Una lectora de Ponte mira desfilar La Habana

En 'Desfila La Habana', la más reciente novela de Antonio José Ponte, escritores, periodistas, mafiosos, políticos, excéntricos coleccionistas, conspiradores asociados a logias, antiguos generales mambises de rancia aristocracia y ejecutantes de shows porno, participan de una red de tramas y subtramas.

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En el principio era la fiesta. No la vigilada, sino la fiesta de victrolas, orquestas en vivo, casinos, shows del Shanghái, bailarinas de cabaret, comparsas de carnaval, bellos hoteles con casinos y sin ellos, antros de baja monta y burdeles exquisitos… ¿Pero era realmente “no vigilada” la fiesta? ¿Los desfiles de entonces, no había ojos que los escudriñaran? ¿No era La Habana una plaza tan sitiada como lo fue después, cuando Castro tomara el poder? ¿No estaban ya los espías, los periodistas (profesión que se parece al espionaje, sin dudas), la mafia con sus rivalidades, la que tenía asegurada su porción del pastel en la isla magnánima, y la que se moría de recelo en Nevada o Florida por no tener las mismas ventajas? ¿No eran un hecho compacto la fiesta y su vigilancia?

Escribo estas palabras no para “pontificar” a Ponte (ni falta que le hace); sino que como lectora me siento estimulada a compartir algunas ideas que me llegaron mientras desfilaba por su último libro. En una entrevista de hace ya unos años, el escritor Antonio José Ponte relataba a su homólogo Ibrahim Hernández Oramas su experiencia con el género: “Escribí mi primera novela, Contrabando de sombras, bajo contrato previo de la editorial. Era la época en que los editores extranjeros esperaban algo de la narrativa cubana. Que ese algo fuera, en su mayoría, la confirmación de sus tópicos sobre la isla, íbamos a verlo después. El caso es que una editorial como Tusquets apostaba por una novela que yo no había empezado a escribir, y de la cual no tenía mucha idea todavía. Me adelantó dinero y únicamente pidió a cambo un título que poner en el contrato. Le di el título, cobré el adelanto a caja perdida (descubrí entonces ese tecnicismo) y me puse a escribir. Se la mandé a Beatriz de Moura, en Tusquets, y allí prefirieron no publicarla, porque consideraban que no era precisamente una novela.”

Después de ese libro “no novela”, Ponte publicaría otro libro de narrativa, también difícil de etiquetar, La fiesta vigilada, sobre la cual comentó en esa entrevista con Hernández Oramas que derivaba de una relectura de Our Man in Havana, de Graham Greene. De hecho, el exergo del libro es una frase de Greene: “Las nubes corrían desde el este, y él se sintió formar parte de la lenta erosión de La Habana”. Ponte, “ruinólogo” de profesión, escarba, tanto en el libro vigilante como en el desfilado, en la figura de Graham Greene y en la de su personaje Wormold, el fabricante de aspiradoras devenido espía.

Sin ser una novela de espías, Desfila la Habana rinde de algún modo culto al género. De hecho, en su primer capítulo, el primer personaje que aparece es nada más ni nada menos que el creador de James Bond, de quien el narrador apunta: “Fleming no se sentía bien en la fiesta”. Del encuentro allí con otro escritor, Norman Lewis, parte uno de los hilos narrativos que sostendrá a la novela; en ese encuentro se hablará de Hemingway, se adelantan ingredientes del intríngulis que saldrá a flote después. Escritores, periodistas, mafiosos, políticos, excéntricos coleccionistas, conspiradores asociados a logias, antiguos generales mambises de rancia aristocracia, ejecutantes de shows porno, todos participan de una red de tramas y subtramas, donde las reflexiones son justas y no ensayísticas, y los diálogos apoyan la ilusión de escenificación de una realidad y no de su escudriñamiento. Digo esto porque estoy segura de que esta vez, Ponte no iba a dejar que alguien dijera que su libro no era una novela. ¿Quieren novela? Pues novela tendrán. Y gustosa, refocilante, provocadora, como la negra durmiente desnuda en la habitación del Sevilla Biltmore que ocupaba Ted Scott, y tan deseadas como las fotos de una Ava Gardner desnuda en la piscina de Finca Vigía. O lo más escandaloso de todo: ese trío de mujeres en acción junto al entonces senador John F. Kennedy, en el hotel Comodoro, filmado subrepticiamente por Amletto Batisti y Santo Trafficante, con no muy santas intenciones.

