde esa posición mínima, casi invisible– decide pensar el exilio cubano más allá de la anécdota. El libro llega, además, en un momento particular: desde 2021 la migración cubana hacia España no ha dejado de crecer, hasta convertir a ese país en el segundo destino de una diáspora que ya no cabe en las categorías con que solíamos nombrarla. Obtuvo el Premio Franz Kafka de Ensayo/Testimonio 2026, otorgado por inCUBAdora –la plataforma que dirige el escritor Carlos Alberto Aguilera junto a la Biblioteca-Samizdat Libri Prohibiti de Praga–. Se trata de un galardón nacido a finales de 2021 para rescatar la escritura testimonial cubana y que ya había distinguido a autores como Lynn Cruz, Jorge Luis Arcos, Katherine Perzant y Legna Rodríguez Iglesias, esta última también desde la experiencia migratoria, aunque en Miami.
Conviene decir, antes que nada, quién escribe. Lechuga es sobre todo cineasta: son suyas Melaza (2012), Santa y Andrés (2016) y Vicenta B. (2022), películas que lo sitúan entre una generación de jóvenes creadores cubanos partida en dos tiempos quebrados, el de la Cuba revolucionaria que los formó y el del presente migratorio que apenas empiezan a habitar. Sus dos últimos filmes siguen censurados en la isla ya que abordan temas como la represión hacia intelectuales homosexuales y disidentes, el trauma de la separación familiar y la pérdida de fe en el proyecto revolucionario. Fue justamente la censura de Santa y Andrés la que empujó a Lechuga hacia la escritura más íntima, un proyecto que ya había ensayado en Ni Santa, ni Andrés (2022) y en Esta es tu casa, Fidel (2024), donde documentaba las condiciones de su salida de Cuba, el acoso, la precariedad, el desengaño, y que ahora, en Perro cubano, se traslada a Madrid, ciudad donde el narrador debuta como padre de una hija que vive en Barcelona con su madre. Se trata, en el fondo, de una misma secuencia: la crónica de un sujeto expulsado de la Isla, que vuelve siempre sobre la misma herida sin agotarla nunca del todo.
El libro se estructura en torno a dos ejes especulares del yo: la relación entre el migrante pobre y la vida no humana, específicamente la vida de los perros, y una genealogía del exilio literario centrada en la generación de escritores del Mariel y, en particular, en la figura de Eddy Campa. Esta doble correspondencia permite, en un primer nivel, una reflexión crítica sobre la condición existencial y social del migrante pobre, del mendigo o incluso del homeless en Madrid y, ocasionalmente, en Barcelona; en un segundo nivel, propone lo que Donna Haraway denomina la “experiencia situada” del desplazamiento de cubanos y cubanas, atravesada por la huella de varias generaciones de migrantes y exiliados que ofrecen una comunidad imaginaria de sentido en la cual insertarse tras la expulsión del gran relato revolucionario.
¿Qué hace un hombre que cuida perros ajenos para poder comer? Se reconoce, tarde o temprano, en la condición del propio animal: dependiente, vulnerable, sometido al régimen de cuidado de otro. Ahí está quizá la intuición más filosa del libro: lo animal como clave de lectura de la precariedad laboral migrante en las ciudades europeas. El perro funciona como umbral biopolítico, en el sentido que Agamben dio a la distinción entre zoé –la vida desnuda– y bíos –la vida políticamente reconocida–. El narrador administra, en las calles acomodadas de Madrid, la vida de un animal mejor protegido y más visible que él mismo. Y esa inversión tiene una economía visual casi cruel: al perro lo saludan los vecinos; a quien lo pasea apenas se le nota, salvo cuando despierta sospecha, bajo esa mirada vigilante que el libro no se cansa de describir. Pero de ese mismo vínculo de custodia nace también una ternura genuina: en el animal, el narrador encuentra un afecto no mediado por el juicio que siente pesar sobre él en todas partes. La “danza entre los migrantes y las mascotas” no es solo el signo de una exclusión compartida, sino también la señal de una complicidad entre dos formas de vida igualmente ajenas a la soberanía plena. El perro se vuelve así dispositivo crítico doble: revela cómo la ciudad tolera al migrante sin incorporarlo a su comunidad política, y al mismo tiempo le regala uno de los pocos afectos verdaderos que Madrid parece dispuesta a ofrecerle.
El segundo eje –quizá el más ambicioso del libro– traza una genealogía explícita entre el narrador y la generación del Mariel, encarnada en Leandro Eduardo Eddy Campa, ese álter ego espectral al que el relato persigue sin descanso. Campa llegó a Estados Unidos con el éxodo de 1980 y fue durante años una figura errante, casi indigente, de Miami, semejante a los personajes que pueblan su Little Havana Memorial Park, hasta que un día dejó de vérsele. Quienes lo conocían buscaron en centros de salud, comisarías, depósitos forenses; nunca hubo cuerpo ni certeza, solo la suposición resignada de su muerte. Ese gran ausente de la literatura cubana del exilio se convierte en el espejo perfecto para la búsqueda del narrador: perseguir a un escritor disuelto sin tumba es una forma de inscribir el propio desarraigo en una temporalidad que no se cierra, de sugerir que las últimas décadas del siglo pasado y el presente comparten la misma condición de borramiento, porque –como escribe el propio Lechuga— no existe “una puerta de llegada a un hogar”.
En su desarrollo temático, este “no libro” se mueve entre la memoria personal, la observación social y la reflexión política. Ahí está la culpa hacia quienes se quedaron; el hambre que deja de ser carencia material para volverse trauma persistente; la soledad de quien habita, en palabras del texto, un “microplaneta donde no se es nadie”. Ahí está también el Madrid que los folletos turísticos no muestran: los cuartos sin ventana, los trabajos informales, la vigilancia vecinal sobre el hombre que pasea animales que no son suyos. Y ahí, sobre todo, un miedo que la literatura testimonial cubana reciente apenas había explorado: el de no estar a la altura de los roles que la familia asigna, ser buen padre para una hija a la que apenas se ve, buen hijo para una madre que queda en la Isla, y, más hondo aún, el temor a no poder despedirse si algo les ocurre a los padres, mientras la distancia y las trabas migratorias mantienen ambas orillas irremediablemente separadas.
Lo que finalmente distingue a Perro cubano no es la épica del exilio histórico ni la fijeza de una identidad que se reclama intacta, sino una poética de la precariedad, que piensa el desarraigo no como excepción biográfica sino como condición estructural. El libro documenta, en primera persona y sin ningún relumbrón heroico, lo que las estadísticas rara vez alcanzan a nombrar: la angustia laboral del migrante cubano en España, la paternidad ejercida a distancia, la persistencia terca de un vínculo con las oleadas migratorias de escritores que lo precedieron. Al tender puentes hacia el Mariel, hacia Eddy Campa, Lorenzo García Vega y Guillermo Cabrera Infante, la voz que narra evita el aislamiento y propone, en cambio, una lectura histórica de la migración cubana como fenómeno recurrente y no meramente coyuntural –como si, dice el propio texto, “la vida del cubano fuera un perro que se muerde la cola”–. Es, en suma, un libro honesto sin solemnidad, y por eso mismo necesario para quien quiera acercarse a la experiencia migratoria y exiliada cubana en la España de hoy, más allá de sus cifras y de sus certidumbres definitorias.