Es admirable el trabajo de escarbar en ruinas periodísticas y literarias que ha hecho el escritor para levantar este monumento a una Habana que fue, a la que pudo ser. Cuando Meyer Lansky, el mafioso judío-norteamericano, va al terreno vacío donde soñó construir el Montecarlo de La Habana, una megainversión que no llegó a realizarse, una como lectora siente un extrañamiento involuntario ante un mundo de posibilidades que exceden su imaginación. Así también en La fiesta vigilada, el autor nos sorprende al mencionar el plan de desarrollo urbanístico conocido como Plan Sert, ideado en 1956 por un grupo de estadounidenses a petición del gobierno de Batista, que implicaría la demolición de gran parte de los edificios históricos de la Habana Vieja. La destrucción que la tugurización y el nuevo arte de hacer ruinas provocaría más lentamente, con ese plan se hubiese conseguido en muy poco tiempo, para dar paso a una ciudad nueva, irreconocible: “No solo estaban contados los días de Wormold en la ciudad, sino los de La Habana tal como el comerciante inglés la conociera. En caso de dejarla atrás, dudosamente lograría identificarla luego”.

No es difícil entender por qué cada uno de los personajes foráneos de esta novela aman esta ciudad que fue, ¿que es? La Habana. Nos resulta familiar la renuencia de Meyer Lansky a abandonar esa ciudad donde podía escuchar el mar, o las rutinas esmeradas de la periodista R. Hart Phillips cubriendo las noticias de la Isla por más de veinte años desde su oficina de Grand Central Station, o de Ernest Hemingway compungido por dejar su cuidado feudo Finca Vigía, desde cuya colina se despidió de La Habana, junto a su esposa, a la caída del sol. Ese ocaso que presagiaba el suyo propio, unos meses después, en Idaho, en una tierra que sentía menos suya que la ajena insular. Pero hay otro amor más intangible, que pasa por utopías kármicas y de redención. Porque también estaban, según esta ficción, quienes amaban a Cuba por lo que en el plano simbólico o etéreo, significaba. (Algo que se repetiría de otro modo más tarde, en el discurso de la revolución de Castro, que convertiría a Cuba en el faro de América Latina.)

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Porque Ponte nos hace desfilar varios poderes frente a los ojos, y ya he mencionado algunos, incluyendo el cuarto poder, que está excelentemente recreado en esta novela. Las relaciones entre R. Hart Phillis y Herbert Matthews, entre Matthews y Fidel Castro, y entre Castro y Phillips, nos permiten entrar en valiosas consideraciones sobre la conexión entre la prensa y la política, entre la ética y la inescrupulosidad, entre la sagacidad que advierte y la peligrosa candidez que ciega. Pero este estamento al que quiero referirme especialmente, aunque tiene un orden metafísico de base, posee una logística que pretende ser funcional. Me refiero a la llamada Logia del Caribe, que según refiere el novelista en los agradecimientos finales, es fruto de su invención, más no totalmente, pues está relacionada con la Legión del Caribe, entidad que sí tuvo una connotada presencia en el área de Centroamérica y el Caribe en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Debo reconocer que no recuerdo haber escuchado jamás sobre esta importante agrupación, cuya misión fundamental fue intentar liberar a América de dictadores y gobiernos antidemocráticos. La oposición del gobierno norteamericano a varios de los intentos de acción de este grupo, y la propia rigidez que trajo la Guerra Fría, llevaron a su prohibición. Luego del golpe de Estado de Batista, desde su clandestinidad, la legión, camuflada en una suerte de hermandad, aspira a terminar con el dictador Batista.

Es fascinante como Ponte entrelaza dos delirantes, pero literariamente efectivas tramas que introducen en Desfila la Habana un suspenso novelesco alternativo. Este orden de lo insólito no tiene nada que ver con los augurios de una santera, presentes también en la novela como algo más propio de la cotidianidad nacional. Pero cuando el coronel Hermida y sus otros colaboradores tratan de “salvar a Cuba por los pelos” –lo que implicaba convencer al millonario Julio Lobo de que sacrificara unos cabellos del mechón de Napoleón que era parte de su colección–, y se despliega toda la trama en torno al álbum personal de Francisco de Miranda, la decisión “revelada” de usar los vellos púbicos de Catalina la Grande en vez de los imposibles del emperador corso, y la veta ocultista que viene del personaje Benigno Aranda, entramos como lectores en otro orden de fascinación.

Y aun este vuelo tiene un fundamento histórico muy pocas veces mencionado, por ignorancia o por desprecio a esas zonas veladas donde la historia y la metafísica se superponen. Pero lo cierto es que en la Cuba anterior a 1959 florecieron no solo logias masónicas, sino sociedades teosóficas, de yoga, ocultistas. El personaje Benigno Aranda se encargará de explicarles a los cuatro veteranos: “Cuba se hallaba en el mismo punto donde estuviera emplazado el retiro del arcángel Zadkiel, allí donde brillaba la llama de la compasión y la libertad, Llama de la compasión y la libertad que el maestro Saint Germain, sobre el que tantas veces volvería La Logia del Caribe, lograra salvar de la extinción total”. Desde comienzos de los años cincuenta, y gracias a las traducciones de Geraldine Innocent y su proyecto The Bridge to Freedom, en Cuba comenzó a difundirse en ciertos círculos la literatura asociada con la secta del Rayo Violeta, el I Am, los maestros ascendidos, etc. Como vemos, el novelista Ponte no desperdicia este orden de posibilidades en su nuevo libro, lo cual como lectores agradecemos sobremanera. En la búsqueda de respuestas a cómo se comportaron los acontecimientos en la Cuba que echó a andar en 1959 ya no podemos obviar esta hilarante y ¿descabellada? idea presente en el último capítulo de Desfila la Habana: “Pudoroso en su correspondencia, el coronel Hermida evitaba referirse abiertamente a los vellos púbicos de la emperatriz Catalina la Grande. Reconocía la generosidad del general García Vélez y admitía que, gracias a su generosidad, la Logia del Caribe había podido ejecutar las necesarias y precisas ceremonias. No obstante, él no dejaba de cuestionarse si con tales ceremonias, que presentificaron en la isla de Cuba a la gran emperatriz de Rusia, no habrían propiciado ellos la intromisión de los nuevos zares del Kremlin en los asuntos cubanos”.

Porque hay incógnitas que no tienen respuestas en los archivos de la lógica o en las mentes de los analistas de sociedades o sus historiadores. El escritor Antonio José Ponte lo intuye cuando pone en boca de Meyer Lansky, este diálogo que está en Macbeth, de Shakespeare: “¿Cuándo volveremos a encontrarnos de nuevo, con trueno, rayo o lluvia?” Respuesta: “Cuando termine el caos, cuando la batalla se pierda y se gane”. Eso, cuando la batalla se pierda y se gane.

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MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ
MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ
María Cristina Fernández. Narradora. Ha publicado tres libros de cuentos para adultos y dos títulos de literatura infantil. Ha incursionado en el ensayo y la crítica de arte y literaria. Textos suyos han sido publicados en La Letra del Escriba, Letralia, Conexos, Latin American Art, El Nuevo Herald y Diario de Cuba. Desde el año 2006 vive en Miami.

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